Oratorio en dos partes para solistas, coro y orquesta, basado en un fragmento de la Sagrada Escritura, de Félix Mendelssohn – Bartholdy (1809-1847), compuesto entre los años 1834 y 1835, y estrenado en Düsseldorf en 1836.
El asunto está inspirado en el martirio de San Esteban (primera parte) y en la consiguiente vocación de San Pablo. Para hacerse cargo de ciertos elementos estilísticos de esta obra que se refieren evidentemente ‘a la musicalidad de Bach y en especial a la de las Pasiones (v. Pasión según San Juan y Pasión según San Mateo), debe tenerse presente que Mendelssohn fue el primer activo animador del renacimiento de Bach, que el mundo, hasta la propia alemania, había sepultado en injusto olvido.
La asidua familiaridad de Mendelssohn con la música de Bach ha dejado las más tenaces huellas en su arte: la «pietas», el sentido religioso que informa una parte de su obra, y todo un conjunto de elementos de estilo y de gusto que a cada paso encontramos en sus obras, aun en aquellas cuya inspiración no tiene ninguna referencia religiosa.
Pero la gran sorpresa del renacimiento de Bach en Alemania había de ocurrir en 1829 con la ejecución de la Pasión según San Mateo, al cumplirse un siglo exacto de su composición (1729). El animador infatigable y director de esta memorable ejecución, que reveló de improviso la grandeza de esta obra maestra, fue Mendelssohn, que tenía entonces veinte años.
Esta realización del sueño que él iba alimentando hacía ya algunos años, tiene sus raíces en una atracción de orden estrictamente estilístico que ejercía sobre él la inmensa personalidad de Bach. El oratorio Paulus está comprendido en este conjunto de relaciones establecidas entre los dos compositores alemanes, del cual recibe una luz que nos ayuda a comprenderlo.
El Paulus está construido, en lo referente a la arquitectura normal, según el corte del oratorio de Bach. Pero la fuerza de los inmortales modelos ha actuado hasta en los más estrictos términos del lenguaje musical en que la obra de Mendelssohn se concreta, y tenemos momentos en los cuales la fantasía del músico no llega a romper los vínculos de una imitación demasiado impersonal, como en los dos corales «Allein Got in der Hóh’sei Ehr» y «Dir Herr, dir will ich mich ergeben».
Pero en los pasajes en que la fantasía de Mendelssohn adquiere auge, sentimos que un calor nuevo reaviva una tradición lingüística a la cual el músico había lanzado ‘ un puente que sobrepasaba y prescindía de los resultados de cincuenta años de historia musical alemana, es decir, de figuras como las de Haydn, Mozart, Beethoven, Weber y Schubert.
Este injerto en la experiencia musical de Bach, que resulta esencialmente de un conjunto de razones más culturales que otra cosa, llevó tal vez por falso camino la personalidad musical de Mendelssohn. Para él, el sentido religioso tenía una tranquilidad conformista que explica cómo pudo fácilmente refugiarse en el seno del último, más grandioso y más evidente testimonio de música sagrada, en el orden histórico más próximo aunque ya separada de él por el siglo XVIII, representado por Haydn, Mozart y el naciente romanticismo de Beethoven y de Weber.
Y he aquí, entonces, este oratorio asumiendo un tono a veces artificioso y frío y mostrándose, en su conjunto, recorrido por cierta superficialidad y por una especie de estetizante indiferencia de sentimiento; aquel sentimiento religioso que fue sincero en el Mendelssohn hombre, no tuvo, sin embargo, tanto calor que pudiera formarse un lenguaje que no fuese de reflejo.
Dentro de estos límites el Paulus es una obra llena de hechizo musical, de un gusto artístico nobilísimo, animado por un soplo de poesía que, si raramente se resuelve en una gran página de música, lo mantiene de todos modos en un tono de tal discreción que nos obliga a mirarlo todavía hoy como obra viviente.
A. Mantelli

