El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)

Con la publicación de la que por el momento es su última novela, Lorenzo Silva parece consolidarse como uno de los escritores más prometedores de su generación. A pesar de su juventud (nació en 1966), el novelista madrileño es autor de una obra ya bastante nutrida, que comprende doce novelas (tres de ellas específicamente destinadas al público juvenil) y dos libros de viajes TÍTULO=»\indice1\»>1.

El éxito de su narrativa (El nombre de los nuestros va por la cuarta edición, se reeditan sus primeras novelas y se preparan adaptaciones cinematográficas de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente) se debe en primer lugar al hecho de que Lorenzo Silva es un escritor muy bien dotado para la narración, con un talento innegable a la hora de urdir historias y crear personajes que interesan al lector desde la primera línea. Ahora bien, también es cierto que al menos una parte significativa de su narrativa tiene una clara orientación comercial (perceptible, por ejemplo, en los dos últimos títulos citados, que en cualquier caso no dejan de ser novelas policíacas amenas y muy bien construidas), y que además Silva ha mostrado una gran habilidad para conectar con las inquietudes e intereses de las últimas promociones de lectores, tal como demuestra no sólo su dedicación al ámbito de la literatura juvenil, sino también su participación en el desarrollo de La isla del fin de la suerte, una novela interactiva en Internet TÍTULO=»\indice2\»>2.

Que el éxito comercial no tiene por qué estar reñido con la calidad literaria y con propósitos tan respetables como la recuperación de la memoria histórica y la actualización de la tradición novelística española se demuestra con la novela que ahora nos ocupa. El nombre de los nuestros es, en efecto, un relato bélico “inspirado en los avatares reales vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles” (p. 7), durante las campañas militares de Marruecos, que tan graves repercusiones tuvieron en la vida española de los primeros treinta años del siglo XX. Con esta novela, Silva “resucita” una tradición literaria que tiene prestigiosos antecedentes en figuras como José Díaz Fernández (El blocao, 1928), Ramón J. Sender (Imán, 1930), o Arturo Barea (La forja de un rebelde, 1941-1944) TÍTULO=»\indice3\»>3, y nos recuerda, en unos tiempos tan poco propicios a la defensa de las causas perdidas, el destino de unos hombres sacrificados en una empresa colonial tan absurda como inútil.

Debemos precisar que esta actualización de la tradición novelística sobre las campañas africanas ofrece perfiles singulares, ya que frente a los evidentes propósitos antimilitaristas y antiimperialistas que alientan en las tres obras citadas, la de Silva debe leerse más bien como un homenaje sincero y emotivo, pero a la vez nada proclive a las tentaciones demagógicas, hacia los soldados que participaron en la guerra de Marruecos. El propio autor hace explícita esta intención al final del capítulo 19, significativamente titulado “El nombre de los nuestros”: el sargento Molina, protagonista del relato, pide a uno de sus hombres, superviviente de la aniquilación de la posición avanzada de Sidi Dris, que haga el esfuerzo de recordar ante sus compatriotas a los caídos en la campaña de África; la invocación de Molina es, no hace falta insistir mucho en ello, la misma que el escritor dirige a su público. Debemos tener en cuenta, además (el autor lo menciona en el prólogo y lo ha destacado en varias entrevistas), que el sargento Molina, protagonista de la novela, es un personaje construido a partir de la figura real del abuelo del escritor, Lorenzo Silva Molina, quien luchó en la campaña africana como sargento de infantería.

Quizás no sea ocioso hacer algunas reflexiones en torno a la intención que ha presidido la escritura de esta novela, la cual no me parece, mutatis mutandis, muy diferente a la que subyace a un documental como Extranjeros de sí mismos, de José Luis López-Linares y Javier Rioyo. Novela y documental proponen un modelo de recuperación de nuestra memoria histórica reciente que, sin abandonar completamente el terreno de la interpretación ideológica, prefiere destacar el testimonio de unas peripecias vitales extraordinarias, palmariamente ignoradas por las nuevas generaciones de lectores y espectadores. No es un enfoque carente de riesgos —Manuel Vázquez Montalbán y otros significados portavoces de la izquierda clásica ya los han señalado en varias ocasiones—, pero en cualquier caso supone un meritorio esfuerzo de difusión de la historia reciente, sin complejos de culpabilidad añadidos, y un intento muy laudable de ganar para la novela y el cine español a un público más bien adormecido por los dudosos encantos de la modernidad.

La publicación de la novela de Lorenzo Silva no le viene nada mal a una sociedad como la española, cuyas jóvenes generaciones ya no tienen ante sí el horizonte del servicio militar para recordarles qué significaron, tanto desde la dimensión pública como desde la experiencia individual, aquellas campañas militares, nutridas por soldados de reemplazo con escaso o nulo fervor por la causa que habían sido obligados a defender. En estos tiempos en que el enfoque mediático parece restringir las señas características de lo militar al “espectáculo” de las intervenciones humanitarias (la participación de las fuerzas multinacionales, incluidas las españolas, en Bosnia y Kosovo es un ejemplo clarísimo) y en los que la principal consideración de las autoridades político-militares es la limitación a cualquier coste de las bajas propias (recordemos lo que ocurrió durante la Guerra del Golfo o en la campaña aérea sobre la Yugoslavia de Milosevic), Lorenzo Silva nos recuerda el incómodo papel que siempre le ha tocado desempeñar a la infantería y el valor que encierra el cumplimiento del deber y el sacrificio personal, incluso cuando éstos se llevan a cabo por causas equivocadas. Por otra parte, no deja de tener su aspecto irónico el hecho de que, en una sociedad obsesionada por la corrección política y el recurso al eufemismo, aparezca una novela que retrata sin ningún pudor las sevicias sufridas por los soldaditos españoles a manos de “los moros”.

Claro que difícilmente podríamos esperar otro planteamiento en un texto como éste, es decir, una novela de guerra en sentido estricto, caracterizada por la crudeza de sus episodios bélicos y narrada desde la perspectiva exclusiva de uno de los dos bandos en conflicto. Ello no significa que estemos ante una narración maniquea ni menos aún xenófoba, ya que, aparte de poner en solfa continuamente la legitimidad de la presencia española en el norte de África, el autor contempla a los irregulares rifeños con la admiración que merecen su coraje, su capacidad combativa, su estoicismo e incluso sus ocasionales gestos de caballerosidad (así ocurre hacia el final de la novela, cuando los harqueños devuelven el cadáver del coronel Morán, a quien tanto respetaban). Por otra parte, Silva no ahorra calificativos elogiosos hacia las tropas indígenas alistadas en el bando español (entre ellas destaca el sargento Haddú, que sacrifica su vida en un acto de lealtad revestido de todos los atributos del heroísmo más admirable). Ahora bien, tampoco hay que pensar que Lorenzo Silva haya “cambiado de bando”, en una de esas acciones típicas del pensamiento políticamente correcto —en realidad, mistificaciones de la realidad histórica— que tan frecuentes son en nuestros días. La crueldad de los harqueños, su ensañamiento con los prisioneros españoles, su rapacidad y cinismo aparecen nítidamente reflejados, sin regodeos morbosos, pero al mismo tiempo sin concesiones al relativismo cultural.

Los muchos méritos que reúne El nombre de los nuestros no sólo se reducen a la agilidad narrativa, que ya hemos señalado como un rasgo característico de las novelas de Lorenzo Silva. También en la reconstrucción histórica —con las oportunas licencias, sobre las que el autor llama la atención en la “Advertencia preliminar”— se muestra muy eficaz, tal como demuestra el capítulo 3, donde relata la conversación de los generales Dámaso Berenguer, Alto Comisario en Marruecos, y Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de Melilla, en el cañonero Laya, a propósito de sus diferencias sobre la conducción de la campaña africana. El episodio, en gran parte imaginario, es en cualquier caso muy ilustrativo del desgobierno e impericia con que las autoridades militares trataron las operaciones bélicas, y constituye un buen ejemplo de la habilidad del autor para manejar los hechos reales y convertirlos en materia novelística. La documentación histórica y el conocimiento de los pormenores de la campaña africana se adivinan bajo el discurrir de la acción, perceptibles en el rigor y verosimilitud de los detalles (podemos ver un buen ejemplo de cómo emplea Silva los “efectos de realidad” en el capítulo 4, en la secuencia de la construcción de la posición fortificada de Talitit por las tropas de ingenieros), pero siempre subordinados a su virtualidad narrativa, a su función como soporte imprescindible de la construcción de la trama y la eficacia emotiva del relato.

