La tierra purpúrea (William Henry Hudson)

La tierra purpúrea

 Esta novela primigenia de Hudson es reducible a una fórmula tan antigua que casi puede comprender la Odisea; tan elemental que sutilmente la difama y la desvirtúa el nombre de fórmula. El héroe se echa a andar y le salen al paso sus aventuras. A ese género nómada y azaroso pertenecen el Asno de oro y los fragmentos del Satiricón, Pickwick y el Don Quijote; Kim de Lahore y Segundo Sombra de Areco. Llamar novelas picarescas a esas ficciones me parece injustificado; en primer término, por la connotación mezquina de la palabra; en segundo, por sus limitaciones locales y temporales (siglo XVI español, siglo XVII). El género es complejo, por lo demás. El desorden, la incoherencia y la variedad no son inaccesibles, pero es indispensable que los gobierne un orden secreto, que gradualmente se descubra. He recordado algunos ejemplos ilustres; quizá no haya uno que no exhiba defectos evidentes. Cervantes moviliza dos tipos: un hidalgo «seco de carnes», alto, ascético, loco y altisonante; un villano carnoso, bajo, comilón, cuerdo y dicharachero: esa discordia tan simétrica y persistente acaba por quitarles realidad, por disminuirlos a figuras de circo. (En el séptimo capítulo de El payador, nuestro Lugones ya insinuó ese reproche). Kipling inventa un Amiguito del Mundo Entero, el libérrimo Kim: a los pocos capítulos, urgido por no sé qué patriótica perversión, le da el horrible oficio de espía. (En su autobiografía literaria, redactada unos treinta y cinco años después, Kipling se muestra impenitente y aun inconsciente.) Anoto sin animadversión esas lacras; lo hago para juzgar The Purple Land con pareja sinceridad.

 Del género de novelas que considero, las más rudimentarias buscan la mera sucesión de aventuras, la mera variedad; los siete viajes de Simbad el Marino suministran quizá el ejemplo más puro. El héroe, en ellas, es un mero sujeto, tan impersonal y pasivo como el lector. En otras (apenas más complejas) los hechos cumplen la función de mostrar el carácter del héroe, cuando no sus absurdidades y manías; tal es el caso de la primera parte del Don Quijote. En otras (que corresponden a una etapa ulterior) el movimiento es doble, recíproco: el héroe modifica las circunstancias, las circunstancias modifican el carácter del héroe. Tal es el caso de la parte segunda del Quijote, del Huckleberry Finn de Mark Twain, de The Purple Land. Esta ficción, en realidad, tiene dos argumentos. El primero, visible: las aventuras del muchacho inglés Richard Lamb en la Banda Oriental. El segundo, íntimo, invisible; el venturoso acriollamiento de Lamb, su conversión gradual a una moralidad cimarrona que recuerda un poco a Rousseau y prevé un poco a Nietzsche. Sus Wanderjahre son Lehrjahre también. En carne propia, Hudson conoció los rigores de una vida semibárbara, pastoril; Rousseau y Nietzsche, sólo a través de los sedentarios volúmenes de la Histoire Générale des Voyages y de las epopeyas homéricas. Lo anterior no quiere decir que The Purple Land sea intachable. Adoiece de un error evidente, que es lógico imputar a los azares de la improvisación: la vana y fatigosa complejidad de ciertas aventuras. Pienso en las del final: son lo bastante complicadas para fatigar la atención, pero no para interesarla. En esos onerosos capítulos, Hudson parece no entender que el libro es sucesivo (casi tan puramente sucesivo como el Satiricón o como El Buscón) y lo entorpece de artificios inútiles. Se trata de un error harto difundido: Dickens, en todas sus novelas, incurre en prolijidades análogas.

