A pesar de la comodidad que representa para los físicos una materia hipotéticamente continua, las leyes de la química general han llevado a ‘los químicos a formular la hipótesis atómica (v. Las teorías atómicas), hipótesis que muy pronto fue aceptada por la mayoría de los científicos. Se disociaron las moléculas, se contaron los átomos (número de Ávogadro) y los investigadores se hallaron en presencia de cerca de un centenar de elementos; existió, ya, una primera cuantificación de la materia. Pero se hubiera querido, si hubiese sido posible, resumir todos estos elementos a unos pocos, o inclusive a un solo elemento básico (lo que podría haberse llamado unidad de la materia).
I. Cuantificación de la materia. El átomo de Rutherford. Numerosas experiencias realizadas a finales del siglo XIX por Thomson, Winson, etc., demostraron que la electricidad era también corpuscular; toda carga eléctrica es un múltiplo entero de una carga: e = 4,80.10-10 u. e. s. Se llegó a continuación a poner de manifiesto los corpúsculos portadores de una cargue negativa y que se llamaron electrones: tubo de Crookes, emisión termoiónica. Se pesaron estos electrones: su masa es muy pequeña: alrededor de 1/1830 de la masa del átomo de hidrógeno. Habiendo sido estos electrones separados de la materia, era preciso que la materia los contuviera previamente. Finalmente, en 1911, el físico inglés sir Ernest Rutherford (1871- 1937) realizó la desviación de las partículas a través de láminas muy delgadas (las partículas a son átomos de helio portadores de dos cargas positivas). Las partículas a podían inclusive retroceder, como si rebotasen: eran pues rechazadas por los centros cargados positivamente. La experiencia demostró que estos centros tenían una carga Ze cuando los átomos constitutivos tenían Z por número en la clasificación de Mendeleiev. Teniendo en cuenta estos hechos diversos, el mismo Rutherford edificó el primer modelo de átomo. «Cada átomo constituye un verdadero sistema solar en miniatura» (Jean Perrin). El centro debe ser un núcleo de carga + Ze y comprende la masa más importante del átomo, y los satélites deben ser los electrones en número Z para mantener la neutralidad eléctrica del conjunto, pero frente a la física clásica, este edificio debía ser inestable: para no caer sobre el núcleo, estos electrones debían describir una órbita en derredor suyo. En tales condiciones ellos debían emitir energía sobre un espectro continuo, lo cual no sucede, y debían acabar por caer igualmente sobre el núcleo. Se había llegado a un callejón sin salida. Fue entonces cuando el físico danés Niels Bohr (n. 1885) hizo su aparición. En lugar de discutir el átomo de Rutherford, hizo, en 1913, una crítica de la Mecánica clásica.
II. Cuantificación de la energía. El átomo de Bohr. Niels Bohr simplemente introdujo en los átomos de Rutherford el concepto de una «mecánica cuántica» cuyas bases habían sido trazadas en 1900 por el físico alemán Max Planck (1858-1947). En efecto, el inglés lord Rayleigh (1842-1919) había intentado calcular teóricamente la emisión del «cuerpo negro»; hiciera lo que hiciese, su fórmula no concordaba con la experiencia adquirida respecto a las grandes longitudes de onda (hacia el infrarrojo). Planck demostró que se llegaba a una perfecta concordancia si se suponía que la energía estaba cuantificada: todo cambio de energía que se ocasione por medio de una radiación de frecuencia y no puede efectuarse más que por cuanta de energía hv (h o constante de Planck, es igual a 6.55.10-27 ergio/segundo). Pudo verse entonces por qué la fórmula de Rayleigh concordaba mejor con las grandes longitudes de onda que con las cortas : cuando la longitud de onda \ crece, la frecuencia v disminuye, del mismo modo que el cuantum hy; se tiende entonces hacia una mecánica de lo continuo, es decir, la Mecánica clásica. (Es notable el comprobar que, tanto para la Mecánica cuántica como para la Mecánica relativista, la Mecánica clásica aparece como una ley límite). Einstein generalizó esta idea en 1905, cuando fundó la Relatividad. Esta última había nacido en cierto modo de la experiencia de Michelson, es decir, del duelo onda-corpúsculo referido a la luz (v. Teoría de la Relatividad). Einstein concilio las dos tesis, afirmando que la luz tenía una estructura corpuscular; una luz de longitud de onda \ está compuesta de corpúsculos, los fotones («Lichtqüanten») de energía: E = h\> (fórmula de Einstein). Inspirándose en estas ideas, Bohr construyó su átomo. En el modelo de Rutherford: las órbitas de los electrones están cuantificadas, sólo ciertas trayectorias están permitidas — las trayectorias permitidas son aquellas que cumplen el que la «acción de la cantidad de movimiento» sea un múltiplo entero de h (o sea nh)—; sobre una trayectoria permitida, un electrón no irradia energía; si un electrón pasa de una trayectoria permitida a otra más próxima al núcleo, produce una emisión de un cuantum de energía luminosa, correspondiente al salto de potencial. Puesto que sólo ciertos saltos están permitidos, de ello se desprende la explicación de las series de rayos de emisión.
