La Jerusalén Libertada, Torquato Tasso

[La Gerusalemme liberata]. Poema épico en veinte cantos de Torquato Tasso (1544-1595) dedi­cado al duque Alfonso II de Este: concebido en la, adolescencia del poeta, que a los dieciséis años escribió un centenar de estancias de un poema Del Gerusalemme, elaborado en la juventud, después que hubo formado su criterio rector en los tres Discursos so­bre el arte poética (refundidos más tarde en los seis Discursos acerca del poema heroi­co, v.), fue compuesto en gran parte entre 1570 y 1575 en la corte de Ferrara, pero no fue publicado (contra la voluntad del autor, que estaba encerrado en el hospital de San Antonio) hasta 1580, con el título II Goffredo, incompleto, y en una más auténtica versión y con el título que ha pasado a ser definitivo (que no es del Tasso sino del editor) en 1581.

Su asunto es la primera cruzada y la conquista de Jerusalén: la acción se inicia con el nombramiento de Godofredo de Bouillon (v.) como jefe de los cruzados, que ya llevan seis años en Oriente pero no han intentado todavía el asal­to de la ciudad santa. En vano el rey de Egipto intenta disuadirles de su empresa con lisonjas y amenazas: se han sentado ya los reales ante Jerusalén junto a las murallas, se producen los primeros encuentros, en los cuales muestran su valor, entre los cruzados, Rinaldo (v.) el mayor héroe cristiano, pro­genitor de la casa de Este, Tancredi (v.) y Dudon (que muere en el combate) y, entre los defensores, Argante (v.) y Clorinda (v.). Pero el cumplimiento de la empresa, ini­ciada con tanto entusiasmo y proseguida por Godofredo con inflexible voluntad, resulta comprometido, más que por las defensas aprestadas por el rey de Jerusalén, Aladino (v.), por sus guerreros y el mago Ismeno (v.) por las pasiones de los cruzados, que les turban y desvían de su propósito principal. Ya Tancredi, uno de los más nobles y vale­rosos caballeros, ama con tormentoso y no correspondido amor a la guerrera sarracena Clorinda; Rinaldo, luchando con Gernando, que le ha calumniado, le da muerte y, para no someterse al juicio de Godofredo, aban­dona el campamento; Armida, joven y bellí­sima maga, enviada por inspiración del de­monio por su tío Idraotes, rey de Damasco, a Godofredo con el mentido pretexto de- obtener de él ayuda y protección, seduce con sus artes a un gran número de guerre­ros, los más valerosos, que la siguen con­vertidos en sus campeones y luego son en­carcelados por ella en un castillo junto al Mar Muerto. También Tancredi, que ha sos­tenido el honor de las armas cristianas en un memorable duelo con Argante, cae, no por su propia voluntad sino por un extraño azar, prisionero de la hechicera. Por esto, únicamente el anciano Raimundo de Tolosa puede presentarse a combatir contra Argan­te, cuando éste vuelve a reanudar el duelo interrumpido y, generalizada la pelea, los cruzados resisten difícilmente a los sarra­cenos a quienes se suman las potencias in­fernales.

Llega entre tanto la noticia de que Sveno con su ejército, que estaba en ca­mino para unirse a los cruzados, ha sido derrotado por Solimán (v.), en otro tiempo rey de Nicea y ahora jefe de los piratas árabes, y el falso anuncio de la muerte de Rinaldo empuja a una parte de los guerre­ros a la rebelión. Sofocada ésta, Godofredo debe hacer frente a las fuerzas de Solimán, que por la noche han asaltado el campa­mento: sigue una gran batalla en la cual las fuerzas demoníacas combaten también contra los cristianos, hasta que el arcángel San Miguel las arroja nuevamente al in­fierno. Reaparecen los prisioneros de Armida, liberados por Rinaldo, y Godofredo, alentado por la victoria, ordena el asalto de la ciudad, pero tiene que suspenderlo porque llega la noche. Pero en la oscuridad Clorinda y Argante incendian las máquinas de guerra de los cristianos: Clorinda es sor­prendida y muerta por Tancredi, que la reconoce demasiado tarde, pero todavía a tiempo para darle el bautismo que ella le pide. El asalto no puede reanudarse sin nuevas máquinas; pero Ismeno ha encantado la selva de donde puede sacarse la madera necesaria y en vano los guerreros más vale­rosos, y el propio Tancredi, intentan vencer aquellos encantamientos, que se presentan a cada uno de ellos de un modo diferente, pero siempre pavoroso.

