El príncipe de la niebla (Carlos Ruiz Zafón)

La familia Carver se traslada a una pequeña localidad costera. Al instalarse en su nuevo hogar comienzan a suceder hechos extraños relacionados con los anteriores habitantes de la casa, sobre todo con el fallecido niño Jacob.

Leyendo el comienzo de esta novela es inevitable recordar el de "Las luces de septiembre". Se presenta a una pareja y sus tres hijos (Alicia, Max e Irene) que llegan a un pueblo, en verano, con el correspondiente faro en que un anciano lleva años esperando y vigilando, y una casa en que sucedieron hechos extraordinarios.

El protagonista principal es Max, reticente a cambiar de hogar y pronto fascinado por una serie de estatuas dispuestas de forma curiosa en una especie de jardín o cementerio, presididas por un payaso, que sustituyen en esta ocasión a los habituales autómatas del autor.

Otros temas recurrentes son el reloj que mueve las manecillas hacia atrás, la amistad entre los nuevos y un miembro de la localidad, aquí un adolescente que comienza un romance con Alicia y es nieto del vigilante del faro, además de tener alguna de las claves sobre lo sucedido diez años atrás o la presencia de un gato, en esta ocasión con un papel relevante.

El malvado de turno, el señor Caín, también tiene características afines con otros villanos, como el uso de la magia, la oferta de un intercambio (lo que se desea tiene un precio) y la exigencia de lealtad, de que se cumpla la palabra dada.

Quizá es esta similitud con otras novelas del autor lo que quita cierta fuerza y dramatismo a una historia con puntos ingeniosos como sustituir los clásicos diarios de otras novelas por una serie de películas caseras que ayudan a Max a conocer el pasado.

También hay algunos momentos de terror bastante logrados, como cuando Irene presiente que hay algo en su armario y no puede salir de habitación o las visitas al jardín de las estatuas.

Quizá sea poco creíble (dentro de la fantasía) que los padres dejen a los dos mayores solos y sin apenas llamarles durante su estancia en el hospital a fines dramáticos.

El final, como es habitual, contiene algún sacrificio y ninguna explicación del origen del mal, ya sea porque el autor no sabe como resolverlo o porque prefiere mantener el misterio y un toque de realismo: en la vida no todo acaba bien.

En resumen, novela entretenida que no está entre las más logradas del autor, sobre todo si se han leído varias antes, ya que, además de utilizar sus temas clásicos, no es la mejor terminada.

Esta novela recibió el Premio de Literatura Edebé en 1993

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Oblomov (Ivan Goncharov)

Publicada en 1858.

Oblómov es el protagonista de la novela, a menudo considerado como la personificación del "hombre superfluo", un tópico recurrente a lo largo de la literatura rusa del siglo XIX. Oblómov es un noble joven y generoso que parece incapaz de hacer nada con su vida. A lo largo de la novela raramente sale de su habitación, donde permanece tumbado en un diván intentando evitar los problemas, las propuestas y las obligaciones que le llegan del exterior. Hasta la página 150 no se decide a salir de la cama.

El libro se considera una sátira de la nobleza rusa, cuya función social y económica estaba cuestionada en la Rusia de mediados del XIX. Sin embargo, la prosa de Goncharov hace sentir al lector una gran empatía por el protagonista, explicando con exactitud y sensibilidad psicológica su desdichada manera de ser. No se trata de un tópico, de un personaje tipo. Gracias a eso la novela goza de gran fama en todo el mundo, y no es simplemente un documento sociológico de la época y el país en la que está situada.

La novela se hizo muy popular en Rusia, y muchos de los personajes y situaciones han dejado una fuerte huella en el la cultura y la lengua rusa, convirtiéndose Oblómov en un término popular para describir a cualquiera que muestre una actitud pasiva e indecisa. El mismo Goncharov usa al final del libro el término oblomovismo para describir la actitud del protagonista, sin duda influido por el término bovarismo que estaba tan en boga en toda Europa por la fama de la novela Madame Bovary de Gustave Flaubert.

Así mismo, Oblomovka se refiere a la casa familiar, situada en el campo, y descrita como un lugar idílico en el capítulo El sueño de Oblómov. Simboliza el escapismo recurrente: un lugar y un tiempo (la infancia) al que se regresa mentalmente cuando la incapacidad de decidirse bloquea qualquier acción.

