La carrera literaria del escritor catalán Josep Pous i Pagés (1873-1952) se inició en el campo del periodismo, pasando luego a la novela y al teatro.
Sus primeras producciones dramáticas revelan ya las preocupaciones que habían de persistir y desarrollarse a lo largo de su obra de dramaturgo: corrección y eficacia del diálogo, sólida y ordenada arquitectura escénica, propósitos morales y trascendentes en los temas. En 1904 estrena L’endema de bodes [El día siguiente de la boda], que presenta el caso de un padre y un hijo que se casan el mismo día con una hija y una madre, respectivamente. La obra, que linda a menudo con el drama e invade a veces el campo de la farsa, está perfectamente construida y hábilmente estilizada en una vivaz simetría muy teatral, y en el momento de su estreno significó una evidente elevación del teatro llamado «de alpargata» o rural, entonces en boga.
Con todo, el público y aun la crítica, acostumbrados a obras de tejido grosero o muy sencillo, no alcanzaron a comprender ni a gustar la intención y el arte de esta comedia excepcional. En 1909, y hallándose el autor encarcelado por un supuesto delito de prensa, estrenóse su drama Els visionaris [Los visionarios], en el que, a través de dos cónyuges separados y enfrentados por sus opuestas ideas religiosas, se nos ofrece el choque de dos concepciones del mundo. El tema está tratado con fino tacto y objetividad, y los personajes convencen por la firmeza de sus rasgos.
Tras un período de silencio, Pous i Pagés vuelve al teatro con una obra cómica: En Joan Bonhome [Don Juan Buenhombre], estrenada en 1912, en la que asistimos a la ridícula y triste peripecia de un buen burgués que, engañado por unos vividores, se lanza ingenuamente a la aventura de la vida política con lamentables resultados. El mismo año sube a las tablas Senyora avia vol marit [La abuela quiere marido], que constituyó el único éxito indiscutible de público en toda la carrera del comediógrafo; la obra presenta el caso de la mujer que en su ancianidad revive las ansias juveniles del amor. La inevitable comicidad de la aventura se tiñe en la representación de un sentimentalismo patético, altamente emotivo. En 1916 estrena Damia Rocabruna, el bandoler [Damián Rocabruna, el bandolero], comedia basada en elementos históricos y legendarios, sacados de las vidas de dos bandoleros catalanes: Pere Roca Guinarda y Joan de Serrallonga.
Entre 1920 y 1330, Pous i Pagés se convierte finalmente en uno de los autores más considerables de la escena catalana, tanto por la regularidad como por el elevado nivel literario de su aportación. Durante aquel decenio, el dramaturgo hace desfilar por el escenario del Teatro Novedades, de Barcelona: La mel i les mosques [La miel y las moscas], farsa ochocentista, con ecos molierescos, pero profundamente catalana por su espíritu; Rei i senyor [Rey y señor], tragedia rural protagonizada por el hacendado Andreu Reixac, contrafigura del Mateu Fraginals, padre del héroe de la novela del mismo autor (v. Vida y muerte de Jordi Fraginals); Flacs naixem, flacs vivim [Flacos nacemos, flacos vivimos], cuyo personaje central ofrece no pocas similitudes con el entonces futuro Topaze de Marcel Pagnol; Papallones [Mariposas], comedia del hombre enamoradizo e impertinente; No tan sois de pa viu l’home [No sólo de pan vive el hombre] y Quan passava la tragèdia [Cuando pasaba la tragedia], piezas en las que los problemas suscitados por la riqueza adquirida o perdida al azar de las grandes convulsiones sociales y económicas, hallan momentos dramáticos o cómicos de gran fuerza escénica; viene luego Primera volada [Primer vuelo], melancólicos cuadros evocadores del despertar sentimental de la juventud, obra que contrasta con la que le sigue, Tardania [Fruto tardío], en la que se plantea el caso de unos amores crepusculares.
La serie se cierra, tras unos años de mutismo, con Puput, o el joc de l’amor i l’interés [Puput, o el juego del amor y del interés], delicado «scherzo» de la indecisa adolescencia moderna; Maria Lluisa i els seus pretendents [María Luisa y sus pretendientes], pintura de la mujer de nuestros días, enérgica y capaz de imponer su voluntad al hombre a quien ama y necesita; y Vivim a les palpentes [Andamos a tientas], última de sus obras teatrales, estrenada en 1930. Es un aguafuerte de una existencia vencida, amarga pugna de sacrificios entre padre e hija, cuyo protagonista, en medio de la extrema miseria y el más terrible desamparo, nunca llega a desprenderse de un halo de insobornable fe en la humanidad. Esta obra acre y dura, muy distinta de las que la habían precedido, desconcertó al público y no fue debidamente apreciada.
En conjunto la producción dramática de Pous i Pagés constituye un considerable esfuerzo por la modernización del teatro catalán en un momento de crisis y renovación de temas y gustos. Digamos también que este autor fue uno de los primeros en incorporar a la escena de su país un lenguaje que, sin dejar de ser vivo, aspiraba a una mayor dignidad y pureza, siguiendo la corriente que reglamentó y depuró definitivamente una lengua renacida a la vida literaria a mediados del pasado siglo.
J. Oliver