También la estructura novelística está plenamente lograda. La narración, que comprende 19 capítulos y un epílogo, se mueve entre tres escenarios básicos —las posiciones avanzadas de Sidi Dris, Afrau y Talilit—, que alternan entre sí a lo largo de la novela, con alguna desviación hacia escenarios de importancia secundaria, como el cañonero Laya y la retaguardia melillense, en cualquier caso muy relacionados con los anteriores. En cada uno de los tres espacios principales se repite un esquema narrativo común, que comienza con la descripción de la posición, continúa con la creación de un tejido de relaciones entre los personajes que la ocupan y finaliza con el relato del asalto y los combates subsiguientes.

Para evitar la posible dispersión en la atención del lector y lograr su identificación con la suerte de los personajes, Silva recurre a un expediente narrativo que no resultará desconocido para los aficionados a los relatos bélicos (podemos recordar, a este respecto, películas que ofrecen una gran variedad de escenarios y personajes, como El día más largo o Un puente demasiado lejano); en efecto, en cada una de las posiciones hay emparejamientos de personajes que establecen intensas relaciones personales, en torno a las cuales giran la mayor parte de los conflictos y se concentra el dramatismo de las acciones: Andreu-cabo Rosales (Sidi Dris y Talilit), cabo Amador y sargento Molina (Afrau), alférez Veiga y contramaestre Duarte (cañonero Laya), sargento Molina-sargento indígena Haddú (Afrau), Andreu-cabo Amador (Talilit), sargento Molina-cabo González (Afrau), etc. Algunos capítulos —el 14, que narra la desbandada de Sidi Dris, y el 18, en el cual se cuenta cómo el cabo Amador entierra los cadáveres de sus compañeros muertos en combate— actúan como núcleos organizadores del relato, pues en él se reagrupan (vivos o muertos) varios de los protagonistas, dispersos hasta entonces por diferentes escenarios.

La intensidad de la narración no sólo deriva del acertado diseño estructural, sino también del muy visible tono de tragedia que la recorre. Esta dimensión trágica se configura a partir de un abrupto inicio —la muerte del soldado Pulido, que él mismo anuncia como inevitable, al comienzo del capítulo 1, suceso con el que se inaugura además uno de los motivos temáticos recurrentes, el de la violencia seca y descarnada—, y se refuerza a lo largo de los primeros capítulos mediante episodios que de algún modo anuncian el desenlace: la despedida entre el alférez Veiga y el coronel Morán (p. 52) y la marcha desde Sidi Dris a Talilit, durante la cual el cabo Rosales le cuenta a Andreu lo terrible de las retiradas ante los moros (pp. 54-56). El tono trágico procede también de otros elementos fundamentales del relato, entre los cuales hay que señalar la concentración temporal (dieciocho de los veinte capítulos se desarrollan durante los meses de junio y julio de 1921, los cuales todavía parecen más breves gracias al inteligente uso de la elipsis) y el carácter cerrado (cercado, para ser más exactos) de los escenarios. En algunos de los momentos de mayor fuerza expresiva, como los capítulos 14 y 16, la tragedia crece hasta un verdadero paroxismo destructivo, con episodios de heroísmo casi demente que destacan sobre un fondo apocalíptico, y en los cuales predomina más la conciencia de lo inevitable, de un fatalismo resignado, que la asunción racional del sentido del deber.

Los personajes de El nombre de los nuestros están, en líneas generales, muy bien trazados. Aunque no sea ésta una novela “de personajes” en sentido estricto, ya que la intensidad y el dinamismo de la acción impiden una visión más profunda de la vida interior de los protagonistas, hay que reconocerle al autor una gran capacidad para concebir criaturas de ficción vívidas, potentes, dotadas de una poderosa fuerza de convicción y especial verosimilitud. En este sentido, es inevitable destacar la figura del protagonista principal, el sargento Molina, cuyo retrato —el de un hombre íntegro y decente, valeroso pero sensato, con autoridad indiscutible sobre sus hombres, pero también comprensivo hacia sus flaquezas y debilidades, leal a las órdenes recibidas y al mismo tiempo escéptico hacia la actuación militar en el norte de África, una región cuya sequedad y ascetismo son, en cierta medida, metáfora de su propio espíritu— resulta muy atractivo.

En la construcción de sus criaturas de ficción, Lorenzo Silva utiliza diversos procedimientos, que abarcan desde la omnisciencia narrativa hasta el diálogo en estilo directo, pasando por combinaciones de ambos y por otras perspectivas intermedias. De todos ellos me parece especialmente lograda la técnica consistente en hacer vivir a los personajes acciones que definen su verdadera personalidad sin innecesarios subrayados del narrador. Un ejemplo muy significativo es el capítulo 2, en que el sargento Molina consigue que un oficial, irritadísimo por las trapisondas del mono Luisito, no dispare al macaco; en esta intervención se revelan algunas cualidades del personaje: su sensatez, la autoridad que emana de su porte, de su modo de ser y de hablar, su interés por los hombres a su cargo, su comprensión del otro, su humanidad. Otro ejemplo de esta técnica lo hallamos en el capítulo 7, cuando Molina elimina de un plumazo la corruptela de los soldados que pagan a sus camaradas para evitar salir en misión de aguada, demostrando así otro rasgo clave de su carácter, como es su innato sentido de la justicia, su energía para enfrentarse a los abusos. Y aunque el personaje se defina más a partir de sus acciones que de sus palabras, pues es hombre cauto y reservado, sus escuetas declaraciones siempre se caracterizan por su buen sentido; a este respecto, hay dos frases que resumen perfectamente su talante, ambas en la página 71: “no se puede abusar de quien es más débil. Quien hace eso o lo consiente, ensucia el mundo”; “las perras corrompen, pero la miseria corrompe más. Ésa es la mala ley de la vida”.

No hay duda de que el sargento Molina es un magnífico personaje. Acaso el único reproche que se puede hacer al autor con respecto a su protagonista es que resulta tal vez demasiado entero, demasiado “bueno”, para un escenario tan desdichado y negativo como el que en la novela se describe. Su honradez e integridad, sus reticencias ante la oficialidad (en las que subyace un evidente conflicto de clase que también alienta en otros personajes de la novela, como el anarquista Andreu o el ugetista Amador) TÍTULO=»\indice4\»>4, incluso su capacidad de ver más allá de las circunstancias estrictamente militares para cuestionar la política colonialista en el norte de África (por cierto, no es el único suboficial que comparte este planteamiento, como pone de relieve la conversación entre el contramaestre Duarte y el alférez Veiga en el capítulo 3), dibujan el perfil de un personaje que, sin abandonar del todo ciertas características del clásico héroe épico —véase, por ejemplo, su valerosa actuación, de un heroísmo inaudito, en los capítulos 13 y 15, que narran el asalto y la retirada de Afrau—, tiene además muchos puntos de contacto con el modelo del héroe “a su pesar”, característico de muchas novelas bélicas TÍTULO=»\indice5\»>5.

Al comienzo de esta reseña hacíamos algunas consideraciones sobre el sentido de la novela y sobre su condición ideológica. Querría aclarar ahora que, en mi opinión, y a pesar de que el autor no oculta en ningún momento la crítica hacia el estamento castrense, no creo que debamos considerar El nombre de los nuestros como una novela antimilitarista. Es cierto que entre los mandos militares que aparecen en ella abundan las conductas de criminal incompetencia —la infravaloración de la capacidad combativa del enemigo, la asunción de riesgos tácticos y estratégicos innecesarios, la descoordinación, el desprecio por las vidas de los reclutas, que más bien semejan corderos destinados al sacrificio, tal como pone de relieve el ya mencionado episodio inicial del soldado Pulido— y también las muestras de un comportamiento despreciable: generales arrogantes como Fernández Silvestre, oficiales señoritos y chulescos, investidos de un prejuicio de superioridad no sólo respecto a “los moros”, sino a sus propias tropas, cabos y suboficiales embrutecidos por el alcohol, el desarraigo y la corrupción.

