La Historia Natural de la Religión, David Hume

[The Natural history of Religión]. En­sayo crítico sobre la idea de llegar a una demostración racional de la religión, del filósofo escocés David Hume (1711-1776), publicada en 1758, enlaza con las Investiga­ciones sobre el intelecto humano (v.).

Con el fin de explicar la génesis, en el hombre, de la necesidad religiosa, distingue Hume los dos siguientes problemas religiosos : histórico y filosófico. Los argumentos teóri­cos invocados para demostrar el deísmo son cosa bien distinta de los procesos mentales efectivos de los que ha surgido la religión, la cual está basada, sí, sobre la naturaleza humana, pero no sobre la razón ni la fe. El interés suscitado por las extrañas vicisitudes de la vida, la esperanza, los prejuicios y los temores que agobian al espíritu humano, explican la génesis de la religión, que co­menzó con ser un politeísmo y un culto a los héroes. El monoteísmo, aunque más ra­zonable que el politeísmo, ejerció una influencia deprimente sobre la humanidad, en especial cuando fue asociado a terrores su­persticiosos, inspirando una posición de su­misión y de abatimiento y presentando las virtudes monásticas de la mortificación, la humildad y la resignación como las únicas aceptadas por Dios; los héroes del paganis­mo compiten ventajosamente con los santos del Cristianismo. Por otra parte, incluso en las religiones más puras y elevadas, el favor de la divinidad es implorado por los fieles mediante observancias frívolas y ritos su­persticiosos más que con la práctica de las virtudes morales.

La conclusión del autor es que las pruebas de un fin inteligente del mundo y de una finalidad moral de la vida no deben buscarse en los milagros, en las profecías y en lo sobrenatural — creaciones de la morbosa pasión humana por lo mara­villoso —, sino en las manifestaciones más comunes y ordinarias de la naturaleza y en nuestra experiencia moral. En todas las ma­nifestaciones de la vida el mal está mez­clado con el bien, la moderación y la tem­planza en los deseos es la actitud menos expuesta a las tempestades de la vida. Salvémonos, pues, en lo posible «refugiándonos en las regiones tranquilas, aunque oscuras, de la filosofía». El autor llevó a cabo un in­tento ulterior para resolver el enigma en los Diálogos sobre la religión natural [Dialo­gues on Natural Religion], escritos en 1749- 1751, aunque publicados póstumamente, en los que hace discutir entre sí a un creyente ortodoxo, un naturalista escéptico y un deís­ta racionalista, sin disimular sus simpatías por el segundo, aunque juzgando también exagerada su doctrina y concluyendo que «la causa del universo y las causas del orden del universo tienen probablemente una se­mejanza remota con la inteligencia huma­na».

En los dos tratados, la crítica de los conceptos dogmáticos de la teología está em­prendida mucho más a fondo que lo hacen los deístas, no admitiéndose como objetiva­mente válida la idea de Dios; sin embargo, de estas premisas no deduce argumentos contra las religiones positivas, que no se apoyan en conceptos racionales, sino en sentimientos y creencias irracionales. La expe­riencia religiosa es un instinto original pro­porcionado por la naturaleza, análogo al del amor propio, el instinto sexual y el amor filial; es un hecho natural que corresponde, como ya había entrevisto Vico, a los co­mienzos de la vida humana, todo pasión e imaginación; por consiguiente, bien lejano del alegorismo y de la teoría del engaño. Con Hume, Toland, Rousseau y Voltaire — precedidos por Herbert of Cherbury—, la crítica de las religiones positivas, enlazando con las preocupaciones religiosas, siempre vivas por motivos racionales y prácticos, da origen al deísmo: una filosofía religiosa más que una religión.

G. Pioli

Su mérito consiste en haber introducido una forma de considerar las religiones positivas, que aplicó sólo imperfectamente, aunque concibiéndola con claridad, y de la que la Ilustración con su soberbia creencia en su superioridad, no había tenido la menor idea. (Windelband)

Su recto método empírico da a sus inves­tigaciones un valor duradero. Es el más importante precursor del positivismo moderno. (Hoffding)