La Diana, Jorge de Montemayor

Novela pastoril en lengua castellana. Su título completo es Los siete libros de la Diana y fue publicada por vez primera en Valencia hacia 1559. El tema fundamental que en ella se desarrolla me­diante representaciones de vida agreste es el amor como tendencia o inclinación de naturaleza metafísica: vida de un alma que desde el interior se ordena espontáneamen­te hacia la belleza individual y concreta que la deleita, mientras se esfuerza en expresarse y salir a la luz por medio del arte o virtud intelectual de que es capaz. Diana, la bella pastora de quien toma su nombre la novela, corresponde al amor del pastor Sireno, despreciando a Silvano, que inútil y apasionadamente la requiere; pero, durante una ausencia de Sireno, Diana se casa con pastor Delio. Cuando Sireno regresa no le queda otro consuelo que unirse a Silvano y cantar con él la radiante belleza de Diana, la mujer amada y perdida.

La pastora Selvática puede comprender y, en parte aplacar el dolor de ellos, explicándoles cuántos  y cuáles son los dolorosos «embrollos» que nacen del amor: nunca nos ama la mujer que amamos y nunca amamos a la mujer que nos ama. Selvática ama al pastor Alanio, que está prendado de la belleza de Ismenia; pero ésta ama perdidamente al pastor Montano, y en vano le sigue de colina en colina mientras él lleva su rebaño a pacer.

Tenemos así una teoría móvil de amantes que afanosamente se buscan y que, discordando sus tendencias, sarmientan y abandonan a su dolor desesperado. A estos infelices, se añade la pastora Felismena, que expone su desgraciado caso. Ella siguió, vestida de muchacho a su querido Félix, a quien sirvió de paje, llevándole sus más dulces mensajes de amor a la pastora Delia. Pero ésta, creyéndola un hombre — el motivo está tomado de un cuento de Bandello, II, 36—, se enamoró de ella y le ofreció su amor. Al rechazarla, Delia se ha matado y Felismena se ha visto obligada a huir por los bosques.

Todos los amantes se van entonces a la morada de la sabia Felicia para buscar consejo y ayuda; y, mientras están en camino, se les reúne la pastora Belisa que enamorada de Arsenio, se rebeló contra el padre de éste, que la quería para él, y le había dado muerte. La sabia Felicia les acoge en su palacio suntuoso, donde con músicas, canciones y danzas se celebra a Orfeo el enamorado cantor que por demasiado amor perdió a su amada. Y del mismo modo que Orfeo cantó a la perdida Euridice, cantan ahora a la perdida Diana, llamando para formar su corona a las más bellas y nobles damas «de las que hoy dan valor ilustre a España».

Presididos por Felicia, todos los amantes, sentados por parejas en un prado limitado por verdes sauces discuten de amor en tres debates tomados literalmente del primero de los Diálogos (v.) de León Hebreo. De estos conceptos se deduce la dualidad entre amor espiritual y amor sensual, los dos opuestos cuya unidad situaba León Hebreo en la realidad actual y concreta del hombre. Montemayor vuelve, por tanto, al amor platónico, como sueño de pureza diamantina en oposición al apetito o amor natural. «Tal amar — declara la sabia Felicia — no es ilícito y deshonesto, porque sólo trata de querer bien a la persona en sí, sin esperar premio ni interés alguno».

Así se afirman los espíritus informadores de la Diana, en la que el amor es pura pasión separada de la acción y contemplada en su estado senti­mental, mórbido y soñador, jamás como principio de energía y determinación de la voluntad que se conquista el propio porvenir. El amor vale sólo en cuanto deseo de la belleza inaccesible a la que tiende por impulso de su naturaleza, un deseo de dolor inenarrable, a través del cual, el alma da a medida de sí misma, porque, alejada de todos los excesos de la pasión, ignorante del odio y de los celos, es aristocráticamente superior a todos los placeres vulgares.

Por último, la sabia Felicia proporciona a todos los enamorados un agua encantada que puede cambiar a todos las inclinaciones naturales. Regresan entonces a sus casas. Selvática se enamora de Silvano y Félix de Felismena, mientras Sireno puede seguir con indiferencia la suerte de Diana, atormentada por los celos de su marido. La novela de Montemayor se resuelve en una serie de narraciones que se yuxtaponen y entrecruzan, variando con lento análisis, en una mezcla de prosa y poesía al estilo de la Arcadia (v.) de Sannazzaro, el motivo del amor como actividad que perfecciona y finaliza el sujeto de acción, en la línea mis­ma de su constitución específica; por eso el motivo fabuloso del agua encantada desen­tona con esa concepción, según advertía ya Cervantes en el examen de la biblioteca de Don Quijote (I, 6).