Pero frente a ellos, también contemplamos a militares dignos, como el coronel Morán (que parece estar basado en un oficial real caído en el desastre, el coronel Morales), el alférez Veiga y, sobre todo, el sargento Molina, en el que se ejemplifican virtudes militares que indudablemente el autor admira: el sentido del deber, la lealtad, la camaradería, el estoicismo. Y aunque el heroísmo irracional, característico de los hechos de guerra, está contemplado a través de un prisma de escepticismo crítico, el escritor no llega a condenarlo del todo: incluso algunos oficiales que destacan por sus baladronadas y su altivez alcanzan en el momento del combate cierta dignidad inesperada, que procede de un coraje primitivo, enloquecido, y de una voluntad de sacrificio que no por absurda resulta menos impresionante; así ocurre por ejemplo en el capítulo 10, que narra el asalto a Talilit, cuando el teniente artillero, protegiendo el repliegue de sus soldados, se enfrenta con valentía suicida a la embestida de la harka. Silva llega incluso a proponer una interpretación del desastre bélico en términos de experiencia iniciática, de acontecimiento íntimo, capaz de transformar el carácter de los supervivientes —véanse las reflexiones que realiza el alférez Veiga a propósito de la aniquilación de los soldados españoles, en la página 157—, que aunque pueda ser discutible desde perspectivas ideológicas tiene sin embargo una indiscutible carga emotiva.

Una novela de guerra como la que ha escrito Silva no podía prescindir de la descripción realista de las condiciones de la vida en las posiciones de vanguardia. Es un realismo que no ahorra al lector detalle crudos y hasta brutales, imprescindibles en la tradición de los relatos bélicos, y en el que destaca singularmente la habilidad narrativa del autor. Las escenas de combate son rápidas, rotundas, contundentes, llenas de terribles sucesos de una fuerza e intensidad dignas de elogio. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero yo seleccionaría los asaltos a las posiciones de Talitit, Afrau y Sidi Dris (capítulos 10, 14 y 16 respectivamente), absolutamente magníficos, con su combinación de episodios de escalofriante violencia —heridos rematados por sus propios compañeros, soldados torturados por la sed, hombres que, al borde de perder la razón, reservan su última bala para no caer prisioneros, hospitales de campaña donde se amontonan los heridos en condiciones infernales, prisioneros horriblemente atormentados por los harqueños— y diálogos descarnados, implacables, de una expresividad que no sólo procede de la tensión del momento, sino de su laconismo y absoluta falta de retórica.

Lorenzo Silva hace uso de un castellano rotundo, que no retrocede ante los tacos, las blasfemias o las rudas expresiones del argot cuartelero. Sin embargo, también demuestra su capacidad para el interludio lírico, generalmente asociado a la evocación del paisaje norteafricano. Así ocurre, por ejemplo, en las páginas 74-75, en las que el sargento Molina recuerda ante el cabo Amador la ciudad montañosa de Xauen, tan semejante a los pueblos blancos andaluces, con su insólita judería y su aire misterioso y embriagador. También el alférez Veiga, a bordo del cañonero Laya, percibe la inevitable seducción del paisaje africano:

“El contraste de luces y sombras, silencios y estruendos, tenía para Veiga una caprichosa armonía. Durante el día, la calima y el polvo lo difuminaban todo, pero al anochecer se producía una transformación súbita y cautivadora. La mar, el aire, la costa misma, todo tenía un fulgor extraño. Hasta los hombres que allí estaban intentando matar y no morir debían sentirse sobrecogidos por la inaudita belleza de que se revestía el paisaje africano mientras huía la luz y se les venía encima la noche llena de incertidumbres” (p. 161).

Esta novela de trincheras, dolor y sufrimientos apenas imaginables también reserva un espacio para otras emociones que las derivadas de las acciones militares. En unos casos es el humor, teñido de notas grotescas y hasta esperpénticas, como ocurre con las aventuras del mono Luisito en la posición de Afrau (capítulos 2 y 8). En otros es el deseo sexual, que alcanza un nivel de intensa tensión en el relato que hace el cabo Rosales a Andreu de su encuentro con una mujer rifeña en el recinto de un morabito (pp. 92-94, capítulo 6). Tampoco faltan los momentos más reposados, en los que se expresa la rutina de la vida en las trincheras y se da cauce a la revelación de la intimidad de los soldados (véase el capítulo 5, significativamente titulado “Añoranzas nocturnas”), o los retratos casi costumbristas, como el de los asfixiantes blocaos, con sus interminables partidas de naipes y sus penosas condiciones higiénicas (capítulo 6). Y me parece muy revelador que la novela, que como ya hemos dicho se caracteriza por una violencia creciente hasta el paroxismo, termine sin embargo con un reposado epílogo (situado seis años después del desastre, tras el desembarco de Alhucemas), que proyecta un hermoso tono melancólico sobre el ánimo del lector. En este capítulo final, la mirada del narrador pasa ágilmente desde el acorazado donde presta servicio el ya oficial de marina Veiga hasta la recién creada ciudad en la que el sargento Molina asiste en posición de firmes a la revista real de las tropas españolas, finalmente vencedoras. Las emociones de ambos, distantes, escépticas, proporcionan un adecuado contrapunto melancólico, un adagio tan emocionante como desengañado, al agotador frenesí de los combates. Los dos soldados comprenden cómo su heroísmo ha sido manipulado y ha sido transformado en un acto inútil, pero se dan cuenta también de que nunca podrán olvidar lo que han vivido. Y así su recuerdo pasa a formar parte de nosotros, los lectores, para quienes Veiga, Molina, Amador, Andreu o Haddú llevan ya, desde el mismo momento en que cerramos la cubierta de esta emocionante novela, “el nombre de los nuestros”.

Notas

TÍTULO=»\nota1\»>1. Noviembre sin violetas, Madrid, Ediciones Libertarias, 1995, reeditado en Destino (Col. “Destino Libro”); La sustancia interior, Madrid, Huerga y Fierro, 1996, reeditado en Destino (Col. “Áncora y Delfín”), 1999; La flaqueza del bolchevique, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 779), 1997, reeditado en Booklet, 1998 y en “Destino Libro”, 2000; El lejano país de los estanques, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 812), 1998 [premio “El Ojo Crítico” de narrativa]; El ángel oculto, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 844), 1999; El urinario, Valencia, Pre-Textos (Col. “Narrativa”, 10), 1999; El alquimista impaciente, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 890), 2000, reeditado por Planeta y Círculo de Lectores (2000); El nombre de los nuestros, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 919), 2001; La isla del fin de la suerte, Barcelona, Círculo de Lectores, 2001; El cazador del desierto, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; La lluvia de París, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 2000 [novela juvenil]; Viajes escritos y escritos viajeros, Madrid, Anaya (Col. “Punto de referencia”), 2000) [libro de viajes]; Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001 [libro de viajes]. «

TÍTULO=»\nota2\»>2. La isla del fin de la suerte se aloja en la web del Círculo de Lectores. Esta no es la única relación del novelista con Internet y las nuevas tecnologías, pues también ha elaborado una web personal donde ofrece noticias biográficas, extractos de las críticas recibidas por sus novelas, una completa bibliografía, textos inéditos muy representativos de sus inquietudes y aficiones, etc. A todo ello hay que añadir la aparición (octubre de 2001) de alguno de sus textos breves (el relato “Liberty City”) en formato de libro digital o e-book, publicado por la Editorial Badosa. «

