Haciendo historia (stephen Frey)

Espasa ha editado una novela bastante singular en su colección de narrativa.

Singular no tanto por su argumento, el qué, como por el quién y el cómo. El quién es Stephen Fry, posiblemente más conocido en España como actor (Los amigos de Peter, la serie de Blackadder) que como escritor. Pero leyendo la solapa del libro, uno queda informado de que esta no es una incursión de diletante, sino que para Fry escribir parece ser tan natural como actuar, a juzgar por las referencias y la opinión al respecto de la todopoderosa, en lo que se refiere a encontrar cosas que venderle a la gente, Amazon.com.

Haciendo historia es una novela construida sobre uno de los tópicos más manidos de la ciencia ficción: un hombre descubre la posibilidad de viajar en el tiempo y, movido por su sentido de culpa familiar y con la ayuda de un licenciado en historia, decide eliminar a Hitler del mapa (más concretamente: casi borrar, accidentalmente, Brunau-am-Inn, pequeña ciudad austríaca y cuna del futuro Führer) para lavar su infamia. El hombre en cuestión se hace llamar Leo Zuckerman y el licenciado en cuestión se llama Michael D. Young. Incidentalmente, Michael es nuestro protagonista, posiblemente escogido y conjurado para esta historia por esa capacidad suya tan sugestiva de crear el caos más absoluto y no entender muchas cosas que le convendría entender.

Aparte de ser posiblemente EL TÓPICO con mayúsculas, Haciendo historia es también una magnífica novela. Tal afirmación puede resultar extraña, pero así son las cosas.

Para empezar, Fry ataca directamente al lector presentándole una farsa narrada en primera persona por uno de los personajes más irresponsables y más divertidos de la novela contemporánea. Michael Young se revela rápidamente como un individuo inteligente a su manera, pero lastrado por una idiosincrasia casi existencialista, que le hace comportarse, actuar y ser percibido como un idiota. Lo único que rescata a este dechado de virtudes es su narración salpicada de humor y llena de eruditas referencias. Ése es precisamente el carácter de esta novela, esa tradición que llaman "wit", ingenio. Es una novela ingeniosa porque no le queda otra opción, teniendo como base una idea tan usada (especulativamente) como la comentada.

Y el ingenio se aprecia con toda claridad, aunque algunas veces fracase en el intento. Se nota el ingenio académico en las comparaciones relativas a Dickens, Pound, Orwell y unos cuantos literatos e historiadores más. Y se nota cuando Michael deja caer sus opiniones sobre la vida, el arte, la literatura y demás tonterías similares. Como lector, no puedo contener la risa con la mordacidad de alguna de las opiniones que vierte. Según Michael, todo el arte, y especialmente la literatura, está muerto. Y aún así reconoce que de vez en cuando va al teatro; pero es que le gusta ver como se descomponen los cadáveres.

Por otro lado, Jane, la compañera sentimental de Michael al iniciarse la narración, es un paradigma del científico de la posmodernidad, siempre a la defensiva (me temo que con razón) frente a los ataques idiotas provenientes de las descompuestas, según el humanista Michael, humanidades. Cuando a Jane se le plantea hipotéticamente la posibilidad de alterar el pasado, contesta rápida y eficientemente que su gran obra sería separar a los hermanos Gallagher al nacer, para evitar la formación del grupo musical Oasis. Mientras tanto nuestro protagonista y su aliado pretenden impedir la existencia del responsable de la muerte de millones de personas. El problema está en que el lector ya empieza a intuir que, dentro del universo narrativo del libro, la desaparición de la banda inglesa Oasis sería un acto de mucha más relevancia y caridad que la eliminación de un maníaco genocida.

Así que, como está marcado, y no reviento ninguna sorpresa al decirlo, el plan de Zuckermann y Michael tiene éxito. Aunque sí me callo el singular y divertido método empleado.

Una de las mejores bromas del libro, posteriormente transformada en herramienta dramática, son los capítulos sobre la gestación, infancia y juventud de Adolf Hitler. El lector supone que está asistiendo a una recreación histórica literaria. Y lo es. Pero no de la forma esperaba. Lo que estamos leyendo al principio del libro sobre el joven Adolf es un texto que está dentro del libro, un objeto en el mismo universo de ficción, rigurosamente documentado. Un texto cuya relevancia parece ser nula por dos razones: 1) no es lo que parece, como aclara bastante bruscamente en una divertida escena el director de tesis de Michael y 2) al desaparecer Hitler, la reconstrucción también desaparece. Pero la broma se torna drama cuando el texto empieza a rescribirse por sí mismo al cambiar la historia. Y el lector que ha participado hasta ahora de la farsa empieza a ser testigo de la construcción, la fabricación, la fabulación de una Historia; Historia que es eco de otra y precisamente por eso mucho más temible, pues parece que esta Historia suplantadora ha aprendido de los errores de la anterior para volverse mucho más eficiente.

