[Les Fleurs du mal]. Volumen de poemas líricos de Charles Baudelaire (1821-1867), publicado por vez primera en 1857, y en el que reunió casi toda su producción poética desde 1840 en adelante (el título que tenía pensado era Les Limbes, y fue cambiado más tarde, según parece, por sugerencia de Hyppolite Babou). Después del proceso por inmoralidad a que el libro dio lugar, el mismo Baudelaire publicó una segunda edición en 1861, suprimiendo las 6 poesías «condenadas» y añadiendo 35 más, casi todas de gran valor. Otras 25 poesías fueron añadidas en la llamada «edición definitiva», del 1868, preparada por Gautier y Asselineau. Parte de estas últimas eran inéditas o publicadas ocasionalmente, y parte fueron sacadas de un pequeño volumen que el poeta había publicado casi clandestinamente en Bélgica, en 1866, con el título de Épaves, a pesar de lo cual entraron merecidamente’ a formar parte del cuerpo central de la obra maestra de Baudelaire, comprendiendo cosas dignísimas y altamente significativas («Madrigal triste», «À une malabaraise», «Le Jet d’eau», el luminoso epigrama para el cuadro de Manet, «Lola de Valence», y, sobre todo, el prestigioso soneto «Recueillement»).
El libro, precedido de una dedicatoria en verso, «Au Lecteur», desconcertante y penetrante apostrofe, está dividido en seis secciones: Spleen et Idéal, Tableaux parisiens, Le Vin, Fleurs du Mal, Révolte y La Mort. En esta subdivisión ha querido verse la intención del autor de dar a la obra casi el riguroso dibujo de un poema que ilustrase la historia de un alma en sus sucesivas manifestaciones. Así, el espectáculo de la realidad y el resultado de las múltiples experiencias (que proporcionaron el tema a las poesías de la primera y de la segunda secciones) seguramente llevaron al poeta a una desolada angustia, que en vano busca consuelo en los «paraísos artificiales», en la embriaguez; después, a una nueva reflexión sobre el Mal con sus perversos atractivos y su desesperado horror, de donde se origina un desesperado grito de rebelión contra el mismo orden de la creación; y, finalmente, el extremo refugio de la Muerte… Diseño ideal que probablemente no fue ajeno al poeta, pero que se debe entender solamente en su valor simbólico, no como una sucesión propiamente «histórica» de fases sucesivas. En resumen, desde las primeras poesías encontramos, simultáneos y siempre presentes, aunque en diversa proporción, todos estos motivos ideales. Insuperable creador de sugestiones, evocador de climas y momentos espirituales totalmente distintos, Baudelaire es el poeta de la vida interior, no concebida como abstracción del mundo sensible, sino que atrae poderosamente hacia su círculo mágico, asume y transforma en su sueño todas las experiencias de la realidad y las apariencias mundanas.
Por esto sus paisajes, ya sean las fantasmagóricas alusiones a tierras lejanas, lo mismo que las aceradas visiones ciudadanas, tienen un sello tan original; sin sombra de vulgar realismo, realizan plenamente la famosa frase de Amiel, que «un paisaje es un estado de ánimo»; cada uno de sus elementos tiene una significación ideal, lleva implícito un juicio moral; todo es símbolo y todo se convierte en «alegoría». De este estilo pueden citarse característicos y famosos ejemplos: desde las composiciones de un simbolismo más descubierto que, sin embargo, dejan entrever en el encanto del verso el esquema intelectual, a las creaciones de más sencilla y misteriosa gracia, donde habla solamente la poesía. Pertenece al primer grupo el conocido soneto «Correspondances», que constituye las cristalizaciones más representativas de su poética. Y si bien sería exagerado pretender encerrar la concepción que el poeta tenía de su arte en los escuetos factores que aquí intervienen, no hay duda, por otra parte, de que dicho soneto posee una importancia capital en el sentido indicado, sobre todo como encarnación de la actitud de Baudelaire frente a la Naturaleza. En efecto, aquí se formula la «teoría» de esa «analogía universal» a la que tan repetidamente aludía el poeta. Cierto que más que de la escueta teoría, Baudelaire hablaba, evocaba, aquellos felices minutos en los que «el tiempo y la eternidad cobran mayor profundidad y se incrementa fabulosamente el sentimiento de la existencia» (Cohetes, XVII). Recordaba asimismo que, en tales momentos de santidad poética, el Universo se le aparecía, traspasados los límites de la multiplicidad y de las apariencias sensibles, como «una profunda y misteriosa Unidad».
