Los Orígenes de la Filosofía Contemporánea en Italia, Giovanni Gentile

[Le origini della filosofía contemporánea in Italia]. Obra de Giovanni Gentile (1875-1944), en tres volúmenes, publicada en Mesina de 1917 a 1923.

Son, levemente retocados, ensayos publicados ya en «Critica» de 1903 en torno a la filosofía italiana de la segunda mitad del siglo XIX. El objeto del autor consiste en «exponer los orígenes del pen­samiento italiano, que en este principio de siglo se ha venido y se viene constituyendo con características propias suyas [esto es, las del neoidealismo], las cuales, si bien no borran las íntimas relaciones que tienen con la filosofía extranjera y contemporánea, lo vinculan con esas tradiciones italianas que adquieren conciencia de sí con la re­construcción política de Italia»; así, pues, el neoidealismo, que por una parte quiere enlazarse con Hegel y en general con el idealismo alemán, intenta en Italia mostrarse como autóctono.

A través de la larga obra debería resultar esto: que la gran tradición rosminiana, única gran filosofía italiana, ha sido traicionada o mal seguida por todos los filósofos del siglo pasado, hasta que se ha restaurado por obra del neohegelismo, el cual ha sido el único que la ha com­prendido y ha sabido desarrollarla y profun­dizar en ella.

En efecto, el primer volumen («Los platónicos», 1917) sostiene que aquella tradición tuvo, hacia 1850, una brusca in­terrupción por obra de los escépticos G. Ferrari, A. Franchi, B. Mazzarella, los cua­les se enfrentaron al espiritualismo católico pero no supieron contraponerle „ otra cosa sino un estéril escepticismo, que iba a parar o a un irracionalismo político (Ferrari) o a un nuevo misticismo religioso (Franchi, Mazzarella). Los platónicos (T. Mamiani, G. M. Bertini, L. Ferri, F. Bonatelli, C. Cantoni, G. Barzellotti, A. Conti, G. Allievo, B. Labanca, F. Acri), nombres con que Gentile designa a todos aquellos que oponen a las actividades del espíritu un absoluto transcendente, aunque han intentado res­taurar la filosofía rosminiana, se han per­dido, sin embargo, en viejas posiciones pre- kantianas, oscilando después entre el es­cepticismo y la fe religiosa.

Tampoco ha tenido mejor fortuna en el segundo volu­men («Los positivistas», 1921) el positivismo, iniciado por nofilósofos de ingenio (Cataneo o Villari), por exigencia de concreción cultural y no por necesidades filosóficas, y que después ha continuado siendo una no- filosofía, cultivado por gente (S. Tommasi, A. Gabelli, N. Marselli, A. Angiulli, Lombroso, etc.) que no entendía nada o casi nada de filosofía, sino lo poco que algunos habían aprendido en la escuela hegeliana de Nápoles; este movimento filosófico cul­minó en Ardigó, a quien el autor llama el «Attila Flagellum Philosophiae» y cuyo valor consiste «en el significado histórico que tiene en el desarrollo de la filosofía italia­na en la segunda mitad del siglo XIX.

Él es el filósofo, por decirlo así, de aquella negación de la filosofía que era necesaria en Italia como extrema reacción contra el platonismo prekantiano, resurgido entre nos­otros… para hacer vana la obra profunda­mente renovadora, que volviendo a tomar los problemas de la fuente viva del kantis­mo, intentaba… Bertrando Spaventa».

El tercer volumen («Los neokantianos y los hegelianos», parte I, 1921; p. II, 1922) descarta a los neokantianos (Florentino, Tocco, Masci, Tarantino, Chiappelli), los cuales, espe­culativamente, no superan el plano del positivismo y están movidos sólo por el deseo de no comprometerse en los proble­mas filosóficos; por eso se quedan en meros filólogos de la filosofía; tampoco tiene nin­gún valor el neotomismo, sino como filolo­gía tomista.

Y llegamos, pues, a los neohegelianos, en los cuales — dice Gentile — la Providencia ha hecho renacer finalmente la verdad filosófica a la que ya se habían elevado Galluppi, Rosmini y Gioberti, y que se había perdido. La filosofía italiana, con Rosmini y Gioberti había conquistado la conciencia de la síntesis a priori; pero la había conquistado mal, por lo que era ne­cesario se perdiese para ser conquistada de nuevo.

El perderla fue obra de los escép­ticos; los platónicos volvieron a enseñar que el absoluto es superior al mundo em­pírico, pero lo hipostatizaron y lo plantearon de manera dogmática como transcendente; el positivismo tuvo el mérito de atacar aquella transcendencia, pero sobre todo de dar nuevo vigor al estudio de los hechos, sin los cuales lo absoluto es vacío y abs­tracto.

Pero el verdadero concepto del he­cho, que solamente los hegelianos conquis­tarán, síntesis suprema de la dialéctica his­tórica del pensamiento italiano, es que el Hecho es real y concreto sólo como un mo­mento del Absoluto.

Con el hegelismo, el pensamiento italiano vuelve a Gioberti y a Vico, pero pasando por Hegel; vuelve a Gioberti, reanuda su problema filosófico, despojándolo de sus incoherencias y ha­ciendo de él punto de partida de la nueva filosofía italiana.

Pero muchos hegelianos se atienen sólo a la mera exterioridad del sistema hegeliano (como Mazzoni y Passerini); los demás, los surgidos bajo el influjo de Galluppi o de Cousin, no superan en realidad el platonismo (así Vera), otros acaban en el misticismo (como Ceretti) o en el naturalismo (como P. d’Ercole). Es B. Spaventa quien verdaderamente capta la esencia del hegelianismo, sabe referirlo a Vico e inicia la reforma, en sentido espi­ritualista, dé la filosofía hegeliana, supe­rando aquel residuo dogmático de subjeti­vismo que, según Gentile, todavía mantenía a Hegel más acá de su propio descubri­miento fundamental y verdadero. S. Maturi y D. Jaja continuarán los atisbos de Spa­venta, conquistando, aunque sea de manera no del todo explícita, el concepto de la Idea como espíritu y del espíritu como actividad, mejor dicho, como acto.

Así la historia de la filosofía italiana desemboca, y en realidad de manera bastante fatigosa, en el actualismo. Esta obra, reseña de pensadores me­diocres o peor que mediocres, guiada por una mediocre y presuntuosa tesis, si en el período áureo del actualismo pudo dar a los gentilianos la ilusión de ser los hombres enviados por el destino a restaurar la filo­sofía italiana, fue, por el contrario, motivo de justo desprecio y de merecido descrédito para el actualismo y sus arbitrarios y poco honestos métodos historiográficos.

G. Preti