Carlos Coloma (1567-1637), ocupan importante lugar en la bella serie de monografías de historia militar que España produjo en su Siglo de Oro. El autor, hijo del primer conde de Elda, y marqués de la Espina él mismo, fue experto político y diplomático. Mostró también aficiones de humanista con una traducción de Tácito — de «elegante y fácil» la califica Menéndez Pe- layo —. Pero al historiar la campaña de los Países Bajos, en que participó con elevado puesto durante los años 1588-1599, quiso escribir ante todo como soldado, prefiriendo poner su esfuerzo en referir las cosas en toda su realidad que emplearse en primores estilísticos. Esto da a la obra — que sólo comprende dichos años — un marcado acento de sencillez, precisión, puntualidad y veracidad. Entiende él que los narradores de guerras se exponen a muchos errores si no han hecho armas ellos mismos, y como los que en Flandes peleaban se cuidaban más de realizar hazañas que de escribirlas, se decidió, dice, a «hurtar el oficio a los historiadores». Pocos tan bien dotados para ejercerlo, pues por igual sabe él penetrar los resortes invisibles y comentar atinadamente, que contar con minuciosidad sin perder nunca la noción del conjunto. En lo que no es pura narración — retratos y juicios de personajes, comentarios, reflexiones…— extrema la sobriedad. Su prosa, noble y adecuada a su finalidad, responde eficazmente a su pensamiento. Parece que la primera impresión de la obra es la de 1622, muy rara; ha tenido varias reediciones.
B. Sánchez Alonso

