La Imitación de Nuestra Señora la Luna, Jules Laforgue

[Imitation de notre dame la Lune]. Segunda colección de poemas de Jules Laforgue (1860-1887), publicada en 1886 (en 12° de 72 pp.) por Léon Vanier, «editor de los modernos». Impresa de nuevo en 1894 en las Poésies complètes, que aparecieron bajo la misma firma y con un comentario de Edouard Dujardin, posteriormente en las dos ediciones colectivas del «Mercure de France»: Poésies (1903) y Oeuvres complè­tes de Jules Laforgue («Bibliothèque choisie», 2 vols., para los versos, anotaciones al texto por G. Jean-Aubry, 1922). Si bien es cierto que la personalidad de Jules Lafor­gue se afirma a partir de Lamentaciones (v.) en 1886 (Le sanglot de la Terre, colec­ción excesivamente juvenil y en la línea de Baudelaire, no fue impresa hasta después de su muerte), Imitación de notre dame la Lune, que compuso casi en esta misma época, ocupa un lugar importante en la obra, breve pero incomparable, de este gran poeta.

A pesar del uso y abuso de un len­guaje pseudocientífico, de una jerga filo­sófica y de un tono excesivamente familiar, rayando casi el argot, Laforgue se manifies­ta, si la importancia de un poeta debe medirse por su facultad de invención, como uno de los poetas de primer orden. ¿Hasta dónde habría llegado si no hubiera muerto a los veintisiete años? Sus Fleurs de bonne volonté, colección póstuma, anuncian una forma completamente nueva, un verso li­bre, que salvo en él no encontramos en ningún otro y que en vano intentaron imi­tar otros autores: ¿se mantuvo acaso con facilidad en este equilibrio inestable? En cualquier caso las Complaintes y la Imita­tion prueban ya una maestría sin ejemplo en tan temprana edad, un conocimiento ab­soluto de los resortes rítmicos: variedad y conjunción insólitas de metros pares e im­pares en el interior de una prosodia toda­vía regular. La Imitation comprende cua­renta y un poemas, o mejor veintidós, de los cuales algunos se subdividen, bajo el mismo título (como los Pierrots), en varios fragmentos de no gran extensión. Dedicada «A Gustave Kahn y también a la memoria de la pequeña Salambó, sacerdotisa de Tanit», fue comenzada en julio de 1884 en la isla de Mainau y acabado en Badén a fines de 1885. Laforgue ocupaba entonces, desde hacía cinco años, el cargo de lector de la emperatriz Augusta, y la seguía en todas sus peregrinaciones. Es indudable que los filó­sofos alemanes, Schopenhauer, Hegel, Hartmann, y también los poetas Novalis y sobre todo Heine (a quien se aproxima singular­mente por su ironía desesperada y aparato­sa), influyeron sensiblemente en la inspi­ración y el estilo del segundo en el tiempo de los soñadores franceses, después de Tris- tan Corbière.

Pero si debe no poco a Baude­laire en la primera parte de su producción, se observa que la lectura asidua de Shakes­peare influyó en él poderosamente. Por fin, su descubrimiento de Amours jaunes en 1882, a continuación de la revelación de Tristan Corbière por el impresor y poeta Léon Trézenik y Verlaine, dejó una huella indeleble en .el estilo y aun en la sintaxis de Laforgue. Bretón como él y como él tam­bién misterioso e introvertido, siempre a la mitad del camino entre la irrealidad del sueño y la búsqueda de la expresión inci­siva hasta el extremo, casi caricaturesca. Pero a despecho de tal cúmulo de influen­cias y simpatías, este amargo y medita­bundo seguidor del funambulesco Banville, conserva su propio dominio, como aquel que imploraba de la casta Diana uno de sus destellos para «lavarse las manos de la vida».