Haciendo historia (stephen Frey)

Espasa ha editado una novela bastante singular en su colección de narrativa.

Singular no tanto por su argumento, el qué, como por el quién y el cómo. El quién es Stephen Fry, posiblemente más conocido en España como actor (Los amigos de Peter, la serie de Blackadder) que como escritor. Pero leyendo la solapa del libro, uno queda informado de que esta no es una incursión de diletante, sino que para Fry escribir parece ser tan natural como actuar, a juzgar por las referencias y la opinión al respecto de la todopoderosa, en lo que se refiere a encontrar cosas que venderle a la gente, Amazon.com.

Haciendo historia es una novela construida sobre uno de los tópicos más manidos de la ciencia ficción: un hombre descubre la posibilidad de viajar en el tiempo y, movido por su sentido de culpa familiar y con la ayuda de un licenciado en historia, decide eliminar a Hitler del mapa (más concretamente: casi borrar, accidentalmente, Brunau-am-Inn, pequeña ciudad austríaca y cuna del futuro Führer) para lavar su infamia. El hombre en cuestión se hace llamar Leo Zuckerman y el licenciado en cuestión se llama Michael D. Young. Incidentalmente, Michael es nuestro protagonista, posiblemente escogido y conjurado para esta historia por esa capacidad suya tan sugestiva de crear el caos más absoluto y no entender muchas cosas que le convendría entender.

Aparte de ser posiblemente EL TÓPICO con mayúsculas, Haciendo historia es también una magnífica novela. Tal afirmación puede resultar extraña, pero así son las cosas.

Para empezar, Fry ataca directamente al lector presentándole una farsa narrada en primera persona por uno de los personajes más irresponsables y más divertidos de la novela contemporánea. Michael Young se revela rápidamente como un individuo inteligente a su manera, pero lastrado por una idiosincrasia casi existencialista, que le hace comportarse, actuar y ser percibido como un idiota. Lo único que rescata a este dechado de virtudes es su narración salpicada de humor y llena de eruditas referencias. Ése es precisamente el carácter de esta novela, esa tradición que llaman "wit", ingenio. Es una novela ingeniosa porque no le queda otra opción, teniendo como base una idea tan usada (especulativamente) como la comentada.

Y el ingenio se aprecia con toda claridad, aunque algunas veces fracase en el intento. Se nota el ingenio académico en las comparaciones relativas a Dickens, Pound, Orwell y unos cuantos literatos e historiadores más. Y se nota cuando Michael deja caer sus opiniones sobre la vida, el arte, la literatura y demás tonterías similares. Como lector, no puedo contener la risa con la mordacidad de alguna de las opiniones que vierte. Según Michael, todo el arte, y especialmente la literatura, está muerto. Y aún así reconoce que de vez en cuando va al teatro; pero es que le gusta ver como se descomponen los cadáveres.

Por otro lado, Jane, la compañera sentimental de Michael al iniciarse la narración, es un paradigma del científico de la posmodernidad, siempre a la defensiva (me temo que con razón) frente a los ataques idiotas provenientes de las descompuestas, según el humanista Michael, humanidades. Cuando a Jane se le plantea hipotéticamente la posibilidad de alterar el pasado, contesta rápida y eficientemente que su gran obra sería separar a los hermanos Gallagher al nacer, para evitar la formación del grupo musical Oasis. Mientras tanto nuestro protagonista y su aliado pretenden impedir la existencia del responsable de la muerte de millones de personas. El problema está en que el lector ya empieza a intuir que, dentro del universo narrativo del libro, la desaparición de la banda inglesa Oasis sería un acto de mucha más relevancia y caridad que la eliminación de un maníaco genocida.

Así que, como está marcado, y no reviento ninguna sorpresa al decirlo, el plan de Zuckermann y Michael tiene éxito. Aunque sí me callo el singular y divertido método empleado.

