[Trombe d’Argento]. Colección de poesías de Arturo Onofri (1885-1928), publicada en 1924. Tras el paréntesis de prosa lírica constituida por Orquestinas (v.) y por Arioso (1921), que coincide con el período impresionista y de mayor claridad expresiva del autor, Trompetas de plata señala el inicio de una nueva fase que se desarrolla en los libros de poesía publicados mientras vivía, Terrestridad del sol [Terrestrità del sole, 1927], Vencer al dragón [Vincere il Drago, 1928] y, póstumos, Terrón vuelve a ser cosmos [Zoila ritorna cosmo, 1929 ], Sones del Graal [Suoni del Graal, 1929], Como melodías cuajadas en mundo [Simili a melodie rapprese in mondo, 1929], Abrirse flores [Aprirsi flore, 1935].
La ambición de esta poesía es elevada: alejarse del sencillo aunque fresco naturismo del período anterior, para expresar, con decidida voluntad, la unión por medio de la naturaleza, de lo humano con lo divino, la disgregación del yo ordinario por un «despertar consciente» que se integre en la eterna y dinámica vida del cosmos. En una palabra, Onofri escribe poesía conforme a un tema teórico, que intenta ilustrar con premisas y apostillas criticofilosóficas’. Onofri quiere una «poesía consciente, cuyo fin es la construcción de un Hombre universal»; y en esta concepción intelectualista, casi mística, indudablemente sufrió la influencia de doctrinas esotéricas, de las de Steiner en particular. Pero raras veces consigue levantar esta materia hasta la lírica y el canto. El claro y antioratorio poeta de Orquestinas produce con ciega obstinación unos versos herméticos, oscuros, razonados, muy alejados de la poesía.
En esta y en las sucesivas colecciones resplandecen de vez en cuando algunas de sus bellas virtudes de poeta, sumergidas de todos modos en un continuo alud de páginas didácticas y filosóficas. Cuesta trabajo aceptar su constante equívoco entre filosofía y poesía, lo intrincado de su período, la repetición de unos artificios técnicos que a la larga se hacen insoportables, al mismo tiempo que adopta un vocabulario rebosante de voces inútilmente bárbaras.
L. Fiumi