El retorno de Filip Latinovicz_Miroslav Krleža

El retorno de Filipo Latinovicz_Miroslav KrlezaMiroslav Krleža (Zagreb, 1893-1981) es una de las figuras más importantes de la literatura centroeupea y uno de los más aclamados autores croatas. Eso dicen los entendidos, porque para servidora, no deja de ser un agradable y agradecido descubrimiento.
Participante en la I Guerra Mundial y antimilitarista convencido, dicen de él que es autor de explosiones y excesos literarios. Una voz que se eleva fuera de tono y convence más allá de las fronteras que no tiene.
La historia narra el retorno de un artista, en plena crisis creativa, a su tierra, a sus más atroces recuerdos y a cómo revive, pasados los años, la relación con su madre y con el entorno de ella, ahora decrépito y decadente.
El protagonista se siente, recién llegado, como un espectador fuera de si mismo, sobrevolando lo que ve y a quien ve. Poco a poco se introduce de nuevo en la sociedad de la que escapó, una rancia nobleza, pendiente de ocultar sus bajezas, tal vez, para alargar en el tiempo un tiempo ya terminado que no habrá de volver. En su retorno descubrirá, también, a una curiosa mujer que obrará mucho en su vida.
Recurrente es el tema de la crisis, personal, social, política, artística, de valores al fin, que sitúan al lector en la convulsa realidad de los años 30.
Un gran texto, denso, cargado de sensaciones, donde sorprende la delicadeza, la rudeza y la capacidad para describir las imágenes de la realidad que envuelve a un artista del lienzo, de forma que se pueden “ver” los cuadros que se pintan en su propia imaginación, con sus colores y con todos sus detalles.
Jadranka Vrsalovic-Carevic, la traductora, merece el mayor reconocimiento. La traducción al castellano es, sencillamente, espectacular. Se entiende que la materia prima sobre la que ha trabajado es de calidad, pero mantenerla en la forma en que ella lo ha hecho, es de un mérito destacable.

La nave de los necios_Sebastian Brant

La nave de los necios_Sebastian BrantTodos, sin excepción, quedamos retratados en esta curiosa nave. Todos somos protagonistas.

Una enorme nave cargada de necios, que da cabida a todos los integrantes de la sociedad, está a punto de naufragar. Una crítica feroz a la sociedad del momento, que de no ser porque su lenguaje la delata, bien podría serlo al momento actual y su necedad.

Se publica en 1494, en la ciudad suiza de Basilea. La nave de los necios (Narrenschiff), o de los locos, está compuesta por 2079 octosílabos pareados, con los que el maestro de la sátira retrata a todos sus contemporáneos.

Ninguna clase social escapa a la vista del autor, que embarca a todos los locos en un viaje por las aguas de los ríos renanos para llegar al reino de la locura, aunque nunca lleguen a desembarcar.

Con minuciosidad, el autor revisa desde la realeza a lo más bajo de la sociedad, siendo todos cómplices del deterioro y la decadencia a la que se ve sometida. Reyes y criados, clérigos y ateos, sin distinción de género ni de clase, son todos ocupantes de esta nave a la deriva; todos aportan algo al declive de la sociedad del siglo XV, en el que se encuadra esta obra de Sebastian Brant.

Ningún vicio, ninguna maldad queda oculta a la vista de Brant, que llega a retratar a más de cien locos, 111 en concreto, pecadores, personajes de carnaval, gente sencilla y hasta el propio Ulises, tratado como un necio más.

Además de la grandísima obra literaria que es, sorprende a los amantes del grabado, con un buen número de xilografías, algunas de ellas atribuidas al propio Alberto Durero amén de otros maestros renacentistas como Haintz-Nar o Gnad-Her.

 

UNA PREMONICIÓN DE ACTUALIDAD

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Joseph Roth, El Anticristo,
Introducción de Ignacio Vidal-Folch,
El anticristo (J.Roth)
por Anna Rossell
Trad. de José Luis Gil Aristu,
Capitan Swing, Madrid, 2013, 224 págs.