De la plena convicción de esta estrecha relación de lo físico y de lo espiritual, que se opera en su alma, deduce Baudelaire que «todo: forma, movimiento, número, color, perfume, en lo espiritual como en lo natural, es significativo, recíproco, reversible, correspondiente» (v. Arte romántico de Víctor Hugo). A partir de este momento, la Naturaleza se le aparece como un depósito inagotable de signos y de formas, un «bosque de símbolos» que la imaginación del poeta debe captar para asignarles «un lugar y un valor relativos». En todas las cosas perdura un sentido oculto — lo invisible, armazón de lo visible — que exige ser interpretado. Saturado de esta íntima experiencia, Baudelaire asigna al poeta una misión que sólo puede defraudar a los que han puesto su fantasía al servicio del arte por el arte. «¿Qué es un poeta, sino un traductor?», se pregunta Baudelaire. Como humilde «descifrador» de imágenes y de símbolos, al poeta corresponde organizar los materiales que le brindan su percepción o su memoria, cifrando su aspiración en que ellos constituyan la expresión «matemáticamente exacta» de su alma. Por esta ruta se desemboca en el inmenso dominio de la Naturaleza, en donde el poeta penetra sin retorno, porque la promesa será cumplida: ensanchándose hasta las dimensiones de lo universal, el espíritu encontrará su unidad original. De esta unidad original, punto extremo y experiencia primera, a la vez, el poeta deducirá ciertas analogías, quizás extrañas, pero de una absoluta autenticidad, como prueba y expresión de ella. Dentro de la misma línea, y en el camino de la perfección, «Harmonie du Soir», de un tan sabio trazo melódico, calculado con precisa seguridad.
Pero ya la «Invitation au Voyage» queda completamente resuelta en una musicalidad que trasciende los esquemas y realiza anticipadamente en un clima de mágica ingenuidad los resultados más raros de lo que será la poesía de un Verlaine; mientras que el «Rêve parisien» llega con facilidad a las más extremadas audacias del Surrealismo (v.), un surrealismo particularmente genuino, necesario, rigurosamente autobiográfico. Hasta las evocaciones de tantos Tableaux parisiens, de una línea tan pura y de un tono tan parecido a la gracia absoluta del elegiaco «Recueillement», en donde el dolor de toda una vida ha encontrado en el éxtasis de la contemplación acentos de una tan desesperada alegría. Variaciones que nos conducen de nuevo al tema profundo de todas las poesías: el estado de ánimo del poeta, sus íntimas reacciones durante la fatal aventura de su vida. La idea que Baudelaire se formó del destino del Poeta es estrictamente romántica y, a la vez, terriblemente tradicional: el poeta interpreta la realidad a la luz de su sueño, rebelde a las convenciones, inhábil para la vida práctica, destinado a arrojar el descrédito sobre las comunes pasiones, a conmover los corazones presentándole sus sublimes espejismos («Bénédiction», «L’Albatros»), a dar fe por medio del Arte de un mundo mágico e idealmente perfecto, del cual el hombre tiene en sí mismo, casi platónicamente, confusas imágenes, sin poder tomar posesión de ellas con plena lucidez de conciencia, si no es a través de los éxtasis excesivamente breves de la inspiración («Élévation», «Les Phares»); pero él también está atado a esta mediocre humanidad, revive sus miserias y sus errores con toda el alma, y habla del sufrimiento, del pecado y del mal con el morboso refinamiento de un moderno y con el gravísimo acento de un poeta antiguo.
