RELATOS CIENTIFICOS (CHARLES HOWARD HINTON)

Si no me engaño, Edith Sitwell es autora de un libro titulado The English Eccentrics. Nadie con más derecho a figurar en sus hipotéticas páginas que Charles Howard Hinton. Otros buscan y logran no pocas veces la nombradía; Hinton casi ha logrado la tiniebla. No es menos misterioso que su obra. Los diccionarios biográficos lo ignoran; no hemos hallado más que unas pocas referencias fugaces en el Tertium Organum (1920) de Ouspensky y la Geometry of Four Dimensions (1928) de Henry Parker Manning. Wells no lo menciona, pero el primer capítulo de su admirable pesadilla, The Time Machine (1895), invenciblemente sugiere que no sólo lo conocía sino que lo estudió para su deleite y el nuestro. Debemos hacer notar que A New Era of Thought (1888) incluye una aclaración d los revisores del libro en la cual se dice: «El manuscrito que es la base de este volumen nos fue entregado por su autor (Hinton), en vísperas de su partida de Inglaterra hacia un remoto y desconocido destino. Nos dejó total libertad para ampliar o modificar el texto pero hemos usado ese privilegio lo menos posible.» Esta última frase insinúa un probable suicidio o -lo que sería más verosímil- una evasión de nuestro fugitivo amigo hacia esa cuarta dimensión que ya había logrado entrever, según él mismo afirma, mediante una obstinada disciplina. Hinton creía que esta disciplina no exigía facultades sobrenaturales. Daba una dirección en Londres donde el posible interesado podía adquirir, mediante una suma irrisoria, varios juegos de pequeños poliedros de madera. Con estas piezas había que construir pirámides, cilindros, prismas, cubos, etcétera, repetando ciertas rígidas y prefijadas correspondencias de aristas, planos y colores que llevaban nombres extraños. Aprendida de memoria cada heterogénea estructura había que ejercitarse en la imaginación de los movimientos de sus diversas piezas. Por ejemplo, el desplazamiento del cubo rosa-oscuro hacia arriba y hacia la izquierda desencadenaba una compleja serie de movimientos de todo el conjunto. A fuerza de semejantes ejercicios mentales, el devoto lograría intuir paulatinamente la cuarta dimensión.

 Solemos olvidar que los elementos de la geometría que se aprenden en la escuela primaria parten de conceptos abstractos, que en nada corresponden a la llamada «realidad». Esos conceptos son el punto, que no ocupa espacio alguno; la línea, que cualquiera que sea su longitud, consta de un número infnito de líneas, una adherida a otra y el volumen, hecho de un número infinito de planos como una baraja infinita. A tales conceptos, Hinton -anticipado por los llamados platonistas de Cambridge, singulartmente por Henry More del siglo XVII- agregó otro: el del hipervolumen formado por un número infinito de volúmenes, no por planos. Creyó en la realidad objetiva de hipercubos, de hiperprismas, de hiperpirámides, de hiperconos, de hiperconos truncados, de hiperesferas, etcétera. No consideró que de todos los conceptos geométricos, el único real es el volumen, ya que no hay cosa en el universo que carezca de profundidad. Para una lupa y más aún para un microscopio, la partícula más tenue abaraca las tres dimensiones. Hinton pensó que hay universos de dos, de cuatro, de cinco, de seis dimensiones y así infinitamente hasta agotar la serie natural de los números. El álgebra denomina 3 al cuadrado a 3 multiplicado por 3, 3 al cubo a 3 x 3 x 3; esta progresión nos lleva a un número infinito de exponentes y, según las hipótesis de la geometría pluridimensional, a un número infinito de dimensiones. Como se sabe, esa geometría existe; lo que no sabemos ni concebimos es si hay en la realidad cuerpos que correspondan a ella.

 Para ilustrar su curiosa tesis, que fue refutada, entre otros, por Gustav Spiller (The Mind of Man, Londres, 1902) publicó varios libros, uno de relatos fantásticos del que se ofrecen dos en estas páginas.

 Para ayudar a nuestra imaginación a aceptar un mundo de cuatro dimensiones, Hinton, en el primer relato de este libro, propone un ámbito no menos ficticio, pero de acceso más posible: un mundo de dos. Lo hace con una probidad tan minuciosa y tan infatigable que seguirlo suele ser arduo, pese a los escrupulosos diagramas que complementan la exposición. Hinton no es un cuentista, es un razonador solitario que instintivamente se ampara en un orbe especulativo que nunca lo defrauda, porque él es su creador y su fuente. Querría, como es natural, compartirlo; en forma abstracta ya lo había intentado en A New Era of Thought, y en The Fourth Dimension; en estas páginas, que pertenecen a Scientific Romances (1888), buscó la forma narrativa. A su secreta geometría se unía en él un grave sentido moral; éste se deja traslucir en The Persian King, el tercer relato de este libro, que al principio parece ser un juego a la manera de Las mil y una noches y al fin, es una parábola del universo, no sin alguna inevitable incursión a las matemáticas.

 Hinton tiene un lugar asegurado en la historia de la literatura. Sus Scientific Romances son anteriores a las sombrías imaginaciones de Wells. El mismo título de la serie prefigura de manera inequívoca el oleaje, al perecer inagotable, de obras de science-fiction que han invadido nuestro siglo.

 ¿Por qué no suponer que la obra de Hinton fue tal vez un artificio para evadir un destino desventurado? ¿Por qué no suponer los mismo de todos los creadores?

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»RELATOS CIENTIFICOS (CHARLES HOWARD HINTON)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «RELATOS CIENTIFICOS (CHARLES HOWARD HINTON)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

El sí de las niñas (Leandro Fernández de Moratín)

En su época (s.XIX), los matrimonios no entendían de sentimientos, sino que eran simplemente una imposición familiar. De aquí viene el drama de esta magnífica obra. Moratín, a parte de crear un libro de gran calidad literaria, intenta y desde luego consigue, hacer pensar, moralizar… lanzar un mensaje lleno de sentido y absolutamente necesario para con su contexto cronológico y social.

Hombre de vasta cultura, Leandro Fernández de Moratín, fue un polifacético autor que se atrevió con varios géneros. Así, escribía poesía, prosa y ante todo, teatro. Con la comedia: “El sí de las niñas” Moratín quiere, sobretodo, educar. Para ello hace una fuerte crítica a las familias que se mueven por interés, así como a los jóvenes que aceptan el matrimonio para lograr la estabilidad económica deseada.

En cuanto a contexto, tras el esplendor y la expresividad del teatro Barroco del siglo XVII se instala una nueva concepción artística, caracterizada por la contención. Se trata del Neoclasicismo del siglo XVIII. Así, el teatro Neoclásico, haciendo honor a su nombre, se ajusta a las normas clásicas. Una de éstas, muy relevante, es la observación de la regla de las tres unidades: de tiempo, de acción y de lugar. Además, busca moralizar y/o educar al público. Nos referimos a la época ilustrada, cuyo exponente literario es “El sí de las niñas”. En ésta, Leandro Fernández de Moratín transmite, a través de lo teatral, su crítica óptica acerca del amor por conveniencia. Al autor le debemos el haber sentado las bases del teatro español contemporáneo.
En la época de la Ilustración, también conocida como Siglo de las Luces, la tendencia general es la de seguir los dictados no del corazón sino de la razón. Se creía firmemente en la evolución de la ciencia, en la cual hallamos muchas respuestas. De este modo, mirar la realidad con la cabeza fría implica también hacer una crítica a todas las creencias establecidas.