Increíble, por clarividente, este ensayo del austríaco Joseph Roth (Brody –Galitzia-, 1894-París, 1939), escritor y periodista prolífico y brillante, que es hoy aún de rabiosa actualidad. Publicado en 1934, fruto de una poderosa capacidad de observación de los signos de los tiempos, el autor nos brinda una magnífica reflexión sobre los males que amenazan al género humano con el cataclismo universal. Roth, quien ya en 1923 -fecha en que se comenzó a publicar por entregas su novela «Das Spinnennetz» («La tela de araña») en el diario «Arbeiterzeitung»-, que sorprendió al mundo con la lúcida profecía anunciadora del fatídico nazismo, sigue en su «Anticristo» dando muestras de la misma agudeza premonitoria. Él, que reprochó a la «Neue Sachlichkeit» («Nueva objetividad») construir una literatura sólo con los puros hechos, muestra cuál es su concepción de la literatura yendo más allá: no sólo describiendo sino interpretando los acontecimientos.

Roth, nacido judío pero convertido al catolicismo, revela en este libro, a pesar de su juventud, una portentosa experiencia y madurez. Si bien, como ya se echa de ver en el título, «El Anticristo» está escrito desde la perspectiva de la fe de su autor, éste dota a su ensayo de un registro metafórico, que le otorga la validez universal de un clásico. A pesar de que elude a conciencia nombres de países y de personas, Roth no renuncia a escribir con meridiana claridad sobre aquello a que se refiere; al lector no le queda duda alguna. Llevado por una profunda convicción religiosa en el sentido más genuino de la palabra, Roth llama «Anticristo» a cualquier actitud ambiciosa, hipócrita, explotadora y dominada por el prejuicio. Estructuradas en doce capítulos, por sus páginas desfilan, inconfundibles, todos y cada uno de los fenómenos de la emergente modernidad que sentó los pilares del pasado siglo XX: la rutilante superficialidad de la industria cinematográfica de Hollywood, la nueva arquitectura, el socialismo soviético, el sionismo, el antisionismo, el ascenso del nazismo, la dialéctica de la democracia y la manipulación de masas. Roth no deja títere con cabeza. Así llama “nuevo hombre” a “aquél en quien ha comenzado a actuar el Anticristo” y detecta tal actuación en la pasión embriagadora por la riqueza material y en la frivolidad que se respira por doquier en los EEUU, en los desmanes de los especuladores del capitalismo codicioso, incapaz de producir felicidad; en la ciega cicatería materialista de la URSS, en la connivencia por interés del Vaticano con los poderes fácticos del mundo. En definitiva, Roth llama «Anticristo» a las amenazas que ve proyectarse en la modernidad emergente y a la desespiritualización general que se impone por doquier. Adelantado a su tiempo, «El Anticristo» es, más allá de todo esto, un alegato contra la expoliación de la tierra, una advertencia que ve en el desequilibrio ecológico y la deshumanización -consecuencia inmediata de la explotación petrolífera y la fabricación de armas químicas- la vorágine que lleva a la definitiva catástrofe.
Con un lenguaje tan plástico como el de una película expresionista, Roth describe la excavadora como un monstruo, una máquina infernal de destrucción. Su admonición acusatoria de que en un extremo del mundo tres hombres estampan una firma y en el otro miles se ven sumidos en la miseria es, en nuestro mundo globalizado, de la más descarnada actualidad.
Con buena dosis de sarcasmo Roth se despacha a gusto con todo lo que le parece denunciable, incluyendo a sus propios jefes, Benno Reifenberg primero y Friedrich Sieburg después, del periódico «Frankfurter Zeitung», del que Roth era en aquellos años corresponsal en el extranjero, y a quienes el autor llama irónicamente «El señor de las mil lenguas». Por encargo de Sieburg, Roth se desplazó a los países de los que habla.
Cabe destacar especialmente la interesante reflexión que aborda Roth sobre el fenómeno del cine, que el escritor considera uno de los primeros y más esenciales síntomas desespiritualizadores y al que dedica varios capítulos específicos –Entre nosotros y la gracia de la razón se ha interpuesto un poder y Hollywood, el Hades del hombre moderno-, pero que ejerce de hilo conductor en todo el ensayo.

© Anna Rossell

(Publicado en Quimera. Revista de Literatura, nº 366, mayo 2014, p. 57

LENZ, ENTRE EL GRITO Y LA ACUSACIÓN

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Georg Büchner
Lenz,
Trad. del alemán de Mª Teresa Ruiz Camacho
Nórdica Libros, Madrid, 2010, 83 pp.
Lenz
por Anna Rossell

