VIAJEROS EN EL UMBRAL (Luis Fernando Escalona)

Hay un lugar que es el centro de la existencia donde todos los mundos se entrelazan: La Montaña de los Caminos. Ahí, los viajeros deben abrir puertas, sabiendo que una vez cruzadas, no podrán regresar. En ese lugar, la fantasía y la realidad se confunden. Paisajes que nos hacen pensar a México, personajes que nos recuerdan al Oeste Norteamericano, el Caos y la creación de mundos nuevos y posibilidades; el amor, la desgracia y una promesa… todo mezclado dentro de un mundo que se parece al nuestro, pero que no lo es. Alguien observa a los personajes de la historia: el lector; porque tambien él es un viajero a la puerta de la novela.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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NARSÚ Y EL COLLAR MÁGICO (Miguel Ángel Villar Pinto)

Tras haber salvado de la muerte a un príncipe de los mares, Narsú recibe en agradecimiento un collar mágico. Sin embargo, tan valioso regalo atraerá sobre él envidias que le forzarán a abandonar su hogar y adentrarse en tierras lejanas de oriente, donde conocerá a una misteriosa princesa, la clave para desvelar el enigma de una estatua encantada, unida al collar.

«Ambientada en un oriente fantástico, Narsú y el collar mágico es una novela infantil que continúa la temática iniciada por el autor en su colección de cuentos Leyendas de Arabia, inspirada en Las mil y una noches. Una gran aventura en un mundo extraordinario y exótico.»

Reseña Editorial

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EL CAZADOR OCULTO

Lo que yo llamo: "Tribulaciones de un adolescente sociópata"