Una de las mejores bromas del libro, posteriormente transformada en herramienta dramática, son los capítulos sobre la gestación, infancia y juventud de Adolf Hitler. El lector supone que está asistiendo a una recreación histórica literaria. Y lo es. Pero no de la forma esperaba. Lo que estamos leyendo al principio del libro sobre el joven Adolf es un texto que está dentro del libro, un objeto en el mismo universo de ficción, rigurosamente documentado. Un texto cuya relevancia parece ser nula por dos razones: 1) no es lo que parece, como aclara bastante bruscamente en una divertida escena el director de tesis de Michael y 2) al desaparecer Hitler, la reconstrucción también desaparece. Pero la broma se torna drama cuando el texto empieza a rescribirse por sí mismo al cambiar la historia. Y el lector que ha participado hasta ahora de la farsa empieza a ser testigo de la construcción, la fabricación, la fabulación de una Historia; Historia que es eco de otra y precisamente por eso mucho más temible, pues parece que esta Historia suplantadora ha aprendido de los errores de la anterior para volverse mucho más eficiente.

Bueno, que no cunda el pánico, después de todo es sólo una ficción. Cómo la reconstrucción literaria del joven Hitler dentro de la novela. Pero se trata de una ficción que no puede dejar indiferente al lector, porque éste ha vivido en el mundo que describe. La ficción parahistórica toma prestada su fuerza de esa otra ficción más cercana a lo "real", lo que basta para dar en su momento al libro un ambiente bastante oscuro aunque siga siendo una farsa.

Después de crear su nuevo mundo, Michael D. Young debe asumir las consecuencias de sus actos y vivir en el universo que ha creado (ganando a cambio una novela de George Orwell que en el nuestro no tuvo necesidad de escribir y perdiendo para su desgracia un montón de películas de la posguerra). Michael deberá deshacer el terrible lío que ha creado, reescribiendo él mismo escenas de su pasado (el encuentro con Zuckermann, por ejemplo) para cambiar una vez más la narración. Y todo porque Michael ha descubierto, horrorizado, que el responsable último (aunque no directo) del mayor genocidio sobre la faz del planeta, histórica y "parahistóricamente", es un licenciado en historia llamado Michael D. Young, que se las ha arreglado para dotar a los malos de la Historia de un arma más efectiva y sutil que la bomba atómica…

Pero no todo va tan mal en ese brave new world.

Bill Gates, por ejemplo, tampoco ha existido nunca, así que la informática es mucho mejor. A los ordenadores se le puede dictar los textos, reconocen muy bien la voz humana, usan fibra óptica en vez de cableado de cobre y no hay fallos de conexión en las redes locales.

Y tampoco hay iconos. Hay glifos, gracias a Dios.

Pero, aún así, en ese mundo sí hubo una Segunda Guerra Mundial que se cobró millones de vidas y dos bombardeos con armas nucleares y aún hoy en día existen pequeños conflictos locales, por no hablar del crimen en las grandes ciudades y de los accidentes decoche y similares. ¿Qué es lo que tiene nuestra historia tal y como la conocemos para que Michael, con ayuda de nuevos/ asistencia, viejos aliados intente escribirla de nuevo, recuperarla, restaurarla desde la papelera del sistema, desde el mundo que ha ayudado a crear, formateando el disco duro de la Historia?

El punto decisivo en cuestión en esta farsa maliciosa y provocativa parece ser que, al menos, hoy en día con lo políticamente correcto en Europa y Norteamérica, ser marica no es delito.

Y como dice un amigo: "cuando llega el amor, que se quiten las mujeres".

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La Vida en las Ventanas (Andrés Neumann)

Net es un joven que envía multitud de cartas a una tal Marina, con quien tuvo una relación hace tiempo. En ellas va contando la vida en su hogar, su relación con Xavi, el dueño de un bar, amigo suyo, de turbias costumbres, sus amores con Cintia; además, de hacer de vez en cuando algunas reflexiones sobre la vida y el amor.

