Las Grullas de Ibico, Christoph Friedrich Schiller

[Die Kraniche des Ibykus]. Balada de Christoph Friedrich Schiller (1759-1805), escrita en 1797, «el año de las baladas», como le llamaron Goethe y Schiller, ya entonces vinculados por recíproco aprecio y por una sincera amistad. Son veintitrés octavas, en las que el autor recurre a la tetrapodía yámbica, hipercataléctica en los versos 1-2-5-7, acataléctica en los versos 3-4-6-8 de cada estrofa; el esquema rítmico es: aa, bb, cd, cd. Como la mayoría de las baladas de Schiller, tam­bién ésta tiene un carácter épico, y la ac­ción, eminentemente dramática, se desarro­lla con impresionante objetividad. Motivo central de la balada es la inevitabilidad del castigo después de la culpa; así tomó su venganza Ibico, el cantor griego, que de su Reggio se desplaza a Corinto para par­ticipar en los certámenes ístmicos. Le acom­paña en su viaje una bandada de grullas, a cuya protección se confía Ibico. Cuando se encuentra a breve distancia de Corinto, le asaltan inesperadamente dos asesinos, contra los cuales intenta en vano defenderse: su mano está acostumbrada a la lira, no al arco, y el poeta sucumbe. La noticia del crimen se divulga por Corinto y con­mueve al pueblo que atesta el teatro. La acción que tiene lugar en la escena es como un eco trágico del crimen: las tres Furias, con las sienes cercadas de serpientes, avan­zan con pasos lentos y marcados, cantando su himno; todo amenaza al culpable que se oculta en la sombra; ellas están listas para alcanzarle hasta en el más recóndito escondrijo. Mientras el público sigue sin moverse, casi asustado, el espectáculo, una bandada de grullas, volando sobre el tea­tro, obscurece el cielo, haciendo el momen­to aún más impresionante. En aquel silenció absoluto, el asesino de Ibico se traicio­na a sí mismo con un grito: «Fíjate, amigo: ¡las grullas de Ibico!» Y el infeliz cantor, amigo de los dioses, es vengado en el acto, ya que la escena se transforma en seguida en tribunal para el juicio de los asesinos

O. Lennovari