Sólo Rinaldo podrá vencerlos: inspirado por una visión, Godo­fredo envía dos caballeros a reclamar al campeón, que, según les es revelado por un mago cristiano, ha sido raptado por Armida, enamorada de él y vive con ella en una de las islas Afortunadas, en un lugar de deli­cias, creado por encanto por la hechicera enamorada. Rinaldo., en cuanto llegan, se da cuenta de su error: ni los hechizos ni los ruegos desesperados de Armida pueden re­tenerlo. De regreso al campamento y tras haber confesado sus culpas a Pedro el Er­mitaño, después de una oración en el monte Oliveto penetra en la selva y, resistiendo las seducciones con que las potencias infer­nales intentan vencerlo, logra deshacer los encantamientos. Ya nada se opone al asalto a la ciudad: Jerusalén es tomada, Argante muere a manos de Tancredi (y éste, herido, es auxiliado y cuidado por Herminia (v.), la dulce doncella sarracena que lo ama en secreto y que ya otra vez, pero en vano, ha intentado llegar hasta él para curar sus heridas). En auxilio de los restos del ejér­cito sarraceno encerrados en la torre de David llega el gran ejército egipcio: la úl­tima gran batalla, en la que hallan la muer­te Aladino, Solimán y los principales gue­rreros egipcios, concluye, con épica grandio­sidad, la acción del poema.

Con la Jerusa­lén, Tasso se propuso fundir en un poema épico, semejante en sus grandes líneas a los modelos clásicos de Homero y Virgilio, un asunto histórico, y más particularmente un asunto de historia religiosa, con elemen­tos sacados de la tradición de la poesía novelesca (de la cual conserva el metro, la oc­tava rima) variando los datos que la histo­ria le brindaba (según los cronistas de la primera cruzada, especialmente Guillermo de Tiro), con las maravillas de las potencias sobrenaturales y de los encantamientos, e intercalando en la severa epopeya episodios de amor. Pero Tasso empezó a dudar de haber logrado su intento a partir del mo­mento en que en las tormentosas discusio­nes con los revisores que él mismo eligió para saber su opinión antes de publicar el poema, le opusieron graves objeciones de carácter religioso y literario (demasiados amores, demasiada magia, falta de unidad), y si bien defendió con una Apología su obra de las ásperas censuras de los acadé­micos de la «Crusca», las censuras antiguas y nuevas, sus propias dudas y los escrúpulos de un ánimo abatido por la desdicha, le indujeron a rehacer radicalmente el poema. Fruto de este trabajo fue la Jerusalén con­quistada (v.) publicada en 1593; pero ni el nuevo poema ni las críticas de numerosos censores bastaron para disminuir el éxito de la Libertada, que conquistó inmediata­mente al público y no sólo en Italia sino en otros países logró una popularidad que pocas obras poéticas han conocido.

Una for­tuna tan rápida y tan vasta demuestra que el autor acertó el gusto de su público, ofre­ciéndole, cuando la literatura caballeresca empezaba a dar inequívocos signos de ago­tamiento, un poema en el cual se presen­taban en una nueva e inédita trama, moti­vos y situaciones de aquella literatura y que, con la característica mezcla de lo sa­cro y lo profano, parecía conciliar exigen­cias igualmente vivas en el ánimo de los lectores. Conforme con el gusto de la época era también lo sostenido del tono, que no decae nunca en la Jerusalén (tan distinta en esto del ‘Orlando furioso, v., de tono* amable y variamente discursivo) y que se eleva a menudo a la grandilocuencia (en los numerosos discursos que hay en el poema, sabiamente construidos y desarrollados se­gún todas las reglas del arte); conforme a aquel gusto, la sutileza retórica de que el poeta se complace en dar pruebas en sus fre­cuentes y bien estudiados contrastes y en sus ingeniosas metáforas, hace ya pensar en la literatura del siglo XVII. Razones, todas éstas, que son extrañas a la poesía y que explican precisamente aquello que hay de caduco en el poema de Tasso; pero desde el primer momento se impuso, con todo, por su valor intrínseco, la poesía vigorosa y nueva de la obra, de la que vienen a ser un reconocimiento las mismas controversias encarnizadas que provocó, fuera cual fuera la tesis sostenida por los contendientes. Aque­lla poesía fluye de la pasionalidad del poe­ta, el cual no contempla, como Ariosto, con serenidad un mundo vario y animado, bello en su diversidad, sino que vive con sus per­sonajes, que no le interesan por lo que hacen, sino por lo que sufren: de aquí la escasa importancia de la intriga (un resu­men del poema acaba siempre por dar poco o ningún relieve a más de una página esen­cial de poesía de Tasso); de aquí el relati­vamente escaso número de los personajes, y sobre todo el de los personajes verdade­ramente poéticos; de aquí finalmente la aparente pobreza de invención, por la cual aquellos personajes parecen, como decía Galileo, prometer mucho y no dar nada.