Un pequeño gran tesoro este relato del genial autor alemán Georg Büchner (Goddelau-Hessen, 1813-Zurich, 1837), del que nada tiene desperdicio. Él, cuya trayectoria vital se truncó a la temprana edad de veinticuatro años, nos ha dejado, a pesar de su juventud, un impagable legado literario: «Lenz» (relato, 1835), «La muerte de Danton» (teatro,1835), «Leonce y Lena» (comedia, 1836), «Woyzeck» (fragmento teatral, 1837), todo ello traducido al español. «Pietro Aretino» (obra de teatro sobre el autor italiano del mismo nombre) se perdió. Con excepción de Leonce y Lena, una punzante sátira política disimulada bajo el registro de comedia de entretenimiento, sus obras son un compendio de sabiduría, una reflexión filosófica de amplio espectro, muy avanzada a su época. Büchner, médico de formación, se nos presenta a través de sus obras como un personaje muy comprometido con su tiempo, un verdadero vanguardista que trabajaba en sus textos las preguntas cruciales que se hacía a sí mismo y que no acabó de resolver definitivamente antes de morir, pues en pocos años dejó constancia alterna de activismo político revolucionario y de fatalismo histórico. Quien escribiera, en coautoría con Friedrich Ludwig Weidig, el panfleto «El mensajero de Hesse» (1834), un llamamiento a los campesinos al alzamiento revolucionario, por el que Büchner tuvo que exiliarse a Estrasburgo, suscribió también, muy poco después, la llamada Carta fatalista, dirigida a su prometida Wilhelmine Jaeglé, una página programática en la que el autor expone su idea del ser humano como juguete en manos de la historia, sin posibilidad de incidir en ella, una idea que plasmó en «La muerte de Danton» y que, si bien retomó después en «Woyzeck» como propuesta de reflexión, lo hizo paralelamente a otras de signo social, por lo que el fragmento teatral fue muy bien recibido por la crítica marxista del siglo XX.
«Lenz» –publicada póstumamente en 1839 sin que el autor hubiera decidido el título- alude al autor prerromántico alemán Jakob Michael Reinhold Lenz (1751-1792), a partir de cuya biografía Büchner construyó su relato, basándose en las cartas del propio Lenz, que sufría esquizofrenia paranoide, y en las observaciones del pastor protestante Oberlin, que le acogió en su casa; ello motivó que se acusara a Büchner de plagio. El relato, escrito como si de un informe se tratara, se ha considerado la primera descripción científica de la esquizofrenia, pues el texto retrata la evolución de la patología paranoica en el personaje, las crisis del enfermo y el deterioro de su estado de ánimo. Si bien está escrito en tercera persona, Büchner consigue una asombrosa empatía con el personaje, que se transmite al lector a través del ritmo entrecortado de su prosa, lacónica y enumerativa, que contagia la ansiedad, la desorientación y el delirio de Lenz en su huida de la casa paterna –lo sabremos después- y de sí mismo. Conocemos a Lenz, dado a la fuga de no sabemos qué, corriendo por una naturaleza amenazadora, un paisaje inquietante que no le da cobijo: “Había oscurecido, cielo y tierra se fundían en uno. Era como si algo le persiguiera, como si algo horrible quisiera alcanzarle, algo que el hombre no puede soportar, como si la locura a caballo le diera caza”. El texto, precursor del expresionismo y del nihilismo, invita, como «Woyzeck», a distintas lecturas de signo opuesto. En «Lenz» encontramos ya apuntados los elementos que pocos años más tarde desarrollaría en la pieza dramática: al igual que Lenz, Woyzeck corre por un paisaje desafiante oyendo voces; al igual que en «Woyzeck», Büchner plantea por boca de su personaje su programa filosófico antiidealista como eje de su texto; como Woyzeck, que desde su humilde condición intuye en el ser humano una doble naturaleza que opone al discurso de la doble razón kantiana, en su momento más lúcido Lenz polemiza con su amigo Kaufmann y rompe una lanza por lo elemental y la naturaleza más pura y sencilla desafiando al etéreo idealismo que “es el más ignominioso desprecio por la naturaleza humana”. En su rechazo del idealismo, Büchner se adelanta al realismo literario y a su crítica: “Los poetas de quienes se dice que reproducen la realidad, ni siquiera la conocen, sin embargo siguen siendo más soportables que aquellos que quieren idealizar la realidad”. Lenz, cuyo final es tan amargo como el de Woyzeck, donde el autor niega claramente la trascendencia, apunta sin duda al nihilismo, pero el grito desgarrado de ambos textos encierra la acusación del Leviatán de Hobbes, y una recóndita esperanza de que el hombre deje de ser un lobo para el hombre.
Esta cuidada edición de la editorial Nórdica, con ilustraciones a color del genial artista plástico austriaco Alfred Hrdlicka y extractos de la autobiografía de Goethe, «Literatura y verdad», sobre Jakob Michael Reinhold Lenz, es especialmente recomendable.

