Odas Barbaras, Giosue Carducci

 [Odi barbare]. En el volumen completo de las poesías de Giosue Carducci (1835-1907) estas odas están agru­padas en dos libros, pero aparecieron origi­nariamente en tres fechas: las primeras Odas bárbaras, en 1877; las Nuevas Odas bárbaras, en 1882; las Terceras Odas bárba­ras, en 1889.

La razón del título la dio el propio Carducci al decir que las había titu­lado así porque como bárbaras «sonarían a los oídos de los griegos y de los romanos, aunque quiso componerlas en las formas líricas de la métrica clásica, y porque como tales sonarán también a muchos italianos, aunque estén compuestas y armonizadas con versos y con acentos italianos».

Las Odas bárbaras habían de ser, en intención de Carducci, a la vez una revolución y una restauración: una revolución por cuanto afirman el orgulloso distanciamiento de la vieja poesía (y aquí radica su acentuación humanista y antirromántica); una restaura­ción, porque el poeta, rechazando algunos esquemas rítmicos y musicales de la poesía moderna, afirma restablecer, a través de ejemplos de la poesía bárbara italiana y europea, los modos, ritmos y esquemas de la poesía clásica.

Audaz tentativa a la que sólo una profunda y sentida educación lite­raria podía hacer susceptible de poesía, y que fue objeto a la vez de admiración y de encarnizados debates. Desde el punto de vista técnico, claro es que Carducci no po­día abandonar el principio acentual propio de toda lírica moderna, fundado en la coin­cidencia de los acentos tónicos y rítmicos; pero logró reproducir felizmente la estruc­tura rítmica del verso latino, leído con cri­terio acentual de modo que ambos acentos coincidiesen, aunque conservando un leve margen de artificiosidad, que es el necesario colorido literario de esta experiencia mé­trica.

Naturalmente que el acierto no es siempre igual, y algunos metros resultan más bien ingratos; los de mayor rendi­miento lírico son el alcaico, ligero, arrojado y vibrante («En el aniversario de la fun­dación de Roma», «A la victoria», etc.); el  sáfico, grave, musculoso y solemne («A las fuentes del Clitumno»); el asclepiadeo, el verso más apolíneo y de un elegantísimo rendimiento musical («Fantasía», «En el Adda»); el yámbico («Canto de marzo», «De Desenzano»).

Más desigual es el rendi­miento del dístico elegiaco, a veces riguroso, pero mórbidamente vibrante de temblores matutinos y sensuales en «A la Aurora»; amplio, solemne y arrojándose hacia los grandes espacios* en «Roma»; envuelto en un silencio mortal y apagado por un soplo de religioso asombro en «Mors». Pero lo más importante es que Carducci abandonó las rancias y pesadas simetrías musicales de los románticos, renunció a la rima, acentuó la exigencia de la construcción y de la estructura en poesía, abolió el ritmo y la estructura cerrada, ampliando el organismo lógico rítmico de las estrofas, dio valor rít­mico a las pausas, logrando una admirable alternancia y fusión de elegancia musical y manejo plástico.

La disolución de los rígi­dos esquemas tradicionales comenzó en las Odas bárbaras de Carducci; y en ello ha de verse su significado revolucionario. Las Odas bárbaras son el Olimpo de la poesía carducciana, que domina incontestablemente el panorama de la poesía italiana entre 1877 y 1890. Si los motivos de la poesía de Car­ducci son sustancialmente iguales en las Odas nuevas (v.) y en las Odas bárbaras, en estas últimas se componen en un temple más elevado y solemne, más tranquilo y transparente, que informa tanto al mundo íntimo como a la idealidad moral y cultu­ral del poeta y a su sentimiento de la vida y del mundo.