Con respecto a la localización espacial, los hechos ocurren en un lugar concreto, en una posada de Alcalá de Henares. Dentro de esta posada, la acción se concentra en una sala de paso, en el primer piso. Se trata de un lugar espacioso, que consta de una escalera para bajar al piso de abajo. Y aunque casi todo ocurra en este lugar, la verdad es que se hacen referencias continuas a otros sitios y a anécdotas ocurridas allí como son los lugares de procedencia de los protagonistas.

La localización temporal puede ser considerada como lineal. Todo empieza un día a las siete de la tarde y termina a las cinco de la mañana del día siguiente. Sin embargo, hay algún que otro flashback. Algunas retrospecciones, saltos al pasado, que sin duda, enriquecen la obra. Ejemplo de ello es, cuando el acto tercero, don Carlos cuenta cómo, cuándo y dónde conoció a Paquita.

En cuanto a argumento, la joven Paquita ha recibido la formación de un convento de monjas de Guadalajara y no ha tenido la oportunidad, aún, de conocer el mundo. Es inocente e inexperta. Por parte de su madre, se encuentra destinada a un hombre mayor, don Diego. Pero Paquita está totalmente enamorada de don Carlos, un militar, sobrino del anciano. Todo esto sucede en una posada, a la que asiduamente acude don Carlos para evitar la boda de Paquita, sin conocer la verdad: que ésta está prometida con su propio tío. Pero cuando consigue enterarse de todo, don Carlos renuncia a su amor. No obstante, el anciano resulta ser un hombre de bien que acaba entendiendo a la joven pareja y entonces se acaba sacrificando por ello. Así, da su bendición a doña Francisca y a don Carlos, en contra de doña Irene y de su déspota voluntad.

El tema que toca Moratín está muy en la línea de la mentalidad de entonces. Y es que retrata una de las tribulaciones de finales del siglo XVIII que es el extremo respeto que hay hacia las autoridades y las normas establecidas. También está el tópico del amor verdadero, en contraposición al amor interesado. Se cuestiona además el papel de la mujer en la sociedad. De hecho, en los artículos de prensa se expone el rol de la mujer en la familia, el acceso que tiene a la formación. Todo ello se exhibe en un momento histórico, el 23 de marzo de 1776 cuando Carlos III obliga a los hijos menores de 25 años a aceptar la decisión paterna sobre el hecho de casarse.
El estilo de Moratín tiene el poder de arrancarnos una sonrisa en más de una ocasión. El autor saca en todo momento su lado más cómico, aunque eso sí, nunca deja de penetrar en los problemas más controvertidos de la época. Por otro lado, el diálogo tiene un papel muy significativo en esta obra. Casi toda la acción se nos presenta a través de éste. Además, las grandes soluciones de los conflictos que se nos exhiben vendrán a partir del diálogo.

El lenguaje se puede calificar de moderno, ya que tampoco dista mucho del castellano actual y se entiende todo sin ningún problema. Además éste tiene una fuerza dramática muy considerable. Luego, cada personaje tiene su propia habla, quedando así perfectamente caracterizado.

A modo de conclusión, “El sí de las niñas” puede considerarse, en cierto modo, como una biografía del propio Moratín. Y es que a él mismo, cuando era un muchacho, le tocó vivir un caso muy parecido al relatado en el libro. Así, de joven se enamoró de Sabina Conti, la cual tuvo que contraer matrimonio con su primo hermano, el autor Gianbattistta Conti, que rondaba la cuarentena. Esta vivencia, que indudablemente marcó a Moratín está muy bien desarrollada en “El sí de las niñas” y en “La niña y el viejo”.

Terminaremos, finalmente con un famoso fragmento de la obra: “Paquita hermosa, (la abraza) recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre… No temo ya la soledad terrible que amenaza mi vejez… Vosotros (tomando de las manos a Paquita y don Carlos) seréis delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor… sí, hijos, aquél…, no hay remedio, aquél es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos, podré decir: a mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa”. Sin lugar a dudas una gran obra de la literatura.

 

CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»El sí de las niñas (Leandro Fernández de Moratín)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «El sí de las niñas (Leandro Fernández de Moratín)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

El pabellón azul, Ramón Pernas

El pabellón azul, Ramón Pernas

Tropo Editores 2009; Colección 2ºAsalto

Tamaño: 23×15 cm., Encuadernación rústica

211 páginas, 18 euros

Género: Novela, Ficción

ISBN: 978-84-96911-15-4

Tropo Editores entorna las puertas de

«El pabellón azul», de Ramón Pernas, dentro de la Colección Segundo Asalto, la novela que marca de manera definitiva la trayectoria literaria de Ramón Pernas.

Escritor y gestor cultural, la fusión entre Ramón Pernas y las letras está escrita en su mapa genético: creció entre libros y ha hecho de ellos su profesión y una fuente inagotable de placer. Su segunda novela,

EL PABELLÓN AZUL. SINOPSIS

«El pabellón azul», de Ramón Pernas, dentro de la Colección Segundo Asalto, la novela que marca de manera definitiva la trayectoria literaria de Ramón Pernas. «El pabellón azul», ahora recuperado por Tropo, cuenta con el mérito de ser el punto de despegue del escritor gallego, que se considera «un contador de historias», «un heredero más» de la tradición oral y del realismo mágico gallego, de Cunqueiro, Camba, Fernández Flórez o Cela.

El galicismo militante del autor convierte cada página en un espacio imaginario que envuelve como la bruma a los protagonistas de una historia cargada de emoción y nostalgia, en un estilo sencillo y ajustado a la subjetividad de los recuerdos revividos por el narrador y protagonista.

Un viejo titiritero que antes fue actor, director y empresario ambulante en diversos espectáculos de circo, cine y teatro en diferentes lugares de España y América permite a Pernas bucear en la memoria. Desde su infancia y adolescencia en Italia hasta su establecimiento en Buenos Aires, después de haber recorrido muchos pueblos y ciudades de La Argentina, Augusto Bordino, viudo, retirado y solo en Vilaponte, adonde vino a parar por influencia de su mejor amigo, recuerda toda una vida errante por Europa y América, la peripecia familiar de los Bordino y sus amigos, gentes con alma de cómicos y saltimbanquis que encarnan la libertad y la alegría de vivir en la incertidumbre de la lucha por la existencia, sin perder nunca la fidelidad a sus orígenes y a sus convicciones íntimas.

«El pabellón azul» destila amistad y el amor a la familia y al mundo del espectáculo, con saltos abismales entre el presente narrativo de tristeza y desanimo del narrador y protagonista en Vilaponte y su pasado nómada, de agitación y bullicio, en el circo, el teatro y otras diversiones. Un viaje sin retorno a la vejez y la soledad callada de un titiritero.

La crítica reconoce en él la ironía de Torrente, la poesía de Valle Inclán, la retranca de Fernández Florez, la magia de Cunqueiro y el soterrado humor de Camba. No podía ser menos, se le concedió el Premio Letras de Bretaña 2008 al conjunto de su obra literaria.

Pero para Pernas, poco vale un libro sin lector:

«Al lector quiero hacerlo cómplice, es un reto que me preocupa. Escribo siempre la novela que a mí me gustaría leer».

RAMON PERNAS

Ramón Pernas es licenciado en Ciencias de la Información. Su trayectoria laboral y vital transcurre inmersa en una vorágine de letras: periodista, crítico literario, guionista, director editorial, y apasionado confeso del circo y la bruma de su Galicia natal.

Como escritor ha publicado numerosos cuentos en volúmenes colectivos y es autor junto a José Mario Armero de

Actualmente dirige Ámbito Cultural de El Corte Inglés y colabora como articulista en La Voz de Galicia.