Sus cantos de amor, en los cuales profundiza con fatal obstinación el análisis de los impulsos más secretos del corazón, de los raros momentos de serenidad, así como de sus repliegues más secretos, pero rechazando toda complacencia egoísta, encuentra pronto acentos de ejemplar gravedad. Y esto, ya sea que insista con una nueva inmediatez de expresión en el antiguo tema de la fuga irremediable del tiempo, como en el «Balcon» y, aún con más conmovedora simplicidad, en el hermosísimo «Chant d’Automne», ya sea que se complazca en fraternales abandonos del alma y dulcísimas y desconsoladas confesiones, o escudriñe con impío valor y con encarnizada complacencia los secretos vínculos del amor y el odio, del impulso del placer y el instinto del mal, de la voluptuosidad y el delito (casi todas las célebres «pièces condamnés», las poesías inspiradas en general por su «Vénus noire», Jeanne Duval, y, típica y bellísima en su pintoresca violencia y terrible sinceridad, el originalísimo «ex-voto», «À une Madone»). Pero hay, en las más encantadoras alabanzas de la gracia femenina, dolo- rosa e insistente la llamada de la humana miseria («À celle qui est trop gaie»; y, sobre todo, «Réversibilité» : «Ange plein de gaîté, connaissez-vous l’angoisse…?»). Y luego hay siempre, en las más suaves y melancólicas fantasías, el sentido de un destino común, la doliente y dulcísima imagen que vuelve de un paraíso perdido en la vida de todos los hombres, evocada en términos de una simplicidad y de una naturalidad totalmente antiguas, audacísimas incluso en las crudezas revolucionarias del gran romántico («Moesta et Errabunda»: «… Mais le vert paradis des amours enfantines…»).
E igualmente en los emocionantes versos donde celebra con desesperada resignación los momentos de abatimiento, de acedía mortal de la vida, si bien llenas de imágenes violentamente originales y de acentos personalísimos, encuentran en su misma intensidad una eficacia universal («Brumes et pluies», «Le Tonneau de la Haine», «La Cloche Fêlée», y las cuatro breves poesías tituladas «Spleen»). Hasta que se llega a las blasfemias de las tres composiciones de Révolte y a las pecaminosas sugestiones de las verdaderas Fleurs du Mal («Une Martyre», «Lesbos», «Femmes damnés», «Les Deux bonnes sœurs…»); en cuyas poesías, aparte de ciertas actitudes innegablemente satánicas, se afirma el sentimiento de la fatalidad del pecado y, al mismo tiempo, de la justicia del castigo inevitable e inmanente en nosotros mismos, que es fundamental en el mundo baudeleriano, y que el poeta expresaba en forma epigramática recurriendo al mito del Pecado Original. «Désir, vieil arbre à qui le plaisir sert d’engrais, / Cependent que grossit et durcit ton écorce, / Tes branches veulent voir le soleil de plus près!» Estos versos del poema «La Mort» expresan muy bien esta idea de la necesidad y, por lo tanto, de la legitimidad del mal que parece una reminiscencia de la herejía maniquea. Pero la fatalidad del pecado, en la vida moral, no es más que la necesidad del dolor; y este reconocimiento se resuelve, en los momentos más inspirados, en un sentimiento de caridad universal, en una humanísima piedad de sí mismo y de los demás. Baudelaire, espíritu sumamente móvil que no quiso nunca renunciar al derecho de contradecirse, y cuya excepcional variedad de actitudes teóricas y fantásticas no se puede reducir en absoluto a normas de una doctrina cualquiera (los intentos de varios críticos en este sentido surtieron el efecto opuesto), se encuentra a sí mismo en el juicio fundamental de la vida humana que está ligado a su más genuina inspiración, en la gran corriente tradicional del Cristianismo católico.
De allí procede una simplicidad y una estricta humildad de corazón que no tiene nada de la delectación morbosa del tipo de Dostoievski, que no renuncia nunca a la dignidad de la distinción y de un claro juicio; es un íntimo desgarramiento, un drama que supera las complacencias egoístas y una catarsis por la cual el dolor personal se convierte en el dolor de todos, sin residuos metafísicos, sino que, por el contrario, revivido en cada acto de sus figuras poéticas con precisión que podría llamarse naturalista. Y ésta es la verdadera culminación de su poesía, donde encontramos los acentos de alcance tal vez más universal de toda la lírica moderna: desde la doliente y delicadísima fantasía de «Le Cygne» a las angustiosas pinturas de «Les Sept Vieillards», «Les Petites Vieilles», «Les Aveugles», a los graves y suavísimos acentos de las dos confesiones, «Je n’ai pas oublié, voisine de la ville» y «La servante au grand cœur dont vous étiez jalouse»; a los dos conmovedores «Crepúsculo du Soir» y «Crepúsculo du Matan» hasta la piedad un poco importuna de «Le Vin» y de la elegantísima «Mort des pauvres». Por esto pudo decirse que Baudelaire interpreta profundamente el romanticismo, lo lleva a las últimas consecuencias en todas sus direcciones, y lo purifica y perfecciona al mismo tiempo, llegando, a la par de un clásico, a identificar su drama personal con la eterna tragedia de todos los hombres. Posición que se manifiesta también claramente en el estilo, donde no quiere renunciar a ninguna de las sugestiones, sutilezas y originalidades de la nueva poética romanticosimbolista, que él mismo contribuyó a formar, ni a la renovación de la estilística clásica a causa de la cual fue llamado maestro por los parnasianos; pero se dedicó especialmente, en sus momentos más auténticos, a destruir los esquemas retóricos del discurso poético tradicional, sustrayendo la inspiración a los moldes de las expresiones habituales.
