Obras Poéticas, Juan Nicasio Gallego

La pro­ducción poética del sacerdote español Juan Nicasio Gallego (1777-1853) está recogida en un breve volumen de este título, publi­cado después de su muerte (Madrid, 1854).

Aunque Gallego asistiera a la revolución romántica y derivaran del romanticismo sus mejores acentos (fue, entre otras cosas, traductor de Los novios, v., de Manzoni y de Ossian), su poesía fue rigurosamente neoclásica, muy próxima a la de Quintana, que fue su modelo literario. Un ímpetu y un acento completamente quintanianos tiene la oda heroica «A la defensa de Buenos Aires» (1807), donde junto al dominio del ritmo se observa la afición realista por los deta­lles que es la nota personal de Gallego.

Una elocuencia comprimida y subyugadora tiene también la elegía «El Dos de Mayo» (1808), que exalta la famosa sublevación popular contra los franceses y encuentra también sus mejores momentos en los ras­gos descriptivos del carácter realista. Casi completamente libre de esquemas retóricos y de aparato mitológico es la elegía «A la muerte de la Duquesa de Frías», de incon­fundible tono romántico. De inspiración académica pero de gran pureza formal son los sonetos «A Quintana etc.» «A la memoria de Garcilaso», «A Judas» (que recuerda los sonetos análogos del italiano Monti) y «Los hoyuelos de Lesbia», que es el mejor.

Las poesías religiosas y amorosas se mantienen en un tono completamente retórico, sin estar sostenidas por un sentimiento real. Una inspiración completamente literaria, pero sincera, revelan las «Anacreónticas», de discreta musicalidad, que recuerdan los motivos análogos de Meléndez Valdés. Se distingue por su color y habilidad narrati­va el poema breve «El conde de Saldaña», que imita los romances clásicos sobre la leyenda de Bernardo del Carpió (v.). Poeta de una cultura completamente formularia y literaria, que sólo en ciertos momentos logra escapar de los moldes tradicionales, Gallego ocupa, sin embargo, un lugar en la poesía española por su pleno dominio del ritmo y la elegancia y pureza del len­guaje.

C. Capasso