Novelas Cortas, Theodor Storm

[Novellen]. En la vida literaria de Theodor Storm (1817-1888) se alterna el cultivo de la poe­sía lírica con el de la novela corta. Sus primeras producciones de este tipo (Immensee, 1849) no pasan de ser desahogos líricos en prosa.

Por esta época, se observa una sensible evolución en el arte de la novela corta, donde pronto descollará nues­tro autor. Si, a partir de 1860, se registra en este terreno una tendencia a la exposición de conflictos reales, desde 1875, con Aquis Submersus, Storm crea el género de novela corta histórica, o sea el relato, pró­ximo a la novela, que tiende a reconstruir la atmósfera de una época. Citemos por orden cronológico Aquis submersus (1875), Carsten el Curador (1877), Renata (1877- 1878), Eekenhof (1879), El hijo del senador (1879-1880), Crónica de Grieshuus (1883- 1884) y El hombre del caballo blanco (1886- 1888).

Aquis Submersus le fue inspirada a su autor por la lectura del epitafio de un ni­ño enterrado en la iglesia de Dreelsdorf: «Aquis incuria servi submersus» [«ahogado por descuido de un criado»], texto que en la imaginación de Storm quedó transfor­mado así: «culpa patris aquis submersus» [«ahogado por culpa de su padre»]. Es la historia de un amor fatal, enmarcada en el Schleswig-Holstein del siglo XVII, prota­gonizada por un joven pintor y una mu­chacha noble a quienes separan las dife­rencias sociales.

Una noche, Katharina se convierte en la amante de Johannes. Cuan­do, más tarde, vuelven a encontrarse los antiguos amantes, Katharina está casada con un pastor y el niño concebido en aquella única noche de amor tiene cuatro años. En la emoción de su reencuentro con Johannes, Katharina se olvida momentá­neamente del niño y el pequeño se ahoga: «culpa patris aquis submersus». En esta extraordinaria novela corta, dominada de un extremo al otro por la presencia de la muerte, Storm, a través de sus descripcio­nes y de su estilo arcaico, hace revivir su tierra natal en el siglo XVII ayudado por sus lecturas de las viejas crónicas.

La atmósfera de la obra, en la que los retra­tos de Katharina, su hijo y el de la abuela que encarna la hostil fatalidad, parecen condensar para siempre los misteriosos des­tinos de los seres representados, recuerda las descripciones de Dinamarca y la pin­tura de los antepasados de los Cuadernos de Malte Laurids Brigge (v.) de Rilke. La infancia, el arte, el amor y la muerte se mezclan aquí con rara habilidad.

Por otra parte, Storm se acredita como un exce­lente artesano y su relato está construido minuciosamente, como un aparato de relo­jería. También Renata tiene por tema un conflicto de amor, pero esta vez entre el pastor creyente y la muchacha sospechosa de hechicería a comienzos del siglo XVIII, siglo de las «luces» y de la tolerancia. El pastor, sumido en este drama de conciencia, evolucionará hacia un espíritu más li­beral.

Ciertos críticos muestran sus pre­ferencias por este último relato, que con­sideran superior a Aquis submersus; no hay duda de que Renata contiene una admirable evocación de la landa melancólica — el «Wildes Moor», que Pitrou, tra­ductor de estas novelas cortas al francés, compara, por su papel en Renata, al coro de la antigua tragedia — y que el conflicto de conciencia se plantea con extraordinaria fuerza dramática. Eekenhof se inicia con estas palabras: «Le rodeaba una atmósfera de leyenda…» Y, efectivamente, el relato posee una tonalidad brumosa, llena de mis­terio.

También aquí la historia tiene por escenario el Schleswig del siglo XVII y se centra en Hennicke, un bruto feudal ca­sado en segundas nupcias con la señora Benedicte, arpía de ojos «sin cejas», que crea en torno del esposo una atmósfera de odio y de despego en la que se esfuerza en vivir Heilwig, la dulce muchacha nacida del primer matrimonio. En esta novelita, Storm nos ha descrito escenas extraordina­rias, entre ellas la del toro que Hennicke manda encerrar en un calabozo, en donde el animal muge su hambre noche y día hasta que Heilwig intercede.

El hombre del caballo blanco es el postrer homenaje de Storm al Schleswig, su muy amada tie­rra. Quizá sea esta obra la más emocionante de Storm. En ella se nos muestra como un gran cantor del mar, al mismo tiempo que un poeta de la vida humana, compa­rable al Jacobsen de Niels Lyhne (v.) y atento siempre a la eterna y misteriosa lu­cha del hombre frente a su Dios. Esta novela corta nos describe el mundo cómo fenómeno, como apariencia, reflejo, con. arreglo a lo que Storm llama «método sin­tomático» y, según el cual, los propios acontecimientos se transforman en símbo­los. Nada aparece inútil en su relato, en donde todo es singular y paradójico. Una profunda meditación sobre la vida le lleva constantemente a recordar las palabras de Goethe: «Todo lo transitorio es sólo un símbolo»