Nabucodonosor, Giovanni Battista Niccolini

[Nabucco]. Tragedia en cinco actos, en verso, de Giovanni Battista Niccolini (1782-1861), compuesta en 1815 y publicada en Londres en 1819. La censura prohibió durante largo tiempo su representación: todavía en 1845 tuvo que ser representada en la clandestinidad.

El protagonista es el padre del Nabucodonosor bíblico, inspirador de otras obras. Las po­cas noticias que de él tenemos permitieron a Niccolini evocar simbólicamente sus ha­zañas para aludir a los últimos momentos de la epopeya napoleónica. Según la clave dada por el mismo autor, Nabuco es, en efecto, Napoleón, su madre Vasti es Leti­cia, su mujer Ámiti es María Luisa, el gran sacerdote Mitranes es Pío VII, y así suce­sivamente.

Nabuco lucha contra Darío: su sueño es un ideal de imperio asiático, en­tendido como la más alta expresión de las posibilidades humanas. Pero es traicionado y vencido cerca del río Araxes (batalla de Leipzig). Retrocede, reúne a sus sátrapas para un último esfuerzo, y trata de llegar a un acuerdo con el gran sacerdote Mitra­nes, prisionero suyo; pero éste rechaza toda conciliación, ya que Nabuco no quiere re­conocer el poder concedido por Dios como superior al suyo, conquistado por las ar­mas, y los sátrapas,, afligidos por la muerte de sus hijos en la guerra, durante la re­unión (última reunión del cuerpo legisla­tivo) dan muestras de vacilación, mientras el valiente guerrero Arsaces (Carnot) opone a los ideales de Nabuco los derechos huma­nos de los pueblos. Sin embargo, Nabuco sigue combatiendo y, traicionado por su general Araspes (Marmont), es vencido una vez más.

Los enemigos entran en Babel (París) y Nabuco se echa en el Eufrates encomendando la venganza a su hijo. Se ex­presa aquí líricamente, con energía alfierana, el contraste entre un sueño imperial y un ideal de libre humanidad representa­dos por Nabuco y Arsaces: el primero me­rece admiración, el segundo arrastra el consentimiento. «En mí se odia al héroe, no al tirano», grita Nabuco; y Arsaces co­menta: «Este hombre no es tan grande cuanto yo quisiera, ni tan vil como se es­pera de un rey». Y estas dos posiciones quedan cada una de ellas justificada en sí misma, reunidas en ese único sentido lírico que concilia los opuestos y en el que se complacía el romanticismo clasicista de Niccolini.

U. Déttore

El fuego de su palabra, no templada en el arte sino en la acción, se apagó y es ceniza. (F. Flora)