TÍTULO=»\nota3\»>3. La novela de Lorenzo Silva se ha publicado apenas un año después que Una guerra africana, Madrid, Ediciones SM (Col “Gran Angular”, 195), 2000, de Ignacio Martínez de Pisón, novela juvenil cuya acción transcurre con posterioridad a los sucesos del desastre de Annual. Aunque inferior en calidad a El nombre de los nuestros y muy diferente en su planteamiento argumental (pues, a pesar de lo que sugiere el título, su centro de gravedad no es tanto la campaña militar cuanto el relato de una poco creíble peripecia sentimental que se desarrolla sobre el fondo de la contienda africana), la novela de Martínez de Pisón comparte con la de Silva unos cuantos rasgos comunes: no sólo las inevitables referencias al marco histórico, sino también la focalización del relato en torno a un suboficial de baja extracción social (el sargento Medrano, escéptico ante la guerra y al mismo tiempo entregado a su deber), que tiene numerosos puntos de contacto con el sargento Molina de El nombre de los nuestros. La novela de Silva guarda también algunas conexiones con la famosísima Morirás en Chafarinas, de Fernando Lalana, no sólo por su ambientación norteafricana y por algunos detalles de los protagonistas (soldados de reemplazo), sino también por la insistencia en las notas de escepticismo y desarraigo que en ambas novelas aparecen. «

TÍTULO=»\nota4\»>4. A este respecto resulta muy ilustrativo el capítulo 5, donde el cabo Amador y el sargento Molina charlan sobre el sentido de la guerra y su propia intervención en ella. Molina revela en esta conversación uno de los rasgos fundamentales de su personalidad: el sentido del deber, el compromiso nacido de un convencimiento personal que se impone por sobre las comodidades y los intereses mezquinos, hasta el punto de que Amador, el sindicalista de la UGT opuesto a la guerra y a sus enemigos de clase, acaba comprendiendo las intenciones y motivos de su superior, que en principio le parecían inaceptables. «

TÍTULO=»\nota5\»>5. Estas características no son insólitas en los personajes de Lorenzo Silva. De hecho, buena parte de ellas pueden advertirse en el sargento Rubén Bevilacqua, protagonista de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente. Aunque el sargento Molina haya sido forjado a partir del recuerdo de un hombre de carne y hueso, no es menos cierto que sus rasgos distintivos —el sentido del deber, la rectitud, la solidaridad con los hombres bajo su mando, el distanciamiento frente a la oficialidad— pueden detectarse en alguno de los antecedentes narrativos que ya citamos al principio de esta reseña; pienso, por ejemplo, en el personaje del sargento Carlos Arnedo, protagonista del episodio 4 (“Magdalena roja”) de El blocao, de José Díaz Fernández. Además, el tipo no es ajeno a la tradición de los relatos bélicos contemporáneos; pienso, por ejemplo, en personajes como el sargento primero Milton Warden, de la novela de James Jones De aquí a la eternidad (1951), o el sargento Croft de Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer. «

Para saber más

Quienes tengan interés en ampliar la información sobre la novela y su autor pueden consultar las siguientes fuentes:

  • TÍTULO=»\biografía\»>Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001. En este libro de viajes, que relata su estancia en el norte de Marruecos, Lorenzo Silva proporciona significativos detalles de la biografía de su abuelo y abundantes noticias históricas de las campañas africanas (véanse, en relación con los sucesos que relata la novela, las pp. 104-108). Al leer Del Rif alYebala no sólo podemos verificar muchos aspectos del complejo proceso de creación novelística que se halla tras El nombre de los nuestros, sino que además confirmamos esa poderosa sensación de realismo y autenticidad que se desprende de la novela.
  • Web personal de Lorenzo Silva: imprescindible para un contacto de primera mano con la trayectoria biográfica y los intereses del escritor. También hay un foro de noticias sobre el escritor muy recomendable.
  • El desastre de Annual: una web con información detalladísima sobre lo que fue y lo que significó este pavoroso episodio de la historia española (incluye fotografías). 
  • En los últimos años, la guerra de África ha vuelto a suscitar el interés de los escritores españoles, como demuestra el magnífico reportaje de Manuel Leguineche, Annual, 1921: el desastre de España en el Rif, Madrid, Alfaguara, 1996. Este libro incluye, a modo de apéndice, el llamado “Expediente Picasso”, encargado por el gobierno español al general Juan Picasso para averiguar las causas de la derrota militar; en las páginas 143-144 y 147-150 de este apéndice se relatan pormenorizadamente los combates en las posiciones de Talilit, Sidi Dris y Afrau.
  • También en el plano estrictamente literario hay significativas muestras de este renovado interés, pues se han reeditado dos de las grandes novelas sobre la guerra de África: El blocao de José Díaz Fernández (Madrid, Viamonte, 1998), con prólogo de José Esteban; e Imán, de Ramón J. Sender, (Barcelona, Ediciones Destino, Col. “Clásicos Contemporáneos Comentados”, 2001), con comentarios de Lorenzo Silva.
  • En su número 69, de septiembre de 2002 (pp. 34.37), la revista Qué Leer dedica un interesante y bien documentado reportaje, titulado “Moros en la costa”, a la relación entre la literatura y los desastres bélicos sufridos por las tropas españolas en el Norte de África.
  • El propio Lorenzo Silva (suplemento dominical El Semanal, nº 800, del 23-II al 1-III de 2003, pp. 54-58), ha anunciado recientemente la preparación de un documental sobre la desastrosa retirada de Annual. En este proyecto, basado en un guión del novelista, intervienen los cineastas Manu Horrillo y Benito Zambrano. Más información en la web http://www.arreyenlao.com y en la web del novelista.
La versión original de esta reseña ha sido publicada en la web personal de Lorenzo Silva, a quien agradezco sinceramente los elogios que dedica a mi trabajo.

 

 

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El estigma de Errtu (R.A. Salvatore)

Somos muchos los lectores conscientes de las limitaciones de la literatura llamada "de franquicia". Son muy pocos los títulos que se salvan de una quema ritual que pretenda dejar constancia de su poca calidad literaria. Pero dentro de este género, dejando de lado los títulos más clásicos como la obra del inmortal Tolkien, sobre la que no cabe discusión, hay algunos libros que podrían considerarse de magnífica calidad. Recuerdo con especial cariño algunos relatos de Los cuentos de la Dragonlance, recopilados y editados por Margaret Weis y Tracy Hickman, como "Estofado Kender" de Nick O´Donohoe o "El deseo del goblin" de Roger Moore, textos que me enseñaron que hay relatos que viajan más allá de una idea que gira una y otra vez sobre el mismo eje. También el romanticismo de La espada sin honor de D. J. Heinrich hizo que recuperara la fe por este género.

De entre todos los autores dedicados a la franquicia, R.A. Salvatore es un escritor en quien se intuyen muy buenas maneras que, en otras circunstancias, podrían haberlo convertido en un autor "serio" consagrado. Su labor de creación de uno de los personajes más famosos de la fantasía épica, Drizzt Do´Urden, fue un alarde de genialidad que pronto se vio truncada por una avalancha de continuaciones que hizo disminuir la calidad de la serie rápidamente.

El estigma de Errtu es el libro número once de la destructiva avalancha. Un libro fácil, pueril, sin argumento, que trata de sacar partido de unos personajes por los que tantos aficionados sienten un especial cariño (entre ellos, yo mismo). Trescientas setenta y cuatro páginas de ilusión, rotas en su meridiano, que me hicieron suspirar recordando la genialidad que rebosaba el primer libro, La morada, donde pude entrar en contacto con el mito de los drows, elfos oscuros, y una sociedad de seres malvados donde todo se reducía a una sola palabra: pragmatismo.

