Odas, Alceo

Los literatos alejandrinos conocían por lo menos diez libros de las canciones de Alceo. Horacio las tuvo presen­tes en sus Odas (v.), y grande fue la fama del poeta de Lesbos en toda la Antigüedad, pero su obra está para nosotros, podríamos decir, perdida, porque son escasos y breves los fragmentos de ella que nos quedan.

Alceo representó en la poesía griega una forma particular, la mélica monótica, o lírica en sentido estricto; esto es, una poesía en que las palabras estaban ligadas a la música, des­tinada al canto individual, como se usaba’ especialmente en los convites. Alceo vivió en Mitilene, en la isla eólica de Lesbos, entre los siglos VII y V (a. de C.); con­temporáneo y conciudadano de Safo, Alceo, de noble nacimiento, llevó una vida agi­tada entre las luchas políticas que ardían en su tierra, y combatió en las filas del par­tido aristocrático contra los tiranos que se encumbraban haciendo estribo del pueblo.

Desterrado por uno de ellos, prorrumpió, a su muerte, en aquel grito famoso conocido también por la imitación de Horacio: “Aho­ra es menester embriagarse y beber a todo pasto, ahora que Mirsilo ha muerto» (fr. 39). Su temperamento ardiente, belicoso, se re­vela con energía en la descripción nítida, reluciente de una sala de armas (54). Los tumultos civiles hallan una expresión de vigorosa evidencia en la alegoría de la nave combatida por las olas (46 A).

Pero la ins­piración de Alceo no se agota en el campo político. En la alegría de los banquetes sus canciones celebran los goces de la vida, del vino, del amor. Los temas personales, las alu­siones a sucesos de su propia vida y a las personas conocidas se enlazan con las con­sideraciones genéricas acerca de la breve­dad de la existencia, de la caducidad de los placeres, de la conveniencia de gozar mien­tras quedan con fuerzas y tiempo: «Llueve, desde el cielo la tempestad arrecia, los ríos están helados…; echa al invierno acumu­lando leña en la lumbre y escanciando sin parquedad el vino dulce…» (90). Alceo es­cribe en el dialecto eólico, valiéndose de varios metros, entre los cuales el más co­nocido es el alcaico, que toma nombre de él.

En el breve ágil giro de las estrofas líricas, las palabras adquieren singular re­lieve, color, fuerza expresiva, y las imá­genes evocan en breves rasgos sintéticos, definitivos, estados de ánimo o visiones na­turales. Una personalidad robusta, sincera, dispuesta tanto al furor del odio como a la dulzura del abandono sentimental, llena los versos y crea un acento poético, cuyo eco persiste vivo e inconfundible aún hoy en los pocos residuos que han llegado hasta nos­otros.

A. Brambilla