Kreisleriana, Robert Schumann

Fantasía para piano, op. 16, de Robert Schumann (1810-1856), compuesta en 1838. Son ocho piezas para piano, bastante emparentadas entre sí por afinidades de material temático, dispuestas con estudiado equilibrio de contrastes entre fragmentos agitados e impetuosos y otros más tranquilos y serenos.

El matiz hoffmaniano de su inspiración denota un em­peño romántico más apasionado y tumultuoso que el blando humorismo sentimental del Carnaval (v.); aquí tenemos, en efecto, extremos de pasión exagerada y llameante. Compuesto en la época de la más encendida pasión de Schumann por Clara Wieck, Kreisleriana es el ápice del cancionero de ambos que rápidamente atraviesa por entre la gama de los más lejanos y cambiantes estados de ánimo, desde el llameante ardor de los sentidos hasta el ansia de una aspi­ración a lo imposible; deseo de lo infinito, anhelo de valores religiosos y eternos en la efímera humanidad de los sentimientos amorosos. Con todo, siempre, en la base de cada una de estas piezas hay una invención específicamente musical. La declarada in­mediatez de los sentimientos no pone en peligro la arquitectura formal. En efecto, particularmente el segundo, enriquecido con dos intermedios, y el tercero, tienen mayo­res ambiciones constructivas que las breves anotaciones del Carnaval y de la Davidsbündler (v.); pero, por otra parte, no con­siguen apaciguar el tumulto del mundo efectivo en la clásica pureza formal de las contemporáneas Novellette (v.).

No parece sino que la lucha interior del alma román­tica se refleje dolorosamente en la forma estética, disminuyendo su perfección y con­firiéndole, en cambio, un hechizo palpi­tante de documento, de cosa vivida. Indu­dablemente. se asiste en estas luchas por la conquista de una libertad formal, que no sea negación de la forma en la efímera e inmediata notación sentimental, al naci­miento de la música moderna, como se de­mostrará palpablemente en Wagner y en Brahms. Pero aun en los momentos en que la unidad no es completamente lograda, como sucede en el segundo trozo, se admira la musical eficacia del fragmento inicial, célula en cuya sugestiva riqueza armónica — como eco de campanas familiares — ani­da una secreta fuerza de penetración, una misteriosa intimidad, romántica en todo, que habla directamente al corazón. En fin, baste recordar solamente el perfecto acier­to del último trozo, en que un ritmo cons­tante, que encarna todo el hechizo legen­dario de una balada romántica, se repliega en-admirables curvas melódicas y francas expresiones de alegría, de fiesta, de felicidad, de aquellos sentimientos que Schumann y Clara definían entonces con una sola palabra: nupcialidad.

M. Mila