Bueno, que no cunda el pánico, después de todo es sólo una ficción. Cómo la reconstrucción literaria del joven Hitler dentro de la novela. Pero se trata de una ficción que no puede dejar indiferente al lector, porque éste ha vivido en el mundo que describe. La ficción parahistórica toma prestada su fuerza de esa otra ficción más cercana a lo "real", lo que basta para dar en su momento al libro un ambiente bastante oscuro aunque siga siendo una farsa.

Después de crear su nuevo mundo, Michael D. Young debe asumir las consecuencias de sus actos y vivir en el universo que ha creado (ganando a cambio una novela de George Orwell que en el nuestro no tuvo necesidad de escribir y perdiendo para su desgracia un montón de películas de la posguerra). Michael deberá deshacer el terrible lío que ha creado, reescribiendo él mismo escenas de su pasado (el encuentro con Zuckermann, por ejemplo) para cambiar una vez más la narración. Y todo porque Michael ha descubierto, horrorizado, que el responsable último (aunque no directo) del mayor genocidio sobre la faz del planeta, histórica y "parahistóricamente", es un licenciado en historia llamado Michael D. Young, que se las ha arreglado para dotar a los malos de la Historia de un arma más efectiva y sutil que la bomba atómica…

Pero no todo va tan mal en ese brave new world.

Bill Gates, por ejemplo, tampoco ha existido nunca, así que la informática es mucho mejor. A los ordenadores se le puede dictar los textos, reconocen muy bien la voz humana, usan fibra óptica en vez de cableado de cobre y no hay fallos de conexión en las redes locales.

Y tampoco hay iconos. Hay glifos, gracias a Dios.

Pero, aún así, en ese mundo sí hubo una Segunda Guerra Mundial que se cobró millones de vidas y dos bombardeos con armas nucleares y aún hoy en día existen pequeños conflictos locales, por no hablar del crimen en las grandes ciudades y de los accidentes decoche y similares. ¿Qué es lo que tiene nuestra historia tal y como la conocemos para que Michael, con ayuda de nuevos/ asistencia, viejos aliados intente escribirla de nuevo, recuperarla, restaurarla desde la papelera del sistema, desde el mundo que ha ayudado a crear, formateando el disco duro de la Historia?

El punto decisivo en cuestión en esta farsa maliciosa y provocativa parece ser que, al menos, hoy en día con lo políticamente correcto en Europa y Norteamérica, ser marica no es delito.

Y como dice un amigo: "cuando llega el amor, que se quiten las mujeres".

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Lágrimas de luz (Rafael Marín Trechera)

Lágrimas de luz (Rafael Marín Trechera) 



Mis primeros contactos con la ciencia ficción escrita fueron las novelitas pulp que publicaba Bruguera. Los autores que más recuerdo fueron Clark Carrados, Curtis Garland, A. Thorkent, Kellton McYntire, Ralph Barbie, Glenn Parrish. Como tenía nueve años de edad, y en ese entonces el mundo era ancho y ajeno, suponía que dichos autores eran, como sus nombres lo sugerían, estadounidenses o ingleses.

Como (casi) todos sabemos, dicha suposición es errónea. Clark Carrados se llama en realidad Luis Gonzáles Lecha, A. Thorkent es Angel Torres Quezada, y de los otros ya no recuerdo los nombres. De gringos nada: españoles de los pies a la cabeza. Chapetones pues. De los que desayunan churros y dicen ¡hostias!

¿Y por qué esos seudónimos tan ánglófilos? Lo más probable es que las editoriales de esos tiempos, igual que los estudios cinematográficos, tienen el gran objetivo de VENDER sus productos, y los directivos pensaron que un autor con nombre supuestamente anglosajón vendería más libros que uno con nombre hispano. No es una mala idea, ¿ o ustedes creen que Clark Gable, Cary Grant y demás realmente se llamaban así?

