Los Malasangre, Giovanni Verga

[I Malavoglia]. No­vela de Giovanni Verga (1840-1922), publi­cada en 1881 como primer volumen del ci­clo de los «Vencidos», a la que tenía que seguir Maese Don Gesualdo (v.). La duque­sa de Leyra, El honorable Scipioni y El hombre de lujo. Solamente el segundo vo­lumen fue publicado, y del tercero escribió tan sólo el primer capítulo.

El núcleo de la obra lo constituye una barca de pesca: la «tartana» de los Malasangre. La «Providencia» es la barca más ilustre de la lite­ratura italiana. Era la más vieja de las barcas de aldea, aunque tenía un nombre de buen agüero. Extraña ironía. También ella era una persona, en la familia ejemplar de los Malasangre, la familia más honrada y unida del pueblo. Alrededor del gran tronco, el abuelo Padrón ’Ntoni (v.), ca­beza de la casa, figura casi bíblica y casi legendaria, se reúnen otras siete personas: tres generaciones; Padrón ’Ntoni y la «Pro­videncia» son . los dos polos de aquel mundo doméstico. Cuando la Armada se queda con el mayor de los nietos, Padrón ’Ntoni trata de remediar el daño haciendo un negocio: compra, sin pagarlo, un lote de altramuces, los carga en la «Providencia» y los confía a su hijo Bastianazzo para que los venda en Riposto. Por la noche, la barca naufra­ga, Bastianazzo se ahoga y los altramuces se pierden en el mar. La «Providencia» es arrojada, inservible, a la orilla. Padrón ’Ntoni se queda con la deuda de los altra­muces.

Entre tanto, alrededor del tema de la desgracia de los Malasangre, ha nacido un espeso tejido orquestal de la vida de la aldea, un pulular de voces curiosas, áspe­ras y locas; intereses, rencores, riñas, bu­fonadas, vergüenzas; en «solos», en coros, en voz alta o «sottovoce»; acercándose, por curiosidad o simpatía, a la familia afectada, alejándose de ella por egoísmo: trama extraordinariamente viva que no abandona nunca el desarrollo doloroso del drama: la serie de desgracias que abate a los Mala- sangre cada vez que con resignación y va­lor logran superar la última desventura. Después de aquella triple desgracia, tam­bién la historia se pone en contra de ellos al resultar muerto’ el segundo de los nietos en la batalla de Lissa; los alcanzan también las calamidades públicas, ya que en el có­lera de 1867 muere la nuera, Maruzza, una imagen de la Virgen que en aquel trozo de tierra sufría sin un gesto, sin una lágrima y lloraba cuando los otros dormían. La deuda de los altramuces se come la casa, la querida casa que era el honor, la razón de vivir del viejo; ya aquella deuda había impedido la boda de la nieta, Mena, otro ser sacrificado y silencioso; y no es eso todo: otro naufragio de la remendada «Pro­videncia» inhabilita para el trabajo a Pa­drón ’Ntoni; aún más: el nieto mayor y la jovencísima Lia se extravían, no por mal­dad, sino por desesperación, ella en la vida alegre, el otro en la cárcel.

Nada hay en esto de lacrimoso, ni por un momento sen­timos impaciencia para huir de allí; es de­cir, que no entra nunca en juego la com­pasión barata, la que no ha llegado a ser emoción poética, que se dirige al modelo y no a la creación; la del bajo romanti­cismo, que ha alimentado la fama de algunos coetáneos de Verga. Es ésta la me­jor prueba de la calidad clásica de su arte. La lástima que nos causan Padrón ’Ntoni o Mena es la misma que nos dan Edipo y Antígona. Después de leer el poema, brota instintiva una pregunta. Padrón ’Ntoni es un hombre valiente, de antigua sabiduría, fiel a los más indiscutibles principios: Dios, familia, honor; sin embargo, Padrón ’Ntoni, con todo su ánimo, su fe, su fatiga, acaba asistiendo sin poder hacer nada por reme­diarla a la ruina de su casa, de la familia, del honor. Y entonces nace la pregunta: ¿Por qué? Y sin duda el autor quería que surgiese esta pregunta en el alma de quien ha leído y sufrido con sus personajes, sabe que ella es el principio y el fondo de toda sabiduría moral; sabe que si el hombre no pretendiera la existencia de un preciso «por qué» a cada alegría suya y a cada sufrimiento, y no pudiese llamarlos premio o castigo, sino que las creyera obra del azar o del destino, la vida humana perdería su fuerza. El autor, pues, deja que la pregun­ta brote, la provoca. Sin embargo, no da una verdadera contestación.