Cien años de circo en España. Se inicia en la novela con Si tú me dices ven (Espasa, 1996), a la que sigue El pabellón azul (Espasa, 1998), Paso a dos, Premio Ateneo de Sevilla en 1999 y finalista del Premio Nacional de Literatura, Brumario (Espasa, 2000), Libro de Actas (Espasa, 2003) y Del viento y la memoria (Espasa, 2006) y Poesía (in)completa. Es Académico de número de la Real y Pontificia Academia Auriense Mindoniense de San Rosendo, y Premio Puro de Cora de Periodismo.

«Pernas es un sentimental y sentimental es esta entrañable novela».

Nelson Marra. «Interviu».

«Ramón Pernas dota todo el relato de un tono de ensoñación y nostalgia que hipnotiza los sentidos».

Antonio Iturbe. «Que leer».

«Texto generado por la memoria con honda emoción y altas dosis de nostalgia y ternura»

Angel Basanta. «El cultural».

«La novela mas visceral e ideológica de un autor que pudiendo serlo todo, solo quiere ser escritor y vanguardia de un modo de pensar que muchos han olvidado»

Antonio Gomez Rufo. «La vanguardia».

«Esta novela está escrita con locuaz pasión, gotas de humor y magia y claridad de argumentos».

Luis Conde. «La esfera/El mundo de los libros».

COMUNICADO DE PRENSA

«Ramón Pernas ha construido esta novela con mimo y acierto»

Javier Goñi. Babelia/El Pais.

«Circo y literatura de calidad. Una de las mejores síntesis que se pueden imaginar»

Manuel Rivas (Presentador del libro).

Para más información y fotos:

Prensa.

Cristina

Teléfono

: 692 05 53 05

Correo electrónico

: prensa@tropoeditores.com

EL PABELLÓN AZUL. SINOPSIS

«El pabellón azul», de Ramón Pernas, dentro de la Colección Segundo Asalto, la novela que marca de manera definitiva la trayectoria literaria de Ramón Pernas. «El pabellón azul», ahora recuperado por Tropo, cuenta con el mérito de ser el punto de despegue del escritor gallego, que se considera «un contador de historias», «un heredero más» de la tradición oral y del realismo mágico gallego, de Cunqueiro, Camba, Fernández Flórez o Cela.

El galicismo militante del autor convierte cada página en un espacio imaginario que envuelve como la bruma a los protagonistas de una historia cargada de emoción y nostalgia, en un estilo sencillo y ajustado a la subjetividad de los recuerdos revividos por el narrador y protagonista.

Un viejo titiritero que antes fue actor, director y empresario ambulante en diversos espectáculos de circo, cine y teatro en diferentes lugares de España y América permite a Pernas bucear en la memoria. Desde su infancia y adolescencia en Italia hasta su establecimiento en Buenos Aires, después de haber recorrido muchos pueblos y ciudades de La Argentina, Augusto Bordino, viudo, retirado y solo en Vilaponte, adonde vino a parar por influencia de su mejor amigo, recuerda toda una vida errante por Europa y América, la peripecia familiar de los Bordino y sus amigos, gentes con alma de cómicos y saltimbanquis que encarnan la libertad y la alegría de vivir en la incertidumbre de la lucha por la existencia, sin perder nunca la fidelidad a sus orígenes y a sus convicciones íntimas.

«El pabellón azul» destila amistad y el amor a la familia y al mundo del espectáculo, con saltos abismales entre el presente narrativo de tristeza y desanimo del narrador y protagonista en Vilaponte y su pasado nómada, de agitación y bullicio, en el circo, el teatro y otras diversiones. Un viaje sin retorno a la vejez y la soledad callada de un titiritero.

La crítica reconoce en él la ironía de Torrente, la poesía de Valle Inclán, la retranca de Fernández Florez, la magia de Cunqueiro y el soterrado humor de Camba. No podía ser menos, se le concedió el Premio Letras de Bretaña 2008 al conjunto de su obra literaria.

Pero para Pernas, poco vale un libro sin lector:

«Al lector quiero hacerlo cómplice, es un reto que me preocupa. Escribo siempre la novela que a mí me gustaría leer».

RAMON PERNAS

Ramón Pernas es licenciado en Ciencias de la Información. Su trayectoria laboral y vital transcurre inmersa en una vorágine de letras: periodista, crítico literario, guionista, director editorial, y apasionado confeso del circo y la bruma de su Galicia natal.

Como escritor ha publicado numerosos cuentos en volúmenes colectivos y es autor junto a José Mario Armero de

Actualmente dirige Ámbito Cultural de El Corte Inglés y colabora como articulista en La Voz de Galicia.

Cien años de circo en España. Se inicia en la novela con Si tú me dices ven (Espasa, 1996), a la que sigue El pabellón azul (Espasa, 1998), Paso a dos, Premio Ateneo de Sevilla en 1999 y finalista del Premio Nacional de Literatura, Brumario (Espasa, 2000), Libro de Actas (Espasa, 2003) y Del viento y la memoria (Espasa, 2006) y Poesía (in)completa. Es Académico de número de la Real y Pontificia Academia Auriense Mindoniense de San Rosendo, y Premio Puro de Cora de Periodismo.

«Pernas es un sentimental y sentimental es esta entrañable novela».

Nelson Marra. «Interviu».

«Ramón Pernas dota todo el relato de un tono de ensoñación y nostalgia que hipnotiza los sentidos».

Antonio Iturbe. «Que leer».

«Texto generado por la memoria con honda emoción y altas dosis de nostalgia y ternura»

Angel Basanta. «El cultural».

«La novela mas visceral e ideológica de un autor que pudiendo serlo todo, solo quiere ser escritor y vanguardia de un modo de pensar que muchos han olvidado»

Antonio Gomez Rufo. «La vanguardia».

«Esta novela está escrita con locuaz pasión, gotas de humor y magia y claridad de argumentos».

Luis Conde. «La esfera/El mundo de los libros».

COMUNICADO DE PRENSA

«Ramón Pernas ha construido esta novela con mimo y acierto»

Javier Goñi. Babelia/El Pais.

«Circo y literatura de calidad. Una de las mejores síntesis que se pueden imaginar»

Manuel Rivas (Presentador del libro).

Para más información y fotos:

Prensa.

Cristina

Teléfono

: 692 05 53 05

Correo electrónico

: prensa@tropoeditores.com

«El pabellón azul», de Ramón Pernas, dentro de la Colección Segundo Asalto, la novela que marca de manera definitiva la trayectoria literaria de Ramón Pernas. «El pabellón azul», ahora recuperado por Tropo, cuenta con el mérito de ser el punto de despegue del escritor gallego, que se considera «un contador de historias», «un heredero más» de la tradición oral y del realismo mágico gallego, de Cunqueiro, Camba, Fernández Flórez o Cela.

El galicismo militante del autor convierte cada página en un espacio imaginario que envuelve como la bruma a los protagonistas de una historia cargada de emoción y nostalgia, en un estilo sencillo y ajustado a la subjetividad de los recuerdos revividos por el narrador y protagonista.

Un viejo titiritero que antes fue actor, director y empresario ambulante en diversos espectáculos de circo, cine y teatro en diferentes lugares de España y América permite a Pernas bucear en la memoria. Desde su infancia y adolescencia en Italia hasta su establecimiento en Buenos Aires, después de haber recorrido muchos pueblos y ciudades de La Argentina, Augusto Bordino, viudo, retirado y solo en Vilaponte, adonde vino a parar por influencia de su mejor amigo, recuerda toda una vida errante por Europa y América, la peripecia familiar de los Bordino y sus amigos, gentes con alma de cómicos y saltimbanquis que encarnan la libertad y la alegría de vivir en la incertidumbre de la lucha por la existencia, sin perder nunca la fidelidad a sus orígenes y a sus convicciones íntimas.

