Versos de Oriencio

[Versus]. Entre las poesías parenéticas cristianas es notable la Admonición [Commonitorium]. Con este título los manuscritos nos han conservado un poema elegiaco de 1036 versos, com­puesto en 406 por un tal Oriencio (siglo V), que tal vez pueda identificarse con su casi homónimo obispo de Auch en la Galia; su finalidad es de edificación espiritual.

El lec­tor debe descubrir el camino que conduce al cielo por medio de estas juiciosas pa­labras que le harán ver por qué razón si el cuerpo detenta el alma en esta tierra, el alma llama al hombre hacia su verdadera patria; el contraste entre los placeres ma­teriales y los espirituales anticipa la lite­ratura medieval ascética y anuncia el más moderno Auto del alma y el cuerpo (v.). El temor de la muerte es el principal motivo que empuja al pecador a arrepentirse, y Oriencio no vacila en hacer de ella un uso macabro con tal de obtener el esperado efecto. Este poema, a pesar de su carácter admonitorio, no es una obra totalmente insulsa. Su doble intento cristiano y didáctico hace algo pesada la composición, que está inspirada, sobre todo, en los poetas del tiempo de Augusto, aunque su métrica esté ya renovada, comparada con sus modelos, con la inclusión de rimas.

La literatura poética cristiana en latín pone junto a Pru­dencio a este poeta de generoso empeño, aunque no siempre feliz en su atrevido intento. Con el mismo título de Versos si­guen por lo general a la Admonición cin­co mediocres y breves poesías cuya longi­tud varía de diez a cien versos y que, a pesar de no entrar en el carácter precep­tivo de la Admonición, proceden de ins­piración semejante: La Natividad del Señor [De Nativitate Domini], Los atributos de nuestro Señor Salvador [De epithetis Salvatoris Domini], La Trinidad [De Trinitate], Explicaciones de los nombres del Señor [Explanatio nominum Domini], Alabanza [Laudatio]. Además, en relación con las obras poéticas de Oriencio estaban también sus discursos, dos de los cuales nos quedan escritos en trímetros yámbicos, con artificios de metros y rimas. Esta artificiosidad suya gustó a los escritores medievales, los cuales, perdido el sentido justo de la métrica clá­sica, hallaron en las asonancias homoteléuticas, de las que la lengua vulgar tal vez tomó su versificación, una satisfacción para el oído.

F. Della Corte