El Obispo Leproso, Gabriel Miró

Novela del es­critor español Gabriel Miró (1879-1930), pu­blicada en 1925. Puede decirse que es la segunda parte de Nuestro Padre San Da­niel (v.), esto es, el segundo tiempo de la pequeña epopeya sagrada y profana de Oleza (Orihuela).

Mientras el santo obispo de la pequeña ciudad se aísla cada vez más en el antiguo palacio episcopal, afectado por una extraña enfermedad de la piel, la vida continúa en la ciudad con su acostum­brado ritmo tranquilo y compungido que da a sus habitantes una apariencia de figu­ritas de un nacimiento mecánico.

Paulina, prisionera de su esposo y de su terrible cuñada, ya no tiene fuerzas ni para pensar en su propia liberación, pero ve su soña­dora sensualidad transmitirse a Pablo, su hijo, y dar vida, hacia el final de la novela, al extraño idilio de éste con María Fulgencia, único acontecimiento humano que en­noblece de modo natural la vida sin alma de la pequeña población.

Más todavía que en su anterior novela, Miró ofrece en ésta la plena medida de sus talentos de narrador, poético y malicioso a un mismo tiempo. El Obispo leproso es el poema de la sensuali­dad en tono menor, velada, sin que parezca obedecer a una idea preconcebida, por el místico y denso humo de los inciensos; y este juego, interesante y difícil, penetra todo su estilo, dando la sugestión de ambi­güedad a cada frase, a cada palabra.

A. R. Ferrarin

Buena o mala novela, la obra de Miró es un libro espléndido, reverberante, recama­do de luces y de imágenes, hasta el punto que casi ha de leerse con la mano en visera, amparando los ojos. (Ortega y Gasset)

A Miró no le interesa la acción efectista, que subyugue por sí misma al lector, la impresión de susto, curiosidad e intriga. Hace vivir a sus figuras en sus campos y en sus calles; y las alarga sin ademanes imperiosos, ni espera de soluciones vibran­tes en los recodos de los capítulos; surgen del ambiente y se esfuman en él. La belleza de la forma, del marco que las envuelve es lo que importa al novelista y lo que realiza con exquisita o deslumbrante belleza. (A. Valbuena Prat)