«El pabellón azul» destila amistad y el amor a la familia y al mundo del espectáculo, con saltos abismales entre el presente narrativo de tristeza y desanimo del narrador y protagonista en Vilaponte y su pasado nómada, de agitación y bullicio, en el circo, el teatro y otras diversiones. Un viaje sin retorno a la vejez y la soledad callada de un titiritero.

La crítica reconoce en él la ironía de Torrente, la poesía de Valle Inclán, la retranca de Fernández Florez, la magia de Cunqueiro y el soterrado humor de Camba. No podía ser menos, se le concedió el Premio Letras de Bretaña 2008 al conjunto de su obra literaria.

Pero para Pernas, poco vale un libro sin lector:

«Al lector quiero hacerlo cómplice, es un reto que me preocupa. Escribo siempre la novela que a mí me gustaría leer».

RAMON PERNAS

Ramón Pernas es licenciado en Ciencias de la Información. Su trayectoria laboral y vital transcurre inmersa en una vorágine de letras: periodista, crítico literario, guionista, director editorial, y apasionado confeso del circo y la bruma de su Galicia natal.

Como escritor ha publicado numerosos cuentos en volúmenes colectivos y es autor junto a José Mario Armero de

Actualmente dirige Ámbito Cultural de El Corte Inglés y colabora como articulista en La Voz de Galicia.

Cien años de circo en España. Se inicia en la novela con Si tú me dices ven (Espasa, 1996), a la que sigue El pabellón azul (Espasa, 1998), Paso a dos, Premio Ateneo de Sevilla en 1999 y finalista del Premio Nacional de Literatura, Brumario (Espasa, 2000), Libro de Actas (Espasa, 2003) y Del viento y la memoria (Espasa, 2006) y Poesía (in)completa. Es Académico de número de la Real y Pontificia Academia Auriense Mindoniense de San Rosendo, y Premio Puro de Cora de Periodismo.

«Pernas es un sentimental y sentimental es esta entrañable novela».

Nelson Marra. «Interviu».

«Ramón Pernas dota todo el relato de un tono de ensoñación y nostalgia que hipnotiza los sentidos».

Antonio Iturbe. «Que leer».

«Texto generado por la memoria con honda emoción y altas dosis de nostalgia y ternura»

Angel Basanta. «El cultural».

«La novela mas visceral e ideológica de un autor que pudiendo serlo todo, solo quiere ser escritor y vanguardia de un modo de pensar que muchos han olvidado»

Antonio Gomez Rufo. «La vanguardia».

«Esta novela está escrita con locuaz pasión, gotas de humor y magia y claridad de argumentos».

Luis Conde. «La esfera/El mundo de los libros».

COMUNICADO DE PRENSA

«Ramón Pernas ha construido esta novela con mimo y acierto»

Javier Goñi. Babelia/El Pais.

«Circo y literatura de calidad. Una de las mejores síntesis que se pueden imaginar»

Manuel Rivas (Presentador del libro).

Para más información y fotos:

Prensa.

Cristina

Teléfono

: 692 05 53 05

Correo electrónico

: prensa@tropoeditores.com

EL PABELLÓN AZUL. SINOPSIS

http://www.tropoeditores.com

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»El pabellón azul, Ramón Pernas»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «El pabellón azul, Ramón Pernas»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES (Junichiro Tanizaki), comentado por Mario Vargas Llosa

La casa de las bellas durmientes

La casa de las bellas durmientes

Leer una novela traducida de una lengua y una cultura tan distintas a la nuestra puede deparar sorpresas. Recuerdo haber quedado deslumbrado, hace años, por el final de una novela de Junichiro Tanizaki que leí en francés. La heroína, luego de padecer toda clase de tribulaciones, se encerraba en su casa a guisar un exquisito plato de pescado. Durante mucho tiempo me quedó rondando este final imprevisto, en el que el sufrimiento y la desazón de la pobre mujer desembocaban en un festín culinario. ¿No revelaba este insólito episodio los complicados refinamientos de una sensibilidad difícil de desentrañar para el occidental? Un amigo japonés destruyó mi poética lectura de la escena, revelándome que el pescadillo de la heroína era, en verdad, un veneno. Lo que yo creía exótica ceremonia de liberación resultó un vulgar suicidio.

Mientras leía el bellísimo relato de Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes, me he preguntado muchas veces cuánto se habría perdido en el trasiego de los signos originales a los recios vocablos españoles, cuántos matices, alusiones, perfumes, referencias o mensajes subliminales desaparecerían en el viaje lingüístico de una historia que, además de ser tierna, excitante y terrible, está tan cargada de simbolismo y de misterio como un texto de alquimia. Pero, en todo caso, lo que se ha conservado de ella es todavía mucho y el lector de nuestra lengua debe bucear en las densas aguas de esta ficción con el ánimo preparado para vivir una experiencia extraordinaria: la de una fábula extraña y seductora que documenta como pocas esa región profunda donde los deseos sexuales y las pulsiones de destrucción y de muerte se confunden, en contubernio inseparable.

La anécdota de La casa de las bellas durmientes parece inspirada en la historia bíblica del anciano rey desfalleciente a quien, para devolverlo a la vida, hacían dormir con una muchacha núbil: «Era ya viejo el rey David, entrado en años, y por más que le cubrían con ropas, no podía entrar en calor. Dijéronle entonces sus servidores: «Que busquen para mi señor, el rey, una joven virgen que le cuide y le sirva; durmiendo en su seno, el rey, mi señor, entrará en calor.» Buscaron por toda la tierra de Israel una joven hermosa, y hallaron a Abisaq, sunamita, y la trajeron al rey. Era esta joven muy hermosa, y cuidaba al rey y le servía, pero el rey no la conoció».

Se trata de un viejo mito o ilusión, que merodea por todas las culturas, y que Eguchi, el protagonista de la historia, recuerda en una de esas noches tristes e intensas que pasa en la vivienda de las muchachas dormidas: «Desde la antigüedad, los ancianos habían intentado usar la fragancia de las doncellas como un elixir de la juventud.» El no es un anciano decrépito y ya muerto para el sexo, como su amigo Kiga, quien le revela la existencia de la casa secreta, suerte de monasterio sexual o claustro de la fantasía, donde los clientes van a pasar la noche junto a jóvenes narcotizadas. Tiene 67 años y una potencia viril aún activa pero declinante; los placeres que él busca allí, si pueden ser llamados así, tienen que ver tanto con la memoria y la imaginación como con el cuerpo. La casa se rige por reglas estrictas, que protegen la integridad de las muchachas, algunas de las cuales son vírgenes: no pueden ser estupradas ni torturadas. Pero, eso sí, están allí para que, caldeadas por la cercanía de los bellos cuerpos desvanecidos, las mentes de los ancianos perpetren con ellas todos los excesos. Eguchi sucumbe a la tentación algunas veces y fantasea crueldades y muertes excitantes para sus dóciles compañeras. Pero éstas son manifestaciones excepcionales. A él, las bellas durmientes, a las que contempla con minucia, arrobo y, sobre todo, desesperación, le reavivan los recuerdos, le devuelven los rostros y las voces de viejas amantes, momentos cruciales de su existencia en los que, desdichado o feliz, vivió la vida con plenitud cabal, o, como le sucede con el recuerdo de su hija menor, violada por un pretendiente y casada con otro, sintió vértigo ante la insondable complejidad del alma humana.