Lo más llamativo de esta novela es su estructura. Está organizada según el clásico modelo de literatura epistolar con algunas variantes, como el hecho de que no se trate de un intercambio de correspondencia sino más bien de un “monólogo”, que no recibe respuesta de la destinataria; como anécdota, el medio del que se vale Net para enviar sus mensajes es el correo electrónico. De ahí el título del libro. Las ventanas a que hace referencia son naturalmente las de Windows, a través de las cuales él ve el mundo. Al final del libro hay una escena en la que el protagonista se asoma a una ventana real, y observa la ropa tendida de sus vecinos a la vez que fantasea sobre sus vidas, el deseo de contemplar algún crimen, etc, es decir, el deseo de romper una rutina que se le hace insoportable.
Porque de monotonía y rutina se trata. Net nos desvela una vida aburrida y sin sustancia, muy común, muy típica de joven de su edad, con sexo, romances, coqueteos con las drogas, discotecas, etc. De todas formas, la novela se detiene más en las relaciones familiares del protagonista. Asistimos desde el inicio de las cartas al relato del desmoronamiento de su hogar. Padres que no se comunican, la típica hermana, adolescente rebelde, gente que se va de casa, trabajos basura donde te explotan, paseos por centros comerciales. Resulta un poco tópico y no está contado con emoción ni entusiasmo.
La prosa es sencilla, aunque con ciertos toques poéticos que dan al texto en algunas ocasiones poca naturalidad. Quiero decir, que sí, vale, el joven es universitario, pero se expresa de un modo que no parece muy común entre la gente de su edad. Y no solo él. Además, algunas de esas cartas son bastante largas, lo cual no encaja con la realidad del correo electrónico. Más que emails, parecen entradas de un diario bastante prolijo. También es cierto que entre una y otra parece que pasa mucho tiempo, lo cual puede hacer pensar que Net tiene tiempo para redactarlas de ese modo. La estructura me ha gustado, pero el libro en sí lo veo un poco fallido, sobre todo a la hora de relacionar la historia de la familia con la de Xavi.
El papel que juega Xavi en el relato no me ha quedado muy claro. Desde el inicio se nos muestra como una especie de artista maldito (referencias a Rimbaud, Max Estrella, Marqués de Bradomín, etc, acentúan la imagen) que regenta un bar y que debido a su mal humor va poco a poco quedándose sin clientela; cae en las drogas, incluso en la venta de sustancias ilegales. Su casa es un caos de desorden. Se supone que es el mejor amigo de Net, pero no se profundiza en la relación. Tampoco vemos por qué es un artista, qué tiene de especial.
El distanciamiento, no sé si buscado o no, es constante en todo el libro. Se cuentan cosas, algunas de ellas muy graves, sin que se refleje una emoción en el narrador-personaje.
Tal vez esta sea una de las “moralejas” de la novela: la incomunicación a pesar de contar con cada vez más medios para transmitir ideas y mensajes. Uno de los pasajes más reveladores coloca a Net ante el ordenador de su hermana, entrando en su correo electrónico y leyendo algo que él piensa que ella ha querido que lea, y por eso le ha dejado la clave a la vista. Ella no puede decírselo directamente, sino a través del email.
Es un libro digno que podría haber dado mucho más de sí.

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La estación de la calle perdido (China Miéville)

La estación de la calle perdido (China Miéville)
 

Originalmente, esta reseña le otorgaba al libro una recomendación de 3 y medio, que, me parece, no está mal. Sin embargo la reseña data de hace dos años (evidentemente estaba reseñando una edición inglesa), y recalcitrantemente, me he visto obligado a subirle la nota (como si le importara realmente a alguien lo que opine acerca de este libro un idiota como yo), aunque no me desdiga de lo que he dicho hace dos años.
La razón del aumento es fácil: este libro en particular con sus muchas virtudes y (unos cuantos) defectos no ha abandonado mi cabeza desde que lo leí hace ese tiempo. No hay forma de que me lo quite de encima, me ha invadido desde entonces, me descubro pensando en determinado aspecto de la narrativa o en algún truco sucio que usa Miéville para con el lector (especialmente en alguno de los momentos de la historia o algún pedazo de pseudobiología fantástica de lo mas retorcido) con una sonrisa en la boca en los momentos más insospechados a riego de mi salud: como cruzando la calle mientras un conductor decide que voy a ser la siguiente muesca en su volante.
Y un libro así, capaz de colonizar tu cerebro por sorpresa hasta el cuerpo calloso, evidentemente merece una reconsideración. Así que aquí está la reseña original con la nueva puntuación.