Oblómov fue llevada al cine en la Unión Soviética por Nikita Mikhalkov en 1981, con el siguiente reparto: Oleg Tabakov como Oblomov, Andrei Popov como Zakhar (el criado), Elena Solovei como Olga y Yuri Bogatyrev como Andrei.

En 1989 la BBC rodó una dramatización de la novela protagonizada por el actor de Cheers George Wendt.

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El maestro y Margarita (Mijail Bulgalov)

Lo másimporesionante de esta historia es que se escribió en tiempos de Stalin. La sátira es tan fina y tan aguda que aunque levantó descoinfianzas, el autor no acabó en Siberia o en una tumba sin nombre.

Se trata nada menos que de una novela sobre Poncio Pilatos escrita en tiempo de los soviewts. Un reto casi imposible.

Adscribirla al género fantástico y no al drama´o el humor es un simple capricho, un guiño a un autor enamorado del Quijote.

Bulgákov comenzó a escribir su más famosa y admirada novela en 1928. Él mismo destruyó la primera versión de la novela (de acuerdo con el testimonio del propio Bulgákov, quemándola en un horno) en marzo de 1930 tras recibir la noticia de que otra de sus obras (Кабала святош) quedaba proscrita. Recomenzó la obra en 1931, completando el segundo borrador en 1936, momento en el que la mayor parte de la trama de la versión final quedó estructurada. Concluyó el tercer borrador en 1937. Bulgákov siguió puliendo la obra con ayuda de su esposa, pero tuvo que dejar de trabajar en la cuarta versión cuatro semanas antes de su muerte en 1940. Su mujer la terminó entre 1940 y 1941.

Una versión censurada del libro (que eliminaba el 12% del texto y cambiaba aún más) fue publicada por vez primera en la revista Moscú (nº 11 de 1966 y nº 1 de 1967). Las partes omitidas, con indicaciones relativas a su ubicación fueron publicadas como samizdat. En 1967, la editorial Posev de Fráncfort publicó una versión a la que se añadían estos fragmentos. En Rusia, la primera versión completa, elaborada por Anna Saakyants, las publicó Khudozhestvennaya Literatura en 1973, basándose en la versión de principios de 1940. Esta versión quedó como referente hasta 1989, año en que la experta en literatura Lidiya Yanovskaya preparó una que se basaba en todos los manuscritos disponibles.
La novela se desarrolla en tres escenarios. El primero es Moscú en la década de 1930, ciudad que recibe la visita de Satán disfrazado como Voland (Воланд), un misterioso mago de origen incierto que llega acompañado de su asistente, Fagotto (Фагот, "fagot" como el instrumento musical), un travieso gato parlante llamado Behemoth (Бегемот, un subversivo Gato con Botas), un sicario colmilludo de nombre Asaselo (Азазелло, evocación de Azazel), la pálida Abadonna (Абадонна, que sugiere el nombre de Abadón) cuya mirada provoca la muerte y Guela (Гелла). Este grupo causa estragos en la élite literaria y su sindicato, el MASSOLIT, cuya privilegiada sede con restaurante Casa de Griboyedov es frecuentada por corruptos arribistas y sus mujeres (tanto legítimas como amantes), burócratas y aprovechados y, de modo más general, escépticos y descreídos del espíritu humano tal y como Bulgákov lo entiende.

El comienzo del libro presenta una lucha entre el descreído jefe de la burocracia literaria, Berlioz (Берлиоз), y un caballero extranjero que defiende las creencias y revela sus poderes proféticos (Voland). Es testigo del encuentro el joven y entusiástico poeta moderno, Ivan Bezdomny (Иван Бездомный, cuyo nombre significa "sin hogar"), cuya conversión gradual de "moderno" a "tradicional" y rechazo de la literatura (como Tolstoi o Sartre) ofrece una narrativa unificadora y una curva de desarrollo ideológico a la novela. En una de sus facetas, el libro es un Bildungsroman que tiene a Iván como centro. Su vano intento de perseguir y capturar a la "banda" y advertir a los demás sobre la naturaleza misteriosa y maligna de la misma conduce al lector a otros escenarios, como el manicomio al que Iván va a parar. En ese lugar sabemos del Maestro, un autor amargado al que el rechazo de su novela histórica sobre Poncio Pilatos y Cristo ha conducido a una desesperación tal que quema su propio manuscrito, volviendo la espalda al mundo "real", incluida su devota amada, Margarita (Маргарита). Los capítulos más importantes de la primera parte de la novela cuentan con otra obra maestra de lo cómico – El espectáculo ofrecido por Satán en el teatro de variedades, satirizando la vanidad, avaricia y credulidad de los nuevos ricos – y con la toma y ocupación del apartamento de Berlioz por parte de Voland y su banda.