No da la res­puesta de Esquilo: un hombre sufre para pagar la culpa de la familia que le ha generado. No da la contestación bíblica: el hombre paga la culpa de Adán. ¿Se trata, por lo tanto, de la fría desesperación de Leopardi? Podríamos suponer algo más cruel todavía. La. naturaleza de Leopardi es indiferente, no sabe quién es bueno y quién malo. Aquí, en cambio, la fatalidad se ha puesto en contra de los mejores: Pa­drón ’Ntoni, Maruzza, Mena: los dos extra­viados se pierden solamente más tarde, por no saber resistir a la inmerecida desgracia de su casa. Y las desgracias de los mejores se hacen más irremediables todavía por su incapacidad de luchar contra los que se aprovechan de su desgracia para hundirlos más aún. Se corre el riesgo de deducir de. esto que la fatalidad persigue a los que aceptan la vida como una lucha contra la naturaleza, como fatiga cotidiana para ga­narse el pan, pero no tienen armas para la lucha del hombre contra el hombre, no saben contestar con astucia a la astucia, con engaño al engaño. Sin embargo, si nos alejamos del cuadro, para verlo en su justa perspectiva, descubrimos que los mejores de ellos: Padrón ’Ntoni, Maruzza, Mena, pasan sus desgracias como ceñidos de una aureola; en sus lágrimas se refleja una luz que los acompaña y parece levantarlos por encima de todos los que materialmente los dominan.

¿A quién le gustaría más ser el tío Crucifijo que Padrón ’Ntoni? ¿Quién quisiera ser Vespa en vez de Mena? La fidelidad a la casa, al trabajo, a la dignidad no tienen otra recompensa que aquella luz espiritual alrededor de sus rostros. La fa­talidad puede despojarlos de su casa, del pan, de las personas queridas; pero no pue­de apagar su luz, aquella luz. He aquí cómo, sin ningún comentario, una pura virtud de representación crea el sentido religioso. Los oprimidos nos parecen obrar en el cielo co­mo transfigurados. Así resplandece la ca­tarsis celestial. Así la poesía, que es reli­gión, ha vencido silenciosamente la fatali­dad. Y aquella luz no existe sólo en cuanto el poeta la ve alrededor de sus personajes y nos la hace visible. La luz está efectiva­mente dentro de las personas vivas, y éstas tienen de ello una primitiva y personal con­ciencia, de la que se nutren. La luz de Pa­drón ’Ntoni y de Maruzza y de Mena está hecha de una virtud que se llama resigna­ción; sin embargo, ¿qué es para nosotros la resignación, sino, como dice la gente, el abatimiento y la negación de la vida? La resignación es la conciencia, el reflejo in­terior, de una ley única y superior a todo, al placer, a la victoria, a la necesidad, y con tal de que esta ley exista, no importa saber cuál es, no importa declararla y de­mostrarla. Cuando Padrón ’Ntoni va arabo- gado con su nieto, y éste, con los papeles en mano, le demuestra que no tienen nin­guna obligación de pagar la deuda con su casa, ya que ésta es dotal, Padrón ’Ntoni parece contento y se lo comunica a su nue­ra; pero ella pregunta: «¿Y los altramuces?» «Es verdad. ¿Y los altramuces?», repitió Padrón ’Ntoni… Hubo un momento de si­lencio; Maruzza no parecía convencida. «¿De modo que ha dicho que no tenemos que pagar?» ’Ntoni se rascó la cabeza, y el abuelo añadió: «Es verdad, los altramu­ces nos los dieron, y hay que pagarlos». No había nada que decir.

Ahora que el abo­gado ya no estaba allí, era preciso pagar­los. Ésta es la conciencia de la ley única, que es superior a todas las leyes de los hombres. De la fidelidad terrible a esta ley nacen aquella luz y aquella aureola. Los demás, el tío Crucifijo, los Piedipapera (v.), vencen, pero los vencidos son más felices que los vencedores. El poema de los Mala- sangre, al igual que toda gran poesía, se resuelve en una rebelión religiosa contra la historia, y bajo este punto de vista llega a la misma altura que Los Novios (v.), de los que tan distante parece por los proce­dimientos artísticos. Verga ha sabido lle­gar del sufrimiento al dolor, es decir, a la fuente, a las mismas raíces de toda existencia, las inmutables Madres a las que bajó por un instante Fausto. Estamos en la zona en que dolor y alegría, derrota y vic­toria, pasión y olvido se confunden, se mezclan con el motivo inescrutable del ser, allá donde el hombre está menos lejos de Dios, donde el máximo de la desesperación puede dar lugar al máximo de la contem­plación. [Trad. castellana de Cipriano Rivas Cherif (Madrid, 1922)).

M. Bontempelli

Verga: pasan los años y su figura no dis­minuye: el maestro del naturalismo se pier­de, pero el escritor domina. (Serra)

Es la primitiva y poderosa religión de la casa, y de las virtudes patriarcales, lo que sujeta en una férrea unidad la novela. (L. Russo)

La verdadera virtud de los Malasangre está en la polifónica distribución de los efectos, en las voces del drama y en el escenario del paisaje. (F. Flora)