La segunda comedia de la trilogía, Las aventuras del veraneo [Le avventure della villeggiatura], también en tres actos, se estrenó en 1761. Encontramos los mismos personajes que en la primera comedia: Filippo, Giacinta, Leonardo, Vittoria, Ferdinando, Guglielmo; y, además, la vieja tía Sabina, Costanza y Rosina. Estamos en pleno veraneo: vida nocturna y despreocupada, con gran alegría de los servidores que se entregan a la buena vida y de los sablistas chismosos y maldicientes, como Ferdinando. Giacinta, prometida de Leonardo, empieza a sentir cierta predilección por Guglielmo, amado por Vittoria; por otra parte, la vieja tía de Giacinta, Sabina, se enamora de Ferdinando, dispuesta a discutir con cualquiera que no encuentre natural la cosa, y Ferdinando acepta a su maduro amor, después de la promesa de una donación. Sobre un fondo de invitaciones y de partidas de cartas, se entrecruzan los celos; Guglielmo, sorprendido por Leonardo en coloquio con Giacinta, para disculparse afirma que estaba pidiéndole su intercesión para obtener la mano de Vittoria, y Leonardo se siente feliz de concedérsela.
Pero, mientras el contrato de bodas va a ser firmado, llega una falsa carta firmada por Fulgenzio, amigo de Leonardo, que le llama urgentemente a la ciudad, a causa de la inminente muerte de su tío Pasquale, a quien tiene que heredar. De donde se origina la inesperada partida de Leonardo; y la comedia termina con la promesa de otra que dará fin a la historia. Una de las más vivas comedias de Goldoni y una de las más ricas de ambiente, Le avventure della villeggiatura continúa eficazmente el tema de la primera. Una vez más, la pequeña muchedumbre burguesa de mediados del siglo XVIII se agita ante nuestros ojos, ingenua y chismosa, apasionada y razonadora, con sus frivolidades, sus pequeños intereses, sus envidias y sus celos que son de todas las épocas. El cambio sutil del amor de Giacinta, adquiere a veces intensidad de drama.
U. Dèttore
Este mundo poético tiene el defecto de sus cualidades: en su grosería, es superficial, y en su naturalidad, vulgar. En su carrera derecha y rápida, el poeta no medita, no se recoge, no profundiza; está siempre proyectado al exterior, gozoso y despreocupado, indiferente a su contenido, y siempre propicio a recargarlo casi por propia diversión y con el aire más ingenuo, sin sombra de malicia ni de mordacidad, por lo que su tipo de comicidad es caricatura alegre y sin segunda intención, que raramente llega a la ironía. (De Sanctis)

