[Memorial del pecador remut]. Obra del teólogo catalán Felip de Malla (m. 1431), canónigo y arcediano del Panadés en la seo de Barcelona. Está dividida en dos partes. La primera — impresa en Gerona por Mateo Vendrell, en 1493 (Haebler, Bibliografía Ibérica, I, 389), y sin indicaciones tipográficas, pero con tipos de Rosembach, en Barcelona, hacia 1495 (id., id., I, 390) — está dedicada al canónigo y arcediano del Vallés, Manuel de Rajadell.
La segunda parte, que permanece todavía inédita y se conserva en un manuscrito de la catedral de Valencia, lo está al ciudadano Francisco Burgués de Viladecans. Según propia declaración, Felip de Malla tomó el tema de esta obra de un sermón que pronunció el mismo año en que la escribió, ante Alfonso el Magnánimo, en Barcelona, el día de Viernes Santo. Como Felip de Malla, en el Pecador redimido, todavía no se da el título de arcediano mayor de la catedral de Barcelona, que obtuvo en 1424, y la única semana santa que el rey pasó en la mencionada ciudad antes de esta fecha fue la de 1419, es muy probable que en este año Malla comenzara a escribir su obra. El Memorial del pecador redimido es una extensa meditación sobre la muerte y pasión del Hijo de Dios, para la redención del linaje humano. Su forma alegórica se presta a vestir la argumentación teológica de un ropaje literario ricamente exornado de toda clase de figuras retóricas.
En la primera parte, el episodio más importante de la visión es la «general disputa», convocada y presidida por el Eterno Padre, la cual se efectúa en presencia de la Virgen, acompañada de veinticuatro virtudes en forma de doncellas, que la aconsejan, y de patriarcas, sacerdotes, reyes, jueces, duques y teólogos. Son muchos los personajes que toman parte en la disputa. Al final intervienen también en ella los filósofos Pitágoras, Sócrates, Anaxágoras, Platón, Aristóteles, Hermes, Orfeo y Epicuro. Al fin de la primera parte, Jesucristo desafía a la Muerte, y, como gaje, le lanza el guante de su humanidad. En el último capítulo, la Virgen refuta las palabras de Orfeo, prueba que la vida vendrá al fin de la muerte, por resurrección, y acepta voluntariamente la muerte de su Hijo. La segunda parte está falta de principio. Hasta ahora no se ha hecho ningún buen análisis de ella. Las pocas líneas que le dedica J. Rubio en Hist. Gen. Lit. Hisp., III, 774, se limitan a decir que en esta parte la Teología guía al autor en la visión, y que «el libro parece ser ^ un largo comentario a la pasión de Jesús, en capítulos mucho más extensos que los de la primera parte». Lo que más sobresale de esta inmensa logomaquia es el tono oratorio, al cual el autor se entrega siempre con gusto. Cuanto se ha dicho sobre la oratoria de Felip de Malla, tiene aplicación en el Pecador redimido.
Esta obra se encuentra en el polo opuesto de la elocuencia popular y de efectos inmediatos de un San Vicente Ferrer. En los pasajes líricos, Malla hace uso de la prosa rítmica, y en general es por los caminos artificiosos y visibles de la retórica y no por la fuerza invisible de la verdadera emoción como se pretenden alcanzar efectos patéticos. En el Pecador redimido todo es ciencia y erudición; su lengua rehúye el habla popular. Hoy conserva especial interés como documento literario del primer renacimiento clásico en Cataluña.
P. Bohigas