El estigma de Errtu, como un insulto a la originalidad, gira en torno a la psicopatía de uno de los personajes, Wulfgar, tras su regreso del Abismo (el Infierno) tras sufrir múltiples torturas de manos del demonio Errtu. Como trama secundaria, Dritzz, Bruenor y Catti-Brie viajan en busca de un clérigo que pueda destruir la piedra de cristal, Crenshinibon, mientras Artemis Entreri, imagen especular de Drittz en habilidad guerrera, vuelve a la exótica ciudad de Calimport torturado por sus múltiples derrotas a manos de su más odiado contrincante. Por supuesto, todas las tramas quedan en relativo suspenso para dar volumen al duodécimo libro de la serie, ya a la venta. ¿Tiene algo de bueno esta novela, entonces? Sólo una cosa: la arrolladora personalidad de uno de sus personajes, Jarlaxle.

es el libro número once de la destructiva avalancha. Un libro fácil, pueril, sin argumento, que trata de sacar partido de unos personajes por los que tantos aficionados sienten un especial cariño (entre ellos, yo mismo). Trescientas setenta y cuatro páginas de ilusión, rotas en su meridiano, que me hicieron suspirar recordando la genialidad que rebosaba el primer libro, , donde pude entrar en contacto con el mito de los , elfos oscuros, y una sociedad de seres malvados donde todo se reducía a una sola palabra: pragmatismo. , como un insulto a la originalidad, gira en torno a la psicopatía de uno de los personajes, Wulfgar, tras su regreso del Abismo (el Infierno) tras sufrir múltiples torturas de manos del demonio Errtu. Como trama secundaria, Dritzz, Bruenor y Catti-Brie viajan en busca de un clérigo que pueda destruir la piedra de cristal, Crenshinibon, mientras Artemis Entreri, imagen especular de Drittz en habilidad guerrera, vuelve a la exótica ciudad de Calimport torturado por sus múltiples derrotas a manos de su más odiado contrincante. Por supuesto, todas las tramas quedan en relativo suspenso para dar volumen al duodécimo libro de la serie, ya a la venta. ¿Tiene algo de bueno esta novela, entonces? Sólo una cosa: la arrolladora personalidad de uno de sus personajes, Jarlaxle. Para finalizar, sólo queda reseñar el orden de lectura de los doce libros: comienza por la primera trilogía El elfo oscuro (La morada, El refugio, y El exilio), seguida de la trilogía El valle del viento helado (La piedra de cristal, Ríos de plata, y La gema del Halfling), la novela El legado y la segunda trilogía El elfo oscuro (Noche sin estrellas, Cerco de oscuridad, y Luz en las tinieblas), tras la que vendría El estigma de Errtu.

Raúl de la Cruz Orobio

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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HARRY POTTER Y EL CÁLIZ DE FUEGO (J. K. Rowling)

Así es como, bien entrada la novela, J. K. Rowling, declara la guerra a Harry Potter, al lector y a los últimos restos de la infancia de los personajes. Sólo una palabra de una maravillosa sonoridad e inequívocamente malvada, de ese tipo de maldad que provoca un ligero escalofrío de excitación. Los personajes han crecido, el lector ha crecido y Rowling ha crecido en su dominio de la escritura y la trama.

Se ha dicho (yo incluido) que las novelas de Rowling son algo más oscuras de lo que permitiría suponer el público al que van dirigidas (sí, me repito, lo mismo dije de la anterior). No es que tengan esa cosa de "terror para jóvenes" que muchas colecciones tienen como reclamo debido al éxito de determinados tipos de libro (con mis saludos al señor Stine, al que encuentro muy divertido) en el mercado infantil y juvenil. Me temo que lo de Rowling es aún peor. Mucho peor. No importa que el protagonista sea un niño (preadolescente en esta) o que haya momentos de humor genuinamente inspirado o pequeñas batallas diarias típicas de estudiantes, exámenes, peleas en el patio y juego sucio en los deportes. Ni siquiera importa lo que yo opine acerca de lo buena que es esta novela, está por encima de lo que un ignorante como yo pueda opinar. Lo único que puedo decir justificadamente es lo siguiente:

Esta es una magnífica novela acerca de la vida en tiempos de guerra.

La intención es doble: por un lado el lector es puesto sobre aviso de que ciertas guerras no acaban nunca (más o menos desde que lector empieza a leer la primera página), en cualquier momento el enemigo puede presentarse a la hora del té. Y por otro lado, en esta novela mucha gente recuerda lo que hizo en su última guerra. Y por qué. Tanto es así, que esta novela no tendría sentido sin esos recuerdos.

No es sólo que algunos personajes hablen de lo que les pasó, como sufrieron o a quienes perdieron: los recuerdos son necesarios -aunque tengamos que fisgar, como Potter, en la mente de los demás- para explicar el mundo que rodea a Potter, hallando la explicación a comportamientos quizás cómicos, quizás grotescos… pero terriblemente justificados en los contextos que Potter va descubriendo, contextos que el lector descubre con el personaje.

¿Otra vez revisionismo histórico dentro de la ficción de Rowling? Constantemente, pero con una habilidad que ya quisieran para sí muchos de los que tienen números uno en las listas de bestsellers. De todas formas, cualquier lector adulto de la serie que no se haya dado cuenta de que el mundo de Harry Potter está en guerra, es que no lo ha leído bien: cada libro es una batalla ganada o perdida… Rowling tiene la habilidad de configurar el mundo sobre el que escribe de manera que cada vez que lo hace, lo hace más coherente, reservándose, eso sí, los mejores trucos para el final. Y desviando la atención con autentico oficio de prestidigitador.

Echemos un vistazo al título: Harry Potter y el cáliz de fuego. Si nos ceñimos a la fórmula de los libros anteriores (especialmente a los dos primeros), esperaremos que el cáliz de fuego sea un artefacto mágico que de alguna manera permea la trama, en una de las variantes de la épica del género fantástico: obtención del talismán, destrucción del mismo o ambas cosas (como la Piedra Filosofal del primer libro o la Cámara de los Secretos del segundo). Nada de eso. El cáliz de fuego es un McGuffin como la copa (perdón por la repetición) de un pino. Y nadie puede acusar a Rowling de engañar al lector. Si uno termina la novela y queda defraudado, sólo tiene que releerse los capítulos del Mundial de Quidditch para comprender que el McGuffin estaba preparado desde la primera página y que al lector se le han dado todas las oportunidades posibles para adelantarse a los acontecimientos. Y a Potter también. Exactamente las mismas oportunidades. El lector y el personaje trabajan sobre los mismos problemas con la misma cantidad de información, solo para que ambos se den de cabeza contra la pared (¿Cómo no me habré dado cuenta antes?). Rowling hace gala de una escritura tan retorcida que da la impresión de que bien podría haber escrito ella solita un clásico moderno de la novela negra, pero no lo hace porque considera que esto es mucho más divertido (y le da más dinero).

¿Qué otros rasgos destacaría yo de la escritura de Rowling? Los nombres de los personajes. Rowling le da a sus personajes nombres que cuadran perfectamente con sus cualidades principales. Severus Snape. Draco y Lucius Malfoy. Lord Voldemort. Nombres que despiertan la antipatía del lector una vez que ha hecho las pertinentes conexiones. Parece que Rowling juega muy bien con la tradición medieval inglesa de la fábula y el mistery play y sus encarnaciones de maldades y virtudes humanas que se desenmascaran a sí mismas nada más abrir la boca.

Pero lo que en otro autor se convertiría en un estorbo, la tendencia a tipificar "nominalisticamente" los personajes, Rowling lo convierte en un elemento que juega a su favor. Si podemos reconocer a un determinado tipo de mal por su nombre… ¿qué pasa cuando la autora insiste en dar nombre cargados de significado semántico pero moralmente neutros…? Rompe, como ha hecho siempre, las reglas sin violar ningún tipo de contrato con el lector. El lector ni siquiera se da cuenta de que ahí había una "regla", una pequeña convención narrativa hasta que ésta desaparece.

En el libro anterior no rompe esa regla: Sirius Black (presente también en este libro) es un nombre de poder, pero no necesariamente malvado, de forma que Rowling manipula alegremente al lector de un lado a otro pero sólo porque este se deja manipular… O el mismísimo Severus Snape, profesor de pociones y villano confeso… ¿O no? Severus es severo y actúa con flagrante mala fe, pero no hay en él la auténtica maldad que Rowling reserva para otros personajes. Me confieso mucho menos listo que Rowling: cuando en este libro se acerca un acontecimiento que el avispado lector de la serie puede presuponer que va a ocurrir (¡ algo que tiene que ocurrir para que haya libro!) Rowling se las arregla para aparentar que no va a ocurrir hasta que coge de sorpresa al lector. ¡Y eso que estaba sobre aviso!