¿Goza Eguchi junto a las muchachas dormidas? Difícilmente podría hablarse en su caso de felicidad, en el sentido de contentamiento con el mundo, consigo mismo y con los demás. Por el contrario, las bellas durmientes con las que Eguchi puede soñar pero no hablar, que nunca lo han visto y que jamás sabrán que pasó la noche con ellas, le dan una conciencia terrible de su soledad así como la juventud y la fresca belleza de sus caras y cuerpos le hacen ver la irremisible decadencia, tristeza y fealdad de la vejez. Sin embargo, La casa de las bellas durmientes no es una obra de estirpe puritana, uno de esos «exiemplos» medievales llenos de feroces acoplamientos para mostrar el horror del pecado. Nada de eso: es un relato en el que el erotismo —es decir, el amor físico enriquecido por la fantasía y el arte de la ceremonia— desempeña un papel capital. La delicadeza de las descripciones del cuerpo femenino y de los turbulentos deseos o las tiernas sensaciones que él despierta configuran a menudo una atmósfera de una sensualidad subyugante en la que todos los objetos del rededor —la colcha eléctrica, el cuadro de paisaje otoñal, las cortinas de terciopelo carmesí y hasta el lejano romper de las olas— se impregnan de carnalidad y de deseo.

Pero, en esta historia, «la chair est triste, helas!», como, en el poema de Mallarmé. Porque quien la protagoniza es un hombre al que la decadencia física da una acerada conciencia de muerte y porque esta casa del sexo es también un lugar lleno de enigmas y rituales, donde, sin quererlo ni saberlo, las bellas muchachas y sus ancianos clientes parecen animar un complicado libreto que alguien, desde las sombras, prepararía para ellos y, presumiblemente, observaría representar.

El personaje más misterioso de esta novela misteriosa no son las muchachas complacientes ni los ancianos que las alquilan, sino la mujer de la posada. ¿Es la dueña o sólo administra el lugar? Ella habla del «hombre que posee la casa», pero a éste nunca lo vemos; ella, en cambio, está siempre allí y toma todas las decisiones. Sombra furtiva, mujer sin nombre, de unos cuarenta y cinco años de edad, cuya voz suena como «un murmullo glacial», la circunda un aura inquietante. En todas sus apariciones comunica una impresión de dominio y de sabiduría que trasciende los límites de una mera celestina. Ni siquiera la muerte de la muchacha morena la inmuta o descuadra su impecable cortesía; su única aprensión, en ese momento dramático, es que Eguchi, actuando de manera atolondrada, «llame la atención». Se diría que no es el escándalo lo que teme, sino la inobservancia de las formas, esas formas rigurosas, secretas —las podríamos llamar también artísticas— que organizan la vida y la muerte en este espacio reservado, con sus leyes y ritos propios, distintos de los del mundo exterior, que es la posada de las durmientes. La sensación del lector es que esta mujer mueve los hilos invisibles de ese pequeño mundo ceremonial, que ella es como su sacerdotisa suprema y los demás personajes los dóciles oficiantes de un rito que ella ha concebido y que sólo ella conoce a cabalidad.

El erotismo es fantasía y es teatro, sublimación del instinto sexual en una fiesta cuyos protagonistas son los oscuros fantasmas del deseo que la imaginación anima y que ansia encarnar, en pos de un placer escurridizo, fuego fatuo que parece próximo y es, casi siempre, inalcanzable. Se trata de un juego altamente civilizado, al que sólo acceden las culturas antiguas que han alcanzado un elevado nivel de desarrollo y muestran ya síntomas de decadencia. El erotismo es incompatible con el espíritu emprendedor y miliciano de los pueblos conquistadores, los que se hallan en pleno proceso de expansión y consolidación, o con las sociedades espartanas, fanatizadas por un dogma religioso o político. En ellas, las energías del individuo son requeridas por el ideal colectivo, y el sexo, fuente de desmoralización espiritual y cívica, es reprimido y confinado a una función reproductiva: traer hijos al mundo para hacer la guerra ó servir a Dios.

El siglo erótico por excelencia, en Occidente, es el siglo XVIII. Siglo escéptico, de desmoronamiento de todas las certidumbres religiosas, científicas y sociales, en el que los ideales y los condicionamientos colectivos se derrumban y el individuo emerge, agigantado, autónomo, liberado de la placenta social y de la coyunda religiosa. La sociedad no se ha disgregado, pero sus instrumentos de control sobre los individuos se hallan tan debilitados y descompuestos que cada cual puede, de acuerdo a sus medios o talentos, tener la vida que le plazca; y la Iglesia, que nominalmente sigue siendo la guardiana de la moral y las costumbres, ha perdido tanto poder y se halla tan relajada y disuelta que, más bien, en lugar de velar porque los instintos humanos permanezcan constreñidos, contribuye a desbocarlos. Disociado de los fines utilitarios y morales de la mera reproducción, el amor torna a ser el territorio privilegiado del placer y un derecho recién descubierto que el individuo hace suyo y proclama a los cuatro vientos, en tratados filosóficos, en poemas y ficciones picarescas, pero, sobre todo, practicándolo, en las formas más barrocas y fantasiosas, ornamentándolo y complicándolo hasta lo indecible. Esta bella fiesta sensual significa, sin duda, de un lado, un gran salto liberador para el hombre, al que la sociedad devuelve, en lo que al sexo se refiere al menos, parte de aquella soberanía que toda sociedad debe recortar y codificar para hacer posible la coexistencia, la vida colectiva. Pero, de otro, significa también llenar las calles y las casas de la ciudad de unos demonios insaciables, de esas bestias ávidas —los deseos humanos— que, sin ataduras ni frenos —y, más bien, estimulados por la moral reinante— no pueden ser jamás satisfechos, pues sus apetitos y exigencias crecen vertiginosamente hasta poner en peligro la existencia misma de la vida gregaria. El erotismo, que comienza siendo, siempre, una fiesta regocijada y feliz, suele terminar en lúgubres o sangrientas hecatombes, porque para el deseo en libertad no hay otro límite que la muerte, como muestran esas atroces devastaciones en que terminan siempre las orgías de las novelas de Sade.

En la civilización industrial moderna el erotismo ha sido, por lo general, despojado de toda carga subversiva, esa vocación contestadora de lo existente —la transgresión de las reglas que regulan la vida en sociedad— que le es connatural, y transformado en un entretenimiento anodino, domesticado y comercial, en una suerte de caricatura de sí mismo. Salvo en el caso de ciertos individuos que lo practican a salvo de miradas indiscretas, en la cata-cumba, como lo que en verdad es: un juego exaltante y peligroso en el que el hombre puede enriquecerse y alcanzar una cierta plenitud; pero también destruir a los demás y destruirse.

Esto está maravillosamente mostrado por Kawabata en La casa de las bellas durmientes: «Cualquier clase de inhumanidad se convierte, con el tiempo, en humana. En la oscuridad del mundo están enterradas todas las variedades de transgresión», reflexiona el narrador, tan cerca de la conciencia de su personaje que este sombrío pensamiento podría ser del propio Eguchi. La ceremonia que los ancianos vienen a oficiar a la posada es agridulce y patética. Acostados junto a jóvenes insensibles, rememoran su potencia perdida, el fuego vital que incendió antes sus noches con mujeres como éstas, y que ahora es ceniza. El sueño profundo y artificial en el que están sumidas sus compañeras de lecho, garantiza la discreción y pone a salvo a los clientes del ridículo que sentirían, tal vez, al sentirse observados por ellas en los escarceos anodinos a los que sus cuerpos fofos y arruinados las someten. Protegidos de la vergüenza y de la humillación, en ese aposento donde, extrañamente, al mismo tiempo que las muchachas cambia el paisaje que decora la pared, juegan un rato con esos apacibles contornos femeninos y luego se duermen, ayudados por somníferos que forman parte, también, de los servicios de la casa. En las imágenes del sueño tienen, sin duda, los momentos más gratificantes de la noche, cuando el simulacro de goce que protagonizan parece más próximo a ser realidad. Pero esa ilusión puede deshacerse en la muerte, como le ocurre al viejo Fukura, quien pasa de éste al otro mundo en una de esas noches de figurado erotismo.