© Anna Rossell

A través de las mirillas

Cuando te acercas a un libro de Claudia Bürk te puedes esperar un torrente de imaginación hilado por una gran mente preparando historias exclamantes, sorprendentes y desde luego conmovedoras. En esta ocasión, la autora toma un camino diferente, se aleja de lo puramente metafísico y se adentra en relatos arriesgados, duros, sexuales e incluso repulsivos.

Nada que ver, en realidad, con la vida recatada, sana y altruista que dice llevar la autora. Sin embargo, se trata de un libro de relatos de historias muy elaboradas, muy descriptivas, al límite de lo humano. ¿Cómo escribir así cuando no lo has vivido? Ese, así lo creo firmemente, es el veradero talento literario.

Llama la atención que la autora iba para monja católica en su pasado.

Conociendola en persona, la tengo por muy recta y ante todo pudorosa, nada de lo que escribe parece identificarla y a su vez, muchas cosas lo hacen. Es un arte cómo mezcla cosas propias con cosas totalmente ajenas al vivir propio. Cuando leí «La sonrisa del payaso» casi salto del sillón: puro sexo, casi pornográfía. Según comenta la autora, lo ha escrito como rebeldía ante las constantes críticas por escribir de manera demasiado noña y angelical.

¡Pues vaya valentía al escribir tal relato!

Resulta del todo inquietante el hecho de que nunca se nos desvele la realidad al completo a pesar de que el narrador parezca ser omnisciente. Esto se debe a que la autora utiliza en todo momento la perspectiva de sus personajes, narrando en primera persona. Es ésto tan propio de Claudia Bürk: hace creer al lector que capta sus secretos, cuando en realidad jamás habla de sí. Un hábil juego del despiste, como ya lo demostró en «Las nueve ventanas de Jeanne Bardèot» en 2011.

Por tanto, en todo lo que leemos percibimos siempre una verdad oculta, sesgada y parcial. El lector debe deducir, suponer y nunca dejar de leer entre líneas…Es algo que vengo observando, como quedó dicho, en todos los trabajos literarios de Claudia Bürk.

El libro en sí critica con sus historias los juicios que nos hacemos sobre los otros. La autora pretende advertir y escandalizar, (si, ésto último como elemento clave y protesta).

Escandalizar, tal y como logra en “La sonrisa del payaso” -se que insisto mucho en este escrito- . Claudia Bürk acaba por darle a ése relato un profundo giro psicológico que duele y descoloca por completo. Somos testigos de las miserias ajenas, de lo que juzgaríamos en la vida real, de lo feo y sucio.

Para concluir, diré que lo que me ha llamado más la atención en  A través de las mirillas es la habilidad con la que la autora utiliza el cambio de la perspectiva narrativa y lo que esto provoca en el lector: cambia el tono, el estilo, y la forma de narrar con cada relato. También destacaré esa naturalidad con la que ha escrito “La sonrisa del payaso”, ¿qué pensará su familia al leerlo? Imagino que hasta eso es propósito. Pues alguien que fuera monjita en su pasado y escribe tales barbaridades consigue chocar y dejarme perplejo.

Me gustó como el personaje en “El escritor frustrado” reflexiona sobre la propia creación literaria. Con Detrás de las mirillas I  he de decir que me confundí bastante y fue necesario una segunda lectura para comprender la ocultación de una verdad. Y finalmente diré que, como he venido observando en los demás libros y novelas de Claudia Bürk, en ningún momento descuida el argumento que, en definitiva, es lo que mantiene atento al lector y hace que éste continúe leyendo.

Recomiendo, pues, este libro a todo aquel aficionado a la literatura que busque, además de deleitarse con la lectura, que es lo fundamental, contribuir con la compra de ésta obra a que muchas personas puedan volver a sonreír. Pues cabe mencionar,  que el libro está íntegramente dedicado a personas en exclusiones sociales y afectadas por la crisis, además de que la autora destina el 100% de los beneficios a tal fin, así como a la ayuda de animales a través de donaciones. Recientemente hizo una donación de esos beneficios a Cáritas y así la autora pretende seguir adelante. Es notable, en estos tiempos que corren que alguien renuncie a todas las ganancias para donarlas íntegramente a otros.

 

Librito