Los Lombardos en la Primera Cruzada, Tommaso Grossi

[I lombardi alla prima crociata]. Poema en quince cantos, en octavas, del es­critor italiano Tommaso Grossi (1790-1853) publicado en 1826. Por aquellos años los clasicistas difundían la grandeza del Tasso, los románticos la discutían y, en cierto sentido, le opusieron la obra de Grossi. La intención de Grossi consistió sobre todo en componer un poema sobre el modelo de Ivanhoe (v.) de Walter Scott, idea expresada por el pro­pio Grossi a Manzoni.

Un ermitaño del monte Tauro, al pasar los cruzados, ayuda a uno de ellos a salir de un barranco donde había caído por querer salvar a su hermana Giselda. El caballero se presenta con el nombre de Gulfiero, hijo de Arvino, jefe de los cruzados venidos de Oriente. Gulfiero alcanza después a Arvino bajo las murallas de Antioquía; pero Giselda cae prisionera de los sarracenos, y Saladino, hijo de Acciano, señor de Antioquía, se enamora de ella. Giselda cuenta a Acciano la historia de su vida; su padre, Arvino, tenía un her­mano, Pagano, su rival en amor. Éste, des­pués de Cometer algunas fechorías había huido, para volver arrepentido en aparien­cia, pero en realidad meditando matar a Arvino y raptar a su esposa. Pero por error mató al padre de ambos, Folco; horrorizado por su crimen, huyó. Más tarde, Giselda, nacida de la mujer que milagrosamente había escapado a su feroz enamorado, siguió a su padre y a su hermano a Jerusalén. Entre tanto llega al campamento cristiano el ermitaño que había salvado a Gulfiero: es el mismo Pagano en quien el encuentro con los dos jóvenes ha hecho surgir el de­seo de volver a ver la mujer que ama toda­vía.

Cuando los cruzados entran en Antio­quía, Pagano retiene a Giselda, pero ella, enamorada de Saladino, huye y vuelve a su lado, mientras los cristianos, sitiados por los persas en Antioquía, son consolados en las angustias del sitio por el descubrimiento de la lanza que hirió a Cristo en el pecho. Continúa después la fatigosa marcha de los cruzados hacia Jerusalén. Pagano vuelve a encontrar a Giselda junto al moribundo Sa­ladino; poco después también sucumbirá la joven a la sed que atormenta al ejército cristiano. Cuando llega al campo la esposa de Arvino, Viclinda, Pagano se confiesa a su hermano que lo perdona. Después, he­rido mortalmente en una refriega, Pagano muere asistido por Viclinda. Godofredo es elegido rey de Jerusalén. Faltan en esta narración el colorido de época y el sentido de la historia del siglo XI.

La realidad his­tórica y la poética no están fundidas, por­que no han nacido juntas, sino que forman los poemas uno dentro de otro, o, mejor dicho, una novela prolija interrumpida por escenas históricas y religiosas, muy poco sentidas. Defendido por los románticos que percibían en él una renovación y rejuvene­cimiento de la materia tratada por Tasso en su Jerusalén libertada (v.), este poema sus­citó en seguida ásperas críticas que desalen­taron a su autor. Con todo, no faltó a Los lombardos una verdadera popularidad so­bre todo en gracia a los temas que hallaron eco en el naciente espíritu nacional italiano. M. Maggi

En este poema falta lo heroico. ¿Lo -fan­tástico es aquí una máquina seria? No, es algo grotesco, ridículo. (De Sanctis)

El buen Grossi, puesto por encima del Tasso por Manzoni, hizo un triste papel. (Carducci)

*    Del curioso poema de T. Grossi, Temis­tocle Solera (1815-1878) sacó un libreto para la ópera I Lombardi alla prima Crociata de Giuseppe Verdi (1813-1901), estrenada en el Teatro de la Scala de Milán en 1843. Esta ópera es la cuarta de su autor; clasificada como «drama lírico», consta de un preludio y diecinueve trozos en cuatro actos, titula­dos «La venganza», «El-hombre de la ca­verna», «La conversión» y «El Santo Se­pulcro». Cuando resonaba todavía el triunfo del poema, quiso Verdi llevar a escena, au­mentados por sus propias fuerzas musicales, la reconocida teatralidad del argumento, el gusto por lo popular y las baladas que tanto agradaban al romántico poeta, y hasta las alusiones patrióticas. Los procedimientos menos bellos de Verdi tienen aquí amplio papel. Los efectos de vehemencia y emo­ción, los expedientes dinámicos y rítmicos acuden con frecuencia y, con todo, no ani­man el drama. Las pausas que interrumpen motivos y palabras, usadas con demasiada frecuencia resultan artificiosas, y en algu­nos casos grotescas como las mismas frases, por ejemplo, en el coro de los esbirros de Pagano. Una gran variedad de acentos es a veces prescrita en una misma aria, como en la «cavatina» del enamorado Oronte. Cada personaje tiene, por lo demás, melo­días apropiadas a cada caso, por ejemplo, la de Oronte imprecante, en la cual se encuentran los conocidos versos «Sarà l’urlo della jena/la canzone dell’amor», y el suave y melancólico adiós de Giselda «alle tende lombarde». Es delicada la cantilena de Oronte en la escena de la visión de Giselda pero la música no tiene nada de sobrenatu­ral. El coro de los cruzados y de los pere­grinos «O signore dal tetto nato», es apa­sionado y, con todo, queda lejos de la poe­sía del coro «Va, pensiero» del Nabucco (v.).

A. Della Corte