Reunimos bajo este título las siguientes publicaciones de Federigo Enriques (1871-1946), todas publicadas en Bolonia: Problemas de la ciencia, 1.a ed., 1906; 2.a ed., 1910 (trad. alem. de K. Grelling en dos tomos, Leipzig, 1910); Ciencia y racionalismo (1912); Para la historia de la Lógica.
Los principios y el orden de la ciencia en el concepto de los pensadores matemáticos (1922); Historia del pensamiento científico, vol. I: El mundo antiguo (en colaboración con G. de Santillana, 1932); Compendio de historia del pensamiento científico desde la antigüedad hasta los tiempos modernos (1937, en colaboración con G. de Santillana); Las matemáticas en la historia y en la cultura, lecciones publicadas por Attilio Frajese (1938); La teoría del conocimiento científico desde Kant hasta nuestros días (París, 1938); Causalidad y determinismo en la filosofía y en la historia de la ciencia (Roma, 1945; traducción de un escrito publicado en francés, París, 1941); a estas publicaciones hay que añadir algunas voces de la Enciclopedia Italiana; algunos artículos de «Scientia», del «Periodico di Matematiche», de la «Revue de Métaphysique et de Morale», y otros escritos enumerados en la bibliografía de S. Soldati, en «Periodico di Matematiche», 1931, págs. 172-186.
También se tendrían que consultar las obras matemáticas publicadas por Enriques y las publicadas bajo su dirección. Véase además el estudio de G. Gentile, en Ensayos críticos, serie 2.a (Florencia, 1927), págs. 77- 100, a propósito de los Problemas de la ciencia. Un juicio justo y penetrante sobre estas obras es muy difícil, ya que el autor, aunque percibiendo como pocos sabios la exigencia filosófica (también en sus clases de matemáticas se complacía en entrar en el campo de la filosofía), no tenía la necesaria simpatía para con los filósofos y sus problemas.
A su parecer, Hegel sufría de incapacidad para el raciocinio lógico, y todos los filósofos eran más o menos dignos de compasión por haberse extraviado en problemas ilusorios. Era una mentalidad parecida a la de Auguste Comte, al que recordaba con placer. En estas obras quiso reelaborar y hacer crítico el positivismo de Comte. Las ideas fundamentales de su positivismo crítico se encuentran expuestas, casi en forma definitiva, en los Problemas de la ciencia, que son el fruto de un trabajo madurado durante el decenio 1890- 1900 y precisado en los cinco años siguientes.
Enriques no admite lo incognoscible, aun admitiendo que muchas cosas, incluso fundamentales, todavía no se conocen, y planteando los problemas filosóficos de manera que su solución sea imposible. A su parecer, el Positivismo (v.) corriente concede poco, demasiado poco a la metafísica, pues pretende que la metafísica es ciencia de lo absoluto, más allá de la realidad física, y que este absoluto es incognoscible y vana por tanto la supuesta ciencia que a él se refiere. Hay que sostener, en cambio, que lo absoluto es un símbolo desprovisto de sentido, y entonces es inadmisible la metafísica, pues carece de un objeto propio.
Sin embargo, la metafísica no se limita a combinar símbolos desprovistos de significado, referidos a algo trascendental, sino que «trata de representar su objeto por medio de imágenes, que tienen un significado concreto». El éter, los fluidos y parecidas entidades representan imágenes de cosas reales. En este sentido una ontología es un modelo subjetivo, cuyos elementos son sacados de la realidad y se combinan de modo que expliquen cierto orden de conocimientos, según un punto de vista que se considera universal.
La condena de Comte contra los fluidos imaginados por los físicos, se justifica en cuanto se pretenda dar a los fluidos el valor de conocimientos objetivos; pero estos entes y las teorías respectivas, a pesar de su carácter metafísico, tienen -valor como representaciones psicológicas en el proceso genético de la ciencia. El átomo, por ejemplo, o mejor dicho el electrón, puesto que se considera indivisible, choca contra unas dificultades quizás insuperables, y precisamente por esto hay que considerarlo como una hipótesis subjetiva.