Finalmente, en la segunda parte, nos encontramos con Margarita, la amante del Maestro, que representa la pasión humana. Recibe una oferta de Satán, que acepa, conviertiéndose en bruja de poderes sobrenaturales la noche de su baile de medianoche, o Noche de Walpurgis, que coincide con la del Viernes Santo, uniendo los tres elementos del libro, ya que la novela del Maestro trata de la misma luna llena primaveral en la que el destrino de Cristo es sellado por Pilatos, siendo crucificado en Jerusalén.

El segundo escenario es la Jerusalén de Poncio Pilatos, descrito por Voland en su conversación con Berlioz ("Estuve allí") y del que se hacen eco las páginas de la rechazada novela del Maestro. El acontecimiento es el encuentro entre Poncio Pilatus y Yoshua Ga-Nozri (Jesús de Nazaret), su reconocimiento de que existe una afinidad entre ambos, y su reluctante aunque resignada y pasiva entrega a aquellos que querían matarlo. Existe una relación compleja entre Jerusalén y Moscú a través de la novela, a veces polifónica y a veces como un contrapunto. Los temas de cobardía, confianza, traición, apertura intelectual, curiosidad y redención son prominentes.

El tercer escenario es aquel en el que Margarita sirve de puente. Tras aprender a volar y a controlar sus desatadas pasiones (no sin vengarse de los burócratas literarios que condujeron a su amado a la desesperación) y tomando a su criada Natasha con ella, se introduce desnuda en el mundo de la noche, vuela sobre los bosques y ríos de la Madre Rusia, se baña, y purificada vuelve a Moscú como anfitriona del gran baile de primavera de Satán. A su lado, da la bienvenida a las oscuras celebridades de la Historia humana mientras brindan por la apertura de las fauces del Infierno.

Sobrevive este aquelarre sin destruirse, sostenida por su por su inquebrantable amor al Maestro y su inmutable aceptación de la oscuridad como parte de la vida humana. Es premiada por su dolor e integridad. A la oferta de Satán se añade la de concederle su más ferviente deseo. Margarita elige liberar al Maestro y vivir con él en la pobreza y el amor. En un irónico final, ni Satán ni Dios creen que eso es un tipo de vida adecuado para la buena gente y la pareja se va de Moscú con el Diablo, mientras sus cúpulas y ventanas arden en el crepúsculo del Domingo de Pascua.
La interacción de fuego, agua, destrucción y otras fuerzas naturales acompaña los acontecimientos de la novela del mismo modo que la luz y la oscuridad, el ruido y el silencio, el sol y la luna, las tormentas y la calma, y otros poderosos polos opuestos.

En último término, la novela trata de la interacción entre el bien y el mal, la inocencia y la culpa, el valor y la cobardía, explorando estos temas como la responsabilidad hacia la verdad cuando la autoridad la niega y la libertad de espíritu en un mundo que no es libre. El amor y la sensualidad son temas dominantes de la novela. El amor que Margarita siente por el Maestro la conduce a abandonar a su marido, pero emerge victoriosa y no acaba bajo un tren. Su unión espiritual con el Maestro es también de tipo sexual. La novela es un torrente de impresiones sensuales, aunque la vacuidad de la gratificación sensual sin amor se ilustra de vez en cuando en pasajes satíricos. Del mismo modo, la estupidez de rechazar la sensualidad en nombre de una respetabilidad vacía es ridiculizada en la figura de la vecina de Natasha.