Si yo fuera el tipo de crítico (no es que me autodenomine así, pero es el único sustantivo que cuadra con escribir este tipo de reseña) que admite a regañadientes que una obra como ésta es buena aunque lo niegue en público, posiblemente estaría empeñado en hacer un lamento por la formidable (o por lo menos pasable) escritora que ha perdido la literatura "seria". Pero como soy de otra manera y además la literatura es el único mundo donde el sabio Doctor Pangloss puede invocar a Leibniz sin equivocarse, decretando que "todo ocurre para mejor en el mejor de los mundos posibles", pues entonces los libros de Harry Potter son lo mejor en un mundo que puede convertir momentáneamente en el mejor de los mundos posibles. Al menos durante lo que tarda uno en leerlo. Creo que no puedo decir nada más.

Xavier Riesco Riquelme

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El Bibliocausto nazi

Fernando Báez Universidad de Los Andes (Venezuela)

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Cada libro quemado ilumina el mundo

R. W.Emerson

I

Todos han oído hablar del Holocausto Judío, nombre dado a la aniquilación sistemática de millones de judíos a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.  Pero es oportuno señalar que este genocidio tuvo su equivalente.  También hubo un Bibliocausto, donde millares de libros fueron destruidos por el mismo régimen.  Entender cómo se gestó puede permitirnos comprender que Heinrich Heine tenía razón cuando escribió proféticamente: […] donde los libros son quemados, al final también son quemados los hombres […] La destrucción de libros de 1933 fue, a mi juicio, apenas un prólogo a la matanza que vendría después.  Las hogueras de libros fueron las que inspiraron los hornos crematorios.  Y esto merece una reflexión detenida, porque se trata de un acontecimiento que ha marcado para siempre la vida de millones de hombres y que va seguir siendo uno de los hitos más siniestros de la historia.

El comienzo de esta barbarie tiene fecha: el 30 de enero de 1933, cuando el presidente de la llamada República de Weimar, en alemania, Paul Ludwig Hans Anton Von Beneckendorff Und Von Hindenburg (1847-1934), designó a Adolfo Hitler como canciller.  Trataba de reconocer la inestable mayoría de este iracundo político; viejo y cortés, Hindenburg ignoró lo que sobrevino casi de inmediato: un período político y militar que sería conocido posteriormente como El Tercer Reich (´reich´ es ´imperio´).  Hitler, que había sido cabo en el ejército, que había querido ser un pintor de fama mundial y fracasó, que había intentado dar un golpe de Estado en 1923, utilizó una estrategia de intimidación contra los judíos, los sindicatos y el resto de los partidos políticos.  No era, como puede pensarse ligeramente, un loco, sino la voz más visible de una idiosincracia germana totalitaria.

El 4 de febrero, la Ley para la Protección del Pueblo Alemán restringió la libertad de prensa y definió los nuevos esquemas de confiscación de cualquier material que fuera considerado peligroso.  Al día siguiente, las sedes de los partidos comunistas fueron atacadas salvajemente y sus bibliotecas destruidas.  El 27, el Parlamento Alemán, el famoso Reichstag, fue incendiado, junto con todos sus archivos.  El 28, la reforma de la Ley para la Protección del Pueblo Alemán y el Estado, legitimó medidas excepcionales en todo el país.  La libertad de reunión, la libertad de prensa y la de opinión, quedaron restringidas.  En unas elecciones controladas, el Partido de Hitler, conocido como Partido Nazi, obtuvo la mayoría del nuevo Parlamento y se decretó oficialmente el nacimiento del Tercer Reich.

alemania, obviamente, estaba transformando sus instituciones después de la terrible derrota sufrida durante la I Guerra Mundial.  Hitler, que no era alemán, fue considerado como el un estadista idóneo para rescatar la autoestima colectiva, y sus purgas contra la oposición lo convirtieron en un líder temido.  Su eficacia, no obstante, estaba sustentada en varios hombres.  Uno de ellos era Hermann Göring; el otro era Joseph Goebbels.  Ambos eran fanáticos, pero el segundo fue quien convenció a Hitler de la necesidad de extremar las medidas que ya venían ejecutando, y logró ser designado al frente de un nuevo órgano del Estado que vendría a ser conocido como Reichsministerium für Volksaufklärung und Propaganda (Ministerio del Reich para la Ilustración de Pueblo y para la Propaganda).

Goebbels sabía lo que hacía, y Hitler le dio carta blanca.  Tenía una fe absoluta en su amigo, y tenía muy buenas razones para creer ciegamente en sus aciertos.  Goebbels, quien no había ingresado al Ejército por ser patituerto, se había doctorado como Filólogo, en 1922, en la Universidad de Heidelberg, donde fue profesor Friedrich Hegel en el siglo XIX.  Era un lector apasionado de los clásicos griegos y, en cuanto a pensamiento político, prefería el estudio de los textos marxistas y de todo lo escrito que existiera contra la burguesía.  Admiraba a Friedrich Nietzsche, recitaba poemas de memoria, y, por lo que se sabe, escribía textos dramáticos y ensayos.  Cuando se unió a Hitler, reconoció su verdadera vocación, como lo dijo muchas veces, y ya con el cargo de Ministro, en 1933, reunió un equipo de trabajo para redactar la Ley Relativa al Gobierno del Estado, que fue sancionada el 7 de abril de ese año.  Indudablemente, ahora tenía un control absoluto sobre la educación y fomentó un cambio total en las escuelas y universidades.  El 8 de abril, fue enviado un memorandun a las Organizaciones Estudiantiles Nazis, donde se proponía la destrucción de todos aquellos libros peligrosos que estuvieran en las bibliotecas de alemania.  De cualquier forma, ya el mes anterior, exactamente el día 26 de marzo, fueron quemados libros en Schillerplatz, en un lugar desconocido y tranquilo llamado Kaiserslautern.  El primero de abril, Wuppertal sufrió saqueos y quemas de libros en Brausenwerth y en Rathausvorplatz.

Algo terrible se gestó entonces.  Una especie de fervor inusitado que estaba limitado por la presión internacional europea, despertó entre los estudiantes e intelectuales alemanes.  Un odio manejado por osadas ráfagas de propaganda se extendió en las aulas, y el resultado no se hizo esperar.  El 11 de abril, en Düsseldorf, fueron destruidos libros de contenido comunista y judío.  Algunos de los más importantes filósofos alemanes, sin ser obligados a ello, como Martin Heidegger1, adhirieron las ideas de Goebbels.  En abril, Heidegger fue designado Rector de la Universidad de Friburgo y el 1 de mayo, se hizo miembro del NSDAP.2

II

El 2 de mayo, en Leipzig en Gewerkschaftshaus, se destruyeron textos, pero fue realmente el 5 de mayo de 1933 cuando empezó todo.  Los estudiantes de la Universidad de Colonia fueron a la biblioteca, y en medio de lágrimas y risas, recogieron todos los libros de autores judíos o de procedencia judía.  Horas más tarde, los quemaron.  Estaba bastante claro que esa era la vía elegida para mandar un mensaje al mundo entero.  Y los actos que siguieron así lo probaron.

Los estudiantes estaban frenéticos.  El día 6, del mismo mes, la juventud del Partido Nazi y miembros de otras organizaciones, sacaron media tonelada de libros y folletos del Instituto de Investigación Sexual de Berlín.  Goebbels, indetenible, preparaba reuniones todas las noches porque se había decidido iniciar un gran acto de desagravio a la cultura alemana.  Como fecha tentativa, se propuso el 10 de mayo.  El 8 de mayo hubo algunos desórdenes en Friburgo, y destrucciones de libros.