Eliminando de un corpúsculo los atributos concretos inherentes a su imagen, se reduce a un símbolo; de manera que el valor lógico de una teoría depende de la correspondencia que es conveniente establecer entre los símbolos que contiene y la realidad que se quiere representar. La realidad positiva de una teoría no es más que su capacidad de adaptación a los hechos, de los que da el modelo.
Evidentemente esta posición sí puede contentar al sabio que no se interesa por el problema filosófico propiamente dicho, o sea el del último porqué de la realidad, pero no al filósofo. Tampoco se puede sostener que el concepto de absoluto esté desprovisto de sentido. El filósofo contestará que, por el contrario, es injustificable y absurda esta afirmación, si no por otra cosa, porque cualquier juicio, por nihilista que sea, implica la fe en la verdad del juicio mismo. En otros términos, negar lo absoluto significa solamente negar que lo absoluto es uno de los objetos de nuestro pensamiento o algo que está detrás o antes o después de los objetos, admitiendo a la vez el carácter absoluto del pensamiento.
En el fondo, la verdadera exigencia filosófica de Enriques es precisamente ésta, que él no llegó a satisfacer y que con frecuencia no hizo más que eludir. Para él lo absoluto no puede ser otra cosa que la ciencia^ en su movimiento inagotable. No alcanzó este punto de vista, que ambicionó con firmeza de ánimo durante toda su vida, ya que no pudo comprender lo que hay de verdaderamente nuevo y vital en Kant, Hegel, Marx, Spaventa, Croce, Gentile, quedando en parte aprisionado en la antigua metafísica de la que creía haberse liberado para siempre.
La verdad se le presentaba como un proceso de aproximaciones sucesivas; y por tanto acababa por postular, por lo menos implícitamente, como una necesidad lógica, una ciencia exacta o perfecta que estuviera más allá de la ciencia de los hombres, siempre aproximada. Por este motivo acababa por caer en un relativismo, que en él asumía un simpático carácter humano. Significativa es, a este propósito, la conclusión de Ciencia y racionalismo.
Tras decir que el trágico destino del hombre parece ser el de hacer «brotar odio y amor de la misma planta del ideal» y reconocer que el error consiste en establecer la aspiración al Bien en una forma absoluta (es decir, confundir lo particular con lo universal, eterno origen de todos los dogmatismos y fanatismos), Enriques dice: «Si la filosofía no puede terminar prácticamente el conflicto, señala, sin embargo, el término de éste conforme al ideal de la razón. Quien es consciente de la relatividad del conocimiento y de la distinción entre lo acertado y lo supuesto, acepta como suposiciones o aspiraciones de verdades todas las creencias.
De aquí una mayor simpatía que se abstiene de coartar las libres imágenes de la fantasía creadora, con las cuales todo el mundo embellece su propia vida íntima, estimulando las energías de la acción». En este pasaje, que no es ni único ni accidental, se puede ver una tentativa de superación del relativismo mediante el arte. Se trata sin embargo de un concepto más bien vago y oscuro, y no de una razonada fe en el arte como órgano de lo absoluto.
Tampoco la afirmación final del Compendio, de que el Racionalismo y el Historicismo se componen y superan en el concepto histórico de la ciencia, hay que forzarla en sentido idealista, ya que Enriques había repetido poco antes que la ciencia es progreso hacia un conocimiento cada vez más amplio y aproximado. El autor sintió siempre repugnancia por la dialéctica, en el sentido hegeliano o gentiliano, aunque durante los últimos años recibió estímulos de Gentile. Para él, en el idealismo lo único positivamente fecundo es el concepto de la evolución.
El Racionalismo y el Historicismo realizan progresivamente en esta Tierra el reino de los cielos, que para el filósofo no es más que el reino de la Razón. Sería un error considerar estas obras de Enriques como obras de pura filosofía. No hay que olvidar que Federigo Enriques es un matemático original, culto, de visión amplia; y en estos escritos de filosofía e historia de la ciencia dio lo mejor de sí como hombre de ciencia.
S. Timpanaro