SI MIÉVILLE ESCRIBIERA ciencia ficción, posiblemente alguien lo compararía con Jack Vance por dos motivos. El primero es esa extraña facilidad para lo alienígena que ambos tienen. Lo segundo es, por decirlo de alguna manera, el descaro con el que escriben. Pero como Miéville no escribe ciencia ficción, sino algo más bien que podría ser definido como Gran Fantasía Racionalista, se salva de la odiosa analogía y queda campante en su propio rincón de escritor.

La estación de la calle Perdido es una obra de muchas cualidades, algunos defectos y otra cualidad más que elimina algún defecto. Esta es la historia de Isaac Grinembulin, diletante en muchas ciencias y maestro de pocas, pero dotado de una poderosa intuición. Es la historia de una ciudad innegablemente construida con una imaginación poderosa y un par de tópicos al uso, Nueva Crobuzón, una cosmopolita entidad que da cobijo a numerosas criaturas y muchas pequeñas historias. Es la historia oculta de Yagharek, el garuda, hombre-pájaro que contrata a Grimnebulin para que le devuelva el don de volar que perdió (o le fue arrebatado) por un crimen incomprensible para los humanos de Nueva Crobuzón. Es la historia de Lin, la escultora Khepri que es la amante de Isaac Grimnebulin y que acepta un trabajo que se revelará tan arriesgado como las imprevisibles consecuencias del contrato de Isaac con Yagharek. Es también una historia de revueltas ciudadanas, maniobras políticas, investigación y creación, y, sobre todo, la historia de una amenaza que destruirá a los habitantes de Nueva Crobuzón, ya sean malvados, justos o indiferentes, si alguien no hace frente al terrible genio que la curiosidad y el vicio de los hombres ha permitido escapar de su botella.

Nueva Crobuzón es un engendro posmodermo que es parte Londres victoriano (con autómatas a vapor), parte Brazil de Terry William (un sistema totalitario, corrupto y represor), parte Castillo de Otranto (imaginería gótica), parte Gormenghast de Mervyn Peake y parte planeta alienígena. La prosa de Miéville lleva al lector a replantearse continuamente las suposiciones que hace con respecto a la ciudad y sus habitantes, como en el caso de las Khepri, la raza de mujeres con cabeza de escarabajo. Miéville describe detalladamente las sociedades Khepri, pero a un servidor que esto escribe le desconcertaba el extraño lenguaje de signos usado por Lin en su comunicación con Isaac, con descripciones de los órganos con los que Lin señaliza sus mensajes, hasta que caí en la cuenta: Las Khepri no son mujeres con cabeza de escarabajo. Son mujeres cuya cabeza es un escarabajo. Lin hace señales con los apéndices del escarabajo que es su cabeza, antenas, patas, mandíbulas y alas. Lo mismo puede decirse de muchas otras especies que habitan en las páginas de esta novela, como los Garuda (que no son simplemente hombres con alas) o los anfibios Vodyanoids y sus poderes sobre el agua o los mismos seres humanos de Nueva Crobuzón, a los que una cruel ciencia puede Remodelar con partes animales o mecánicas con una inventiva infinita. El talento de Miéville para lo exótico se manifiesta de muchas maneras y contribuye a darle a esta novela una cualidad especial que de no tenerla la convertirían en un producto más para rellenar las estanterías.

La estación de la calle Perdido tiene demasiadas virtudes como obra de imaginación como para tener ese destino. Pero también tiene sus defectos, por supuesto, y algunos de estos defectos lastran la novela impidiendo que se convierta en algo más de lo que es. El principal es que a mitad de la misma ésta pierde impulso porque todas las situaciones se han planteado ya y el destino de los personajes está más o menos claro. Aunque Miéville se reserva una sorpresa o dos, la narración no tiene el mismo ímpetu que el principio, en el que se presentan a los personajes y las relaciones entre ellos, así como las consecuencias directas de sus actos. Actos que luego, por supuesto, deben redimir, pese a que la redención me parece menos interesante a veces que el que los personajes cometan los actos en sí.