Un plan tan arduo y ambicioso, del que la mente crítica de Baudelaire consiguió pronto tener conciencia, no fue llevado a la práctica sin dispersiones ni peligros: incertidumbres de estilo que se incrustan como sombras en sus milagrosas iluminaciones, parcialidades alucinadas y obsesionantes insistencias sobre ciertos temas. Su vida infeliz, su clarividencia, cristalizaron en una visión angustiosamente pesimista: un triste juicio sobre el destino humano, que simbolizó con sus obstinadas referencias al dogma cristiano- católico del «pecado original» y que hacían de él un fascinado y horrorizado inquisidor del vicio y de la perversión. De aquí proviene un aspecto particular en la obra, que tal vez cuantitativamente predomine, pero que no es el único. Este aspecto provocó una interpretación de la poesía de Baudelaire, a veces como denigrante y escandalosa, o a veces satánicamente exaltadora, que es falsa en su parcialidad, porque no tiene en cuenta la otra mitad de este mundo ideal, de la cual la primera recibe luz y significación, de los sublimes anhelos hacia una pureza primigenia, de su conmovida caridad, de la desgarradora piedad con que considera los fraternales dolores de los hombres y los suyos. En su extraordinaria variedad, en su sugestiva riqueza, la poesía de Baudelaire no se mantiene toda en el mismo nivel de perfección; brutalmente sincera, refleja a veces con prosaica y encarnizada fidelidad las angustiosas obsesiones, así como los programáticos y ocasionales razonamientos del hombre. De ahí las opiniones opuestas y las discusiones de la posteridad, que coincidieron, de todos modos, en señalar en las Flores del Mal, directa o indirectamente, el libro de poesía más importante de los tiempos modernos. [Trad. en verso castellano de Eduardo Mar- quina (Madrid, 1905; 2.a edición corregida, 1916) varias veces reimpresa, la última en Buenos Aires, 1943. Existe otra traducción de J. M. Hernández Pagano (Méjico, 1944)].
M. Bonfantini
Libro muy mediocre, nada peligroso, en el que se encuentran algunos destellos de poesía, de la misma clase de los que pueden encontrarse en un muchacho que no conoce la vida y de la que está cansado porque una modistilla lo ha traicionado. (Mérimée)
Yo comparo al autor de las Flores del Mal a Dante, y considero que el viejo florentino reconocería más de una vez en el poeta francés, su ardor, su terrible palabra, sus implacables imágenes y la sonoridad de sus versos de bronce. (Thierry)
Él ha sabido captar desde más cerca lo inefable y plasmar aquellas gradaciones huidizas que ondean entre el sonido y el color, aquellos pensamientos que parecen arabescos o temas de frases musicales. (Gautier)
Baudelaire es un poeta: pero para un poeta ser naturalista es una verdadera contradicción de términos. (H. James)
A través de Las Flores del Mal, quizá, volveremos a la gran tradición clásica, des- preciadora de los viles colores chillones, convencida de que el intelectual se honra siendo discreto, y soñando con expresar en términos claros y difuminados las cosas obscuras y todas las sutilezas íntimas. (M. Barres)
Son una obra católica, del mismo modo que Fedra era una obra jansenista. Son la poesía del pecado, como Fedra era la tragedia del pecado. (Thibaudet)
Una copa desbordante de emoción, de música y de pensamiento. (A. Gide) Yo considero a Baudelaire — con Alfred de Vigny — el mayor poeta del siglo XIX. (Proust)
Es el realizador artístico del decadentismo. Y sumerge en su grandeza a todos los posteriores epígonos e imitadores, , incluso sin haberlo leído. (F. Flora)
El hombre moderno encuentra en ellas descritos todos sus sufrimientos. (A. Huxley)

