Metafísica, Aristóteles

Colección de tratados filo­sóficos escritos en gran parte por Aristó­teles de Estagira (384-322 a. de C.). El título, cuya primera mención se remonta a la época de Augusto, sobreentendía la palabra «libros» , y significaba literalmente: «libros después de los de fí­sica»; pero ya desde entonces se quería aludir con aquella expresión al tema, que versó sobre el ser en cuanto tal, más allá de toda consideración física.

La Metafísica se compone de catorce libros, cuyo con­junto puede decirse que representa la Su­ma del saber aristotélico en el terreno de la «filosofía primera», recogida y ordenada por sus discípulos. A discípulos del filósofo se debe también la redacción o compila­ción mediante trozos de obras aristotélicas, de algún libro o parte de libro. El orden de composición puede con aproximación establecerse así: XIII 9-10, XIV, I, III, IV, VI, VII, VIII, IX, XIII 1-9, XII. El libro XI, debido a un compilador, parece resumir, en los capítulos 1 y 2, los libros I y III, y en los capítulos 3-8, los libros IV y VI; mien­tras la última parte contiene un extracto de la Física. Los libros II, V y X forman cada uno una parte completa. El libro primero, que no es tal, por lo tanto, en or­den a la composición, es una introducción en que Aristóteles comienza por distinguir los diversos grados del conocimiento. La forma más sencilla es el conocer y el sa­ber empírico que recoge de las experien­cias los datos de hecho propios para pro­porcionar materia a la especulación. Finalmente, la ciencia, que es investigación y deter­minación de lo universal. Entre las ciencias predomina la filosofía primera, que llamamos metafísica, la cual indaga las premisas causales de todo lo real.

Las cau­sas últimas de los seres son: la causa ma­terial, esto es, el sujeto substrato, que da cuerpo a las formas; la causa formal, que da a los varios seres su carácter particu­lar; la causa eficiente, o principio de movimiento; la causa final, a la que el mo­vimiento se dirige. Aristóteles examina des­pués las diversas conclusiones de los filó­sofos jónicos que le han precedido, desde el hilozoísmo de los jónicos al platonismo, cuyo error consiste, según Aristóteles, en haber establecido un dualismo inconcilia­ble, además de superfluo, entre las ideas inmóviles y eternas y el mundo transitorio que de ellas habría de sacar sus caracteres; por otra parte, lo estático de aquel sistema intelectual hace inexplicable el dinamismo del mundo de la experiencia. El libro se­gundo, que ya era considerado por los griegos apéndice del primero, no es sin duda de Aristóteles; tal vez fue redactado por Pasicles de Rodas, según apuntes to­mados en algunas lecciones de Aristóteles. Este libro trata la cuestión de si se puede alcanzar con el saber filosófico la verdad de las causas primeras; lo cual, según Aris­tóteles, es posible, puesto que todas las series de causas tienen un término último que el intelecto puede alcanzar. En cuanto al método del conocimiento filosófico, es adaptado a las posibilidades intelectuales de los discípulos.

El libro tercero pasa re­vista a los diversos problemas o aporías que los filósofos deben examinar en primer término, esto es: si la ciencia de las cau­sas es una sola; si corresponde también a la Metafísica el estudio de los principios lógicos, o si debe interesarse únicamente por éstos la Lógica; si hay una ciencia sola o muchas para las diversas sustancias; si la ciencia que estudia las sustancias debe estudiar también los accidentes; si los prin­cipios de las cosas son los géneros o los elementos constitutivos de ellos; si entre los géneros se han de entender como prin­cipios los más próximos al individuo o los más generales; si, además de la materia y el «sínolon» (conjunto de materia o for­ma), hay algo que en sí tenga valor de principio; si la unidad de los principios ’es numérica o específica; si los principios de las cosas corruptibles son los mismos; y si el Ser y el Uno son sustancias de las co­sas o sus predicados; si los entes matemáti­cos son sustancias o accidentes; si los prin­cipios están en potencia o en acto; si los principios son universales o individuales. En el cuarto libro, Aristóteles designa co­mo verdadero objeto del saber filosófico no sólo el ser en cuanto ser, sino también los axiomas indemostrables en los que se apo­ya todo procedimiento discursivo y que se reducen al «principio de no contradic­ción» (si A = A, no puede ser A = B). De éste deriva el otro llamado del «medio ex­cluso», o del tercio excluso (si A es di­verso de B no existe un tercer término, igual a A y a B).