Acabo de terminar la lectura de “The catcher in the rye” o “El cazador oculto”, como lo traduce Pedro B. Rey, de Sudamericana Joven, edición de 1998, para la versión en español de esta novela que tanto revuelo ha causado, a través del tiempo en las gentes jóvenes de las Américas.
Si J.D. Salinger se propuso graficar la personalidad de un adolescente sociópata, la novela es excelente. Me gustaría pensar que su lectura ha de ser una delicia para cualquier sicoanalista.
Holden, el personaje del Cazador Oculto, no dice nada. Siempre empieza a decir algo, sugiere que va a emitir una opinión y repentinamente calla. Desprecia profundamente al posible oyente, como desprecia a todos los que lo rodean. Holden es incapaz de comunicarse con nadie. No lo logra ni con su “querida” hermanita Phoebe que un momento llega a decirle que él no ha hecho nada en su vida, y, más aún, lo reta insistentemente a que mencione una sola cosa hecha por él. Holden es incapaz de responder. En otro momento el cazador intenta comunicarse con una chica, antigua enamorada, llamada Sally y cuando logra obtener una cita con ella, destruye la relación en un dos por tres, siempre bajo la premisa-conclusión de que ella es snob, cursi, ignorante e incapaz de pensar. Todos los hombres que lo rodean son para el cazador, o maricones o ignorantes o cerdos incapaces de pensar como él. Su posición ante la vida real me hace recordar a los jóvenes que leían “El Hombre Mediocre” de J. Ingenieros, allá por los años sesenta, y a partir de ese momento calificaban a todas las personas que conocían, como águilas o ratones. Conocí a uno que habiendo calificado a un nuevo concurrente como águila, luego, al detectar alguna idea que no le gustó de este nuevo “ave rapaz”, le dijo: “Tú eres un ratón que se ha pegado las alas con cinta scotch.”
No me maravillo al enterarme de que el adolescente asesino de John Lenon y el joven que atentó y disparó contra Ronald Reagan tenían en el bolsillo un ejemplar de esta novela. Ambos eran sociópatas. Los dos parecidos a Holden y al personaje de Robert de Niro en la película “Taxi driver”.
Bueno, pero ¿se puede hacer una novela con un personaje central que es un sociópata, narrada en primera persona? Laura Restrepo cita, en su novela “Delirio”, a Gore Vidal haciendo mención de un consejo que Henry James da como advertencia a los escritores “que no pusieran a un loco como personaje central de una narración, sobre la base de que al no ser el loco moralmente responsable, no habría verdadera historia que contar.”
Henry Miller, en su Trópico de Cáncer, aparece como otro sociópata, pero uno que dice cosas que vale la pena escuchar, rumiar y por último, fantasear. El Cazador oculto no dice nada que merezca escrutinio.
Aún más, ¿qué clase de enfermo mental es el Artemio Cruz de Carlos Fuentes, que también cuenta en primera persona su biografía, desde su lecho de muerte? ¿Un narrador sociópata y por lo tanto moralmente no responsable, que se muere al final de lo narrado? Pero qué interesantes juicios, raciocinios, blasfemias y cuestionamientos que hacen los personajes de Miller y de Fuentes.
Al leer el final de la primera página o al comenzar la segunda página del “Trópico de Cáncer”, según sea la edición, cuando Miller dice que ese no es un libro sino un insulto prolongado y otras cosas terribles más, llegué a la conclusión de que yo debería, algún día, llegar a ser un escritor.
Cuando leí “La Muerte de Artemio Cruz”, comprendí que es posible narrar una historia desde el interior de la mente caótica de un moribundo que no conoce límites, desconoce la moral y que no tiene vergüenza de admitirlo.
Pero, volviendo al “Cazador Oculto” de Salinger, creo que encontré en el libro sólo un pensamiento digno de rescate, la cita del psicoanalista Wilhem Stekel, que Holden recibe del señor Antolini: “El rasgo distintivo del hombre inmaduro es que quiere morir noblemente por una causa, mientras que el del hombre maduro es que quiere vivir humildemente por una.” Holden oye y lee el consejo, pero de inmediato le da cansancio, dolor de estómago, dolor de cabeza y se niega a pensar. Todos estos son síntomas de serios problemas de adaptación social.
Aparentemente el libro es importante por el lenguaje que Salinger utilizó para narrarlo. No es importante por lo que dice o no dice, sino más bien por “cómo lo dice.” El lenguaje conversacional que los adolescentes norteamericanos usan en ausencia de los adultos. La traducción que menciono haber leído no captura esa sutileza. De repente la traducción es válida para el lector argentino. Voy a dar un ejemplo tan sólo: la versión en inglés dice: “I am the one that´s flunking out of the goddam place, and yu’re asking me to write you a goddam composition,” I said. Esta es la versión original que revela el lenguaje conversacional de los adolescentes en secundaria.
El libro que leí en español dice: “Me acaban de echar de este lugar de porquería y me estás pidiendo que te escriba una composición,” le dije.
La traducción que yo pienso sería más fiel al original podría decir: “Me acaban de botarCONVERTIR ESTE LIBRO «
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TÍTULO=»\_ednref2\»>[ii] lugar, y tú me estas pidiendo que te escriba una maldita composición,” le dije. En cualquier otro libro, me trago la diferencia y me conformo con entender en gruesos términos lo que el autor quiso decir. En el libro de que hablamos, no. Repito, en esta novela lo más importante es: el cómo dice el personaje, cada cosa. La traducción para “Goddam”, no es “porquería”, de ninguna manera.
El resto del libro, “El cazador oculto” no dice nada constructivo ni inquietante. Es un documento paralizado, como es Salinger. Un ermitaño hosco y mudo, un perfecto sociópata, un suicida frustrado (ver el cuento “A perfect day for bananafish”), para el que probablemente todos, especialmente yo, somos unos malditos estúpidos que no somos capaces de pensar de una manera, “fucking decent”, como piensa él.
Para los adolescentes es otra cosa. La novela del cazador es una posición de rebeldía. ¿Contra qué?, no importa. Es la violencia que resulta de la impotencia que un joven experimenta cuando desea ser independiente, pero sabe, positivamente, que es incapaz de lograrlo, no porque alguien se lo impida, sino porque no se siente capaz de vivir por su cuenta. Si se va de su casa, no tendrá donde dormir, no comerá, no podrá hacer muchas de las cosas que él aspira intensamente hacer. La mayoría de los jóvenes, menores de edad, optan por la conveniente convivencia con los adultos, sus padres, hasta que son capaces de vivir por sí. Otros, no. Se estrellan contra la realidad y se paralizan en la acción, como nuestro cazador.
En el caso de Holden, Mr. Salinger, sabiamente le resuelve el problema. Le crea una abuela rica que le engorda la cuenta en el banco y con este capital él puede hacer cosas que ningún otro adolescente sin dinero, a su derredor, podría hacer. Un recurso fácil de Salinger para darle credibilidad a su personaje, que algunos defienden como la perfecta imagen de un niño (?).
Pero al final, esta es sólo una lectura. Mi lectura.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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LA VOZ EN EL ESPEJO (Rafael Fauquié)

