Las Moradas, Santa Teresa de Jesús

Obra mística de Santa Teresa de Jesús, en el mundo Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582). Terminada en 1577 en el monasterio de San José de Ávila, fue publicada un año más tarde con el título de Castillo Interior. Este castillo es el alma, en cuyo interior florece el ár­bol de la vida espiritual, «plantado en las mesmas aguas vivas de la vida, que es Dios».

Para alcanzar su propio centro, el alma debe entrar en sí misma, pasando a través de sí y siguiendo un camino de perfección que progresa por grados. Estos grados, que corresponden a las progresivas renuncias a que el alma debe someterse para que su amor hacia Dios sea infinitamente puro, son las siete moradas del cas­tillo, en la última de las cuales encuentra a Dios, que infunde valor al alma en ca­mino, con sus gracias, y la renueva, trans­forma y prepara para las delicias de la «unión». Puerta del castillo es la oración acompañada de la meditación. Con los ojos fijos en Cristo, del cual aprende la verda­dera humildad, el alma entra en la prime­ra morada. En la segunda, conforma su vo­luntad con la de Dios y, en la tercera, conquista para sí la rectitud del querer en armonía con el cuerpo. Empieza entonces el recogimiento pasivo («oración de quietud») de la cuarta morada, donde llueven los favores de Dios («gustos de Dios») que encienden en el alma el fuego de la ver­dadera caridad y la llevan a paladear su dulzura; agua de vida que «produce gran­dísima paz y quietud, y suavidad de lo muy interior de nosotros mesmos». Las gracias místicas de unión se consiguen en la quinta morada cuando el alma se esfuerza por renunciar totalmente a sí misma para po­nerse en las manos de Dios.

La unión se hace siempre más intensa y, a menudo, estática, en la morada siguiente; hasta que, en la última morada, se convierte en san­tidad : unión que transforma y que sella definitivamente, entre los esplendores de la eterna sabiduría, la amistad entre el alma y las Personas Divinas, especialmente Cris­to. En su tratado, Santa Teresa describe con abandono lírico y efusivo las gracias místicas de que gozó durante sus largos años de ascetismo y de actividad contem­plativa. No teoriza con su propia experien­cia, fundada especialmente en el amor y en las gracias que da Dios que colman todo deseo, y nos da a comprender su sen­tido. Con un estilo afectivo, que en las formas sintácticas del lenguaje hablado se ciñen a una realidad íntimamente vivida, Santa Teresa traduce su experiencia en imágenes ingenuas y populares que son la floración espontánea de un alma enamora­da de Dios y sostenida misteriosamente «por vía extraordinaria» de su gracia.

M. Casella

En la alteza de las cosas que trata, y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos (sus escritos) se iguale. Y así, siempre que los leo me admiro de nuevo, y en muchas partes de ellos me parece que no es ingenio de hombre el que oigo; y no dudo sino que hablaba el Espíritu San­to en ella en muchos lugares, y que laregía la pluma y la mano; que así lo mani­fiesta la luz que pone en las cosas oscu­ras, y el fuego que enciende con sus pa­labras en el corazón del que las lee. (Fray Luis de León)

 En torno a toda la obra de Santa Teresa hay un hondo encanto de intimidad. Teresa nos descubre sus aficiones, se vale para los estados místicos de imágenes señoriales de­licadas, como la del perfume; analiza el alma hasta en sus más secretos rinconcillos. Toda la obra de la Santa viene a ser una autobiografía del reino interior, o de la anécdota de su vida fundadora. Aun en el intento de sistematización de Las Mora­das, no le importa crear un edificio obje­tivo teológico, aunque siga la técnica de los primeros místicos del siglo XVI, que había leído con afecto… Le importa hablar de sus propias experiencias, de los favo­res divinos que ella ha alcanzado, de lo que puede convenir concretamente a sus monjas. (A. Valbuena Prat)