III. Los cuatro números cuánticos del electrón. Principio de Pauli. Acabamos de encontrar un primer número cuántico: n, llamado número cuántico principal. Pero muy pronto la teoría de Bohr se revela insufiiente, es preciso introducir otros tres números cuánticos. A priori no se ve por qué razón las trayectorias deben ser circulares, mientras que las trayectorias de los planetas son elípticas. Sommerfeld introdujo un nuevo parámetro traduciendo la excentricidad de la elipse, por lo que también ella debe ser cuantificada: de donde nace el segundo número cuántico: l, llamado número cuántico subsidiario. I es un número entero o SJn-1. El estudio de las radiaciones emitidas por un elemento colocado en un campo magnético ha llevado a introducir un tercer número cuántico: m, o número cuántico magnético. Es un número- entero tal que — l % m S -f l. Debe finalmente afectar a cada electrón un cuarto número cuántico s, llamado el «spiri» (trompo), que corresponde al movimiento de rotación del electrón sobre sí mismo. Para un electrón, s no puede tener más que dos valores: +1/2 y —1/2. Pauli emitió un principio fundamental, empírico, pero verificado siempre: en un mismo átomo, dos electrones no pueden tener simultáneamente sus cuatro números cuánticos iguales. Este principio permite hallar inmediatamente la tabla periódica de los elementos; puesto que, en efecto, a lo sumo se tiene: 2 electrones para n = 1 (capa K); 8 electrones para n — 2 (capa L); 18 electrones para n — 3 (capa M), etc. Pero la teoría de Bohr, inclusive con la aportación de los tres nuevos números cuánticos, se mostró incapaz de resolver otro átomo que no fuera el hidrógeno. Era preciso buscar otra solución.
IV. Nacimiento de la Mecánica ondulatoria. Ya se vio que Einstein había demostrado de una manera muy particular la dualidad onda-corpúsculo que existe en la luz; ésta está compuesta de fotones de energía E = h Y de cantidad de movimiento p = 7iv/c = h/\. Louis de Broglie (n. 1892) hizo notar la profunda analogía formal de dos principios: el de Fermat, que determina la trayectoria de Ios rayos luminosos y el de Maupertuis, que determina la trayectoria de los puntos materiales. Inspirándose en estas dos observaciones, Louis de Broglie, en 1923, postuló: todo- , corpúsculo material de energía E y de cantidad de movimiento p (producto de masa X velocidad) está asociado a una onda de frecuencia v y de longitud de onda X tal que: E = hv, p — h/X (relación de Broglie). Dicho de otro modo, la Mecánica clásica es X a una Mecánica ondulatoria lo que la óptica geométrica es a la óptica corriente. La Mecánica ondulatoria (o nueva Mecánica cuántica) había nacido. Se asociará a todo corpúsculo una onda representada matemáticamente por una función tp llamada función de onda, que dependerá evidentemente del tiempo y de las tres variables de espacio.