En este clima de serenidad apolínea o delicadamente melancólica en­tran «Ideal», «Ruit Hora», «Sol de invierno», «Primavera», «Fantasía». También el épico y robusto evocador de «Faida de Comune» y de la Canción de Legnano (v.) se pre­senta como poeta de la conciliación nacio­nal, como intérprete oficioso de los senti­mientos de su generación, como conciliador de la Italia Nueva con la Antigua; de aquí la actitud ritual y la fraseología doctamente encomiástica y casi impersonal de algunas de las más notables odas cívicas, tales como «En el aniversario de la fundación de Roma» y «A la Victoria», y la solemnidad evocadora de «A las fuentes del Citumno»; piezas todas en las cuales el culto a la historia nacional reviste la solemnidad de un rito religioso, en el que lo moderno se funde con lo antiguo.

Pero no menos im­portantes que las odas cívicas son las odas vibrantes de espíritu pánico y naturalista, en las que Carducci no sólo hace confluir los motivos más elevados de su poesía, sino que da voz poética a toda una dirección de la literatura y del arte de su tiempo, y en este sentido preludia el florecimiento liricopánico de D’Annunzio en Alción (v.). Del silencio pánico recogido en torno a la campaña de Pan en «Ante San Guido» a la oda «A Alejandro de Ancona», al paso inicial de la primavera dórica en los dísticos de «A la Aurora», «La Madre» y «Fuera de la Cartuja de Bolonia», hay toda una cele­bración de un universo transido de temblo­res, tejido de imágenes, de abrazos, en el que cada cosa es un canto y una voz: «Los muertos dicen: coged las flores, que tam­bién ellas pasan;/adorad las estrellas, que no pasan jamás».

La poesía de amor se convierte así en celebración de la humani­dad que ama y se renueva perennemente, en el canto de la vida que triunfa sobre la muerte; y el sentimiento de amor abandona la penumbra de los salones, se libera de oscuridades trágicas y de contaminaciones satánicas y cerebrales para iluminarse con el triunfo solar de la gran vida del universo. Éste es el luminoso cielo de las Odas bár­baras, el triunfal mediodía de la madurez poética carducciana.

Toda esta motivación paniconaturalista que asoma más o menos episódicamente en las poesías anteriores a las Odas bárbaras, alcanza su cumbre lírica en el famoso «Canto de Marzo», en el que la animación de la naturaleza, toda temblo­res genesíacos, líricamente introducida por la fuerte imagen de la embarazada, «cual una embarazada sobre la que desciende lán­guida/lánguida la sombra del sopor y la ocupa toda… así es la tierra», se desenvuelve en un canto de amor entonado por el coro multívoco de los elementos, canto de amor y de vida, de dolor y de alegría, de sueños y de esperanzas: «Inclinaos al trabajo, fuer­tes humeros; escudaos en el amor, corazones jóvenes;/empeñaos en vuestros sueños, alas del alma;/irrumpid en la lucha, turbios de­seos,/lo que fue volverá de nuevo y volverá por los siglos».

Con las Odas bárbaras, Car­ducci alcanzó la más alta afirmación de su propia personalidad artística en el complejo mundo de la cultura en la segunda mitad del. siglo XIX; período de reacción contra el último romanticismo, de afinamiento hu­manista del gusto y de renovación cultural, de fecunda toma de contactos entre la cultu­ra italiana y la europea, y de coordinación política y social.

Las Odas bárbaras domi­nan precisamente el centro de este panora­ma historicocultural, y constituyen la reno­vación misma en acción, efectuada sobre la base de una readquisición orgánica e ilumi­nada de los elementos más elevados y fe­cundos de la tradición literaria italiana, la antigua y la reciente, la humanística y, para decirlo todo, la más sanamente romántica.

D. Mattalia

Carducci no es propiamente poeta. Mu­cha doctrina, pero poesía, no. (Mommsen) Carducci quiere hacer sus reformas a base de alcaicos y de asclepiadeos; yo quiero lograrlo estudiando las ciencias naturales… Veremos quién de los dos tiene razón. (Rapisardi)

En las formas horaciánas de las Odas bár­baras revive el genio de la musa clásica y se crea una atmósfera particular, en la que las dificultades de un arte sabio ayudan al vigor del pensamiento. (De Nolhac)