Pero ¡qué riqueza en la descripción del dolor de los hombres, de la «áspera trage­dia del estado humano»! Por este sentido de los sufrimientos humanos viven en la epopeya de Tasso los guerreros cristianos anhelosos de una conquista ideal y, sin em­bargo, combatidos por pasiones terrenas, y los sarracenos, sobre los cuales pesa, a pesar de sus esfuerzos, el destino de la derrota; con este sentido viven el severo Godofredo, aureolado por su soledad con una especie de halo de melancolía, y el joven Sveno, que después de un marcha épica llega a la muerte y a la gloria, y Solimán que va de derrota en derrota sin que su ánimo invicto desmaye jamás, y Clorinda, criatura lumi­nosa, que atraviesa los estragos de la gue­rra y cumple su vida breve y admirable muriendo a manos del hombre que ama. Y el mismo espíritu se observa en la repre­sentación del amor, que es siempre, en los personajes de Tasso, en Olindo (v.), en Tancredi, en Herminia, en Armida, un an­sia de un bien inasequible, tormento y dolor, incluso en las páginas más voluptuosas, en las que se advierte un sufrimiento secreto y profundo. Participa de la vida de los per­sonajes la naturaleza que los rodea, lo mis­mo cuando llora la muerte precoz de la guerrera Clorinda que cuando saluda con sus voces el despertar de la joven Herminia, consolando sus penas, o cuando ilumina con Y nueva luz la cándida figura de Rinaldo pu­rificado. Y esta participación se hace más misteriosa e inquietante gracias a las magias y encantamientos que de la manera más evidente dan a aquella naturaleza, que ha­bitualmente nos parece extraña a nuestra vida, voz, aspectos y espíritu humanos. Ad­mirables invenciones sobre todo el jardín de Armida, que la maga enamorada crea para su amado Rinaldo sobre un monte en una isla remota y luego, abandonada por él, lo disuelve en su ansia de destrucción; y la selva encantada que se presenta a cada guerrero con diferente aspecto dando forma y palabras a sus más secretos temores, a sus pesadillas, a sus sueños.

Y sobre aquellos personajes ardientes y apasionados, sobre «la térra che se stessa strugge e pasce/E nelle guerre sue muore e rinasce» [«tierra que se destruye y se apacienta a sí misma/ y en sus guerrás muere y renace»]) se tien­de el cielo, al cual miran ellos y su poeta, elevándose de vez en cuando sobre sus pro­pias pasiones, como una promesa de paz y pureza («Guarda il ciel com’é bello e guarda il Sole/Che a sé par che n’invite e ne consolé» [«mira el cielo cuan bello es, y mira el Sol,/que parece invitar a ir a él y consolarnos»]): así la religión de Tasso, profunda aspiración más que serena pose­sión, acompaña, sin apagarlas, las ‘pasiones terrenales de sus personajes, dejando entre­ver más allá de este mundo atormentado la paz del mundo ultraterreno, aquel mundo al que Godofredo se eleva en una milagrosa visión y que en una hora solemne Rinaldo presiente en el cielo matutino, al cual se dirigen sus miradas, y en la naturaleza toda, milagrosamente transfigurada, después de su plegaria en el monte de los Olivos. [La primera traducción castellana es la versión en octavas de Juan Sedeño (Madrid, 1587), a la que siguieron la de Luis Gálvez de Montalvo, que no llegó a imprimirse y se ha perdido; la de Antonio Sarmiento de Mendoza (Madrid, 1649); la de Melchor de Sas, en verso suelto, duro y desabrido (Barcelona, 1817); la traducción en prosa de Antonio Izquierdo de Wasteren, sacada de la versión francesa de 1774 (Madrid, 1814); la versión en octavas de Juan Ángel Caamaño y Arturo Ribot (Barcelona, 1814); la traducción en prosa de Joaquín Rubio (Barcelona, 1842) y la versión en octavas reales de Juan de la Pezuela, conde de Cheste (Madrid, 1855), reimpresa en 1890 y 1926].

M. Fubini

En este poema, Tasso, desde el principio, piensa en la magnífica empresa de hacerse inmortal, busca grandeza y magnificencia de estilo y de armonía, teme dejar correr la pluma, y, en cada verso, mostrarse como un épico, lo trabaja todo, y sin darse cuenta pierde la gracia, espontánea y natural, del armónico estilo elegante. (Bettinelli)

La lengua es a menudo arbitraria y a me­nudo bárbara, si es lícito decirlo con aque­lla reverencia que se debe al gran Torcuato. (Baretti)

Este poema es un modelo perfecto de com­posición. De él se puede aprender a mez­clar los temas sin confundirlos. (Chateaubriand)

En la Jerusalén el interés está, si puede decirse, enteramente estacionario. (Leopardi)

Bajo las apariencias presuntuosas de un poema heroico la Jerusalén es un mundo interior o lírico o subjetivo, en sus partes sustanciales elegiaco idílico; eco de la lan­guidez de los éxtasis y de los lamentos de un alma noble, contemplativa y musical. (De Sanctis)

El infeliz Tasso, entre las sugestiones de un catolicismo violento, forzado y ficticio, y entre los oropeles de una poesía enveje­cida, trabajaba con refinamiento casi mor­boso, con resultados que no estaban a la altura de su gran esfuerzo. (Taine)