La Muerte de Tiziano, Hugo von Hofmannsthal

[Der Tod des Tizian]. Drama lírico del poeta y dra­maturgo austríaco Hugo von Hofmannsthal (1874-1929), escrito en 1892, y publicado separadamente, en un volumen, en 1901.

En su quinta cerca de Venecia, Tiziano, ya cer­cano al fin, da los últimos toques a una gran tela, lo mejor de toda su obra. Su hijo y sus discípulos, que ha alejado de sí, están reunidos en la bella terraza que mira a Murano. Los jóvenes reflexionan sobre las largas horas transcurridas en la angus­tiosa vela, y, con devoción conmovida, ha­blan del maestro, de su larga vida labo­riosa, de esta última tela en que trabaja, a pesar de su fiebre mortal; y elevan un himno de reconocimiento a él, que les ha revelado, mediante el culto de la belleza, las fuerzas benéficas y elementales del Uni­verso. El pensamiento fundamental que in­forma la obra es común a otros dos dra­mas líricos del autor: Ayer (v.) y El loco y la muerte (v.). El poeta, muy joven to­davía, se pregunta angustiado cuál es el verdadero sentido de nuestra existencia. Tiene como el presentimiento de que el hombre debe hacer esta vida terrenal digna de las vidas anteriores surgidas en una má­gica esfera, en el «altísimo mundo de la preexistencia». Sólo el arte, logrado en el paciente y cotidiano esfuerzo con entera entrega de sí mismo, consigue alcanzar aquella «mágica esfera» en que el pasado se une al presente y, entonces, queda abo­lido el límite entre la interioridad del indi­viduo y la realidad operante de la vida.

He aquí, pues, la razón de la exaltación del artista que, por medio de sus obras, crea la comunión del hombre con las cosas, re­concilia el espíritu con la naturaleza, y abre ventanas en el universal misterio para revelarnos el verdadero fundamento de la vida.. Falta, en realidad, a esta obra, que el autor llamó «drama lírico», el carácter dramático, porque no hay en ella acción y su diálogo se desarrolla entre seres que casi se desvanecen, irreales, que simbolizan un pensamiento. La obra es como una me­ditación del poeta, en que la urdimbre ce­rebral aparece velada por la constante sucesión de admirables motivos líricos, en los que el pensamiento parece disolverse en queda melodía; estos motivos, distribui­dos y elaborados entre diversos personajes, crean un clima de puro éxtasis y de arroba­da contemplación. Por la riqueza de las imágenes y el sonido armonioso de las pa­labras, la expresión formal alcanzada por el autor es admirable. El breve drama, cuya composición data de la amistad de Hofmannsthal con Stefan George, es quizá la más pura y musical expresión del «culto del arte», del que ambos poetas partieron hacia la renovación de la poesía en Ale­mania; formó parte del primer fascículo (1892) de las Hojas para el arte (v.) y en 1901 fue recitado con motivo de la muerte de Bócklin en la «Casa de los Artistas» de Munich, con un prólogo escrito expresa­mente por Hofmannsthal para aquella ocasión.

C. d’Ancona