La fuerza como escenario de Nueva Crobuzón está en que no es simplemente en ser un refrito de las posibles influencias que cito anteriormente (el steampunk, la distopía y el gótico), sino que por una extraña alquimia funciona más como una especie de bazar de las Mil Y Una Noches, un lugar regido por sus propias leyes y que el lector descubre poco a poco, con sentido de la maravilla. De ahí esa frase descriptiva del carácter de la ciudad al principio de la novela "Nueva Crobuzón es una ciudad a la que no convence la Ley de la Gravedad", preparando al lector para el dispositivo literario que hace que la ciudad en cuestión funcione mejor como personaje de lo que lo hacen los personajes principales de esta novela. A esta novela se le puede acusar de muchas cosas, pero no de no tener un trasfondo cuando menos ambicioso y complejo. Y tampoco es que sólo tenga un buen trasfondo y personajes poco definidos, Miéville tiene unas cuantas ocurrencias que le dan a la narración más sustancia de las que parecen posibles en ese contexto, como, por ejemplo, el intento de contratar a un peculiar "embajador" para que haga frente al problema actual de Nueva Crobuzón, o las inspiraciones monotemáticas de Isaac frente su teoría favorita acerca de cómo funciona el mundo, o la peculiar aparición de una Inteligencia Constructa que aspira a la deidad y su curiosa congregación de máquinas y mecánicos.

En cuanto al descaro al que me refiero al principio, en realidad he usado un eufemismo suave: Miéville tiene, en realidad, un morro que se lo pisa. Y por eso mismo se le perdonan algunas cosas. El ejemplo más claro es la aparición de una entidad, El Tejedor (Weaver) que cumple la función de deus ex machina en la estructura de la novela. En un momento determinado, esta entidad arácnida (y posiblemente más allá de definiciones tontas tales como "locura" o "cordura") rescata al grueso de los baqueteados héroes de Miéville de un asalto de las fuerzas del orden de Nueva Crobuzón (quienes, curiosamente, habían contratado a esa entidad para acabar con la amenaza que se cierna sobre la ciudad). La razón por la que lo hace me desarmó completamente. Más o menos, el Tejedor (siendo una entidad multidimensional y de conducta imprevisible) dice que le ha gustado la historia hasta ahora (o sea, el libro que uno está leyendo hasta esa intervención de esta entidad alienígena) y le gustaría que la historia continuase, así que rescata a los maltrechos héroes y les proporciona una nueva casilla de salida en el juego. Otro gran ejemplo de ese "descaro" es cuando el grupo de héroes a su pesar se ve obligado a contratar los servicios de un grupo de mercenarios. Antes de que el lector pueda terminar de pensar "esto me suena a partida de r…" uno de los personajes se adelanta y afirma que no confía en un grupo de sociópatas como esos que van metiéndose en jaleos varios sólo para conseguir "oro y experiencia".

Ante esto, tuve que reírme y perdonarle el truco.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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El ansia (Elfride Jelinek )