 Quizá ningúna de las obras de la literatura gauchesea aventaje a The Purple Land. Sería deplorable que alguna distracción topogáfica y tres o cuatro errores o erratas (Camelones por Canelones, Aria por Arias, Gumesinda por Gumersinda) nos escamotearan esa verdad… The Purple Land es fundamentalmente criolla. La circunstancia de que el narrador sea un inglés justifica ciertas aclaraciones y ciertos énfasis que requiere el lector y que resultarían anómalos en un gaucho, habituado a esas cosas. En el número 31 de Sur, afirma Ezequiel Martínez Estrada: «Nuestras cosas no han tenido poeta, pintor ni intérprete semejante a Hudson, ni lo tendrán nunca. Hernández es una parcela de ese cosmorama de la vida argentina que Hudson cantó, describió y comentó… En las últimas páginas de The Purple Land, por ejemplo, hay contenida la máxima filosofía y la suprema justificación de América frente a la civilización occidental y a los valores de la cultura de cátedra». Martínez Estrada, como se ve, no ha vacilado en preferir la obra total de Hudson al más insigne de los libros canónicos de nuestra literatura gauchesca. Por lo pronto, el ámbito que abarca The Purple Land es incomparablemente mayor. El Martín Fierro (pese al proyecto de canonización de Lugones) es menos la epopeya de nuestros orígenes ?¡en 1872!? que la autobiografía de un cuchillero, falseada por bravatas y por quejumbres que casi profetizan el tango. En Ascasubi hay rasgos más vívidos, más felicidad, más coraje, pero todo ello está fragmentario y secreto en tres tomos incidentales, de cuatrocientas páginas cada uno. Don Segundo Sombra, pese a la veracidad de los diálogos, está maleado por el afán de magnificar las tareas más inocentes. Nadie ignora que su narrador es un gaucho, de ahí lo doblemente injustificado de ese gigantismo teatral, que hace de un arreo de novillos una función de guerra. Güiraldes ahueca la voz para referir los trabajos cotidianos del campo, Hudson (como Ascasubi, como Hernández, como Eduardo Gutiérrez) narra con toda naturalidad hechos acaso atroces.

 Alguién observará que en The Purple Land el gaucho no figura sino de modo literal, secundario. Tanto mejor para la veracidad del retrato, cabe responder. El gaucho es hombre taciturno, el gaucho desconoce, o desdeña, las complejas delicias de la memoria y de la introspección; mostrarlo autobiográfico y efusivo, ya es deformarlo.

 Otro acierto de Hudson, es el geográfico. Nacido en la provincia de Buenos Aires, en el círculo mágico de la pampa, elige, sin embargo, la tierra cárdena donde la montonera fatigó sus primeras y últimas lanzas: el Estado Oriental. En la literatura argentina privan los gauchos de la provincia de Buenos Aires; la paradójica razón de esa primacía es la existencia de una gran ciudad, Buenos Aires, madre de insignes literatos «gauchescos». Si en vez de interrogar la literatura, nos atenemos a la historia, comprobaremos que ese glorificado gauchaje ha influido poco en los destinos de su provincia, nada en los del país. El organismo típico de la guerra gaucha, la montonera, sólo aparece en Buenos Aires de manera esporádica. Manda la ciudad, mandan los caudillos de la ciudad. Apenas si algún individuo ?Hormiga Negra en los documentos judiciales, Martín Fierro en las letras? logra, con una rebelión de matrero, cierta notoriedad policial.

 Hudson, he dicho, elige para las correrías de su héroe las cuchillas de la otra banda. Esta elección propicia le permite enriquecer el destino de Richard Lamb con el azar y con la variedad de la guerra ?azar que favorece las ocasiones del amor vagabundo?. Macaulay, en el artículo sobre Bunyan, se maravilla de que las imaginaciones de un hombre sean con el tiempo recuerdos personales de muchos otros. Las de Hudson perduran en la memoria; los balazos británicos retumbando en la noche de Paysandú; el gaucho ensimismado que pita con fruición el tabaco negro, antes de la batalla; la muchacha que se da a un forastero, en la secreta margen de un río.

 Mejorando hasta la perfección una frase divulgada por Boswell, Hudson refiere que muchas veces en la vida emprendió el estudio de la metafísica, pero que siempre lo interrumpió la felicidad. La frase (una de las más memorables que el trato de las letras me ha deparado) es típica del hombre y del libro. Pese a la brusca sangre derramada y a las separaciones, The Purple Land es de los muy pocos libros felices que hay en la tierra. (Otro, también americano, también de sabor casi paradisíaco, es el Huckleberry Finn, de Mark Twain.) No pienso en el debate caótico de pesimistas y optimistas; no pienso en la felicidad doctrinaria que inexorablemente se impuso el patético Whitman; pienso en el temple venturoso de Richard Lamb, en su hospitalidad para recibir todas las vicisitudes del ser, amigas o aciagas.

 Una observación última. Percibir o no los matices criollos es quizá baladí, pero el hecho es que de todos los extranjeros (sin excluir por cierto a los españoles) nadie los percibe sino el inglés. Miller, Robertson, Burton, Cunninghame Graham, Hudson.

