Malos Pensamientos y Otros, Paul Valéry

[Mauvaises pensées et autres]. Fragmentos de Paul Valéry (1871-1945), publicados en 1942. Son éstos en verdad «malos», subver­sivos pensamientos sobre la inteligencia, la literatura, el amor, la historia, la gloria, etc.: Valéry, con un placer evidente, pro­cede, en sus cortas notas tomadas al azar de los días, a un verdadero juego de des­trucción. Son pocas nuestras certezas y se­guridades, nuestras pequeñas comodidades humanas, las que quedan indemnes y, bajo un cierto punto de vista, esta pequeña obra podría constituir un excelente breviario de escepticismo. La inteligencia, en principio, es humillada: razón, sabiduría, verdad, esas grandes palabras cargadas de honores, según Valéry, a menudo responden más a confor­mismos que a verdaderas realidades. Lo que nosotros llamamos certezas, muy bien po­drían ser nuestras dudas, pero multiplica­das por el asentimiento del mayor número posible, y adornadas así del prestigio de la verdad. Pero, más allá de las convicciones prácticas, ¿qué es lo que hay de la verdad? Se nos escapa ‘generalmente, se olvida de­masiado que ésta no sigue la forma de nuestros deseos.

Un cierto choque, por el contrario, una tortura, el sentimiento de una herida en aquello que nosotros tene­mos por más querido, nos podría prevenir de que nos hallamos próximos a tocar la realidad: «Quizá sería preciso conocer lo ‘real’ en la ausencia de estos caracteres se­ductores, en la imposibilidad de introducir­los, en la revelación de la vanidad o de la ingenuidad de su explicación». Los verda­deros filósofos son aquellos que osan afron­tar esta inquietud, no hombres de libros, sino heridos por las cosas y que no apren­den los problemas, sino que salen a su en­cuentro. Solamente el hombre, comúnmente deseoso de preservarse de las cosas; cons­truye por ello las ilusiones, de las cuales la más sólida es el yo, «la superstición del yo», dice Valéry. La literatura moderna no estima más que la «sinceridad». ¡Cuán va­cío es este valor! El hombre sabe dema­siado poco de él para que lo que de él nos cuenta pueda tener el menor interés. «Ser sí mismo. Pero ¿sí mismo vale la pena?», pregunta Valéry. ¿Acaso no estamos hechos de accidentes impersonales?. «Mi azar es más que yo». La ilusión del yo supone nuestras relaciones con otro: el amor no es otra cosa que una creación del ser que él ha tomado por objeto.

Valéry habla tam­bién de su arte: «En Francia jamás se han tomado los poetas en serio». En nuestra época lo serán menos que nunca: en otro tiempo, la preocupación por la «posteridad» obligaba a hacer a los escritores prodigios que no hubiesen sido hechos por los vivos. La precipitación moderna amenaza la per­fección: «les ceuvres modernes racolent, font le trottoir». Y éste es el más sombrío juicio que Valéry hace de la literatura con­temporánea: «Se ven en ella a los salvajes que se hacen imprimir, a los hombres-lobos que -corrigen sus pruebas, a los dragones arrojando llamas que realizan su ‘servicio de prensa’: todo ello de un modo tan na­tural como sus funciones más naturales». Este libro inquieta, y si se toma como una metafísica, puede desesperar. Pero es, sobre todo, un ejercicio previo del conocimiento, una necesaria obligación de saber que no se sabe nada. El juego resulta entonces sa­ludable, y la aprehensión del ser se hace posible.