El 10 de mayo fue un día agitado desde muy temprano.  La Asociación de Estudiantes Alemanes se agolpó en la biblioteca de la Universidad Wilhelm Von Humboldt y comenzaron a recoger todos los libros prohibidos por el régimen.  Había una euforia inesperada.  Finalmente, los libros, junto con los que se habían obtenido en otros centros, como el Instituto de Investigaciones Sexuales o en las bibliotecas de judíos capturados, fueron transportados a Opernplatz.  En total, el número de libros sobrepasaba los 25.000. Muy pronto se concentró una multitud alrededor de los estudiantes.  Éstos comenzaron a cantar un himno que causó gran impresión entre los espectadores.  La primera consigna fue fulminante:

Contra la clase materialista y utilitaria.  Por una comunidad de Pueblo y una forma ideal de vida.  Marx, Kautsky.3

La hoguera ya estaba encendida.  Tal vez nadie podía creer lo que pasaba, pero no dejó de sorprender a cualquier observador que una de las capitales más cultas del mundo, donde se encontraban algunas de las más importantes universidades europeas, era el centro de una de las quemas de libros más impresionante de la época.  Joseph Goebbels, quien dirigía todas las acciones, levantó la voz y después de saludar a todos con un estruendoso Heil, explicó los motivos de la quema:

La época extremista del intelectualismo judío ha llegado a su fin y la revolución de alemania ha abierto las puertas nuevamente para un modo de vida que permita llegar a la verdadera esencia del ser alemán.  Esta revolución no comienza desde arriba, sino desde abajo, y va en ascenso.  Y es, por esa razón, en el mejor sentido de la palabra, la expresión genuina de la voluntad del Pueblo […]

Durante los pasados catorce años Uds., estudiantes, sufrieron en silencio vergonzoso la humillación de la República de Noviembre, y sus bibliotecas fueron inundadas con la basura y la corrupción del asfalto literario de los judíos.  Mientras las ciencias de la cultura estaban aisladas de la vida real, la juventud alemana ha reestablecido ahora nuevas condiciones en nuestro sistema legal y ha devuelto la normalidad a nuestra vida […]

Las revoluciones que son genuinas no se paran en nada.  Ninguna área debe permanecer intocable […]

Por tanto, Uds.  están haciendo lo correcto cuando Uds., a esta hora de medianoche, entregan a las llamas el espíritu diabólico del pasado[…]

El anterior pasado perece en las llamas; los nuevos tiempos renacen de esas llamas que se queman en nuestros corazones […]4

Los cantos prosiguieron y al final de cada estrofa se arrojaban algunos libros cuyos autores se mencionaban:

Contra la decadencia misma y la decadencia moral.  Por la disciplina, por la decencia en la familia y en la propiedad.

Heinrich Mann, Ernst Glaeser, E. Kaestner

Contra el pensamiento sin principios y la política desleal.  Por la dedicación al Pueblo y al Estado.

F. W. Foerster.

Contra el desmenuzamiento del alma y el exceso de énfasis en los instintos sexuales.  Por la nobleza del alma humana.

Escuela de Freud.

Contra la distorsión de nuestra historia y la disminución de las grandes figuras históricas.  Por el respeto a nuestro pasado.

Emil Ludwig, Werner Hegemann.

Contra los periodistas judíos demócratas, enemigos del Pueblo.  Por una cooperación responsable para reconstruir la nación.

Theodor Wolff, Georg Bernhard.

Contra la deslealtad literaria perpetrada contra los soldados de la Guerra Mundial.  Por la educación de la nación en el espíritu del poder militar.

E. M. Remarque

Contra la arrogancia que arruina el idioma alemán.  Por la conservación de la más preciosa pertenencia del Pueblo.

Alfred Kerr

Contra la impudicia y la presunción.  Por el respeto y la reverencia debida a la eterna mentalidad alemana.

Tucholsky, Ossietzky5

La operación, cuyas características se habían mantenido hasta ese instante en secreto, se reveló pronto en su verdadera dimensión porque el mismo 10 de mayo, hubo una quema de libros en numerosas ciudades alemanas.  La lista de quemas incluyó varias ciudades y fue casi simultánea para causar pánico: Bonn, Braunschweig, Bremen, Breslau, Dortmund, Dresden, Frankfurt/Main, Göttingen, Greifswald, Hannover, Hannoversch-Münden, Kiel, Königsberg, Marburg, München, Münster, Nürenberg, Rostock y Worms.  Finalmente hay que mencionar Würzburg, en cuya Residenzplatz se incineraron cientos de escritos.

Y, como si se tratara de una avalancha, Goebbels insistió en continuar con estas quemas de libros prohibidos.  No hubo un rincón en el que los estudiantes y los miembros de las juventudes hitlerianas no destruyeran obras.  El 12 de mayo, fueron eliminados libros en Erlangen Schloßplatz, en la Universitätsplatz de Halle-Wittenberg.  Al parecer, el 15 de mayo, algunos miembros apilaron textos en Kaiser-Friedrich-Ufer, en Hamburgo, y a las once de la noche, después de un discurso ante una escasa multitud, los quemaron.  La apatía preocupó a los integrantes de los incipientes servicios de inteligencia del partido y se decidió repetir el acto.  El 17, la Universitätsplatz, de Heidelberg se conmovió cuando hasta los niños participaron en las quemas de libros.  El 17 de junio, la Jubiläumsplatz, en Heidelberg, volvió a ser utilizada para las quemas.  Hubo otras destrucciones adicionales el 17 de mayo: en la Universidad de Colonia, en la ciudad de Karlsruhe.

El 19 de mayo, Hitler estaba totalmente emocionado.  Y Goebbels, seguro de los efectos de este éxito, pidió a los jóvenes que no se detuvieran.  El mismo 19, el horror se mantuvo en el Museo Fridericanum, en Kassel, y en la Meßplatz, de Mannheim.  El 21 de junio, tres regiones quemaron libros.  Por una parte, estaba Darmstadt, en cuya Mercksplatz se llevaron a cabo los hechos; por otra, estaba Essen y la mítica ciudad de Weimar.  Varios años más tarde, específicamente el 30 de abril de 1938, la Residenzplatz, de la famosa Salzburgo, fue utilizada por estudiantes y militares para una destrucción masiva de ejemplares condenados.

El impacto que produjeron las quemas de mayo 1933 fue enorme.  Sigmund Freud, cuyos libros fueron seleccionados para ser destruidos, dijo irónicamente a un periodista que, a pesar de lo que pudiera comentarse, semejante hoguera era un avance en la historia humana:

En la Edad Media ellos me habrían quemado.  Ahora se contentan con quemar mis libros[…]

Lo que olvidó Freud en su broma es que hubiera sido quemado si hubiera permanecido en alemania.

Varios grupos intelectuales marcharon en Nueva York contra estas medidas6.  La revista Newsweek no vaciló en hablar de un “holocausto de libros”7 y la revista Time utilizó por primera vez el término de “bibliocausto”8.  Los japoneses, impresionados, condenaron los ataques contra los libros.  El repudio, en suma, fue total.

No obstante, según W. Jütte9, el rechazo no evitó que los libros de más de 5.500 autores fueran aniquilados.  Los principales textos de los más destacados representantes de inicios del siglo XX alemán recibieron vetos continuos y ardieron sin piedad.

