Obra en tres actos de Manuel (1874-1947) y Antonio Machado (1875-1939). Los Machado dieron perenne vida dramática a toda la poesía del «cante jondo», simbolizado por esa mujer incomparable, la Lola, «la misma esencia del cante», como la define Heredia, su guitarrista adicto y sentencioso cuando de ella se trata.
Noble, distante y siempre alejándose como el río que no vuelve nunca hacia atrás, así la cantaora pasa por la vida del rico y juerguista don Diego, alucina también al estudioso y serio hijo de éste, José Luis, desviándole de su aristocrática y vacía novia que al contacto con Lola (forzado primero y voluntario después), se hace mujer de verdad, para acabar marchándose con esa sensatez andaluza tan mezclada de fatalismo, y dejando al irse ese vacío del que habla la copla famosa: «La Lola se va a los puertos, ¡la isla se queda sola!» Indudablemente, los autores quisieron personificar en Lola la copla andaluza: de todos, y de ninguno; de cada hombre o mujer que la sabe querer, cantar o escuchar religiosamente, y de nadie. Por eso Lola, que ha ido, como va a todas las fiestas andaluzas que la requieren, a cantar a casa de don Diego, el camastrón que luego lo arreglará todo volviéndose devoto y componedor, rechaza las ofertas espléndidas de riqueza y mando que el señorón le brinda. Cuando aparece el hijo de don Diego, el serio José Luis, y se queda deslumbrado, como todos, con Lola, Rosario, su novia, sufre de celos que la obligan a maltratar a Lola.
Poco a poco se convence de que ella no quiere nada, ni riquezas, ni señoríos, y entonces se prenda de la criatura generosa cuya voz expresa todos los sentimientos del pueblo que sabe sentir de verdad. Lola rechaza al padre, y al hijo, y se va; se va con Heredia, su guitarrista, porque la copla no puede vivir sin la guitarra; el «cante» sin el «toque». La isla se queda sola. El mundo se apaga cuando la Lola, su voz, se va. ¿A dónde? ¡Qué extraña resolución la de los Machado! Mandan a Lola, la copla, a América. A atravesar los mares. A cantar, con su guitarra, allende el océano. Rosario se une a José Luis, que enamorado y resignado, pierde su esperanza. Don Diego se pone a hacer la penitencia a que sus muchos pecados le obligan, y Heredia, sereno, severo, como su instrumento, se va con Lola.
C. Conde