La novela está muy infuida por el Fausto de Goethe. Parte de su brillantez estriba en el hecho de que se asienta en diferentes niveles que pueden ser leídos como hilarantes bufonadas, profundas alegorías filosóficas y punzante sátira socipolítica y crítica, no sólo del sistema soviético, sino de toda la superficialidad y vanidad de la vida moderna en general – el jazz es uno de los blancos preferidos, de modo ambivalente como otros muchos elementos presentes en el libro en cuanto a la fascinación y revulsión con el que aparece. La novela está llena de elementos modernos como un manicomio, radio, calles y comercios,coches, camiones, tranvías y viajes por avión. Existe poca nostalgia evidente por los "buenos tiempos" – de hecho, el único personaje del libro que menciona la Rusia zarista es el propio Satán.
La narrativa es brillante en el hecho de que Bulgákov emplea estilos completamente diferentes en las diferentes secciones. Los capítulos de Moscú, que afectan al mundo más "real e inmediato", están escritos con un ritmo más vivo y un tono como de farsa, mientras que los capítulos de Jerusalén – las palabras en la ficción del Maestro – están escritos en un estilo hiperrealista. (Ver Mijaíl Bulgákov para el impacto de la novela en otros autores.) El tono de la narración cambia libremente de la jerga de los burócratas soviéticos al impacto visual del cine negro, de sarcástico a inexpresivo o lírico, según mandan las escenas. A veces la presentación se realiza desde la perspectiva de una voz omnisciente, a veces como si el lector fuera parte de la escena. Decenas de personajes están en el centro de las escenas en diferentes ocasiones (un reconocimiento al espíritu colectivo ruso que agradaría a Tolstoi), y las figuras son memorables por su significado más que por el lugar que ocupan en la novela. Es vertiginosa y desvergonzadamente escénica. Incluso llega a emplear algunos elementos de horror macabro.

El libro quedó inconcluso y los capítulos finales son borradores que Bulgákov añadió tras el manuscrito original. Esta peculiaridad apenas puede ser percibida por el lector ocasional, excepto quizá en el último capítulo de todos, que se lee como notas sobre el modo en que los principales personajes vivían en la imaginación del autor.

El viejo apartamento de Bulgákov en el que se sitúan partes de la novela se ha convertido en un objetivo de grupos satánicos moscovitas y de admiradores de Bulgákov desde los años ochenta, por lo que ha sufrido varios tipos de graffitti. Los habitantes del edificio, en su lucha contra estos grupos están intentando convertir el apartamento en un museo sobre la vida y obra de Bulgákov, aunque no han tenido éxito en la tarea de encontrar al anónimo propietario del mismo.

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La Defensa (Vladimir Nabokov)

En este libro se nos cuenta la vida de Luzhin, un genio del ajedrez, que vive para ese juego tras encontrar en él un refugio contra la realidad, demasiado sórdida para su sensible gusto y su debilidad. Sus padres intentan que se relacione y salga al mundo, peor en un ambiente de brutalidad se obsesiona cada vez más con esa otra realidad hasta renunciar prácticamente al mundo. Con el tiempo, si pobsesión crefe, hasta que le prohíben jugar. Es entonces cuando tendrá que enfrentarse al mundo y al matrimonio.

Los personajes están muy bien descritos, en especial el protagonista, su esposa y la madre de ésta, que se muestra bastante hostil al yerno. La espodsa de Luzhin es un personaje muy complejo, al que es difícil encontrarlke las motivaciones. Se trata d euna filántropa compulsiva en busca de desgracias, yal conocer a Luzhin se siente irremediablemente atraída por él y por su incapacidad para vivir.

Encuentro un gran parecido a este libro, al menos en su prersonaje principal con la conjura d elos necios, de John Kennedy Toole. En ambios casos se trata de personajes físicamente repulsivos, mortalmente inseguros y socialmente destruidos.

Este libro puede interpretarse como una especie de metáfora de propia vida planteada como una partida de ajedrez. Nabokov continúa fiel a su estilo, aunque a mí me ha parecido una obra menor comparada con “Ada o el ardor” o “Pálido Fuego”, novelas “más ambiciosas” o “difíciles”. Creo que fue una de sus primeras obras. El fuerte de Nabokov son esos diálogos tan naturales y aparentemente banales que sin embargo transmiten sensación de vida, al igual que las descripciones, a veces en exceso detalladas. El humor fino y el drama se entremezclan de una forma muy natural. La prosa es clara y menos elaborada, y no hay elementos fantásticos, como por ejemplo en “Ada…”. En tono es tirando a dramático a pesar de algunos apuntes, breves, de humor. Hay alguna elipsis narrativa muy lograda, como la de la muerte de la madre.