El director de una fábrica de papel somete a su esposa a todo tipo de actos sexuales de manera continua, casi enfermiza, debido a que no puede ir a prostitutas por miedo al SIDA (no le gustan los preservativos). Una tarde la mujer, en pijama y medio borracha, se va por un camino entre la nieve y es recogida por Michael, un estudiante de Derecho, con el que tiene una relación sexual. Ella se prenda del joven. Sin embargo, la historia terminará trágicamente. (según dice la contraportada, Elfride saca sus argumentos de casos de la vida real)
Es la primera novela que leo de esta autora (premio Nobel 2004) así que no la puedo comparar con otras obras suyas.
Se trata de una novela bastante breve que en la contraportada definen como “novela pornográfica femenina” o algo así, pero quien la lea buscando eso se llevará una decepción (Comentario de la autora: “Yo quería escribir un porno, pero me di cuenta de que era imposible. Es el hombre quien hace la pornografía: la mujer es sólo un objeto mudo de la mirada masculina”). Es cierto que todas las páginas hay sexo, penetraciones, eyaculaciones, etc, pero la forma (que es lo que define qué es literatura y qué no) es totalmente vanguardista y atípica. La autora tiene un número ingente de metáforas para referirse a los actos sexuales (pero no para ocultar, sino para “darle la vuelta” a la visión convencional), y no se priva, en medio de la descripción, de incluir sus propias reflexiones, generalmente violentas, por no decir panfletarias, sobre lo que ocurre en las escenas. Hay en todo el libro una crítica furibunda del capitalismo (el sexo solo es metáfora de eso) El Director ejerce su poder desmesurado sobre los obreros, sobre su mujer, los parados de la zona, etc. Hay mucha violencia en este libro, sobre todo verbal. Las mismas escenas e ideas se repiten una y otra vez hasta terminar saturando al lector. Es agobiante, claustrofóbico, repetitivo. Desde luego, no es un libro que deje indiferente.
El personaje femenino, parece muy pasivo. Se insinúa que se somete a todas esas cosas por el dinero y los bienes a los que puede acceder (todas las mujeres la envidian; el hombre paga con bienes materiales los “servicios” sexuales de su esposa, etc). Cuando se encapricha con Michael parece revivir un poco, y al final, estalla del todo al caer en un crimen terrible e impensable, que se ve claramente que es causado por la desesperación más tremenda.
Todo esto expresado de un modo tan críptico que, sinceramente, muchas de las cosas te las tienes que imaginar casi a partir de referencias que parecen enigmas.
No me ha disgustado. A pesar de la manera un poco brusca y elemental con que la autora transmite sus ideas, al menos tiene ideas. No deja títere con cabeza: ataca al capitalismo, a la sociedad de su país, al deporte, al consumismo, a la Iglesia católica.
Creo que es una lectura interesante y “diferente”, aunque llegas a aborrecer al ser humano y a pensar que somos una auténtica basura.
De todas formas, ya digo que quizás no lo he entendido del todo debido a esa peculiar manera de expresarse (pondré más adelante citas del libro para que os hagáis una idea)

Aquí pongo algunos fragmentos:
(Aviso para escrupulosos y personas sensibles: cuidadín )

"El hombre espera hasta que su agua hierve. Después echa en ella a su mujer, a la que ha despojado del pijama. Su señal se ha elevado, la vía está libre. Y todo habla conforme al tono de su señal. Patea a su mujer en el regazo. No necesita ánimos por su parte, ya está muy animado. Es como si su rabo ya no pudiera hallar reposo, porque quizá otro se ha enterrado en su coño y ha ensuciado su suelo con su pedazo de salchicha. De pura ira, este hombre se desgasta, a sí y a su obra, demasiado pronto, demasiada energía se despilfarra entre bramidos, su bóveda truena. Todo en el exterior, ha sido dominado con hielo y nieve. La Naturaleza suele hacerlo bien, sólo a veces hay que ayudarla a poder consumir su propiedad en nuestra mesa en calma y silencio. El hombre llueve humedad por delante y por detrás sobre la mujer, a la que pulimenta. Las pequeñas alfombras de sus pechos son sacudidas con fuerza. Como piedras le cuelgan sus sacos de dos kilos. Y sin miedo él rocía a la mujer con su tosca escoria, y vaga por ella, con el suelo firme bajo los pies."

"La mujer yace desparramada, abierta al mundo, en el suelo, con alimentos viscosos esparcidos sobre ella, y es subastada por un efecto y varios efectos. Sólo su marido negocia con ella, y negocia completamente solo. Y ya cae en el amueblado vacío de la habitación. Sólo su propio cuerpo le hace justicia, y cuando lo desea puede hacerse oír y retumbar en el deporte. Como una rana, la mujer tiene que abrir las piernas hacia los lados, para que su marido pueda mirar dentro e ella lo más posible, hasta la Audiencia Provincial para Causas Penales, y examinarla. Está por entero bañada y cagada por él, tiene que levantarse, dejar caer al suelo las últimas cáscaras e ir a buscar una esponja para limpiar al hombre, ese enemigo irreconciliable de su sexo, de sí mismo y del flujo que ella ha producido. El le mete el índice derecho bien hondo en el ano, y con los pezones colgando ella se arrodilla sobre él y limpia, el cabello en los ojos y en la boca, sudor en la frente, saliva ajena en la garganta, la blanca ballena asesina allí ante ella, hasta que la amable luz se pone, llega la noche y este animal empieza a fustigarla de nuevo con su rabo."