Entre otros muchos, los autores que fueron censurados, vetados o eliminados, conforman una larga lista que puede muy bien reducirse como sigue.  No es completa, pero intenta una aproximación bastante exhaustiva:

Nathan Asch Schalom Asch (1880 – 1957) Henri Barbusse (1873 – 1935) Richard Beer-Hofmann (1866 – 1945) Georg Bernhard Günther Birkenfeld Bertolt Brecht (1898 – 1956) Hermann Broch (1886-1951) Max Brod (1884 – 1968) Martin Buber (1878-1965) Robert Carr Hermann Cohen (1842-1918) Otto Dix (1891-1969) Alfred Döblin (1878 – 1957) Kasimir Edschmid (1890 – 1966) Ilja Ehrenburg (1891 – 1967) Albert Ehrenstein (1886 – 1950) Albert Einstein (1879-1955) Lion Feuchtwanger (1884 – 1958) Georg Fink Friedrich W. Foerster (1869-1966) Bruno Frank (1887-1945) Sigmund Freud (1856 – 1939) Rudolf Geist Fjodor Gladkow Ernst Glaeser (1902 – 1963) Iwan Goll (1891 – 1950) Oskar Maria Graf (1894-1967) George Grosz (1893-1959) Karl Grünberg Jaroslav Hasek (1883 – 1923) Walter Hasenclever (1890 – 1940) Werner Hegemann Heinrich Heine (1797-1856) Ernst Hemingway (1899-1961) Georg Hermann (1871-1943) Arthur Holitscher (1869 – 1941) Albert Hotopp Heinrich Eduard Jacob Franz Kafka (1883-1924) Georg Kaiser (1878-1945) Josef Kallinikow Gina Kaus (1894-?)  Rudolf Kayser (1889-1964) Alfred Kerr (1867 – 1948) Egon Erwin Kisch (1885 – 1948) Kurt Kläber Alexandra Kollantay Karl Kraus (1874-1936) Michael A.  Kusmin (1875 – 1936) Peter Lampel (1894 – 1965) Else Lasker-Schuler (1869-1945) Vladimir Ilich Lenin (1870-1924) Wladimir Lidin Sinclair Lewis (1885-1951) Mechtilde Lichnowsky (1879-1958) Heinz Liepmann Jack London (1876 – 1916) Emil Ludwig Heinrich Mann (1871 – 1950) Klaus Mann (1906 – 1949) Thomas Mann (1875-1955) Karl Marx (1818 – 1883) Erich Mendelsohn (1887-1953) Robert Musil (1880-1942) Robert Neumann (1897 – 1975) Alfred Neumann (1895-1952) Iwan Olbracht (1882 – 1952) Carl von Ossietzky (1889 – 1938) Ernst Ottwald Leo Perutz (1882-1957) Kurt Pinthus (1886 – 1975) Alfred Polgar (1873-1955) Plivier (1892 – 1955) Marcel Proust (1871-1922) Hans Reimann (1889-1969) Erich Maria Remarque (1898 – 1970) Ludwig Renn (1889 – 1979) Joachim Ringelnatz (1883-1934) Iwan A.  Rodionow Joseph Roth (1894-1939) Ludwig Rubiner (1881 – 1920) Rahel Sanzara Alfred Schirokauer Schlump Arthur Schnitzler (1862 – 1931) Karl Schroeder Anna Seghers (1900 – 1983) Upton Sinclair (1878 – 1968) Hans Sochaczewer Michael Sostschenko Fjodor Ssologub Adrienne Thomas Ernst Toller (1893 – 1939) Bernard Traven (1890-?)  Kurt Tucholsky (1890 – 1935) Werner Türk Fritz von Unruh (1885-1970) Karel Vanek Jakob Wassermann (1873 – 1934) Arnim T.  Wegner (1886 – 1978)

H. G.  Wells (1866-1946) Franz Werfel (1890 – 1945) Ernst Emil Wiechert (1887-1950) Theodor Wolff (1868 – 1943) Karl Wolfskehl (1869-1948) Émile Zola (1840-1902) Stefan Zweig (1881 – 1942) Arnold Zweig (1887 – 1968)

Fuentes: Encyclopaedia Britannica; Enciclopedia Espasa-Calpe; Dr. Birgitt Ebbert.

Hitler no olvidó nunca a Goebbels y le perdonó todo, hasta sus reiterados deslices con prostitutas.  El día de su suicidio, en 1945, lo nombró Canciller del Reich.  Y Goebbels, aceptó este honor, pero por unas horas.  Casi como si se tratara de una simetría perversa, el 1 de mayo, el mes de la gran quema de libros, acabó con todos sus hijos, mató a su esposa, y luego, no sin esbozar una sonrisa de triunfo y alzar la mano celebrando al Führer, se dio muerte.10

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Ubik (de Philip K. Dick )

 

Es, sin duda, la irrefrenable tendencia a la hipérbole, que se erige en característica común de las logias culturales, lo que ha conducido a la idea mítica (y, por ello, no contrastada críticamente) de que una obra más bien discretita, estimable por su brevedad, pero absolutamente prescindible como Ubik es «un clásico de la literatura contemporánea» (eslogan publicitario utilizado sin pudor por el contraportadista de la voluntariosa colección Solaris Ficción). Porque…, ¿qué es Ubik? Pues un libro de Dick, con todo lo que ello implica de realidades falsas, delirios conspirativos y veleidades teosóficas varias. Las aberrantes alucinaciones lisérgicas de Dick, que suelen ser presentadas por sus defensores como evidencias de su consumada habilidad para tratar temas trascendentes, como la naturaleza de lo real y lo fútil de la resistencia humana ante su incapacidad de comprender lo que le rodea, no son más que reminiscencias mal asimiladas (y peor interpretadas) de lo más superficial de la convulsa década de los sesenta, mixturadas con el pesimismo inherente a un tipo aquejado de delirios esquizoides. La renuncia a la realidad, la condena de lo existente y su sustitución radical por un mundo imaginario, que en otros escritores verdaderamente comprometidos impulsa denuncias de los aspectos más oscuros de lo conocido, se convierte en manos de Dick en juego metafísico, puro regocijo en la huida de una realidad poco halagüeña. En definitiva: vano e insustancial escapismo. La peripecia de Ubik es vertiginosa, enrevesada, mareante, pero se hace tan pesada, ha sido leída y vista tantas veces antes y después en tan variadas formas y soportes, que hasta produce en el lector un leve y disimulado bostezo. Y no es que el divertimento por el divertimento, el juego por el juego, sea malo en sí. Suficientes muestras hay de arte lúdico con gran valor. Pero es que Dick no consigue (al menos no lo consiguió conmigo) interesar lo más mínimo al que lee.

Ubik está escrita con la habilidad de alguien que se ha pasado muchos años dándole a la tecla y que conoce las clavijas que hay que apretarle al lector para desconcertarlo con juegos de cajas chinas e irrealidades dentro de otras irrealidades. Lo malo es que, desentrañada la sorpresa argumental, que no lo es tanto, conociendo la esquizofrenia paranoica de Dick y su temor por las maquinaciones totalitarias, apenas queda nada para el recuerdo. Ni belleza formal (aquí puede haber tenido algo que ver el traductor, no lo sé), ni trascendencia temática. Una de las cosas que convierten a una novela en un clásico es, precisamente, la capacidad de sobrevivir a sus contemporáneos, el tener la fuerza suficiente para mantener, aun habiendo sido copiada, plagiada, usada como inspiración mil y una veces, su esplendor en el tiempo (Romeo y Julieta es un caso paradigmático). Y Ubik fracasa, me temo, puesto que ha envejecido mal —un caso similar al de otros supuestos clásicos, como Las estrellas mi destino—. Se dirá que la importancia de Ubik radica en la influencia que ha ejercido sobre las generaciones posteriores de asalariados del género, la configuración que realizó de un mundo en el que nada es lo que parece y toda persona tiene algún secreto terrible que ocultar, aunque ni el propio sujeto lo conozca. Sin embargo, teniendo en cuenta que Ubik es simplemente un Dick de repertorio, muy inferior, a mi juicio, a otros libros de su amplia producción (menos valorados, en general), pienso que la influencia del «awubinable» no viene por sus novelas tomadas de una en una, sino por la enorme coherencia argumental a lo largo de toda su carrera: lo que realmente ha marcado a sus contemporáneos no es Ubik, ni El hombre en el castillo, ni Sivainvi, sino el conjunto casi homogéneo de ideas que atraviesa su obra desde el principio hasta el final. Lo malo es que, hoy por hoy, hay muchos que reclaman el padrinazgo de Dick sin haberlo leído nunca. Y ello va en detrimento de su propia supervivencia como recuerdo.

Alberto Cairo en www.gigamesh.com

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