Podemos observar que aparecen elementos típicos de otras novelas posteriores del autor, como el exilio ruso, el ajedrez, etc, aunque siendo una novela breve no lo desarrolla demasiado. Es una novela más bien de “personaje”, que se centra en la psicología inestable de Luzhin y en su incapacidad de afrontar la vida.

Por si os da pereza leer el libro y os interesa el tema hay una película reciente sobre el libro protagonizada por John Turturro. Se titula “La defensa de Luzhin”

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DONDE OLVIDO MI NOMBRE (Pablo Gianera)

"Donde olvido mi nombre", es el título del tercer libro de poesía de la escritora argentina Alejandra interpela ciertas certezas del lector. Porque ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción?

El título resulta perturbador, desapacible, y, a la vez, depara algo parecido al consuelo. Hay allí algo que, por fuera de la primera persona, interpela ciertas certezas del lector. Muchos de ustedes recordarán que la inteligencia alucinada de Georg Christoph Lichtenberg propuso el problema existencial de un cuchillo sin hoja al que le falta el mango. En la misma línea, podríamos preguntar, con menos autoridad pero igual absurdo: ¿qué queda de un nombre cuando se lo priva del nombre? O bien, para matizar: ¿qué parte del nombre sobrevive a su sustracción? La materia prima de la literatura  (esto es algo que Roland Barthes sabía muy bien) no es lo innombrable sino lo nombrado. Toda tentativa de escribir implica siempre un promiscuo concubinato con un lenguaje anterior, con una clasificación nominal que la historia, el mundo y los otros nos imponen como algo dado. No se trata entonces, como podría pretender un romanticismo desvelado, de exhibir el blasón de una palabra conquistada al silencio. Por el contrario, el modesto triunfo del poeta consiste acaso en restituirle a la palabra su fondo de silencio en la estridencia de las cosas. ¿Cómo articular una voz audible en la selva espesa de una lengua corroída? 
El método que elige Alejandra se inscribe en el más puro arte de la crítica. “Es éste/ mi trabajo/ en el río:/ separo/ las piedras/ del oro”, se lee en “Lenguaje”, la segunda parte del libro. No es casual que las otras dos partes se llamen “Huesos” y “Mundo”. Entre los huesos y el mundo está el lenguaje, “la tumba/ del lenguaje”, para ser más exactos. Los huesos, la insistencia en ese resto reverberante, en ese vestigio que ha perdido la carne, que está más allá de la carroña, y que, sin embargo, pervive, no es nueva en los poemas de Alejandra. Pero aquí los huesos devienen casi una opción, la opción por la renuncia al nombre como contracara de la sobrenominación.    
         Donde olvido mi nombre enuncia y postula la existencia de un lugar, una topografía en la cual, justamente, se olvida un nombre, el propio. Nada que ver con los éxtasis místicos. Lejos de cualquier excepcionalidad, casi podría decirse, como dijo alguien, que los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía. ¿Pero qué pasa cuando la obra propone olvidar el nombre que sostiene esa biografía? Si la identidad vacila es porque se mira en el retrato adulterado por la corrupción del lenguaje. “Perdí mis rasgos/ y toda cortesía/ desde que habito/ en las sobras/ del lenguaje”. Porque, esto no es ninguna novedad, el lenguaje está muerto. En un ensayito de 1969, el poeta cubano Virgilio Piñera hablaba ya con alarma del enorme número de palabras muertas; denunciaba allí la inoperancia literaria de palabras tan sencillas como salón, tetera, frazada o escoba. Así las cosas, no queda más que la ilusión adánica de inventar una lengua nueva, o bien, como aquí, “reparar las sílabas/ deshechas por la duda”. Con esas “sílabas que ya nada nombran”, Alejandra crea, y se crea, en “una lengua de retazos”. La novedad ocurre cuando, en la intemperie de la hoja, esos retazos se iluminan con la incandescencia de la epifanía.  