"El director es tan grande que es imposible circundarlo en un solo día. Este hombre está abierto a los cuatro vientos, pero sobre todo hacia arriba, de donde vienen la lluvia y la nieve. A nadie tiene por encima de sí, salvo al consorcio matriz, del que no hay quien pueda protegerse. Pero por el lado cortante de la mujer puede tranquilamente abrir su grifo y aspersar. La mujer se contorsiona como un pez, porque tiene las manos atadas, mientras el hombre le hace cosquillas y le pincha un poco con agujas. El escucha su interior, donde ha escondido sus sentimientos. Palabras como hojas caen del vídeo en la pantalla y van a parar al suelo ante esta Humanidad unipersonal. Desconcertadamente protectora, la mujer mira un tiesto desfalleciente en el alféizar de la ventana. TAmbién el hombre habla ahora, tosco como el buen corazón de la fruta."

"El padre ha descargado un montón de esperma, la madre ha de limpiar y dejarlo todo en condiciones. Lo que no lame, tiene que recogerlo con un trapo."

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La pulga de acero (Nikolai Leskov)

Asociamos la Literatura rusa del siglo XIX a sus más grandes autores (Dostoievski, Gogol, Tolstoi) y a sus obras más conocidas (Crimen y Castigo, Guerra y Paz, etc). También nos resulta fácil asociarla con la obra de Chejov o Turgeniev. Pero es cierto que estos nombres acaban por extender una pesada sombra sobre el resto de sus contemporáneos menos conocidos, privándonos de un inmenso legado apenas conocido y de difícil acceso para el lector medio.

Éste es el caso de Nikolái Leskov, considerado por muchos de sus compatriotas como el más ruso de todos los escritores rusos. Aunque nació en una familia acomodada, la muerte de su padre le privó a una temprana edad de todo aquello a lo que estaba acostumbrado. Leskov comenzó a trabajar como oficinista en los tribunales de su región, continuando su carrera en Kiev. Posteriormente fue contratado por una empresa inglesa como representante de sus negocios en Rusia lo que le llevó a viajar por todo el país permitiéndole conocer su riqueza y acercarse al padecimiento del pueblo ruso (el servilismo aún no había sido abolido).

Gracias a esos viajes y a un golpe de suerte, la vida de Leskov tomaría un giro inesperado. Gran observador, volcaba en las cartas que enviaba a su jefe todo aquello que veía. Su estilo ágil, fresco e irónico le valieron la posibilidad de comenzar a trabajar como periodista y, al poco, de publicar sus primeros relatos.

Llegados a este punto no se puede decir que la vida de este autor se tornara tranquila y sosegada. Su estilo irónico y burlesco atrajo hacia él odios de los más diversos orígenes: la jerarquía ortodoxa le consideraba impío (una de sus obras llevaba por título Pequeños detalles de la vida episcopal, si bien en otro libro – Gentes de la Iglesia– ofrecía un discurso apasionado a su favor). Por los mismos motivos perdió el cargo público que ostentaba en el Ministerio de Hacienda.

Tras su muerte su figura y su obra no dejaron de ser controvertidas. El régimen soviético le vio como símbolo de la Rusia decadente del pasado; los escritores modernos como una rémora del pasado con un lenguaje y un estilo excesivamente populares e incluso vulgares.