Montemayor carece de las preocupaciones artísticas de Garcilaso, que en sus églogas pastoriles se aferraba a comparaciones y metáforas que se inspira­ban en la naturaleza, traduciendo la fres­cura del alma y la ingenuidad primitiva propia del hombre unido a la tierra y abier­to a las voces de las cosas. Con él, penetra en la novela pastoril, bajo un aspecto vago, pero con significado más amplio y univer­sal, porque está filtrado a través de la lí­rica amorosa de inspiración trovadoresca, el neoplatonismo del Renacimiento, como manera particular de sentir y obrar, como una visión general de la vida iluminada y embellecida por los esplendores nostálgicos de la belleza. Los elementos filosóficos, to­mados superficialmente, pierden su frescura especulativa, reduciéndose a un artificio retórico que renueva, con vocabulario más sugestivo, las antiguas disquisiciones sobre casos de amor.

Y el amor es la voz de una pasión, a la que más que sufriría inmedia­tamente, se la contempla en el recuerdo, escrutándola en sus más oscuros movimien­tos y expresándola con el temblor de un abandono querido por el destino.

«Y pues que jamás puede amor torearse, / No tiene el desamado que quejarse».

Esto es lamentarse a la manera de una conversación que traduce el sentimiento en la estructura de la frase y en la elegancia de la dicción: el dominio seguro de la pasión, dentro de las formas de civil conveniencia dictadas por la razón; así es como se comportaba aquella sociedad galante y culta, que, bajo la lige­ra apariencia pastoril, se presentaba en fi­guras netas y destacadas sobre el fondo pintoresco y de costumbrista de las escenas de palacio. El éxito de la Diana fue consi­derable no sólo en España, donde fue con­tinuada por Alonso Pérez, Segunda -parte de la Diana, y Gaspar Gil Polo, Diana ena­morada, sino también en todas las litera­turas europeas, especialmente en Francia. Traducida por N. Collin (Reims, 1569), in­fluyó en la Astrea (v.) de Honoré d’Urfé, que fue el modelo de todas las novelas sen­timentales del siglo XVII y la expresión del gusto cortés desde la época de Enri­que IV a la de Luis XIV, y sobre todo en la Arcadia del inglés Sydney.

M. Casella

 

La prosa de Montemayor es algo lenta, algo muelle, tiene más agrado que nervio, pero es tersa, suave, melódica, expresiva, más musical que pintoresca, sencilla y no­ble a un tiempo, culta sin afectación, no muy rica de matices y colores, pero libre de vanos oropeles… El defecto capital de Diana, es el abuso del sentimentalismo y de las lágrimas, la falta de virilidad poética, el tono afeminado y enervante de la na­rración.(Menéndez Pelayo)

 

*La Segunda parte de la Diana, del médico Alonso Pére, publicada en Salamanca, en 1564, es casi una obra de compilación sin unidad de fantasía ni coherencia poética. Los episodios, derivados de la literatura idílica y bucólica antigua y coetánea (Oviciok Sannazaro, etc.), son tantos y tan complicados que convierten el hilo de la acción en una repetición mecánica de casos sentimentales e inverosímiles, referidos en estilo amorfo e incoloro. Pero, a pesar de la diversidad de tono de ambas obras, la Diana de Alonso Pérez acompañó en casi todas las reediciones y traducciones a la Diana de Montemayor

* Fama más merecida alcanzó La Diana enamorada, novela pastoril de Gaspar Gil Polo (m. 1591), publicada en Valencia, en 1564. Se inicia con el lamento de Diana que, visitando la fuente de los Alisos, recuerda que antes estuvo allí en compañía de Sirenio. El recuerdo de este su primer amor, voluntariamente truncado, es para ella una angustia continua. La pastora Alcida, que la escucha, trata de consolarla, diciéndole que el amor no es omnipotente.

Si nuestra voluntad no sabe resistir y luchar, le proclamamos invencible. Los triunfos del amor son triunfos sobre nuestra debilidad. Pero llega Delio, marido de Diana, y queda maravillado por la radiante belleza de Alcida, y la sigue al huir ésta, que reconoce la voz de Marcelo, que se aproxima. Éste en presencia de Diana no sage reprimir su dolor, y se desahoga narrando su triste suerte. Debía casarse con Alcida, per la nave que la conducía a Lisboa y que llevaba también a su familia, fue sorprendida por la borrasca. Alcida y su hermana Clenarda se salvaron en una barca junto con Marce­lo.