Lo malo de esta práctica es que, si bien tal vez no lo creó, reforzó un prejuicio: que los hispanohablantes no podíamos producir ciencia ficción. Si el autor era español, debía escribir sobre la guerra civil . Si era sudamericano, sobre el realismo mágico. Pero de ciencia-ficción, nada.

Lo confieso, yo también fui víctima de este prejuicio. Cuando en Perú se vendieron las ediciones de Orbis, ignoré los títulos cuyos autores eran Rafael Marín Trechera, Gabriel Bermudez Castillo, Domingo Santos, Manuel de Pedrolo y algún otro que no recuerdo, lo cual ahora lamento profundamente, por que esa colección no volvió a imprimirse.

Y es que con la internet, vine a enterarme que los hispanoamericanos también escribían ciencia-ficción, y muy buena por cierto. También me enteré, mal de muchos consuelo de tontos, que en otras latitudes (incluida la propia España) el prejuicio anti autores hispanohablantes seguía existiendo. Y me enteré también que, gracias a "Lágrimas de luz", el prejuicio que tan reiteradamente he mencionado estaba en retirada. Bueno, tal vez no únicamente gracias a la novela en mención, pero creo que es la más destacada en ese sentido. Al menos, así lo deduzco por lo que he podido leer en la internet. Si acaso me equivoco, me encantaría que me corrigieran.

Los comentarios que pude leer respecto a la novela eran mayoritariamente elogiosos. ¿Habría algún error, algún caso de "amiguismo" como suele suceder en nuestro medio peruano? La reedición de "Lágrimas de luz" por la editorial Gigamesh confirmó que no se trataba de un "clásico" inflado o de una obra del montón, sino de un libro que pertenece ya al colectivo de los "libros de ciencia ficción", ya sin etiquetas nacionales. Rafael Marín escribe buena ciencia-ficción, y punto.

Y yo había desdeñado aquel libro. Y no había forma de conseguirlo (en Perú, las librerías no venden los libros de Gigamesh). Pero la generosidad de Rafael no tiene límites, y tuvo a bien enviarme un ejemplar, el cual me puse a leer en cuanto rompí el sobre de envío.

La novela nos relata los avatares de un poeta, de un bardo de un futuro tan decadente que ha vuelto a una especie de medioevo con grandes masas de incultos y harapientos. En dicha sociedad, los poetas sirven de ayuda (no se sabe si a su pesar) para apuntalar dicho estado de cosas. El protagonista, Hamlet Evans, aspira a ser poeta con el fin de escapar de la Tierra y emplearse al servicio de la Corporación, entidad que mueve los hilos del universo humano del futuro. Evans inicia su aprendizaje como poeta en el asteroide Monasterio, suerte de colegio o academia donde aprende técnicas básicas de lenguaje. Al fin, es enrolado en una nave como poeta oficial (o algo así), y se inicia su peregrinar de mundo en mundo, ganándose la vida empleando su arte cantando las hazañas (y ocultando las vilezas) de los poderosos de turno, ya sean militares o meros ricachones.

El universo de "Lágrimas de luz" es despiadado. Es interesante, pero no provoca vivir en él. No hay final felíz, y uno comprende que, ya sea en nuestro planeta o desperdigada por el universo, la humanidad está condenada a arrastrar sus vicios y su violencia a la par que su tecnología y su creatividad. Los viajes espaciales y los ambientes exóticos de diversos mundos, cada uno con su fauna y sociedades bastante peculiares, nos muestran un futuro saturado, donde conceptos como libertad y felicidad no existen: sólo existe la Corporación , el poder por encima de todos, el poder del cual no se puede escapar, salvo mediante la imaginación y la poesía. Y eso, sólo para algunos afortunados. Hamlet Evans sabe que sus poemas hacen más soportable la vida a la gente, pero no la cambia ni le ofrece esperanzas de un futuro mejor. No se si eso sea un mérito o un demérito de la novela, pero esa sensación de pesadumbre – que tiene Hamlet Evans – es tan real, tan vívida, que pareciera que Rafael Marín realmente hubiera vivid
o en ese futuro.