Esa epifanía irradia aquí su propia fragmentación. Los poemas estallan en la página como apariciones de un presente detenido que, sin embargo, condensan un pasado que los antecede y un futuro que los prolonga. Pero nada sabemos de esas temporalidades tácitas. Esos tiempos son el enigma. Y el poema, la respuesta a una pregunta que se desconoce. O, más lógicamente, la pregunta por una respuesta que se ignora. Por ejemplo, la pregunta por lo que fue. Los versos de Alejandra son tímidas miniaturas verbales rodeadas de silencio, se reconocen y se reflejan en “el espejo del silencio”. Pero ese silencio no es la simple ausencia de palabras y de sonidos. Es más bien el espacio que se abre alrededor de las palabras, la inminencia de la palabra que va llegar y el eco de la palabra que, ya dicha, se repliega. Es de ahí, de esa zona ciega, de donde procede el sentido. Se trata de una zona de tensión que antes pudo resolverse en el grito, pero que adopta ahora la forma de una música discontinua, una secuencia de acordes en tono menor que registran un drama asordinado.   
Sugerí hace un momento que los versos eran tímidos. Quisiera agregar ahora que, como pasa siempre con los tímidos, estos versos son también capaces de la mayor dureza e impiedad. Las líneas que, a modo de pórtico, arrancan al libro de la nada conducen a uno de los núcleos dramáticos de la poesía de Alejandra: el dolor de lo que se pierde, “ese fragmento de la ciudad que fuimos”. El desamparo del que se habla no es ya solamente histórico –como en Río partido, su primer libro– sino sobre todo, si se me permite la grosería, cósmico: “Lo trae el invierno, y también la luz que traviesa una madeja de ramas”. Pero esta poética es dura también por su resistencia a ciertas estéticas dominantes en el colorido panorama de la poesía argentina actual. Secados ya los barros más oscuros del neobarroco (para el que, sin más, estaba bien todo aquello que menos se entendiera), algunos poetas catódicos atendieron el canto de sirena del tecno-populismo; otros, en cambio, creyeron que para hablar de poesía era necesario cultivar la reacción. La poética de Alejandra no es en absoluto aquiescente o claudicante frente a este dilema circunstancial. Antes que nada, elude dos peligros: la palabra ungida y las cómodas luminarias del vale todo. Con Donde olvido mi nombre, Alejandra le da continuidad a la voz reconocible de sus libros anteriores, atados a éste por el hilo frágil de la intimidad. Porque creo que de eso se trata: de la escritura de una épica de la intimidad. Lo hace, además, sin caer en las convenciones de la vieja lírica sentimental. Vuelve a mostrar que es capaz de unir la claridad con el misterio, capaz de exhibir una pericia prosódica que, de tan delicada, se percibe con la misma felicidad de algunos sueños, y de permitirse aun el uso imprevisto, prehistórico, de la palabra “crústula”. Y, lo más importante, confía en que esa palabra, y todas las demás que hacen sus poemas, tiene, todavía, sentido, y que ese sentido puede, también todavía, transmitirse. Si no fuera así, no se explicarían estos versos, posiblemente los más hermosos del libro, que me gustaría citar: “si dedicara/ mi tiempo errante/ a estas sobras/ extraería al fin/ las latas con anzuelos/ el paraguas anaranjado/ las letras caligráficas”. A propósito, una duda: ¿hará juego ese paraguas con el vestido anaranjado del poema “Marinamente” de Río Partido? 
“Si digo agua, ¿beberé?”, preguntó una vez otra Alejandra. Y esta Alejandra le contesta: “La palabra/ fuego/ me abriga”. La pausa del corte de verso introduce una indecisión. ¿Es la palabra “fuego” la que abriga? ¿O la palabra es fuego y por eso abriga? Queda en los lectores la respuesta. En cualquier caso, permanece la demanda  de volver al grado cero y construir de nuevo “casas de palabras en medio de la nada”. Alejandra Correa constata aquí que el verdadero olvido de sí consiste, paradojalmente, en el acto valiente de seguir nombrando. Tal vez sea ésa la guerra que no termina.

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