La pulga de acero es considerada su obra maestra y narra la historia del regalo que los ingleses hicieron al zar Alejandro I, con motivo de su visita a Inglaterra tras el Congreso de Viena. El regalo consiste en una minúscula pulga de acero que, gracias a una pequeña llave con la que se hace girar un resorte, ejecuta una hermosa danza. El zar ve en esta pulga la prueba de la habilidad y destreza de los artesanos extranjeros frente a la de los de su patria, incultos e incapaces de hacer nada parecido. El acompañante real, Platov –un noble cosaco- se ve incapaz de convencer al soberano de la capacidad de sus leales súbditos y de su superioridad frente a los remilgados extranjeros.

A su regreso a Rusia, la pulga se almacena con el resto de regalos reales y sólo vuelve a ver la luz tras la muerte del zar cuando se presenta a su sucesor. Nicolás I, extrañado por el artilugio, interroga a Platov quien le informa de la impresión que se llevó Alejandro I de los artesanos ingleses. El soberano, que confia en su pueblo, encarga a Platov que acuerde con los artesanos de Tula (ciudad metalúrgica famosa por sus especialistas) la forma de superar la invención extranjera.

Platov encarga a los artesanos de Tula que venzan al ingenio inglés cosa que estos logran (no diremos cómo) gracias a su talento, esfuerzo y a las oraciones ante sus sagrados iconos.

Exultante, el zar ordena que uno de los artesanos viaje a Inglaterra para demostrar la superioridad de los trabajadores rusos. Ya en Inglaterra, el Zurdo (apodo del artesano de Tula elegido como embajador) causa el asombro inglés, no sólo porque explica que él y el resto de trabajadores del metal ruso no conocen las matemáticas ni la química, y apenas saben leer, sino por su llaneza y sentido común respecto a cuestiones tan diversas como el cortejo, los bailes o el té.

Pese a ser excelentemente tratado, el Zurdo siente nostalgia de su patria y decide regresar a Rusia donde fallece al poco de llegar, no sin antes transmitir un importante secreto militar inglés (ha descubierto que estos no limpian los cañones con ladrillos para no estropearlos). Su sacrificio es en vano puesto que el destinatario del mensaje, mezquinamente no lo transmite, siendo una de las causas de la derrota rusa en Crimea.

La polémica en torno a la figura de Leskov se extiende a esta obra y hay quien la interpreta como un panfleto a favor de los valores de la Rusia tradicional y hay quien piensa que es una denuncia y ridiculización de la pobreza e incultura de una Rusia que se alejaba de los países modernos, anclada al pasado por sus mediocres clases dirigentes. No entraremos en polémica puesto que creo que hay argumentos para defender ambas hipótesis. Quizá por ello ambas opiniones sean correctas. Al igual que tiempo después ocurriría en España, a finales del siglo XIX, la sensación de esta cerrando una época servía como aglutinante de ideas encontradas. Por una parte se deseaba el progreso, la modernidad, pero por otra se reivindicaba lo propio y diferenciador. Quizá sea éste uno de los mayores méritos del pequeño relato, obligarnos a reflexionar sobre ese filo de navaja por el que discurre la Historia de los pueblos.

Reflexiones aparte, la contribución de Leskov al enriquecimiento del lenguaje ruso hace de este cuento un auténtico suplicio (o delicia) para cualquier traductor. El autor emplea libremente vocablos de su invención mediante diversos métodos que van desde la unión de dos palabras preexistentes ( calamata es la casamata convertida en calabozo), hasta la asociación de sonidos o ideas (bufía par indicar el paso de la admiración al alivio). La traductora, Sara Gutiérrez, lleva a cabo un esfuerzo meritorio (y exitoso) por volcar esta riqueza léxica al castellano de una manera natural e integrada en el texto. Asimismo hace una breve introducción explicativa de estas peculiaridades del lenguaje de Leskov.

En definitiva, La pulga de acero, es un breve libro de fácil lectura pero larga digestión. Permite alumbrar ciertos aspectos de la historia de nuestros propios países (todos han pasado antes o después por situaciones similares), pugnando por encontrar su propio camino hacia la modernidad (o su modo de atarse al pasado). También nos permite leer de primera mano una historia bien escrita y que trata de llevar el lenguaje a un terreno infrecuente, el de la pura invención.

Viaje a la historia de la publicidad gráfica. Arte y nostalgia

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