Un espejo devuelve la imagen que nos identifica, la cara que todos miran, esa máscara que somos siempre para el otro. Individualmente, somos máscaras; colectivamente, pueblos y culturas, también lo son. Enmascararse es un itinerario y una supervivencia; itinerario de una supervivencia. Las culturas duran, permanecen, en la medida en que logran autorrepresentarse, hacerse de un rostro que perdurablemente las distinga. Ellas son lo que ha sido la historia, su pasado; y en esa suma de experiencias están dibujadas, como facciones de un rostro, las consecuencias de los itinerarios vividos. De entre los espacios tallados por esos itinerarios, pueblos y culturas escogen una representación: máscara que los cubra, reflejo que los revele, voz con la que hacerse escuchar, signo que los perpetúe…

 

América Latina gusta de reconocerse en su rostro artístico y, más aún, literario. Ese espacio es nuestro espejo ideal. El que refleja la imagen que quisiéramos proyectar. El que repite la voz con que nos gustaría hacernos oir. Ningún otro de nuestros espacios –político, económico, social- nos enorgullece. En ningún otro itinerario hemos descubierto originalidad o trascendencia. Los latinoamericanos descreemos de nuestros políticos y queremos creer a nuestros pensadores. Respetamos más la palabra de nuestros escritores que la acción o las promesas de acción de nuestros dirigentes. Nos atrae la palabra idealista que nos diga que nuestros sistemas sociales llegarán a funcionar algún día. Ilusión a cambio de realidad; apariencia a cambio de verdad.

 

Voz y espejo. Voz en el espejo o sobre el espejo: éste no logra reflejar aquélla; sólo puede reproducir, efímeramente, imágenes reales. Efímeras, también, las voces reproducen imágenes: de intenciones, de ideas, de aspiraciones; signos que la brillante y fría superficie del espejo no podrá registrar. Algo imposible hay en una imagen que aspira a ser realidad. Algo imposible como esa aspiración latinoamericana de identificar itinerarios y retóricas, vida y palabra, ser y anhelo de ser, historia y sueño…

 

La voz en el espejo pareciera plantear casi una sinécdoque: la literatura de ideas, de conceptos, como representación de la totalidad de la literatura latinoamericana. En realidad, más que eso, este libro propone la valoración de ciertas facciones de un rostro latinoamericano. Rostro de herejía, de juventud (que es no saber aún lo que se quiere o no saber aún lo que se es), de marginalidad y desamparo, de ocultamiento e indagación, de disimulo, de individualismo, de incertidumbre…

 

A los escritores que en este libro aparecen, los percibo como voces de algo que quiero y he querido escuchar, facciones de una máscara en la cual, como latinoamericano y como intelectual, me reconozco o quisiera reconocerme.

 

 

Rafael Fauquié

 

 

 

Caracas, febrero de 1993

 

 

 

URL: http://rafaelfauquie.dsm.usb.ve/

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EL SILENCIO, EL RUIDO, LA MEMORIA (Rafael Fauquié)

