Cancionero del poeta brasileño Thomaz Antonio Gonzaga, en la Arcadia «Dirceu» (1744-1807/1809), publicado en 1792 y cuyo éxito es quizás Tínico en las letras brasileñas: durante lustros la juventud soñó en el amor sobre el libro dedicado por Dirceu a la hermosa Marilia. Amores completamente soñados, esperanzas, propósitos, ilusiones en la primera parte; desconsuelo y lamento, tristeza y dolor en la segunda. La última parte fue compuesta en la desolación del destierro o de la prisión, en Angola, donde el autor fue deportado bajo la acusación de ser uno de los principales exponentes de la conjuración llamada de los Confidentes, supuesta rebelión republicana de Minas Geraes, en 1792, cuando estaba a punto de casarse con su amada Marilia (Maria de Teixas Brandáo). El poeta murió en Angola entre los tormentos de la locura.
En analogía con el Cancionero (v.) de Petrarca, el libro se divide en dos partes: en la primera predomina la figura de Marilia, en la segunda el poeta con sus dolores. Gonzaga había pertenecido a la magistratura y, en una hermosa poesía del primer libro, canta: «Verás, sobre la mesa espaciosa, gruesos volúmenes de procesos embrollados, me verás hojear los gruesos libros y decidir en las causas… Mientras hojee mis consultas, me harás agradable compañía, leyendo los hechos de la sabia historia maestra y los cantos de la poesía…» La suerte no le fue propicia; la idílica paz patriarcal anhelada por él se transformó en cárcel y destierro africano. Pero ni tormentos ni afanes abatieron su alma generosa: «Caigan rayos y rayos; sobre mi faz, Marilia, no verás dibujado el miedo, el miedo perturbador, que infunde el vil delito… Si los justos cielos, ocultos para otro, no me socorren en dolor tan tiránico, verán entonces que los sabios, como vivieron, mueren». Y, en un impulso de rebelión, grita: «¡Tengo un corazón mayor que el mundo!» A los ímpetus sucede el lamento elegiaco por el amor perdido y el poeta encuentra en la hermosa naturaleza violada el reflejo de su dolor: «No verás abatir las selvas vírgenes». Pero todo le devuelve a su tormento y se refugia en él como en una certidumbre: «¡Oh Marilia! El dolor que siento es semejante al amor que me devora. / Y ni el tiempo ni la muerte podrán / poner fin al desgarro que me oprime». Así, la inspiración arcádica de derivación italiana (Gonzaga tradujo el Pastor Fido, v., de Guarini) se enciende, aun a través de formas clásicas, en un sencillo fervor de presagios románticos.
G. A. Magno