En cierta manera, "Lágrimas de luz" me hace recordar a "Dune", que recrea un futuro medieval. Sólo que la novela de Herbert está escrita desde el punto de vista de los poderosos, de los que gobiernan, los que, pese a todos sus dramas y tragedias, tienen la voz cantante en el universo. En cambio, en el universo conocido de Rafael Marín tenemos la otra cara de la moneda: los buscavidas, los poetas, las masas sometidas, ignorantes, degradadas. Tiene sentido. Herbert es americano, y para los americanos la época medieval nos parece algo romántico y heróico, pues la conocemos más que nada por las versiones hollywoodenses. Rafael Marín es europeo, español, heredero de un conocimiento más veráz de lo que fue el medievo y de lo que significó en la historia. Y tal vez por eso no se hace ilusiones respecto al futuro, o al menos, respecto a un futuro renacer de esa forma de vida. Sabe que no hay caballeros en brillante armadura, sino opresores. No hay sencilla vida campesina, sino servidumbre. No hay gloriosas batallas, sino el sangriento saldo de guerras sin sentido.

Pero, no vaya a creerse que estamos ante otra novela que se cuelga de la moda de hacer "literatura malditista", tán fácil de imitar como de olvidar. Siendo una novela de ciencia-ficción, ambientada en un futuro distante y en universo más vasto, la tristeza y el pesimismo que impregnan la obra son producto de la comprensión de la naturaleza humana y de su posible devenir antes que actitudes acartonadas. Te fregaste, Hamlet Evans, por que tu visión del futuro es más realista que muchas supuestas visiones del presente.

Creo que el título de "Lágrimas de luz" está más que justificado para esta novela. A un universo así, no le queda otra cosa que llorar.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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Estupor y Temblores (Amèlie Nothomb)

Amélie, una joven belga, nacida en Japón, firma un contrato por un año con la empresa Yumimoto. Desde el principio sufrirá humillaciones, desprecios, etc, como consecuencia del choque entre las costumbres de oriente y occidente y la extremada jerarquización de las relaciones sociales en Japón.
Una novela breve y autobiográfica, que se lee de un tirón, en una tarde, y que pese a no ser una obra mayor, desde el punto de vista estrictamente literario, resulta interesante y recomendable por su argumento.
Empieza un poco sosa, pero poco a poco remonta el vuelo y va tomando intensidad narrativa según se van desglosando los avatares de las protagonista, que es destinada a trabajos cada vez más ingratos, y siempre por debajo de su cualificación (servir el té y el café, cambiar el día de los calendarios, fotocopiar mil folios con el reglamento del club de golf del jefe una y otra vez "porque están descentrados") hasta culminar en su puesto como reponedora del papel higiénico del servicio de caballeros y limpiadora de retretes.
El libro pone de manifiesto la gran diferencia entre las culturas de oriente y occidente, sobre todo en el mundo empresarial, que es descrito de forma despiadada: la penalización de la iniciativa propia de los empleados (tomar una iniciativa sin consentimiento del jefe es algo indigno); el control absoluto de los sentimientos; las fórmulas burocráticas que exigen incluso que se repita ante cada uno de los superiores jerárquicos la petición de renuncia. Pero no solo la empresa japonesa es puesta en la picota; también se dedican muchas páginas a criticar su cultura en general, las grandes exigencias sociales hacia el ciudadano, especialmente si es mujer, y que llevan a que Japón sea el país con mayor índice de suicidios del mundo. Sobre este particular la autora reflexiona mediante una digresión terrorífica que explica las pocas expectativas de "felicidad" que le quedan a la mujer japonesa (aunque al hombre tampoco le quedan muchas que digamos).
Uno de los elementos más destacados del libro es la insana relación entre Amélie y su superiora inmediata Fubuki, una mujer de gran belleza, pero amargada, pues según los cánones japoneses una mujer con más de 25 años que aún no se ha casado vive en la vergüenza. Esta relación se basa en la humillación constante de la japonesa hacia la occidental, motivada en buena parte en factores racistas. Para los japoneses los occidentales "sudan", y huelen mal, algo que también es sumamente indigno y mal visto en esa cultura. También poseen cerebros inferiores. La autora hace un paralelismo entre su caso y el de la película "Bienvenido, Mister Lawrence", que narra la relación de atracción-dominio entre un oficial japonés y un prisionero inglés durante la II Guerra Mundial.
Resumiendo, un libro que plantea situaciones tan surrealistas en el mundo del trabajo (aunque también en occidente se den estas humillaciones a los empleados y el encargo de tareas inútiles y sin sentido) que a veces no puedes evitar reír pese a todo. De todas formas, está escrito con cierto humor que alivia o potencia, según los casos, el dramatismo de las escenas.
Una lectura curiosa, incisiva y políticamente incorrecta sobre los choques culturales. El título "Estupor y temblores" hace referencia la fórmula que explica la sensación que debe provocar el Emperador del Sol Naciente en sus súbditos, y que para la autora es un resumen de toda la cultura empresarial japonesa.