En el año de 1948, Enrique Bernardo Núñez, uno de nuestros escritores más dolorosamente evocadores de una tradición que desaparecía, escribe en un periódico de Caracas un artículo que me atrajo siempre por su poesía, por su nostalgia, honda y triste. Dice así: "Gentes de todos los países se apoderan de Caracas (…) Mañana, tal vez, algún escritor se cuente entre sus descendientes. La brisa esparcerá en torno suyo el secreto de las cosas, de las generaciones desaparecidas. Y movido por la ternura del cielo, por el amor a la ciudad que ha visto desde niño, acaso escriba un bello libro". Entre esos nuevos emigrantes, en sus directos descendientes, distinguió Enrique Bernardo Núñez a los futuros cronistas del país, a los venezolanos de mañana nostálgicos de un ayer. Cada generación establece, a su manera, una especial relación con su lugar y su tiempo. El interés hacia el pasado es, frecuentemente, el resultado de una decisión. Cada quien escoge su propia relación con la tradición: hay voluntades más o menos indiferentes, actitudes más o menos acuciosas. Curiosidad o desinterés no son sino opciones. Yo escogí la curiosidad. Me gusta escuchar la locuacidad del tiempo. Opongo esa locuacidad al olvido y al silencio. Sin memoria no hay arraigo, sin arraigo no hay pertenencia. La voluntad de arraigar es una opción, tan personal, tan consciente, como cualquier otra.

 

Este prefacio tiene que ver con mi libro, claro, pero también con mi propia realidad personal; con mi historia. Soy, al igual que el "descendiente" del que habla Enrique Bernardo Núñez, hijo de extranjeros. Mis padres, españoles, llegaron a Venezuela en aquellos febriles años de comienzos de los cincuenta: el mayor momento migratorio que el país haya conocido. El espacio de una nueva nación que se forjaba a la sombra de un hiperdinamismo petrolero los acogió. Echaron raíces definitivas en una realidad y una geografía que les eran nuevas. Yo nací en la Caracas de finales del año 1954. En ella viví hasta mis seis años. Por razones diversas, toda la familia ‑escasamente tres personas: los tres que fuimos siempre‑ regresamos a España en 1960. Allí vivimos un corto tiempo. Curiosamente, mi padre no logró readaptarse a su país y un día decidió el regreso a Venezuela. Ya para entonces Venezuela y Caracas eran un muy lejano recuerdo: apenas vaga mención casi irreal. A mi regreso a la ciudad en que había nacido, me descubrí como extranjero en mi patria. Había perdido contacto con mi país. Durante varios años ese contacto fue forjándose de nuevo: lenta y trabajosamente.

 

Desde el colegio, durante años y más años de clases de historia patria y de Moral y Cívica, distintos profesores me enseñaron a tomar conciencia de la realidad nacional. Esos profesores nos mostraban a mí y a mis compañeros una historia hecha ejemplo pedagógico. Se enseñaba historia para educarnos políticamente. El pasado era ante todo una excusa para formar buenos y democráticos venezolanos. Libros y clases de historia enseñaban un país que no era país: era ejemplo de comportamiento cívico. No se me enseñó a comprender a mi patria: se me enseñó a venerar un decorado parcial en donde pequeños retazos del pasado eran dibujados con colores siempre moralizantes, con signos sólo ejemplares.

 

Y sin embargo aquello que jamás alcanzó a mostrarme ningún libro de Historia Patria durante todos aquellos años del colegio, sí existía. Estaba presente en distintos libros y artículos de Briceño Iragorry, de Picón Salas, de Arturo Uslar Pietri. La lucidez de estos autores contradecía los tediosos lugares comunes de los textos escolares, su estéril repetición de clichés, su machacona reiteración de parcelas de memoria. Era como si infranqueables abismos se hubiesen abierto entre nuestros intelectuales y nuestra burocracia educativa. No parecía haber diálogo alguno entre aquéllos y ésta. Curiosísima paradoja: se escuchaba respetuosamente a los pensadores ‑se los consagraba, incluso‑ pero sus ideas y puntos de vista no parecían llegar a ningún lado ni a nadie: chocaban con una inercia burocrática que, permanentemente, se encargaba de declarar la inviabilidad de todo, de sopesar, melindrosa, el significado político o la "utilidad ciudadana" de casi cualquier cosa.

 

La universidad ‑desde la carrera de Letras que escogí‑ me mostró otro particular aspecto del fenómeno: lo venezolano era un poco el pariente pobre de las distintas materias de los programas de estudio. La literatura venezolana, por ejemplo, se enseñaba poco y se enseñaba mal. Tampoco había en ese entonces ningún tipo de referencias sistemáticas al pasado, a la historia venezolana.

