La Montálvez, José María de Pereda y Sánchez de Porrúa

Novela del escritor montañés José María de Pereda y Sánchez de Porrúa (1833-1905), publicada en 1887, en la que fustiga duramente las costumbres de la aristocracia del siglo pasado.

La mar­quesa de Montálvez empieza a sufrir las amargas consecuencias de su vida disipada poco después de quedarse viuda, si bien antes vivió separada del esposo, un ban­quero calavera. A las páginas admonitorias de la novela se mezclan irregularmente las de un diario de la propia marquesa de Montálvez, dando cuenta de sus inquietu­des morales. La única hija que logra, Lu­cía, cuidada con todo esmero para que no respire el fétido aliento del medio en que vive su madre, educada luego tanto en Es­paña como en París y totalmente separada de cuanto no sea virtud, al incorporarse a la vida de su madre, influye, inconscientemen­te, para que ella modifique, sanee, su exis­tencia. Y cuando la Montálvez, viuda ya. casi en la ruina, conoce por casualidad a unos prestamistas, desinteresados casi, que le facilitan dinero para ir saliendo de los apuros que su pésima administración (y el engaño del encargado de la misma) le fuerzan a pasar, aparece en escena un personaje inesperado: el remordimiento. Aquel matrimonio de prestamistas habla un lenguaje que la marquesa no había oído nunca, y que la impresiona favorablemente. Ya está ella en la austera vía de regenera­ción, o, por lo menos, olvido voluntario, de cuanto fue su mala vida de antes, y Lucía, la hija adorada, se enamora de un joven que viene a resultar nada menos que hijo de los ricos y filantrópicos prestamis­tas antes aludidos.

Una mano aleve — de una antigua amiga de la marquesa, tan pe­cadora como ella pero no arrepentida, y, por añadidura, torpemente encaprichada de Ángel, el novio de Lucía — relata a la hija de la Montálvez la historia pésima de su madre; añadiendo, para que nada quede sin saber, que su verdadero padre no fue aquel banquero que se casó con la Mon­tálvez, sino un amigo de la casa, Pepe Guzmán, calavera incasable, que ya en la casi senectud sigue visitando la casa y siendo el confidente de sus habitantes, y muy querido por Lucía. La marquesa recibe a su hija, inesperadamente, como portadora de su castigo: aquel anónimo revela. a Lucía la verdad acerca de su madre, pero Ángel la supo por labios de sus propios padres cuando les reveló de quién estaba enamo­rado. Precisamente el haber querido con­firmar aquella historia nefasta que le contaron sus padres, en casa de una íntima amiga de la marquesa, Leticia, da lugar a que ésta escriba aquel anónimo, despecha­da porque Ángel la rechaza cuando ella se le ofrece amante. Lucía cae enferma gra­vemente, mientras su madre acude a los padres del novio (sus antiguos prestamistas) a suplicarles, por caridad, que permitan a su hijo casarse con Lucía, víctima inocente de sus pecados. La madre del mozo, inflexible, acaba por ablandarse ligeramen­te y Ángel vuelve a ver a su novia. Inútil­mente ya, pues la infeliz, avergonzada, des­engañada, triste hasta lo infinito, se deja morir mansamente sin que los cuidados del médico ni los auxilios de la religión puedan sacarla de su entrega. Ángel y la marquesa —el padre verdadero, Guzmán, ha sido rechazado por Lucía — asisten a la agonía y muerte de la pobre niña en ple­na desolación.

La novela termina con «los apuntes» de la Montálvez refiriendo los últimos momentos de la vida de su hija, y reprochándose sus viejos pecados que fueron la causa de tan triste fin. Una no­vela, en resumen, moralizadora, fustigante, pero no de tan agradable lectura — por lo sermoneante de muchas de sus páginas — como los elogios, sin duda merecidos, que Menéndez Pelayo le tributó hacían esperar.

C. Conde