Eugenio y Polidoro, padre y hermano de Alcida, fueron juguete de las olas en otra barca, y al fin desaparecieron entre los tor­bellinos de la tempestad. El marinero de la primera barca, al tratar de recoger a Clenarda, había separado a Marcelo y Al­cida, de suerte que él llegó a tierra después de numerosas vicisitudes sin tener noticia de los que amaba. En seguida empezó la de­sesperada búsqueda de su bien perdido. Diana y Marcelo resolvieron visitar, al día siguiente, el templo de Diana, donde ella le narra todas sus desdichas: cómo Sireno la amó espiritualmente y cómo, por obedece» a su padre, se vió obligada a casarse con Delio, el celoso. Con este motivo, se discu­te del amor y de los celos.

Los celos son falta de fe en el que se ama y amor exa­gerado de sí mismo; no son amor. El amor lleva consigo el temor; el temor de perder lo que se ama; un temor que se nutre del bien que descubrimos en la persona amada y que por tanto no está separado de la esperanza. Entre tanto, veamos lo que les ocurre a los otros pastores: Ismenia y Montano, que al hallarse en compañía de gente que sufre de amor, no dudan en confiarse, contándose sus desgracias. Isme­nia amaba y era amada por Montano, pero también la deseaba Fileno, el padre de éste. A su vez, Montano había rechazado a su madrastra Felisarda, que le amaba apa­sionadamente.

Las bodas de Ismenia y Mon­tano hicieron de Fileno y de Felisarda dos acérrimos enemigos que atentan contra su felicidad, tanto que Montano, para no co­meter un parricidio, incitado por las ma­las artes do su madrastra, decide huir con su mujer y no volver más a su tierra. Los diversos hilos de la novela están unidos entre sí, formando un nudo que el destino resuelve felizmente. En efecto, en el mis­mo lugar, junto a la sabia Felicia, llegado ya Eugerio, padre de Alcida, y también después de mil aventuras, aparecen sus dos hijos Polidoro y Clenarda y finalmente la propia Alcida, que anuncia que Delio ha muerto de una caída mientras la seguía frenético, enloquecido por la pasión. Alci­da y Marcelo, Diana y Sireno pueden ahora celebrar sus bodas, festejadas por todos los pastores con músicas, himnos y danzas. Los deseos de su vida más honda han sido por fin favorablemente escuchados.

Se encuen­tran felices consigo mismos y con la natu­raleza exterior, que les parece una sonrisa del universo. Después un largo periplo de amargas experiencias, han podido llegar al reino de la felicidad, al reino del amor rec­to que, dándose cuenta de su belleza, se reconoce a sí mismo como pureza y bondad generosa que se da, expresándose con pa­labras adecuadas, artísticamente nobles y transparentes. La Diana enamorada es la síntesis musical y poética de la novela pas­toril española, en su tentativa de hacernos presente en imágenes el mundo de la pura poesía, bondad y pureza interior, que cada cual halla en sí mismo cuando se da, sin sombra de egoísmo, a la belleza individual y concreta que deleita a la inteligencia en su actividad de conocer.

La fusión de los elementos líricos y fantásticos es más co­herente que en la Diana de Montemayor y alcanza cierta constancia y unidad de tono. El verso, más que contraponerse a la prosa, se destaca de ella con ritmo leve, casi sus­pendido del ala lírica, que ya en sus perío­dos sueltos parece preludiar el vuelo. La palabra, a la que el análisis parece como que ha enrarecido en la atmósfera lúcida del sueño, pierde todo valor de acción pre­sente y en su concreción lógica se disuelve en la blanda musicalidad de los sonidos. Es un arte finísimo y un seguro dominio de la materia aun allá donde la unidad estética de la novela queda un poco desvanecida por las largas divagaciones sobre las desventuras de Marcelo y Alcida, de Alano de Ismenia. En estos pasajes, Gil Polo se atiene a módulos fantásticos de la novela. bizantina, pero los transforma, porque el orden emanado del amor como sed inextinguible de belleza se revela finalmente como lo providencial que impregna en lo profundo la vida de toda la novela.

