Las Orientales , Víctor Hugo

[Les orientales]. Tí­tulo de un volumen de poesías líricas de Víctor Hugo (1802-1885), que se publicó en 1829 y se ha hecho célebre por ser la pri­mera afirmación del genio estilístico del poeta.

Mientras en las precedentes Odas y baladas (v.) había efectuado las primeras pruebas de lirismo en las más diversas direc­ciones, alternando las audacias con las cal­culadas prudencias, en las Orientales, a los dos años del Cromwell (v.), que le había situado en primera fila de la tumultuosa falange de los románticos, Hugo toma re­sueltamente la actitud de jefe de escuela, uniendo a la práctica de su arte vigoroso acentos polémicos.

La colección de estas poesías va precedida de un prólogo en el cual diserta con precisa elocuencia en favor de la nueva poética, ataca resueltamente la teoría del clasicismo, reivindica para la poe­sía francesa la máxima libertad de temas y de expresión, y termina deseando para Francia, en términos extremadamente pintores­cos, «una literatura que se asemeje a una ciudad medieval».

Y a esta audacia acom­paña un cambio de ideas políticas; por lo que el escrupuloso legitimista de las primeras Odas dispara ahora las primeras flechas contra el «statu quo», no sin señalar en la revolución griega un ejemplo de los pueblos modernos en rebelión contra la tiranía de los reyes. La guerra de indepen­dencia de los griegos contra el Imperio Turco inspira, en efecto, muchas poesías del volumen («Canaris», «Les tétes du Sérail», «Navarin»); pero también estas evo­caciones más propiamente históricas adquie­ren formas y colores de fábula, se mezclan con una fantasmagórica serie de cuadros extremadamente pintorescos.

Sus argumen­tos son tomados de la historia y la leyenda oriental con una insistencia casi pueril sobre los temas más fácilmente sugestivos; serenatas y desafíos en la España árabe, sultanes y serrallos, odaliscas y alminares, emires y bajaes, matanzas y cimitarras; pero todo ello ofrece ocasión para una verdadera orgía de ritmos y de colores, para una enor­me riqueza de imágenes.

Una abundancia de invenciones verbales y una ostentación de maestría técnica, que a veces tienen algo de prodigioso («Sara», «Marche turque», «Attente», «Lazzara»). A veces por exceso de habilidad se entrega a complicados jue­gos métricos de gusto dudoso, como en los «Djinns».

Otras, el gusto por las compara­ciones llega a cargar la mano del poeta, que se transforma en un desenfrenado pres­tidigitador. Pero, en conjunto, la serie de Las orientales, por su eficacia y originali­dad, no se muestra inferior a su fama, por lo que suele decirse que abrieron el camino a gran parte de las audacias poéticas de todo el siglo XIX.

Algunas poesías, que más bien son verdaderos poemitas, de alta ins­piración y de estilo particularmente gran­dioso y solemne («Le feu du ciel» y «Mazeppa»), se muestran dignas de La leyenda de los siglos (v.) y tocan ya en las cimas de la poesía de Hugo. [Trad. española de Jacinto Labaila en Obras completas (Valen­cia, 1886-1888), y de Fernando Girbal Jaume (Barcelona, 1910)].

M. Bonfantini

Las Orientales son, en cierto modo, la ar­quitectura gótica, siglo XIV, de Hugo; como ésta, adornadas, divertidas, vigorosas. (Sainte-Beuve)

Un tesoro de formas, de colores y de mú­sicas. (Carducci)

Victor Hugo evidentemente ha carecido del sentido de la medida, como ha carecido de ingenio: mirando siempre a lo grande, ha confundido lo enorme con lo sublime y ha sido olímpicamente extravagante. (Lamartine)

Los grandes mitos de Hugo han salido de los abismos a los que eran devueltos sin tregua por su genio nocturno. Poseen el esplendor y la coherencia perfecta de las cosmogonías antiguas y parecen creados más que por un poeta moderno, por generaciones y generaciones de pueblos primitivos. (A. Béguin)