Una Lucha por Roma, Félix Dahn

[Ein Kampf un Rom]. Novela histórica del alemán Félix Dahn (1834-1862), escrita parcialmente en Rávena, y publicada en 4 volúmenes, en 1876. Estos «cuadros históricos novela­dos», como llama Dahn a su novela, nos dan una visión llena de color del reino de los ostrogodos en Italia y de su derrota final. La novela — que es una de las expre­siones típicas de la euforia nacional ale­mana después de 1870 — comienza con la narración de las luchas y conjuras que tu­vieron lugar a la muerte del fuerte y sabio Teodorico, para la sucesión al trono de los godos.

Asesinada la reina Amalasunta, y su hijo Teodorico, le sucedió el cruel y ávido Teodoacro. Pero bien pronto acabará tam­bién él asesinado, y en su puesto será nom­brado Vitiges, en un momento sumamente trágico para los godos y para los italianos. El emperador Justiniano, impulsado por la ambición de llegar a ser rey también de los países de Occidente, tomó ocasión de los desórdenes ocurridos en Roma para po­nerse de acuerdo con el prefecto de la ciu­dad, Cetego, mandando a Italia un fuerte ejército a las órdenes de Belisario. Derro­tados en Rávena, todo parecía perdido para los godos, pero el joven Totila, jefe de la flota de Nápoles, reunió los restos del ejér­cito y, nombrado rey, reconquistó el país en una marcha triunfal. Hecha la paz con Roma, continuó siempre sobre los godos la amenaza de Bizancio y la oferta de reconducir a los godos a Gotalandia, hecha por el vikingo real Haraldo de Gotalandia — aparecido de improviso en la fiesta de los esponsales del rey Totila con la noble romana Valeria —, pareció anunciar la hora fatal. Ésta no estaba lejos: Narsés, nom­brado generalísimo de Justiniano, cayendo de improviso sobre los godos, los empujó inexorablemente hacia Nápoles, donde se fortificaron en los riscos del Vesubio.

Obli­gados por el hambre, los godos irrum­pieron, al fin, sobre los ejércitos romanos y bizantinos. Teja, elegido rey tras la caída de Totila, fue muerto en combate por Cetego, el cual, reconociendo que las miras de Justiniano destruían su sueño de una Roma gobernada sólo por los romanos, se lanzó desesperado a la refriega. Los go­dos, desbordados, se detuvieron, y entonces aparecieron las naves del vikingo real Ha­raldo, que puso a Narsés en la alternativa de aceptar batalla» contra los vikingos o poner en libertad a los godos supervivien­tes. El general concedió a los godos em­barcarse en las naves de Haraldo, para que los llevase a Gotalandia, y con el desfile de los últimos godos, con los féretros del gran Teodorico y del rey Teja, termina trágicamente la novela, que comprende treinta años de historia. La estructura de la novela, en la que se insertan algunos fragmentos de cantos en el antiguo estilo germanicogótico, es en muchas partes rap- sódica. La evocación del antiguo mundo germánico y de los ideales romanos repre­sentados por Cetego muestra el contraste dramático entre dos espiritualidades, cuyas tentativas de síntesis, tras haber domina­do la historia de Europa en los siglos si­guientes, volvieron a imponerse con nueva fuerza en la alemania del siglo XIX. Se comprende por eso que la novela — a pesar de lo que tiene de sentimentalismo conven­cional en el análisis de los sentimientos y en la evocación histórica — haya podido ser uno de los éxitos literarios del siglo.

El ciudadano de la alemania unificada veía en la novela y en sus peripecias la historia lejana de su pueblo, entrelazada, como fuerza dominante, en aquel gran imperio romano que durante siglos se había im­puesto a todo el mundo conocido. Su pecho se elevaba ante la última conmoción. Y durante tres generaciones continuaron los jó­venes bebiendo en aquella fuente de con­mociones nacionales — aun cuando el nuevo gusto artístico estaba bien lejano del énfasis patético tan del gusto de las «novelas pro­fesorales» («Professorenromanes») —. Aun recientemente continuaba reimprimiéndose la novela en ediciones de todo género, po­pulares y de lujo, de bolsillo y monumen­tales; en una reciente edición de Klemm de Berlín (1930), la novela pesa tres kilos y medio.

C. Schimansky