La Legislación Primitiva Considerada en los Últimos Tiempos con las Solas Luces de la Razón

[La Législation primitive considérée dans les derniers temps par les seules lumières de la raison]. Obra de Louis-Gabriel Ambroise de Bonald (1754- 1840), publicada en 1802. Está constituida por una serie de pensamientos y axiomas inspirados rígidamente en el catolicismo en religión y en el legitimismo en política, den­tro de un sistema ideológico construido con mucha habilidad dialéctica. A pesar de que pertenece a la sustancial restauración de los valores de la familia y de la sociedad, en la cual, desde el consulado, Napoleón pro­curó inspirarse para la política interior, esta obra no fue conocida sino en restrin­gidos ambientes religiosos y nobiliarios. Sus decididas y singulares convicciones reaccio­narias condujeron al escritor católico a combatir con firmeza las nuevas ideas liberales, que a él la parecían nocivas para el Estado y para la sociedad.

La creación del hombre a imagen y semejanza de Dios importa la consideración de que la sociedad se halla fundamentalmente basada sobre principios no sencillamente naturales, sino inspirados por la misma providencia. Así, por medio de la palabra (expresión natural del pen­samiento para entrar en la conciencia), el hombre ha recibido la verdad, y por medio de ella la transmite y comunica. Igual­mente, al combatir el innatismo cartesiano y el sensismo empirista, en cuanto se refiere al origen y naturaleza de las ideas, Bonald afirma que el conocimiento de las verdades morales es innato, no en el indi­viduo, sino en la sociedad. No puede haber sociedad sin verdades morales; en cada in­dividuo hay un conocimiento más o menos profundo de Dios. Por estas razones hasta la misma Revelación, concebida como mila­gro, debe considerarse como una ley gene­ral del espíritu humano. Así la que suele llamarse religión natural es también reve­lada, y la revelada es natural de por sí. Desaparece todo contraste en la sociedad y en la fe. La palabra indica en la ley di­vina los fundamentos de la humanidad mis­ma; ésta es regulada por principios que tienen sus bases en la familia, y hallan en el trono y en el altar su ‘vida espiritual; y el hombre puede volver a la pureza pri­mitiva emanada directamente de Dios, con la buena nueva instaurada en el mundo, y con el retomo de Cristo sobre la tierra para siempre redimida.

Las bases de la sociedad están minadas, dice el escritor, por nuevas y erróneas instituciones que no responden a las leyes de la naturaleza inspiradas por Dios; instituciones como el divorcio, el presbiterianismo, la democracia. Por estos prin­cipios, y por la misma sistematización in­transigente y polémica de su acción, Bonald se une, aunque sin dotes literarias ni espí­ritu crítico, a la batalla ortodoxa sostenida en defensa de la fe y de sus principios por Joseph de Maistre, Ballanche, y en ciertos aspectos, por Chateaubriand y el Lamennais de la primera época.

C. Cordié