 

Terminados mis estudios universitarios obtuve una beca Gran Mariscal de Ayacucho y fui a estudiar durante dos años a París: Sociología de la literatura. Mi estadía en Francia fue un descubrimiento: allí viví, sentí de cerca, la realidad del auténtico extranjero. En Francia era ‑a pesar de mi apellido de lejanas evocaciones francesas‑ un extranjero; esto es: alguien diferente que tiene otra cultura, que habla otro idioma. Las lenguas son siempre herederas de las diferencias entre los pueblos. Ramos Sucre dijo una vez que un idioma era infinitamente más que solo una suma de convenciones arbitrarias, que él era el universo todo a él traducido. Jorge Luis Borges, por su parte, expresó algo similar: "Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos". Físicamente las palabras se revisten de formas sonoras que identifican a las lenguas. Mayor o menor guturalidad, abundancia o escasez de vocales o consonantes: esa sonoridad, esa forma, expresa una cultura, descubre una geografía y una historia. En lengua esquimal hay trece términos para decir nieve. Los polinesios usan otros tantos para hablar del mar. Más cerca de nosotros, los castellanos fueron haciendo un idioma barroco, con gusto por el retruécano, acostumbrado a grandes maneras y abundantes fórmulas ‑fórmulas que hablaban de vasallaje ante un rey o de oraciones ante Dios. La libertad del idioma español, su barroquismo natural, hubo de enfrentarse luego ‑quizá de acuerdo a su lógica tendencia al respeto por las formas‑ a numerosas normativas de gramáticos y academias. Los franceses hablan el idioma de la lógica y la concisión. Dice un ilustrador adagio que "aquello que no es claro no es francés". En la lengua de Cartesius cada oración contiene una idea; poco gusto por las oraciones subordinadas: la mayor cantidad de sentido en la menor cantidad de espacio. Los ingleses, quizá el pueblo más pragmático de todos los que el mundo haya conocido, construyeron la lengua de los negocios: sin complicaciones innecesarias. El inglés es el idioma de lo utilitario; su funcionalidad es la eficacia. Era necesario convencer rápido y sin error al proveedor de materias primas baratas para las industrias del imperio.

 

Hablar otra lengua es saberse y sentirse diferente. Ser diferente, conduce a la necesidad de arraigar en aquello que es nuestro, definirnos en lo que nos identifica. En mi caso, descubrí casi dolorosamente que me era difícil alcanzar esa identificación: prácticamente no conocía a mi país. Venezuela empezó entonces a convertirse en una obsesión para mí. En mi contacto con estudiantes latinoamericanos, descubrí que frente a otros países del Continente, los venezolanos parecíamos tener rasgos menos precisos. También descubrí que la percepción que se tenía sobre nosotros era parcialmente homogénea: éramos frecuentemente los "hermanos latinoamericanos nuevos ricos": algo ostentosos en nuestra bulliciosa abundancia petrolera.

 

Terminados mis estudios, de regreso ya en Venezuela, la obsesión definitivamente me acompañaba. Entré como profesor en la Universidad Simón Bolívar de Caracas. Allí, en mis distintos cursos, a lo largo de mis proyectos de investigación, Venezuela se repetía siempre como tema. Redescubrí que lo venezolano era, paradójicamente, una escasa opción para profesores y estudiantes. Nunca he pensado que haya que magnificar lo autóctono sólo por serlo. Pasar de la indiferencia al patrioterismo es tan estúpido como permanecer en la indiferencia sola. Tampoco confundo ni he confundido nunca patriotismo con nacionalismo irracional o provincianismo a ultranza. Simplemente me incomodaba el desconocimiento del venezolano promedio sobre su país ‑desconocimiento que, por mucho tiempo, había sido también mío‑; ignorancia, la más de las veces, descomunal, abrumadora, total; y, lo que es peor: desenfadada, casi orgullosa.