Esta atrevida generalización fue verificada, en 1927, por Davisson y Germer que lograron difractar electrones a través de un cristal, del mismo modo que se difractan las ondas luminosas. Una diferencia fundamental apareció entonces entre esta Mecánica ondulatoria y la Mecánica clásica; para esta última, si se conocen las condiciones iniciales (posición, velocidad del punto material en un instante to) y las leyes del movimiento, se puede entonces determinar teóricamente su posición en todo instante t. Por el contrario, como demostró Heisenberg, es imposible, en Mecánica ondulatoria, determinar simultáneamente la posición y la velocidad (o la cantidad de movimiento) de un corpúsculo. Es preciso admitir un error Ax sobre la posición respecto al eje Ox, y un error A px sobre la cantidad de movimiento proyectada sobre el mismo eje; se tiene por lo menos: x A x Apx — h. Así pues, no se podrá decir que en el instante t un corpúsculo se halla en el punto P, sino solamente que tiene una cierta probabilidad de hallarse allí, puesto que no se pueden tener las condiciones iniciales perfectamente determinadas. Ahora bien, en óptica, la amplitud de onda en el punto P en el instante t da la intensidad luminosa, es decir, la densidad de fotones, o sea también la probabilidad de encontrar allí un cierto fotón. Por analogía puede imponerse a la amplitud de la función de onda el traducir la probabilidad de presencia del corpúsculo. La fórmula exacta estará calcada de la fórmula óptica: la probabilidad de presencia será proporcional a [ ]2 en el punto P en el instante t.
V. La ecuación de Schrödinger. La mecánica de los operadores y de las matrices. Ahora que se ha definido perfectamente la función l|/, será preciso saberla calcular. Schrödinger dio en 1926 una ecuación diferencial en \p\ que es verdaderamente la ecuación del movimiento del corpúsculo: m = masa del corpúsculo; E = energía total del corpúsculo; V = potencial. Si se introducen las notaciones operacionales, la escritura de esta ecuación se simplifica considerablemente : H 4» = E <J>, llamada igualmente ecuación con los valores propios de la energía (H = operador Hamiltoniano). Si se quiere calcular es preciso introducir los datos particulares del problema a considerar: condiciones en los límites, condiciones iniciales. Se encuentra entonces que la ecuación tiene solamente un sentido para ciertos valores de E. Vuelve a encontrarse la cuantificación de la energía. Más todavía: se ve inmediatamente que las ecuaciones de Mecánica ondulatoria se obtienen rápidamente cambiando en las ecuaciones clásicas cada magnitud a por un operador A llamado operador asociado (el Hamiltoniano H es el operador asociado a la energía E) y los únicos valores posibles para a son aquellos para los que A = a 4 admite soluciones normales en . Es así como se encontró la cuantificación de la mayor parte de las magnitudes estudiadas. La aplicación a los átomos de esta nueva Mecánica dio excelentes resultados, hasta donde pudieron llegar los cálculos. Pero desde el instante en que se abordan problemas un poco complicados, se está obligado a proseguir haciendo numerosas hipótesis simplificadoras y a emplear métodos aproximados de cálculo. A pesar de lo cual, los resultados están notablemente de acuerdo con la experiencia.
VI. Conclusión. Como se ve, el empleo de esta nueva mecánica es a menudo difícil, y sería inútil servirse de ella para resolver problemas para los que no ha sido concebida. En general, puede decirse que se utiliza en los sistemas cuyas dimensiones son del orden de las magnitudes de ondas asociadas, como por ejemplo en el caso de la óptica (problemas de difracción, interferencia). A partir del instante en que la longitud de onda es continua un gran número de veces en las dimensiones del sistema, las ecuaciones del tipo A = a admiten una gran densidad de valores posibles para la magnitud a: se tiende rápidamente hacia una distribución casi continua de los valores posibles y la Mecánica clásica se puede aplicar con muy gran aproximación. Pero, en lo infinitamente pequeño, la Mecánica ondulatoria es indispensable y se revela sorprendentemente fecunda. Es curioso notar que en veinticinco años (1900-1925), la física clásica (incluida la geometría), que había sido hasta este momento omnipotente, se ha visto reducida a un campo de aplicación muy restringido en medio de un Universo relativista y cuantificado.