El sexo es la piedra de toque que revela lo que hay de feo y de triste en la vejez. Comparando su cuerpo con las pieles tersas y frescas, con las formas duras y elásticas de sus acompañantes, Eguchi tiene una conciencia acentuada de su decadencia física, del avance anticipado de la muerte por sus músculos y sus articulaciones. Y esa sensación roe y mata su placer apenas despunta. Pero, en su caso, lo que hay de obsceno y de innoble en los ritos que perpetra con las jóvenes dormidas, se atenúa por la delicadeza de sus recuerdos, por la elegancia y finura de ciertas imágenes que ha preservado su memoria y que la vecindad de las muchachas desnudas actualiza en su conciencia. Como aquel árbol de camelias, cuatricentenario, que vio con su hija menor en un templo de Kyoto, y cuyos racimos de flores de cinco colores diferentes eran tan espesos que tapaban el sol. La descripción es la más conmovedora del libro y también una de las más misteriosas porque, en el estado de la exaltación en que se encuentra el espíritu de Eguchi, los pétalos de la camelia dejan de ser castos y parecen animarse con su tenue «zumbide de abejas», de una tierna e inconsciente sensualidad, como la muchacha que duerme al lado del protagonista.

El pensamiento de la muerte ronda a Eguchi desde hace mucho, pues ya de joven había propuesto a una de sus amantes suicidarse juntos. Aquí esa tentación se reaviva, ante el espectáculo de las muchachas narcotizadas que ya parecen haber efectuado el tránsito y llamarlo desde la otra orilla. En pocas novelas se ha descrito más persuasivamente que en ésta esa pulsión de muerte que parece estar inevitablemente agazapada en la entraña del sexo, por lo menos cuando éste ha dejado de ser simple cópula animal, y se halla ennoblecido por la fantasía y la vocación de teatralidad con que lo cultivan las culturas más avanzadas. Curiosamente, estos progresos de la «civilización» en materia sexual reintroducen en la vida en sociedad una fuente de desquiciamiento y de violencia de los que suelen estar exonerados los pueblos primitivos: entre éstos no se dan, casi, los «crímenes del amor», los que sí florecen, en cambio, en las sociedades donde impera la libertad y donde retroceden los prejuicios y las servidumbres y donde la ciencia ha comenzado a derrotar a la enfermedad y a la ignorancia.

Breve, bella y profunda, La casa de las bellas durmientes deja en el ánimo del lector la sensación de una metáfora cuyos términos no son fáciles de desentrañar. ¿Qué esconde esta historia que, obviamente, no se agota en sí misma? ¿La paradoja de que el sexo, la fuente más rica del placer humano, sea también un pozo tétrico de frustraciones, sufrimientos y violencias? ¿Cómo, en este dominio, la civilización no puede desprenderse de la barbarie? Una novela no tiene por qué dar respuesta a estas preguntas; si sabe suscitarlas, como transpiración natural e inevitable de una fantasía que nos mantiene subyugados durante la lectura y luego pervive y se enriquece en el recuerdo, ha cumplido con creces su función y debemos agradecérselo.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO »
TÍTULO=»LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES (Junichiro Tanizaki)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES (Junichiro Tanizaki)»

PDF

FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI

EL TAMBOR DE HOJALATA (Gunther Grass)


Leí por primera vez El tambor de hojalata, en inglés, en los años sesenta, en un barrio de la periferia de Londres donde vivía rodeado de apacibles tenderos que apagaban las luces de sus casas a las diez de la noche. En esa tranquilidad de limbo la novela de Grass fue una aventura exaltante cuyas páginas me recordaban, apenas me zambullía en ellas, que la vida era, también, eso: desorden, estruendo, carcajada, absurdo.

La he releído en condiciones muy distintas, mientras, de una manera impremeditada, accidental, me veía arrastrado en un torbellino de actividades políticas, en un momento particularmente difícil de mi país. Entre una discusión y un mitin callejero, después de reuniones desmoralizadoras, donde se cambiaba verbalmente el mundo y no ocurría nada o luego de jornadas peligrosas, con piedras y disparos. También en este caso la rabelesiana odisea de Óscar Matzerath, su tambor y su voz vitricida fueron una compensación y un refugio. La vida era, también, eso: fantasía, verbo, sueño animado, literatura.

Cuando El tambor de hojalata salió en alemania, en 1959, su éxito instantáneo fue atribuido a diversas razones. George Steiner escribió que, por primera vez luego de la experiencia letal del nazismo, un escritor alemán se atrevía a encarar resueltamente, con total lucidez, ese pasado siniestro de su país y a someterlo a una disección crítica implacable. Se dijo, también, que esta novela, con su verba desenfadada y frenética, chisporroteante de invenciones, injertos dialectales, barbarismos, resucitaba una vitalidad y una libertad que la lengua alemana había perdido luego de veinte años de contaminación totalitaria. Probablemente ambas explicaciones sean ciertas. Pero, con la perspectiva actual, cuando la novela se acerca a la edad en que, figuradamente, su genial protagonista comienza a escribir —los treinta años— otra razón aparece como primordial, para el impacto que el libro ha seguido causando en los lectores: su desmesurada ambición, esa voracidad con que pretende tragarse el mundo, la historia presente y pasada, las más disímiles experiencias del circo humano, y trasmutarlos en literatura. Ese apetito descomunal de contarlo todo, de abrazar la vida entera en una ficción, que está tan presente en todas las cumbres del género y que, sobre todo, preside el quehacer narrativo en el siglo de la novela —el XIX— es infrecuente en nuestra época, de novelistas parcos y tímidos a los que la idea de competir con el código civil o de pasear un espejo por un camino, como pretendían Balzac y Stendhal, parece ingenuo: ¿no hacen eso, mucho mejor, las películas?

No, no lo hacen mejor (sino distinto). También en el siglo de las grandes narraciones cinematográficas la novela puede ser un deicidio, proponer una reconstrucción tan minuciosa y tan vasta de la realidad que parezca competir con el Creador, desmenuzando y rehaciendo —rectificado— aquello que creó. Grass, en un emotivo ensayo, ha reivindicado como su maestro y modelo a Alfred Döblin, a quien, con algo de retraso, se comienza ahora a hacer justicia como el gran escritor que fue. Y, sin duda, en Berlín Alexanderplatz hay algo de la efervescencia protoplasmática y multitudinaria que da a El tambor de hojalata su carácter de amplío fresco de la historia humana. Pero en este caso no hay duda de que la ambición creadora del discípulo superó a la del maestro y que, para encontrarle una filiación, tenemos que remontarnos a los momentos más altos del género, aquellos en que el novelista, presa de un frenesí tan exagerado como ingenuo, no vacilaba en oponer al mundo real un mundo imaginario en el que aquél parecía capturado y negado, resumido y abjurado como en un exorcismo.

