Octavio, Minucio Félix

[Octavius]. Diálogo apologético de Minucio Félix, autor casi con seguridad de origen africano, que probablemente vivió en la primera mitad del siglo III. El diá­logo, escrito según las reglas de la retórica, comprende, además de un prólogo que sirve para encuadrarlo, una acusación detallada y una cálida defensa del Cristianismo, y acaba con un breve epílogo.

El autor es al mismo tiempo interlocutor, y actúa de juez en la controversia que surge entre dos ami­gos, el pagano Cecilio y el cristiano Octa­vio. Pero sólo interviene para regocijarse del resultado de la discusión, con ambos amigos: con Cecilio, porque tras haber sido convencido por Octavio, ha conocido la ver­dad, y con Octavio por el calor que ha puesto en su defensa.

El diálogo tiene como escenario la playa de Ostia; la ocasión la ofrece un acto de homenaje que Cecilio realiza ante una estatua de Serapis; la viva­cidad de la introducción, el tono conmo­vido y sincero de algunos rasgos, el rea­lismo de ciertos detalles, como, por ejemplo, la descripción de los niños que desde la playa lanzan piedras haciéndolas deslizar o rebotar sobre el agua, dan al diálogo la vivacidad de un episodio vivido.

Las acu­saciones que Cecilio dirige contra los cris­tianos son las acostumbradas: en general salidos de la plebe, sin cultura ni autoridad, pretenden haber hallado una verdad que varios siglos de especulación filosófica no fueron capaces de descubrir y, basándose en ella, se oponen con energía a la religión tradicional, la que ha convertido a Roma en una potencia mundial, y que resulta aceptable, eso en el peor de los casos, por la uni­versal concordia de sus seguidores.

Los cris­tianos no participan en las ceremonias pú­blicas, ni en las fiestas, ni en los sacrificios, mientras que secretamente se entregan a prácticas misteriosas, a orgías e incestos, a banquetes en los que se consume carne humana; esperan en la felicidad futura, en la eternidad, en la resurrección y no se dan cuenta de los dolores y vicisitudes a los que su Dios los somete actualmente.

Octa­vio responde punto por punto a la extensa requisitoria de Cecilio, y le demuestra que se contradice, afirmando que nada puede conocerse con seguridad, al mismo tiempo que se declara acérrimo defensor de las opiniones tradicionales. La revelación puede dar a conocer la verdad incluso a los indi­viduos sencillos, quienes, siguiendo esa verdad saben organizar sabiamente su vida y se elevan por encima de las supersticio­nes- populares divulgadas por los artistas y por los poetas.

La idolatría, las persecu­ciones, las falsedades de todo género, in­ventadas contra los cristianos, todo son obra del demonio, cuya fuerza sólo puede ser vencida por la virtud, de la cual los cristianos, y cada día más y más, son los mejores sostenedores. Finalmente, todas sus doctrinas pueden resistir al más profundo examen de la razón, representan el mejor resultado de cualquier investigación filosó­fica, en cuanto enseñan, a quienes las si­guen, no sólo a hablar sino incluso a vivir virtuosamente, según los preceptos de la verdadera religión.

Para quien lo examina atentamente, el Octavio de ningún modo resulta original, pero revela la influencia de distintos escritos, desde los diálogos de Cice­rón a las apologías cristianas de la época, aunque en realidad se distingue de éstas por el hecho de que deja de lado todo lo que sea puro dogma y nunca se basa en pasajes de la Escritura, ni en la autoridad de Jesucristo.

En efecto, la obra no fue escrita ni para los cristianos ni para el pueblo, sino que se dirige al reducido círculo de los literatos y de los filósofos, para los cuales resulta muy adecuada por su refinamiento moral, por su retórica quizás algo amanerada, por la erudición que se aprecia en algunos pasajes.

El fin de Minucio Félix era precisamente evitar todo lo que fuese puro dominio de la fe y hacer que la nueva religión fuese en todo accesible y aceptable a los filósofos y a los retóricos paganos. Su habilidad estriba en haber sabido dar unidad a elementos dispares procedentes de fuentes muy variadas, logrando escribir una obra armoniosa y atractiva. También el estilo., sometido a influencias distintas y a menudo contradictorias, desde Cicerón a Séneca y Apuleyo, tiene una elegancia especial.

El Octavio presenta muchos rasgos, generales y particulares, comunes con el Apologético (v.) de Tertuliano; ha sido muy discutida y complicada la cuestión de a cuál de las dos obras debe asignarse la prioridad, aun­que actualmente existe la tendencia a creer que el Octavio es no sólo posterior, sino in­cluso que deriva del Apologético.

E. Pasini

El libro llamado Octavio nos muestra cuán hábil presentador de la verdad habría podido ser Minucio Félix si se hubiese de- dicado por completo a este estudio. (Casiodoro)