Leyenda de Lorelei, Heine

En la cumbre de una alta y escarpada roca, donde el Rin, viniendo de Bacharach, dobla bruscamente hacia St. Goar, «peina con peine de oro sus dorados cabellos en la luz del sol poniente» y canta; y abajo, al pie de la roca, el navegante en su barquilla ya no oye ni ve más que a ella; la barca se estrella con­tra los escollos y el navegante desaparece engullido por las olas. Así, como la des­cribió Heine en la segunda de las poesías de su «Retorno» (v. Libro de canciones), Lorelei vive y vivirá en la imaginación de los hombres.

Es uno de los grandes temas que el alma romántica ha transmitido a la poesía de todo el siglo XIX: «la belleza y la muerte». Pero Heine, simplificando la visión en pocos rasgos sugestivos, armó­nicos, y dejándola aflorar desde perdidas lejanías de su recuerdo, en una interioridad dulce y cansada, como de alma que cede y se abandona, ha hecho de ella un mito romántico inolvidable. Naturalmente, mu­cho más entreverada de elementos fabulo­sos populares — e incluso parcialmente di­ferente — fue la leyenda en los «antiguos tiempos» a los que la poesía de Heine dice referirse. En rigor, por lo menos en su ori­gen, fue una leyenda de «enanos guardianes de un tesoro», enlazada, como otras seme­jantes, al fenómeno del eco, que en aque­llos puntos del valle del Rin, fue muy celebrado en verso y prosa por la pureza de sus prolongadas resonancias repetidas, es interpretado poéticamente por la fantasía del pueblo como un alegre juego de «espí­ritus de la tierra y de los montes», que contestan desde las cavidades internas de las rocas. Incluso el «archihumanista» Conrad Celtis, describiendo con virgilianos acentos este fenómeno — «voxque repercussii specubus rebocavit ab altis» — asocia a él la imagen de los «dioses silvícolas» que «tienen en las cuevas su morada»; y concretamente de Pan, los Silvanos y las Oreadas habla otro humanista, Marquard Freher; pero por debajo de la pátina clá­sica — en un caso y en otro — es fácil vis­lumbrar los ojos maliciosos de los enanos, brujas, elfos y gnomos, caros a la fantasía popular germánica (cfr. por ejemplo los Meisterlieder 694 c y 699 b en la gran Re­copilación manuscrita de Colmar del si­glo XVI, ed. Bartsch, 1862).

El nombre mismo de la roca, en sus sucesivas varian­tes — Lurlei, Lurelei, Lorelei — está en relación con la leyenda. Es una palabra compuesta, cuyo segundo término — «Lei» — ce amplio uso en medio alto alemán, sig­nifica «roca». El primer término, en cambio — «Lur» o «Lür» — ha sido reconocido como un antiguo substrato celta, que indi­caba simplemente la naturaleza de la roca — esquistosa, a placas —, pero, con el tiem­po, borrándose el exacto valor del vocablo, el pueblo lo relacionó con otra palabra, ya no céltica sino germánica: «lüren», en ale­mán moderno «lauern» cuyo significado primitivo era «mirar abajo con los párpados entornados», «estar al acecho». «Lurlei» pasó entonces a ser «la roca donde moran seres fantásticos que acechan y se mueven como enanos»; y a los enanos, gnomos, froídos y coboldos, se añadió una nueva categoría: los «lures» o «lurles» de la que está llena la. toponimia alemana desde el Rin hasta la Selva Bohemia. La época de esta transformación es antigua; un «Mons Lurlaberch», para designar precisamente la roca de Lorelei, aparece ya en un ma­nuscrito que se ha fechado como del si­glo X. Y la fama de la roca encantada debió de ser también pronto popular, si la fantasía del pueblo empezó a murmurar que precisamente dentro de ella se oculta­ba el «oro del Rin» de la leyenda de los Nibelungos, como atestigua Marner, «Minnesänger» de la escuela de Walther von der Vogelweide en el siglo XIII. — «El te­soro de los nibelungos se halla junto a ellos en el monte de los Lur los» [«Der Nibelunge Hort lit in dem Lurlenberge in bi»].

La «mágica roca» sobre el «río sagra­do» resplandeció así, como dice con emo­ción Hertz, «a la luz de la gran saga». Y la fama se perpetuó en el tiempo, se reflejó sobre leyendas afines, y durante siglos vivió en la poesía popular. Pero no existe rastro de ninguna mujer hermosa, ni hada ni maga en esta leyenda, antes de la célebre balada de Brentano. La cosa puede sorprender por­que precisamente la mitología alemana es rica en «graciosas criaturas» femeninas que pueblan montes y ríos; y precisamente la figura de Lorelei puede hacer pensar — y ele hecho así ha ocurrido — en una de aquellas holdas, resplandecientes de belle­za, benéfica o maléfica, que todavía siguen encantando la imaginación de los poetas, especialmente de los del norte. Pero Brentano era muy joven cuando compuso los Godwi (v.), de que forma parte la balada, y la figura que creó no es de maga sino de mujer que sufre y hace sufrir, se pierde y conduce a la perdición; más que una vi­sión de pura fantasía, una figura fabulosa, aparece como la simbólica imagen de lo que la mujer y el amor fueron en su vida y en su poesía.

G. Gabetti