La poesía es intensa; la novela, extensa. El número, la cantidad, forman parte constitutiva de su cualidad, porque toda ficción se despliega y realiza en el tiempo, es tiempo haciéndose y rehaciéndose bajo la mirada del lector. En todas las obras maestras del género ese factor cuantitativo —ser abundante, múltiple, durar— está siempre presente: por lo general la gran novela es, también, grande. A esa ilustre genealogía pertenece El tambor de hojalata, donde todo un mundo complejo y numeroso, pletórico de diversidad y de contrastes, se va erigiendo ante nosotros, los lectores, a golpes de tambor. Pero, a pesar de su abigarramiento y vastedad, la novela nunca parece un mundo caótico, una dispersión animada, sin centro (como ocurre, en cambio, con Berlín Alexanderplatz o con la trilogía de Dos Passos, U.S.A.), pues la perspectiva desde la cual está visto y representado el mundo ficticio da trabazón y coherencia a su barroco desorden. Esta perspectiva es la del protagonista y narrador, Óscar Matzerath, una de las invenciones más fértiles de la narrativa moderna. El suministra un punto de vista original, que baña de originalidad y de ironía todo aquello que describe —independizando, así, la realidad ficticia de su modelo histórico— al mismo tiempo que encarna, en su imposible naturaleza, en su condición de creatura anómala, a caballo entre la fantasía y lo real —una metáfora de lo que es, en sí misma, toda novela: un mundo aparte, soberano, en el que, sin embargo, se refracta esencialmente el mundo concreto; una mentira en cuyos pliegues se transparenta una profunda verdad.

Pero las verdades que una novela hace visibles son rara vez tan simples como aquellas que formulan las matemáticas o tan unilaterales como las de ciertas ideologías. Por lo general, adolecen, igual que la mayoría de las experiencias humanas, de relativismo, configuran una imprecisa entidad en la que la regla y su excepción, o la tesis y la antítesis, son inseparables o tienen valencias morales semejantes. Si hay un mensaje simbólico encarnado en la peripecia histórica que relata Óscar Matzerath, ¿cuál es? Que, a los tres años, por un movimiento de la voluntad, decida dejar de crecer, significa un rechazo del mundo al que tendría que integrarse de ser una persona normal y esta decisión, a juzgar por los horrores y absurdos de ese mundo, delata indiscutible sabiduría. Su pequenez le confiere una especie de extraterritorialidad, lo minimiza contra los excesos y las responsabilidades de los demás ciudadanos. Desde ese margen en el que su estatura insignificante lo coloca, Óscar goza de una perspectiva privilegiada para ver y juzgar lo que sucede a su alrededor: la del inocente. Esta condición moral se transmuta en la novela en atributo físico: Óscar, que no es cómplice de aquello que ocurre en torno suyo, está revestido de una invisible coraza que le permite atravesar indemne los lugares y situaciones de más riesgo, como se hace patente, sobre todo, en uno de los cráteres del libro: la defensa del correo polaco de Danzig. Allí, en medio del fragor de la metralla y la carnicería, el pequeño narrador observa, ironiza y cuenta con la tranquila seguridad del que se sabe a salvo.

Esa perspectiva única impregna al testimonio de Óscar su originalísimo tono, en el que se mezclan, como en una bebida exótica de misteriosas fragancias, lo insólito y lo tierno, la irreverencia cívica y una trémula delicadeza, las extravagancias, la ferocidad y las burlas. Igual que la imposible combinación de los dos tótems intelectuales de Óscar —Goethe y Rasputín—, su voz es una anomalía, un artificio que imprime al mundo que describe —mejor dicho, que inventa— un sello absolutamente personal.

Y, sin embargo, pese a la evidente artificialidad de su naturaleza, a su condición de metáfora, el enanito que redobla su tambor y nos relata el apocalipsis de una Europa desangrada y descuartizada por la estupidez totalitaria y por la guerra, no nos comunica una animadversión nihilista hacia la vida. Todo lo contrario. Lo sorprendente es que, al mismo tiempo que su relato es una despiadada acusación contra sus contemporáneos, rezuma una cálida solidaridad hacia este mundo, el único que obviamente le importa. Desde su pequenez monstruosa e indefensa, Óscar Matzerath se las arregla, aun en los peores momentos, para transmitirnos un amor natural y sin complejos por las buenas y divertidas cosas que también tiene este mundo: el juego, el amor, la amistad, la comida, la aventura, la música. Por razones tal vez de tamaño, Óscar siente con sensibilidad mucho mayor aquello que corresponde a lo más elemental y lo que está más cerca de la tierra y del barro humano. Desde allí abajo, donde está confinado, descubre —como aquella noche, cuando, agazapado bajo la mesa familiar, sorprendió los nerviosos movimientos adúlteros de las piernas y los pies de sus parientes— que en sus formas más directas y simples, las más terrestres y plebeyas, la vida contiene posibilidades formidables y está cuajada de poesía. En esta novela metafórica, esto se halla maravillosamente representado en una imagen recurrente en la memoria de Óscar: el cálido y acampanado recinto que conforman las cuatro faldas que usa su abuela, Ana Koljaiczek, cuando ésta se agacha, y que ofrece a quienes buscan allí hospitalidad un sentimiento casi mágico de salvaguarda y de contento. El más simple y rudimentario de los actos, al pasar por la voz ra-belesiana de Óscar, puede transubstanciarse en un placer. ¿Voz rabelesiana? Sí. Por su jocundia y su vulgaridad, su desparpajo y su ilimitada libertad. También, por el desorden y la exageración de su fantasía y por el intelectualismo que subyace al carácter populachero de que se reviste. Aunque leída en una traducción, por buena que ésta sea (es el caso de la que presento) siempre se pierde algo de la textura y los sabores del original, en El tambor de hojalata la fuerza poco menos que convulsiva del habla, del vozarrón torrencial del narrador, rompe la barrera del idioma y llega hasta nosotros con fuerza demoledora. Tiene el vitalismo de lo popular pero, como en el Buscón, hay en ella casi tantas ideas como imágenes y una compleja estructura organiza ese monólogo aparentemente tan caótico. Aunque el punto de vista es tercamente individual, lo colectivo está siempre presente, lo cotidiano y lo histórico, menudos episodios intrascendentes del trabajo o la vida hogareña o los acontecimientos capitales —la guerra, las invasiones, los pillajes, la reconstrucción de alemania—, si bien metabolizados por el prisma deformante del narrador. Todos los valores en mayúscula, como el patriotismo, el heroísmo, la abnegación ante un sentimiento o una causa, al pasar por Óscar, se quiebran y astillan como los cristales al impacto de su voz, y aparecen, entonces, como insensatas veleidades de una sociedad abocada a su destrucción. Pero, curiosamente, el catastrofismo que el lector de El tambor de hojalata percibe inscrito en la evolución de la sociedad, no impide que ésta, mientras se desliza hacia su ruina, sea siempre vivible, humana, con seres y cosas —paisajes, sobre todo— capaces de despertar la solidaridad y la emoción. Ésta es, sin duda, la mayor hazaña del libro: hacernos sentir, desde la perspectiva de las gentes humildes entre las que casi siempre se mueve, que la vida, aun en medio del horror y la enajenación, merece ser vivida.

