Los Macabeos, Anónimo

Se de­signan con este título dos libros sagrados e inspirados del Antiguo Testamento (v. Biblia), considerados canónicos por la Igle­sia católica y no admitidos en el canon hebraico. Otros dos libros, llamados de Los Macabeos también, son considerados apó­crifos por la Iglesia católica.

Los tres si­glos que transcurren entre Nehemías y el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, los conocemos fragmentariamente por medio de dos libros de los Macabeos, los únicos que nos han transmitido el recuerdo de las lu­chas sostenidas por los israelitas que per­manecieron fieles a su Dios contra la im­piedad. Si este largo período no es el más floreciente de la historia de los hijos de Jacob, con todo, es también glorioso por­que la flor de los israelitas da pruebas ahora de su completa entrega al servicio de Jahvé. Desaparecidos los profetas, el sacerdocio se convirtió en campeón de la religión y de la verdad; aún más, incluso revistió el poder supremo, logrando preservar su país y su fe de los propósitos agresivos de los príncipes griegos y de las perniciosas infiltraciones de la cultura grie­ga. El helenismo, aquella especie de sin­cretismo que tendía al acercamiento de la divina revelación con la filosofía griega, abría brecha en Palestina, penetraba desde las ciudades costeras del Mediterráneo, ga­naba lentamente la altiplanicie tomando por mira, sobre todo, las ciudades, y se hacía aceptar tanto más cuanto que su re­finado aspecto iba acompañado de impo­sición forzosa.

Los judíos dispersos en Ale­jandría, en Antioquía, en Asia Menor y en las ciudades ribereñas, eran los que más habían experimentado el influjo de esta corriente deletérea y, de rechazo, perjudi­caron a sus hermanos que se habían que­dado en su patria, con los cuales estaban siempre en relación. De todo esto habían de surgir necesariamente divisiones y par­tidos en el interior de la comunidad hebrea. Algunos se mantuvieron estrictamen­te fieles a las tradiciones de sus antepasa­dos; otros, en cambio, se entregaron a las innovaciones exóticas. En política, los pri­meros fueron ardientes nacionalistas; los segundos apoyaban a los seleúcidas de Siria o a los Tolomeos de Egipto, según las opor­tunidades. En un momento dado, el par­tido de los filoextranjeros amenazó con sofocar el nacionalismo y hacer triunfar el paganismo sobre las ruinas de la verda­dera religión, y entonces fue cuando Dios suscitó a los Macabeos para salvar la re­ligión y la patria. Los libros de los Ma­cabeos nos cuentan su historia. Antíoco IV Epifano, que se había apoderado del reino de Siria en 170 a. de C., después de haber derrotado a Tolomeo, rey de Egipto, mar­chó sobre Jerusalén y la conquistó; al en­trar en ella hizo una matanza de judíos; deportó el resto, buena parte del cual vendió como esclavos; después, cargado de un bo­tín arrebatado del Templo, regresó a Antio­quía.

Hacia fines de 167 expidió a Jerusa­lén un contingente de fuerzas a las órde­nes de Apolonio para saquear el Templo, quemar los libros sagrados y colocar los ídolos en los altares del Señor, con el en­cargo, además, de martirizar ferozmente a todos cuantos se negasen a adorarlos. En el Templo penetró la «abominación de la desolación» (Mac., I, 54). Matatías, sacerdote, secundado por sus cinco hijos, tras re­unir un nutrido grupo de judíos, recorrió el país combatiendo a los emisarios de Antíoco y a sus hermanos apóstatas. Matatías murió en 166 y fue substituido en el alto mando del ejército por su hijo Judas Macabeo, el cual, con un puñado de hom­bres escogidos, acabó con el ejército siría­co. A Judas, muerto en combate el año 160, le sucedió su hermano Jonatán, que murió ocho años después, víctima de las añaga­zas de sus enemigos. Su sucesor, Simón, primogénito de Matatías, fue asesinado por su yerno Tolomeo (135). De modo que el primer libro abraza el período de historia que va de los comienzos del reinado de Epifano hasta la muerte del sumo sacer­dote Simón (40 años). El segundo libro está compuesto de trozos inconexos.

Comienza por una carta escrita por los judíos palestinenses a sus hermanos de Egipto (II Mac., I, 1-9), carta de fecha posterior a otra que ocupa desde el versículo 10 del capítulo I al versículo 19 del capítulo II. En el capítulo II, ver. 22-23, se puede leer el prefacio del libro, en que el autor ad­vierte que redujo a un solo libro lo que Jasón el Cirine había escrito en cinco. Los dos libros presentan poco más o menos los mismos hechos y se completan juntamente. El libro I fue escrito en hebreo, según se aprecia en los numerosos hebraísmos y errores cometidos al traducirlo; no posee­mos el texto original, pero le suple la ver­sión de los Setenta, de la cual derivan la siríaca y más antiguamente la latina in­cluida en la Vulgata (v. Biblia), puesto que San Jerónimo no tradujo este libro. Fue es­crito en tiempos de Juan Hircano I (135- 106) o poco después. Su autor es descono­cido. En cambio, el segundo libro fue escrito originariamente en griego, y su autor también es desconocido. La época aproxi­mada de la composición del libro se puede calcular hacia 130-120 a. de C.

Ambos li­bros tienen finalidad religiosa, pero no exactamente la misma. En el primero se encuentran pasajes importantes acerca de la espera del Mesías, denominado «el pro­feta», acerca de la fe que debemos tener en Dios, la obediencia a su voluntad y el amor hacia los libros sagrados. En el se­gundo, la providencia de Dios es vivamente defendida. Los mártires reconocen que su­fren la pena por sus pecados, pero Dios les concederá perdón, mudando el castigo en misericordia; los perversos, en cambio, recibirán castigos severísimos. Las verda­des sobre el juicio final, la resurrección de los muertos, el castigo del pecado en la otra vida, la recompensa de los justos, la existencia del purgatorio, están claramente expresados en este libro, así como la efica­cia de la intercesión de los santos. Los dos autores no escriben, pues, solamente por contar, sino para dar ejemplo. El tercer li­bro’, apócrifo, narra la historia de To- lomeo IV, el cual, tras ocupar Palestina después de la batalla de Rafia (218 a. de C.), quiere penetrar por la fuerza en el templo de Jerusalén y es paralizado por Dios; si­guen las venganzas y las persecuciones de Tolomeo y el milagro de los dos ángeles que incitan contra sus conductores a los elefantes que habían soltado para patear a los judíos encerrados en el Hipódromo. El cuarto libro es un tratado moral que gira en torno a los ejemplos de martirio de Elea- | zar y de los siete hermanos tenidos por los verdaderos hermanos Macabeos.

G. Boson