Jorge Luis Borges

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EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA (Miguel de Cervantes)

El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605):

Esta primera parte comienza con la decisión de Alonso Quijano de convertirse en caballero andante. Busca un caballo, al cual le pone Rocinante de nombre. Busca también una dama para que sea su amada, y la llama Dulcinea del Toboso y por último se busca un nombre para él mismo: Don Quijote de la Mancha. En su primera salida le ocurre la aventura del amo que estaba castigando a su esclavo por haberle perdido una oveja. Pero sin duda lo más interesante de esta salida es cuando un ventero, al cual Don Quijote lo tenia como Rey, le arma caballero. Cuando regresa a su casa, le ofrece a un labrador vecino suyo que sea su escudero poniéndole como recompensa ser gobernador de una ínsula. Sancho, que así se llama, acepta. En la segunda salida, se encuentran unos molinos de viento: Don Quijote pensándose que son gigantes lucha contra ellos. Esta la aventura más famosa de esta obra. Más adelante, buscando un lugar para pasar la noche, encuentran otra venta. A mitad noche entra una sirvienta que tenia una cita con un huésped. Don Quijote comenzó a alabarla, a pesar de que era enormemente fea. Al salir de la venta, vieron que salían dos enormes humaredas, Don Quijote pensó que eran ejércitos enfrentándose. Pero cuando se acercaron se dieron cuenta de que sólo eran rebaños de ovejas. Los pastores arremeten contra ellos tirándoles piedras. Don Quijote intenta recuperar el “yelmo de Mambrino”. Se abalanza sobre un pobre hombre para quitarle el yelmo. A continuación, se encuentras con unos presos que van a las galeras de esclavos. Don Quijote preguntó uno a uno por qué estaban presos. Al verlo injusto, comienza la batalla entre Don Quijote y los galeotes contra los comisarios. Don Quijote les pide que vayan a ver a Dulcinea y le cuenten lo que ha hecho por ellos. Los galeotes además de negarse, los apedrean y los dejan casi desnudos. Don Quijote le pide a Sancho que vaya a ver a Dulcinea y le cuente todo lo que él está haciendo por ella. Cuando Sancho regresó del Toboso, le contó la falsa conversación que mantuvo con Dulcinea.

Para finalizar la primera parte, Don Quijote arremete contra personas de una procesión. Nuestro protagonista acabó tirado en el suelo. Y le dijo a su escudero que deberían volver a casa y esperar un poco hasta la siguiente salida.
 

II parte:

Sancho le cuenta a Don Quijote que había visto impresa la historia de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Don Quijote y Sancho en su tercera salida, van al Toboso al buscar el palacio de Dulcinea. Don Quijote se da cuenta de que no conoce a Dulcinea, que sólo estaba enamorado de ella por la fama que tenía. Sancho convence a Don Quijote para que espere hasta que él la encuentre. Sancho sabía que no iba a encontrar a Dulcinea. Asi que ve pasar a tres labradoras sobre tres borricos. Sancho las encantó para que su amo se creyera que eran Dulcinea y sus doncellas. Pero no funcionó. Camino a Zaragoza, Don Quijote conoce al Caballero del bosque. Sancho y el escudero de éste se hacen amigos. El Caballero del bosque afirma que ha vencido a Don Quijote de la Mancha. Se baten en duelo. Cuando Don Quijote lo derrotó, descubrió que era el bachiller Sansón Carrasco y el escudero era un vecino de la aldea. Don Quijote le obligó a ir al Toboso a decirle a Dulcinea que no había vencido a Don Quijote, sino a un caballero que se le parecía. Más adelante, Sancho y Don Quijote acompañados de un estudiante fueron a la cueva de Montesinos. Bajó Don Quijote y cuando regresó, comenzó a contar historias que Sancho no se creía.

Don Quijote hace gobernador de la ínsula a Sancho. En esa ínsula había un médico que no le dejaba comer de nada. Una noche le despertaron y le dijeron que se armara porque estaban invadiendo la ínsula (que era una batalla fingida) Sancho estaba cansado y decidió que no había nacido para ser gobernador. Y regresa con su amo. Don Quijote y Sancho deciden cambiar de rumbo y no ir a Zaragoza. Van dirección Barcelona. Don Quijote y su escudero son famosos por sus historias. En casa de Don Antonio, les enseñan un busto que habla (porque esta conectado a un tubo por el que hablaba el sobrino de Don Antonio). Un día Don Quijote conoce al caballero de la Blanca Luna, éste le dice que está buscando a Don Quijote para que confiese que su dama es más bella que su Dulcinea. Este caballero le reta a duelo, en el cual Don Quijote pierde. Así que dijo que se retiraría de la Caballería un año. Don Antonio descubre que El Caballero de la Blanca Luna Es en realidad el bachiller Sansón Carrasco que quiere que Don Quijote vuelva a la aldea.

Una vez en casa, llegó el médico a ver a Don Quijote y le dijo que no le quedaba mucho tiempo de vida. Don Quijote llamó a sus amigos y les dijo que volvía a ser Alonso Quijano. Hizo el testamento y criticó el libro de Avellaneda por las falsedades que cuenta. Le dijo a su sobrina que no se casara con un hombre al cual le gustaran los libros de caballerías, pues se volvería loco. Y así, Don Quijote falleció.

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