A diferencia de su gran versatilidad estilística, llena de brío inventivo, la estructura de la novela es muy sencilla. Óscar, recluido en un sanatorio, narra episodios que se remontan a un pasado mediato o inmediato, con algunas fugas hacia lo remoto (como la risueña síntesis de las diversas invasiones y asentamientos dinásticos en la historia de Danzig). El relato muda continuamente del presente al pasado y viceversa, según Óscar recuerda y fantasea, y ese esquema resulta a veces un tanto mecánico. Pero hay otra mudanza, también, de naturaleza menos obvia: el narrador habla a veces en primera persona y otras en tercera, como si el enanito del tambor fuera otro. ¿Cuál es la razón de este desdoblamiento esquizofrénico del narrador a quien vemos, a veces, en el curso de una sola frase, acercarse a nosotros con la intimidad abierta del que habla desde un yo y alejarse en la silueta de alguien que es dicho o narrado por otro? En la casa de las alegorías y las metáforas que es esta novela haríamos mal en ver en esta identidad cambiante del narrador un mero alarde estilístico. Se trata, sin duda, de otro símbolo más, que representa aquella doblez o duplicación inevitable que padece Óscar (¿que padece todo novelista?), al ser, simultáneamente, el narrador y lo narrado, quien escribe o inventa y el sujeto de su propia invención. La condición de Óscar, desdoblándose así, siendo y no siendo el que es en lo que cuenta, resulta una perfecta representación de la novela: género que es y no es la vida, que expresa el mundo real transfigurándolo en algo distinto, que dice la verdad mintiendo.

Barroca, expresionista, comprometida, ambiciosa, El tambor de hojalata es, también, la novela de una ciudad. Danzig rivaliza con Óscar Matzerath como protagonista del libro. Este escenario se corporiza con rasgos a la vez nítidos y escurridizos, pues, como un ser vivo, está continuamente cambiando, haciéndose y rehaciéndose en el espacio y en el tiempo. La presencia casi tangible de Danzig, donde ocurre la mayor parte de la historia, contribuye a imprimir a la novela su materialidad, ese sabor de lo vivido y lo palpado que tiene su mundo, pese a lo extravagante e incluso delirante de muchos episodios.

¿De qué ciudad se trata? ¿Es la Danzig de la novela una ciudad verídica traspuesta por Grass a la manera de un documento histórico o es otro producto de su imaginación desalada, algo tan original y arbitrario como el hombrecito cuya voz pulveriza las vidrieras? La respuesta no es simple porque, en las novelas —en las buenas novelas—, como en la vida, las cosas suelen ser casi siempre ambiguas y contradictorias. La Danzig de Grass es una ciudad-centauro, con las patas hundidas en el barro de la historia y el torso flotando entre las brumas de la poesía.

Un misterioso vínculo une la novela con la urbe, un parentesco que no existe en los casos del teatro y de la poesía. A diferencia de éstos, que florecen en todas las culturas y civilizaciones agrarias, antes de la preeminencia de las ciudades, la novela es una planta urbana a la que parecen serle imprescindibles para germinar y propagarse las calles y los barrios, el comercio y los oficios y esa muchedumbre apiñada, variopinta, diversa de la ciudad. Lukács y Goldmann atribuyen este vínculo a la burguesía, clase social en la que la novela habría encontrado no sólo su audiencia natural, sino, también, su fuente de inspiración, su materia prima, su mitología y sus valores: ¿no es el siglo burgués por excelencia, el siglo de la novela? Sin embargo, esta interpretación clasista del género no tiene en cuenta los ilustres precedentes de la novelística medieval y renacentista —los romances de caballerías, la novela pastoril, la novela picaresca— donde el género tiene una audiencia popular (el «vulgo» analfabeto escucha, hipnotizado, las gestas de Amadises y Palmerines, contadas en los mercados y en las plazas) y, en algunas de sus ramas, también palaciega y aristocrática. En verdad, la novela es, urbana en un sentido comprensivo, totalizador: abraza y expresa por igual a ese conglomerado policlasista que es la sociedad urbana. La palabra clave es, tal vez, «sociedad». El universo de la novela no es el del individuo sino el del individuo inmerso en un tejido humano de relaciones múltiples, el de un hombre cuya soberanía y cuyas aventuras están condicionadas por las de otros como él. El personaje de una novela, por solitario e introvertido que sea, necesita siempre del telón de fondo de una colectividad para ser creíble y persuasivo; si esa presencia múltiple no se insinúa y opera de algún modo la novela adquiere un aire abstracto e irreal (lo cual no es sinónimo de «fantástica»: las pesadillas imaginadas por Kafka, aunque bastante despobladas, están firmemente asentadas en lo social). Y no hay nada que simbolice y encarne mejor la idea de sociedad que la urbe, espacio de muchos, mundo compartido, realidad gregaria por definición. Que ella sea, pues, la tierra de elección de la novela parece coherente con su predisposición más íntima: representar la vida del hombre en medio de los hombres, fingir la condición del individuo en su contexto social.

Ahora bien, hay que entender aquellos verbos —representar, fingir— en su más estricta acepción teatral. La ciudad novelesca es, como el espectáculo que contemplamos en el escenario, no lo real sino su espejismo, una proyección de lo existente a la que el proyeccionista ha impregnado una carga subjetiva tan personal que lo ha hecho mudar de naturaleza, emancipándolo de su modelo. Pero, esa realidad vuelta ficción por las artes mágicas del creador —la palabra y el orden— conserva, sin embargo, un cordón umbilical con aquello de lo cual se ha emancipado (o, en todo caso, debería conservarlo para ser una ficción lograda): cierto tipo de experiencias o fenómenos humanos que esta ión novelesca de la vida saca a la luz y hace comprensibles.

La ciudad de Danzig, en El tambor de hojalata, tiene la consistencia inmaterial de los sueños y, a ratos, la solidez del artefacto o de la geografía; es un ente móvil cuyo pasado se incrusta en el presente y un híbrido y fantasía en el que las fronteras entre ambos órdenes son inciertas y traslaticias. Ciudad en la que diversas razas, lenguas, naciones han pasado o coexistido, dejando ásperos sedimentos; que ha cambiado de bandera y de pobladores al compás de los vendavales bélicos de nuestro tiempo; que, al comenzar a evocar sus recuerdos el narrador de la historia, ya no existe de ella prácticamente nada de aquello que es materia de su evocación —era alemana y se llamaba Danzig; ahora es polaca y su nombre es Gdansk; era antigua y sus asistencia, viejas piedras testimoniaban una larga historia; ahora, reconstruida de la devastación, parece haber renegado de todo pasado—, el escenario de la novela no puede ser, en su imprecisión y en sus mudanzas, más novelesco. Se diría obra de la imaginación pura y no un producto caprichosamente esculpido por una historia sin brújula.

A caballo entre la realidad y la fantasía, la ciudad de Danzig, en la novela, late con una soterrada ternura y la circula la melancolía como una leve niebla invernal. Es tal vez el secreto de su encanto. Ante sus calles y su puerto de muelles inhóspitos y grandes barcazas, su operático Teatro Municipal o su Museo de la Marina —donde Heriberto Truczinski muere tratando de hacer el amor con un mascarón de proa— las ironías y la beligerancia de Óscar Matzerath se derriten como el hielo ante la llama y brota en su prosa un sentimiento delicado, una solidaridad nostálgica. Sus descripciones matizadas y morosas de los lugares y las cosas humanizan la ciudad y le dan, en ciertos episodios, una carnalidad teatral. Al mismo tiempo es poesía pura: un dédalo de calles, o descampados ruinosos, o emociones sórdidas que se suceden sin ilación, en el vaivén de los recuerdos, metamorfoseados por los estados de ánimo del narrador. Flexible y voluble, la ciudad de la novela, como su personaje central y sus aventuras, es, también, un hechizo que a fuerza de verbo y delirio, nos ilumina una cara oculta de la historia real.

FICHA DEL LIBRO
ENLACE AL LIBRO: CONVERTIR ESTE LIBRO «
TÍTULO=»EL TAMBOR DE HOJALATA (Gunther Grass)»
ENLACE DE DESCARGA: ENLACE DE DESCARGA (En el banner vertical)
REFERENCIA Y AUTOR: «EL TAMBOR DE HOJALATA (Gunther Grass)»

PDF


FORMATOS DISPONIBLES: EPUB,FB2,MOBI