 

El propósito de ayudar a disminuir un poco ‑así fuese en una mínima porción‑ esa desmemoria condujo también mis personales interpretaciones y desmitificaciones. Para explicar y definir ante mis estudiantes lo que Venezuela era, tenía que comenzar antes por explicármela a mí mismo. ¿Qué éramos los venezolanos?. Definitivamente no éramos una nación poblada sólo por directos descendientes de los "heroicos" indios que enfrentaron a los "desalmados" conquistadores ‑según promocionaban curiosísimos y delirantes distorsiones de muchos libros de Historia Patria. Tampoco encontraba lógico que nuestro pasado de cinco siglos se redujese a dos o tres frases del Libertador mal aprendidas y peor recitadas por la mayoría de los estudiantes. Es curioso: nuestra escuela pretende conculcar la sacralización de Bolívar y de otras escasas figuras patrias y, sin embargo, tampoco esas deidades son conocidas; todo lo contrario: ninguna de ellas ‑y Bolívar no más que cualquier otra‑ pasa de ser una referencia abrumadora e inexpresiva: irreal y pétrea.

 

Concluí que ruidos y silencios habían sido los causantes de mi desconcierto y del generalizado desconcierto venezolano: colectivo y permanente. Ruidos y silencios parecían cubrir todo el tiempo venezolano: su pasado y su presente, su vieja pobreza agraria y su nueva riqueza petrolera, sus memorias sacralizadas o sus recuerdos satanizados. Ruidos y silencios compendiaban, en fin, el paso de Venezuela por el tiempo, su itinerario de nación.

 

Fue ruidoso el presente venezolano. Hasta el Viernes Negro de febrero de 1983, el festín petrolero financió grandes proyectos estatales, acompañó formas de vida atosigantes e, incluso, absurdas. Hoy el bullicio parece haber amainado; un tanto al menos. Sin embargo, el ruido no se ha disipado aún: perdura en formas que se consolidaron durante cincuenta años. Son ruidosas, también, nuestras formas de venerar breves recuerdos, esas tan escasas pasiones nuestras (actitud ante la que siempre me resultó difícil no ser crítico). Bolívar era un gran personajes histórico, de acuerdo; la gesta de independencia había sido un gran momento del pasado, de acuerdo; pero había otros espacios; no eran ésos los únicos dignos de memoria. Y sobre todo: ellos no eran los únicos espacios transitados.

 

Después de esos ruidos, aparte de esas escasas convulsiones y estruendos, en Venezuela había silencio: exasperante y agobiador. Hay formas del pasado que se repiten siempre en el presente: eso no se percibe en Venezuela. Aquí ruidos y silencios terminaron por truncar el diálogo natural de los tiempos. A menudo he sentido que sólo en la literatura se ha logrado establecer eficazmente ese diálogo. Sólo en ella he distinguido esa voz. En novelas, en ensayos, en biografías, pude descifrar cierta coherencia en el itinerario de mi país. La historia ficcionada, los ensayos de interpretación crítica, las biografías originales, fueron instrumentos que lograron transmitirme, coherentemente, la evocación del pasado, el dibujo de un tiempo donde personajes y hechos se hacían inteligibles. Ojalá más literatos ‑imagineros, fantaseadores de vocación‑ se hubiesen encargado de edificar la memoria del país. Mil veces preferible hubiese sido eso a dejar semejante responsabilidad en manos de burócratas de la memoria histórica, en "funcionarios del recuerdo".

 

Poco a poco nació en mí el propósito de escribir un libro como éste: no muy académico, tampoco demasiado sujeto a normas de investigación científica: libro sobre el que volcar mis percepciones. Una de las opciones de la literatura es la de ser compañera de nuestros descubrimientos; acompañante de nuestro paso por la vida, de nuestros asombros y nuestras curiosidades. La literatura es, al igual que todo, opción. Se convierte en aquello en que la convertimos. Puede ser clandestinidad: ejercicio más o menos marginal, más o menos subrepticio sobre el que exorcisar arraigados fantasmas personales. Puede ser conflicto: paralelo hermano de otros conflictos. Pero puede también ser afirmación y apoyo: la escritura como signo con el que trazar nuestros desciframientos, nuestra lucidez. Esa es y ha sido siempre mi opción frente a ella. Usé el ensayo como la forma de un diálogo que establecí conmigo mismo. La palabra se hizo identificación de dudas y de certidumbres. Quise escribir un libro que me clarificase interrogantes: itinerario intelectual que recorriese asistencia, viejos desconciertos.

 

 

Caracas, septiembre de 1988

 

 

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