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La edad secreta (Eugenia Rico)

Una mujer madura recibe un diagnóstico erróneo de cáncer. Pero cuando cree que se va a morir, le dicen que es un error. Ella sin embargo, decide dar un giro a su vida. Toma elcoche y se larga por ahí, sin destino concreto. En una gasolinera se encuentra con un joven, al que lleva consigo. Se enamora de él, pero el chico busca una ciudad imaginaria llamada Nauchipán, sobre la que ha inventado una rocambolesca historia…

No puede decirse que esta novela esté mal escrita, que no lo está, al menos desde el punto de vista de la prosa. La autora usa un tono a veces aforístico, sentencioso, poético, reflexivo, que no resulta demasiado molesto para quien esté habituado a este estilo liteario. Lo realmente molesto es que la novela no trata de nada. Leyendo el argumento podría parecer que sí, pero la forma en que ella la cuenta para mi gusto es totalmente errónea.

En primer lugar, aunque sabemos que esas cosas pasan, lo del diagnóstico erróneo de una enfermedad mortal suena demasiado "peliculero", o "novelesco", y parece demasiado forzado como disparador de la improbable aventura de la protagonista. En segundo lugar, y como si eso no fuera bastante para elevar la ceja con escepticismo, tenemos el personaje del chico que busca la ciudad de los Neandertales, unos seres inmortales que viven bajo tierra, lejos de nuestra civilización, y a la cual se accede a través de ciertas puertas señaladas en un mapa (que también arrastra una retorcida historia, faltaría más). La autora no explica nada sobre el joven, si es que está loco o qué. Parece muy difícil de creer que un chico de nuestro tiempo crea en tales fantasías, así que una de dos, o miente o está chiflado… o Eugenia Rico usa ese pretexto como un recurso simbólico. Me decanto por lo primero y lo último. Al final del libro parece que él, aun manteniendo la ambigüedad, insinúa que tal vez cuente eso para "llamar la atención" o "impresionar".

Pero en esta novela todo es inconcreto, abstracto, simbólico. Más que una novela parece un diario donde la protagonista va contando sus reflexiones sobre todo tipo de cosas. Bueno, habla de su matrimonio, de su trabajo como funcionaria de Hacienda, de la vida, de la muerte… pero sobre todo del amor, del sexo y de la edad, haciendo alusión al título de la obra. Pero ni siquiera estas reflexiones resultan novedosas. Más bien son tópicas, lo del marido con la amante veinte años más joven (y para más inri, secretaria del susodicho), el temor de ella a que el chico (su amante ocasional) descubra su edad madura, etc. Esa obsesión por los años es el leit motiv de toda la novela, hasta resultar algo machacón.

Es una novela que produce mucha frustración en su lectura, ya que esperas siempre algo que no llega. La autora no dramatiza las situaciones, las cuenta, sin diálogos, sin detalles, despojadas de todo sentido de lo real, regodeándose en la calidad de su prosa y en lo supuestamente interesante de sus ideas.

Así pues hay una historia de amor que no se ve, un viaje encoche que solo se atisba, y que más bien parece un viaje mental, un accidente decoche sin significado dramático, y unos recuerdos y pensamientos de la protagonista, mezclados a veces con los de él que no aclaran mucho de su decisión de dejarlo todo atrás. También menciones a la ciudad de Nauchipán, a la forma de ser de sus habitantes y sus costumbre, que recuerda a la obra de Calvino ("Las ciudades imaginarias"), y cómo no, ejemplos del amor entre mujeres maduras y hombres más jóvenes como R. L. Stevenson y Fanny Osborne… Ya digo, es como un cuaderno de bitácora (o una fábula, estilo "El Principito") más que una narración bien trabada. Carece de emoción y no implica al lector en la trama, que no hay.

Además, para hacer bulto, la autora utiliza el truco de "Seda", de llenar capítulos con un solo párrafo, generalmente sentencioso, con ínfulas líricas. Eso implica que se lee muy rápidamente. Yo la terminé en los intermedios de un documental sobre Roma que pusieron en la TV.

Insatisfactoria y aburrida.

Fue finalista del premio Primavera de Novela en el año 2004.