M. Casella

 

*Entre las restantes continuaciones de La Diana de Montemayor, deben recordarse La Diana de Jerónimo de Taxeda, publicada en 1587, una Tercera parte de la Diana de Gabriel Hernández, escrita en 1582, pero que no llegó a imprimirse, y la Clara Diana lo divino, que hizo en 1582 el monje cisterciense Bartolomé Ponge para oponerse a la extraordinaria popularidad y difusión de la novela. 

El hombre hembra (JOANNA RUSS)

El hombre hembra

Al igual que Crash, de Ballard, aunque de muy diferente manera, se trata de un libro con el que resulta difícil entenderse. Lleva la cien­cia ficción a sus últimas consecuencias con el propósito de destacar una sola idea, fuerte y válida. Es didáctica, extrema-damente didác­tica, pero alardea orgullosa e insolentemente de este didactismo, y nos desafía a negar que este propósito pueda ser también un arte, a diferencia de numerosas novelas de cf del pasado, portadoras de mensajes, y que tratan de ocultar el didactismo bajo la apariencia azucarada de «mero entreteni-miento». En realidad, es una novela astutamente pensada, que se vale de muchos recursos retóricos con el fin de evitar reacciones automáticas o reflejas. Algunos de estos recursos son desconcertantes. Por ejemplo, poco más allá de la mi­tad del libro, Russ escribe:

«Estridente… insultante… este libro amorfo… retorcido, neu­rótico… una que otra verdad sepultada en una histérica… otro panfleto para el cubo de basura… ninguna caracterización, nin­guna intriga… otro chillido de la hermandad femenina… esta pre­tensión en una novela… las habituales, aburridas y obligatorias referencias al lesbianismo… estupideces… ataques violentos y malhumorados… formidable autocompasión que impide toda oportunidad de… ausencia de plan… sin la gracia y la simpatía a que tenemos derecho… simplemente mala… q.e.d. Quoderat de­monstrandum. Ha sido probado». En otras palabras, la autora pro­porciona al lector una descripción prefabricada y completa-mente hostil de su propio libro. El lector no puede dejar de sentir que él [sic] es presionado.

Sin embargo, es una de las novelas de cf más memorables y sig­nificativas de la década de los setenta. Cuenta la vida de tres mu­jeres –Janet, Jeannine y Joanna– que son en realidad una sola mujer. Viven en mundos diferentes, pero los límites entre esas realidades comienzan a desdibujarse, lo que permite que las tres se encuentren tal como podrían haber sido. El mundo de Joanna es prácticamente el mismo que el de la autora, unos Estados Unidos dominados por los hombres en un pasado muy reciente. La reali-dad de Jeannine se parece a una vieja película de Hollywood; un presente en el que la segunda guerra mundial no ha tenido lugar y donde la década de 1930 parece prolongarse eternamente, una era de desigualdad e ilimitado machismo. El mundo de Janet es el más alterado: el planeta Whileaway, una anarquía bucólica sólo habi­tada por mujeres; no puede haber ningún «problema» de relacio­nes entre los sexos, pues hay sólo un género de seres humanos: el in­dependiente y omnicompetente «hombre hembra».

La amarga comedia del libro nace del choque entre estas tres personalidades, que responden a las diferentes condiciones sociales de cada mundo. Janet Evason, de Whileaway («mi madre se lla­maba Eva, mi padre se llamaba Alicia»), se materializa en «nues­tro» mundo y va de un lado a otro en un estado de asombro perma­nente. Es un Candide verdaderamente formidable. Pero hay un viraje al final de la novela: Janet, Jeannine y Joanna se encuentran con un personaje aún más increíble, una cuarta persona que se llama a sí misma Jael. Es Jael quien les revela cómo la sociedad ínte­gramente femenina de Whileaway ha sido posible: el camino fue despejado por una guerra en que las mujeres exterminaron a los hombres (Janet ha sido educada en la creencia de que los hombres murieron en una peste).

El hombre hembra (The Female Man) dista mucho de ser una no­vela «equilibrada» y «razonable». Está escrita con cólera, deseo de venganza y un anhelo de auténtica liberación. La autora se entrega a sus fantasías, en lo que Phyllis Chesler ha descrito como una «ex­ploración del espacio interior femenino», exploración que revela rincones obscuros y también brillantes perspectivas. El resultado es un libro inquietante, pero valiente. Joanna Russ (nacida en 1939) ha escrito muchas otras novelas de cf y una gran cantidad de exce­lentes cuentos breves. Junto con la más conocida Ursula Le Guin, ha conseguido abrir una vez más las perspectivas utópicas de la cien­cia ficción. Se ha atrevido a soñar un mundo mejor.

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