El autor del libro quinto da una serie de definiciones referentes a la cuestión del ser, esto es, las de principio, de causa, de ser, de sustancia, de lo idéntico, de lo opuesto, etc. Con el li­bro sexto se entra propiamente en el pro­blema metafísico. Aristóteles comienza por enumerar las formas de realidad que per­tenecen a las diversas ciencias, indicando las ciencias prácticas como las que se ocu­pan de la realidad mudable sujeta al do­minio de la prudencia humana; las cien­cias poéticas las que comprenden y disciplinan las actividades constructivas del hombre; las teoréticas como las que inda­gan las leyes constantes de la realidad uni­versal^ y eterna, y que se diversifican en teología, física y matemática. Entre estas últimas la principal es la teología, que tra­ta del Ser necesario del que dependen todas las varias especies de realidad. Los li­bros séptimo y octavo tratan del concepto de sustancia, que Aristóteles concibe separado de las demás categorías, como prin­cipio formador y causa de todas, y siendo la condición particular que provoca la sín­tesis de ellas. La sustancia tiene tres espe­cies: la materia, la forma que la organiza, y la síntesis de ellas, que es la sustancia individuada. La forma, principio interior y organizador, que en cuanto vir­tud informante es también causa del de­venir corpóreo, en cuanto las varias pro­piedades y la multiplicidad activa de la materia se desarrollan por ella en deter­minada armonía, es lo que da unidad a la definición lógica. En el libro noveno está definido el concepto de polémica, del cual se origina el de acto, «energía» (cuando está en curso de actuación) o «entelequia» (si el fin es alcanzado).

Como nada se ori­gina de nada, debe existir una ley del de­venir de la realidad fenoménica, por la cual todo, antes de ser, debe existir en potencia en las causas que le darán actua­lidad. Y debe existir también un término fijo, un primer motor inmóvil, del cual se origine la corriente del devenir fenoméni­co, que es imperfecto y corruptible porque no tiene una existencia actual constante, sino que pasa de la potencia al acto. En cambio, el pensamiento es actividad per­fecta; en él coinciden energía y fin con­seguido, lo que no se puede decir de las demás actividades. El libro décimo es in­dependiente y trata de lo uno y lo múltiple, a que se reducen todas las diversas es­pecies de oposición. La unidad es un ca­rácter de lo real, pero no el más esencial, en cuanto es término general que no ex­plica las esencias particulares. En cuanto a las oposiciones, pueden ser contradicto­rias (cuando nacen de las diferencias de género) o contrarias (cuando nacen de las diferencias de especie de un mismo género). Toda oposición implica privación, que es contradictoria en el primer caso, contraria en el segundo. El libro undécimo es, en su primera parte, una sumaria recapitulación de libros precedentes (I, II, IV, VI): y aquí, entre otras cosas, es reafirmada la idea de Aristóteles de que no puede exis­tir lo infinito en acto, porque lo que está en acto está cumplido y por lo tanto es finito; lo infinito existe sólo como potencia indefinida susceptible de formas siempre nuevas. En la segunda parte, el libro re­sume pasajes de la Física (v.). El libro duodécimo trata el problema capital de la causa primera.

Ésta aparece como motor no movido, que mueve en cuanto a él se dirige el deseo del todo, en la fuente del eterno devenir del universo, libre de la corruptibilidad de la realidad. La causa primera 0 primer motor promueve las entelequias, las causas eficientes que plas­man la materia como una especie de instinto constructor. El primer motor está, como suma verdad, dotado de todas las perfecciones; es pensamiento puro que no tiene por objeto sino a sí mismo, que se deleita en su propia inextinguible perfec­ción. Es Dios, óptima vida eterna. Los li­bros decimotercero y decimocuarto tratan de las ideas y de los números; escritos en épocas diversas, en parte critican la doc­trina, que se remonta a la última fase de la especulación de Platón, pero exagerada por los Académicos (Espeusipo), de las ideas-números como principios constituti­vos de lo real; en parte, contienen una crítica de las ideas, semejante a la conte­nida en el libro I, y una teoría del número, excluyendo que esté en las cosas poten­cialmente y sea extraído de ella por el pensamiento. Es variable el vigor dialéc­tico y apodíctico de la Metafísica, como lo es también su estilo literario; algunas pá­ginas se elevan al tono inspirado de un himno religioso. El carácter fragmentado de esta grandiosa obra no excluye su uni­dad interior, representada por la exigen­cia de superar la trascendencia propia de la escuela platónica. Esta exigencia queda satisfecha por la consecución del concepto del ente en cuanto ente, como constituido de una esencia inteligible inmanente a la concreta existencia de la cual es actualidad. El influjo ejercido por la Metafísica en el pensamiento filosófico de todas las épocas ha sido inmenso. [Trad. col. «Austral», nú­mero 399, Madrid y Buenos Aires].

G. Alliney

Aristóteles es el príncipe de los filósofos, el que, después de los profetas, ha alcan­zado el más alto grado de la sabiduría humana. (Maimónides)