Algunos fragmentos (son capítulos enteros cada uno de ellos):

Dicen que en Nauchipán sólo mueren los que creen que son mortales. Todos nacemos inmortales, cuentan. Morimos porque creemos que vamos a morir.
Parece fácil ser inmortal, pero incluso la mayoría de los hombres de Nauchipán carecen de la fe necesaria. Empezamos a ver a la gente que muere a nuestro alrededor. Y acabamos por dudar, por creer que quizá nosotros también moriremos y en el momento en que lo creemos por vez primera empezamos a morir, y con nuestra muerte sembramo la duda en el corazón de otro que había nacido inmortal como nosotros.
Y la duda acaba matándole.

Y habrá Bancos de Tiempo, los que tengan tiempo de sobra lo meterán en un banco y otros podrán tomarlo prestado. Habrá gente que venderá su tiempo, como hoy los pobres venden su sangre.
Y habrá ladrones que robarán el tiempo de los demás y lo venderán en el mercado negro.
Gente que empeñará su tiempo para pagarse vicios que no merecen la pena.
Y otros que ahorrarán tanto tiempo que no les quedadrá vida para gastarlo.
Claro que el tiempo de todos no valdrá lo mismo, será muy difícil hacerse con tiempo de calidad, porque los que tienen tiempo exquisito son los que lo guardan para sí mismos y no lo cambian por nada.
En esos días la gente de Nauchipán podría hacerse rico si sólo saliera al mundo y vendiera su tiempo.

Esa noche acampamos en un bosque de pinos. Las agujas atraviesan la piel de la tienda.
Huelo a verde.
Hacemos una hoguera en el linde del bosque. Yo tengo miedo a que todo se incendie. Nunca he hecho una hoguera en el bosque. Las mejillas nos arden al calor de las llamas como si ya hubiéramos bebido vino. Miramos al fuego y el fuego nos emborracha. Es como el mar. Se puede ver todo en el fuego.
Alimentamos al fuego como a un dios, pero es un dios insaciable. A medida que el fuego se va apagando nosotros nos vamos encendiendo.
Nunca había pasado una noche con un hombre a la luz del fuego.
Qué triste hubiera sido haber muerto sin llegar a probarlo.

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Una palabra tuya (Elvira Lindo)

Rosario y Milagros son dos barrenderas que se conocen desde niñas. La primera cuenta en primera persona las vidas de ambas, con sus encuentros, desencuentros e influencias mutuas.

Novela oscura estructurada en forma de monólogo en que la protagonista va desgranando tanto su relación con su amiga Milagros como con su familia.

Aunque la trama parece avanzar desde el comienzo hacia algo que ya ha sucedido y que Rosario relata a modo de justificación o explicación, o quizá para comprender lo sucedido, no es lo más importante.

Rosario desgrana en un tono de humor irónico, a veces negrísimo, el drama de su vida anodina y un tanto fracasada.

Los capítulos en que cuenta la compleja relación con la madre, Encarnación, el desentendimiento de su hermana Palmira y la ayuda que reciben por parte de Milagros en el tiempo que dura la enfermedad y agonía materna son especialmente duros, terribles, por su estremecedor realismo de hija que llega a odiar a la persona que tiene que cuidar cuando ha perdido el control de su mente y su cuerpo, ha olvidado todo y ni siquiera queda la posibilidad de una reconciliación.

Durante todas estas reflexiones, a las que se añade la relación (entre resignada y aburrida) de Rosario con un compañero barrendero, Morsa, Milagros aparece de continuo en la sombra como un personaje al que se desprecia (en ocasiones sugiere que sufre un tipo de retraso más allá de cierta ingenuidad) y se necesita.

En cierto modo Rosario se compara con Milagros, sugiriendo que es más inteligente y válida que una mujer que se desvive por ella, calificando su amor y bondad como una tara, quizá porque no comprende tanta lealtad.

Sin embargo, de algunos pasajes se deduce que Rosario no se engaña a sí misma tanto como parece, que tiene dudas sobre sus motivos, que sus certezas no son tales, y lo reconoce con momentos de una cruel ironía y autoanálisis demoledores hacia sí misma.

Cuando apenas quedan cien páginas para terminar la novela, la autora rompe su estructura de monólogo en que Rosario incluía las conversaciones para pasar a la forma diálogo habitual en las novelas, quizá para dar voz y réplica a Milagros, para que se la vea como es y no sólo a los ojos de Rosario, tono que mantiene hasta el desenlace.

Debido a la dureza de los temas que trata, la lectura puede no ser aconsejable para personas con tendencia a la melancolía, depresión etc…

En resumen: la (terrible) vida misma.

Esta novela obtuvo el: Premio Biblioteca Breve 2005

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