El Oblato, Joris Karl Huysmans

[L’Oblat]. Novela del es­critor francés, de origen holandés, Joris Karl Huysmans (1848-1907), publicada en 1903.

Continuando la débil trama de En ruta (v.) y de La Catedral (v.), presenta al cincuentón escritor Durtal, que, hechi­zado por la vida religiosa y por sus aspi­raciones místicas, intenta vivir en abadías y monasterios, con el propósito de encontrar un tipo de vida que responda plenamente a su espíritu.

Su delicada inquietud, enamo­rada de los esplendores artísticos y de la solemnidad de la liturgia, no se aviene fá­cilmente con la regla áspera y dura de los cistercienses, y será una regla más sua­ve, si bien igualmente conforme a los pre­ceptos del Evangelio y de San Benito, la que hará que aquella alma acostumbrada a la vida mundana, reconozca la belleza del ideal religioso.

Durtal pasa, pues, de los trapenses, los inflexibles «monjes blancos», a la abadía de Solesmes, «monjes negros», más amables y estudiosos, y realmente en­tregados al encanto de la naturaleza y a la voz del pasado.

Va, pues, a su nuevo mo­nasterio; y allí se encuentra tan bien que, a pesar de no continuar su obra de investi­gador y erudito, siente que la nueva vida responde a sus sueños de tranquilidad. La amistad con el piadoso abad Gévresin (v. La Catedral) le da ánimos; en la nueva abadía conoce monjes estudiosos, fielmente apega­dos a su vida de humildes siervos de Dios, y corazones fuertes para la defensa de la Iglesia.

La abadía, con su espléndida histo­ria, fascina a Durtal, que, vencidas sus úl­timas dudas, se hace oblato y participa de la vida de los religiosos. Pero a causa del decreto que expulsa de Francia a las con­gregaciones religiosas, el superior de la abadía, el reverendísimo Dom Anthime Bernard, parte para Bélgica con los hermanos.

Durtal, que se queda en la abadía con el único religioso que permite la ley y con algunos fieles, pasa por el dolor de ver de­rrumbarse un mundo de imágenes y de fausto, y vislumbra su inextinguible valor. No obstante, tal vez será necesario que vuelva a París a reanudar una de sus ex­periencias, ahora que la abadía está vacía y el mundo va arruinándose en la lucha contra la Iglesia y sus ideales.

La trama de la novela no es más que un nuevo pretexto para describir con abundancia de detalles históricos y eruditos la vida de las antiguas congregaciones y el arte de las abadías. Pero la narración se presenta tan estratifi­cada que, aunque sea interesante por el estudio y la descripción de la vida medie­val, no alcanza una gran categoría artística.

El mismo sentimiento religioso de Durtal está basado, como en los libros precedentes, en un misticismo literario y tranquilo, y atestigua el diletantismo, desagradablemen­te polémico y rencoroso, con que Huys­mans justificó su abandono del naturalismo por una posición reaccionaria de escritor confesional estetizante.

C. Cordié