Libro de las Figuras, Gioachino da Fiore

[Líber figurarum). Colección de láminas (figuras y texto compuesto para su comentario intercalado) del abad Gioachino da Fiore (aprox. 1130- 1205).

Se tienen noticias de un Libro de figuras dibujado por Gioachino, por la Cró­nica de Parma (v.) de Salimbene, quien lo cita por tres veces con dicho título — posi­blemente creado por él mismo — con explí­citas y detalladas alusiones al texto de aque­llas figuras que simbolizaban lo que era objeto de comentario, pero hasta el pre­sente se consideraba apócrifo, así como per­dido; por añadidura, los fragmentos encon­trados adolecían de tal pobreza artística, que no lograban despertar la atención ni la curiosidad de interpretarlos. El descubri­miento del códice de Reggio Emilia, conteniendo figuras miniadas de gran riqueza y valor artístico, que ha sido cuidadosamente estudiado por Leone Tondelli en el Libro delle figure dell’Abate Gioachino da Fiore ha traído el reconocimiento de su origina­lidad y su valor, viniendo asimismo a rec­tificar algunas interpretaciones corrientes del pensamiento del abad. No se trata de un libro orgánico compuesto por Gioachino, sino más bien de una recopilación de ele­mentos gráficos aislados, que se compuso gradualmente con las figuras y cuadros que aquél creaba como ilustración de las obras que componía y de las cuales viene a ser como un apéndice ilustrativo (v. Concor­dancia del Antiguo y el Nuevo Testamento, Comentario al Apocalipsis, Salterio de las diez cuerdas).

El orden de las láminas y de las figuras varía en los diversos códices, y, en vez de seguir un orden lógico, responde a la sucesión de las obras del abad. El có­dice reggiano, aparte de ser el único que conserva el Libro de las figuras, es a la vez el único códice delicado y magníficamente miniado, de color espléndido e impecable conservación; es obra de la escuela emiliana de la segunda mitad, del siglo XIII — según otros, de la escuela florentina —, siendo el texto debido a diversas plumas. El Libro de las figuras rectifica la identifica­ción hecha por Gioachino de la «Nueva Ba­bilonia» con la Roma papal, cuando aquélla no es sino el Imperio de los suevos, que pretendía esclavizar a la iglesia, represen­tada por Jerusalén. La fidelidad de Gioa­chino a la Iglesia romana y al Papado es posiblemente el resultado más importante y a la vez más inesperado del Libro de las figuras. El tono cambia, no obstante, en el Comentario al Apocalipsis debido al cambio de las circunstancias políticas. La impor­tancia dada en la láminas a la Iglesia grie­ga es, tan sólo, de carácter espiritual y mís­tico, tratando de pintar la «vida contem­plativa»: «parece que ésta sea algo, y no es nada». En todos los textos de las figuras se pone de relieve la venida de Elias, el profeta del espíritu, después del año 1260, que terminará con el advenimiento de Cristo como nueva era de paz y libertad interior, no con la destrucción del mundo a causa de una catástrofe mundial, sino como cam­bio gradual. En la tercera época, el «novus ordo» del mundo será dominado — no exclu­sivamente — por el Espíritu Santo, que en­contrará su propia manifestación más plena en el «ordo monastichorum» sin exclusión de los «clérigos» y de los «casados» — como pone en claro la lámina duodécima, contra la errónea interpretación y valoración co­rriente — y sin la supresión del sacerdocio y de la cura de almas ni, como es de pre­sumir, de los Sacramentos.

El Papado con­tinuará manteniéndose, si bien disminuirá su gloria temporal. El tercer estado se trans­formará, con el tiempo, en una humanidad que no cambiará radicalmente. En cuanto a la doctrina trinitaria de Gioachino apa­rece reafirmada, como católica y por lo me­nos en su intención, con la expresión del símbolo atanasiano, pero la figura XI, con los tres famosos círculos, cuya imagen reco­gerá Dante, y la XXII, en la que se expone la perfidia de Pier Lombardo, al que acusa de afirmar una cuaternidad divina, confir­man su doctrina, que el Concilio de Letrán fallará equivocada. «Tria sunt in vocabulis, et tamen unum sunt». Contactos directos de pensamiento, por lo menos, de inclinación mística, entre Gioachino y San Francisco de Asís no cabe deducirlos del Libro de las figuras, si se exceptúa la visión común de la «destrucción» de la Iglesia y de la espe­ranza y certeza de que será restaurada. El mayor interés ha sido, en cambio, suscitado por la influencia que pudo ejercer el «calabrés abad Gioachino — de espíritu profético dotado», sobre Dante y su Divina Comedia, a través de las figuras que lo hacen visible y eficaz.

Tondelli confronta con las láminas del códice reggiano las diversas figuras dan­tescas de los tres cantos, que de aquél reci­bieron no sólo nueva luz sino, en muchos casos, aclaraciones de dudas y soluciones de problemas suscitados en su interpreta­ción; por ejemplo y ante todo, los tres círculos y el simbolismo de los números del Dante; el «hacer resaltar la letra M (Pa­raíso, XVIII) y el transformarse ésta en un águila, que encuentra total explicación en las figuras de las láminas V y VI — debidas al arte del miniaturista más que a idea de Gioachino — y la afinidad de pensamiento entre San Buenaventura y Gioachino, ilus­trada en las láminas XII-XIV; la gran vi­sión alegórica que cierra el Purgatorio; la terrorífica ión del carro triun­fal, y el ideal de la pobreza evangélica en Dante. Varios detalles de la comparación vienen a demostrar, según Tondelli — cuya opinión no es, sin embargo, aceptada uná­nimemente —, que Dante es muy probable que utilizara el códice reggiano o, por lo menos alguna copia, si bien sobre este punto no se tiene noticia alguna.

G. Pioli