Francisco de Figueroa (1536-1617?), a imitación de Virgilio, mandó que destruyeran sus obras, y algunas pocas se salvaron gracias a don Antonio de Toledo, señor de Pozuelo, y las editó Luis Tribaldos de Toledo en Lisboa en 1626, siendo reeditadas en Madrid en 1785 por don Ramón Fernández.
Empleaba Figueroa el nombre pastoril de Tirsi, con el que le introduce Cervantes en La Galatea (v.), y sus canciones iban dedicadas a Fili. Entre sus contemporáneos alcanzó el apelativo de divino. Era entusiasta de los metros italianos, que dominó a la perfección, llegando a escribir composiciones en que alternan versos toscanos con los nuestros; por ejemplo; la epístola en tercetos a su amigo el marqués de Montesclaros.
Imitó a Girolamo Parabosco, como lo hiciera Barahona de Soto. Compuso el epitafio del cardenal don Diego de Espinosa, obispo de Sigüenza, presidente del Consejo Real. Descolló en las composiciones amatorias, al modo pastoril, e imita a Garcilaso, sobre todo en el lamentar de Nemoroso.
Citemos la égloga «Tirsi, pastor del más famoso río», en verso suelto, perfectamente manejado ya; la canción de las quejas de Albino, privado del amor de Delia, y sobre todo, la canción en liras de «Los amores de Damón y Galatea». Damón (¿Pedro Laínez?) dice a su amada que ha de ausentarse para ver a sus parientes. Ella se queja y pide la muerte antes que la ausencia. El pastor, vencido por el llanto de Galatea, desiste del viaje.
Imitando a Horacio escribió una canción que se recuerda leyendo «A la barquilla» de Lope de Vega: «Cuitada navecilla,/por mil partes hendida,/y por otras dos mil rota y cascada,/tirada ya a la orilla/como cosa perdida,/y aun de tus mismos dueños olvidada…».
Entre los muchos sonetos suyos que se conservan, merecen especial mención el dedicado «A los ojos de Fili», que justifica el nombre de divino dado a su autor. Francisco de Figueroa escribió a su amigo Ambrosio de Morales (1560) una curiosa carta sobre el Hablar y pronunciar en castellano.
C. Conde

