Mcyri, Michail Jür’evič Lermontov

Poema de Michail Jür’evič Lermontov (1814-1841), escrito durante el ve­rano de 1839, después del regreso del poeta ruso de su destierro en el Cáucaso, y pu­blicado en 1840. Lermontov, siendo niño, había acompañado a su abuelo al Cáucaso, y trajo impresiones indelebles de aquel paisaje maravilloso. Al volver allí desterra­do — lo fue por una famosa poesía suya, En la muerte de Pushkin —, desengañado de la sociedad intelectual, disgustado de sus mentiras y su refinada corrupción de pensamiento y de corazón, vuelve a encon­trar allí la patria de sus sueños. Y allí, entre los montañeses del Cáucaso, altivos y «libres como las águilas», recupera la fe en los valores morales: la libertad, el amor y la devoción a Dios.

Todo esto es cantado en el poema Mcyri («Mcyri» es palabra georgiana, y significa «el novicio»). Junto a la confluencia de los dos ríos del Cáu­caso, el Aragva y el Kura, había una vez un monasterio del cual quedan sólo las ruinas; allí no se efectúan ya los ritos di­vinos, ni se oye el canto de los monjes en oración. En este monasterio fue educado, vivió y murió el héroe del poema, un muchacho circasiano, huérfano, a quien un general ruso había llevado allí cuando él tenía unos seis años. Agotado por el largo camino, el niño había enfermado gravemente; no obstante, los pacientes cui­dados de los monjes lo salvaron de la muer­te. Al quedarse en el monasterio, el niño, primero hostil y triste, se acostumbra gradualmente a él; ya no huye de sus com­pañeros, aprende el ruso, es bautizado, y cuando llega a novicio solicita ser monje. Pero la nostalgia de su patria no se ha extinguido en su corazón, y sueña con accio­nes heroicas, libertad, amor y felicidad; la sangre de sus abuelos no lo deja tran­quilo. Súbitamente, una noche, mientras afuera descarga furiosa una terrible tem­pestad y los monjes rezan en la iglesia, huye del convento y se esconde en un es­peso bosque; pero más tarde le hallan sin sentido y herido y le vuelven al convento. Agotadas sus fuerzas, sintiendo próximo su fin, se decide a hablar: cuenta su nostalgia de la patria lejana, de su padre y de su madre, a quienes nunca ha conocido; evo­ca el vago recuerdo de la casa paterna, del río en cuyas orillas jugaba siendo niño.

Los tres días de fuga le han devuelto el sentido de la vida libre e independiente y revelado su afinidad con la vida de la naturaleza grandiosa y salvaje, de lo que le han tenido alejado los años de monas­terio. En el relato del moribundo revive el maravilloso paisaje del Cáucaso; se oye el diálogo del torrente con las piedras de la montaña, el susurro de las hojas, los aullidos de las fieras. Dos episodios sobre­salen en su relato: el encuentro con una georgiana que viene a buscar agua al torrente y le hace sentir la dulzura de un sentimiento intenso y desconocido, y la lucha con una poderosa pantera, en que él sale vencedor, pero herido de muerte. El novicio ha sido demasiado débil para vivir en libertad, pero no se arrepiente de su fuga; no ha encontrado la patria te­rrenal, pero sí la patria del alma, y muere reconciliado con Dios y con los hombres. Las patéticas descripciones de los estados de ánimo se alternan en el poema con descripciones incomparables de la natura­leza, los dos méritos fundamentales del poema. Traducciones italianas de Domenico Ciampoli en «Rassegna della letteratura ita­liana e straniera», 1890; de Virgilio Naducci (Nápoles, 1922, reimpresa en 1928); de T. Landolfi (Lanciano, 1940), y de E. Lo Gatto (Florencia, 1942), con el título II novizio.

O. S. Resnevich